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Miguel Primo de Rivera y Orbaneja

De Gran Enciclopedia de España Online

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Miguel PRIMO DE RIVERA y ORBANEJA
Miguel PRIMO DE RIVERA y ORBANEJA
(Jerez de la Frontera, Cádiz, 8-I-1870 - París, Francia, 17-III-1930). Militar y político. II marqués de Estella. Padre de José Antonio, Miguel y Pilar Primo de Rivera. Era descendiente de una ilustre familia de terratenientes andaluces con tradición castrense, que simpatizaba con el liberalismo y mostró siempre una gran lealtad a la monarquía borbónica. Su abuelo, José Primo de Rivera y Ortiz de Pinedo (1777–1853), luchó en la I Guerra Carlista (1833–1840), fue ministro de Marina (12-VI-1839–21 -X-1839) y de Hacienda (20-VIII-1839–3-IX-1839) en el gabinete presidido por Evaristo Pérez de Castro (6-XII-1838–21-VII-1840), y ocupó la Capitanía General de Cádiz entre 1848 y 1849. Su padre, también llamado Miguel, alcanzó el grado de coronel del Estado Mayor. Tres de sus cinco tíos pertenecieron también a las Fuerzas Armadas; entre ellos sobresalió el general Fernando Primo de Rivera y Sobremonte (1831–1921), que recibió el marquesado de Estelia por su distinguida actuación en la III Guerra Carlista (1872–1876) y fue una de las figuras más importantes de la Restauración canovista. La carrera profesional de Miguel Primo de Rivera se vio beneficiada, precisamente, por el parentesco que le unía a Fernando Primo de Rivera, de quien heredó el citado título de nobleza y con el que mantenía una relación casi filial. En 1884 ingresó en la Academia Militar y, al término de sus estudios, fue destinado a Marruecos; algunos años más tarde, se convertiría en el primer oficial de su promoción en alcanzar el generalato. Como militar, destacó siempre por su valor y su inclinación a ofrecerse voluntario para las misiones más peligrosas. En 1893, ya con el grado de teniente (desde 1890) y como abanderado del regimiento de Extremadura, participó en la Guerra de Melilla, donde fue condecorado con la Cruz Laureada de San Fernando por su valentía en la Batalla de Cabrerizas Altas (28-X-l 893), lo que dio inicio a una meteòrica carrera militar. Dos años más tarde asistió a la guerra de Cuba como ayudante del general Martínez Campos, y en mayo de 1897, ya con el grado de comandante, marchó a Filipinas junto a su tío, por aquel entonces capitán general del archipiélago. En aquellas lejanas latitudes, tomó parte en diversos combates al mando del tercer batallón de cazadores -en el transcurso de los cuales recibió el grado de teniente coronel-, negoció la paz de Biacnabató con Emilio Aguinaldo, líder de los independentistas, y fue el encargado de conducir hasta Hong-Kong a los insurgentes filipinos. En reconocimiento por estos servicios, recibió la Cruz de María Cristina y fue propuesto para ascender a coronel. Regresó a la Península en 1898, y en febrero de 1902, reprimió la huelga general de Barcelona, al frente del batallón de Alba de Tormes. Ese mismo año contrajo matrimonio con Casilda Sáenz de Heredia, hija de Gregorio Sáenz de Heredia y Tejada, ex magistrado de las audiencias de Cuba y Puerto Rico, y caballero de la Orden de Calatrava. El matrimonio tuvo seis hijos, entre los que sobresalieron José Antonio (1903-1937), fundador de Falange Española, y Pilar (1912-1991), jefa nacional de la Sección Femenina de Falange. Convencido de que el país se hallaba en franca decadencia y necesitaba un impulso regenerador que lo colocara a la altura de Europa, Primo de Rivera se interesó por la actividad política, aunque fracasó en su intento de ser diputado. Su esposa, Casilda, falleció el 9-VI-1909; nueve días antes de su muerte, había dado luz a su benjamín, Fernando. A partir de entonces, los niños permanecieron en Madrid bajo los cuidados de su tía María Jesús, quien se convirtió en su segunda madre. El enorme afecto que le profesaron sus sobrinos queda reflejado en las palabras que José Antonio Primo de Rivera le dedicó en su testamento, en 1936, donde pedía a sus hermanos “que atiendan en todo con mis bienes a la comodidad y regalo de nuestra tía María Jesús Primo de Rivera y Orbaneja, cuya maternal abnegación y afectuosa entereza en los veintisiete años que lleva a nuestro cargo no podremos pagar con tesoros de agradecimiento”. Miguel Primo de Rivera, en cambio, no pudo dedicar mucho tiempo a sus hijos, pues la vida militar le imponía continuos traslados. Ascendido a coronel en noviembre de 1908, solicitó trasladarse a Melilla, en julio de 1909, al iniciarse la campaña para sofocar el levantamiento de las cabilas locales. Un año después fue destinado al Estado Mayor Central -donde había prestado sus servicios con anterioridad durante un corto espacio de tiempo-, y en septiembre de 1911 regresó a la campaña de Marruecos al mando del regimiento de San Fernando. Ascendido a general de brigada, en 1913 embarcó hacia Ceuta con la primera brigada de cazadores de la guarnición de Madrid, a cuyo frente se encontraba desde hacía algo más de un año. Desde Ceuta se trasladó a Tetuán y a posiciones más avanzadas; tomó la plaza de Lauzien e intervino en diferentes combates. Por sus éxitos en campaña recibió la Gran Cruz del Mérito Militar roja pensionada, y el ascenso a general de división, en diciembre de 1913. Nombrado gobernador militar de Cádiz en octubre de 1915, cargo que ocupó hasta marzo de 1917, durante la I Guerra Mundial (1914-1918) visitó los frentes francés y británico por encargo del Gobierno español; aunque su posición era favorable a estos países, se mostró partidario de mantener la neutralidad. En 1917 defendió por primera vez la necesidad de abandonar Marruecos, opinión que le acarreó muchos problemas. Desde su punto de vista, la campaña marroquí carecía de utilidad, era impopular y consumía ingentes recursos económicos, que eran bastante más útiles para los caminos “por los que aquí suspiramos” o para las “escuelas que aquí hacen tanta falta”. En un discurso pronunciado ante la Real Academia Hispanoamericana de Cádiz, afirmó: “Marruecos ni parte alguna de África es España misma; la generosa y abundante sangre en África derramada no podrá tener nunca justificación más honda y más útil que habernos puesto en posesión de algo que sirva para recuperar Gibraltar”. Según él, Madrid debía ofrecer Ceuta a Inglaterra a cambio del Peñón. Respecto a las Juntas de Defensa, surgidas a finales de 1916 en Barcelona, su reacción fue al principio de hostilidad. Estas asociaciones militares protestaban contra los favoritismos a la hora de conceder ascensos, exigían que éstos se otorgaran por estricta antigüedad y no por méritos de guerra, y se oponían a la “oligarquía parlamentaria”. Miguel Primo de Rivera, en un primer momento, las definió como “organismos facciosos” que destruían la unión y la disciplina dentro del Ejército; sin embargo, poco después, los junteros le ofrecieron ejercer un cierto liderazgo en su movimiento. Durante cierto tiempo, hizo de intermediario entre éstos y el Ministerio de la Guerra, ocupado por entonces por su tío Fernando; pero cuando las Juntas criticaron al Gobierno, presidido por Eduardo Dato (11 -VI-1917-I-XI-1917), rompió definitivamente con ellas. En julio de 1920, ya con el grado de teniente general -concedido un año antes-, fue nombrado capitán general de Valencia. En su nuevo destino tuvo que hacer frente al terrorismo anarquista; para ello se valió de procedimientos drásticos, como la llamada Ley de Fugas, empleada también por el general Martínez Anido en Barcelona. Él mismo, en una carta dirigida al presidente del Gobierno, Eduardo Dato (5-V-l 920–12-III-1921), justificaba la necesidad de recurrir a métodos extralegales para combatir a la “chusma terrorista”; según sus propias palabras, estos procedimientos consistían en “una redada, un traslado, un intento de fuga y unos tiros”. En su opinión, sólo de este modo podía empezar a resolverse un problema que no tenía otro remedio, dada la existencia de “una legislación y una justicia impotentes” para hacerle frente. Poco tiempo después, ocupó la Capitanía General de Madrid. Con motivo de los debates parlamentarios que siguieron al Desastre de Annual (1921), donde perdieron la vida más de 10.000 españoles -entre ellos su hermano, el teniente coronel Fernando Primo de Rivera-, se reafirmó en su postura abandonista: “Yo estimo, desde un punto de vista estratégico, que un soldado español más allá del Estrecho es perjudicial para España”. Estas manifestaciones le costaron el puesto; sin embargo, en mayo de 1922, ocupaba la Capitanía General de Barcelona. Cataluña vivía entonces una situación social muy agitada, marcada por las huelgas y el pistolerismo de patronos y anarquistas. En semejante contexto, la burguesía apoyó decididamente a Miguel Primo de Rivera, viendo en él al restaurador del orden. Por este motivo, cuando éste dio el golpe de Estado el 13-IX-1923 y tomó el tren hacia Madrid para ocupar el poder, los prohombres del catalanismo conservador, con Puig i Cadafalch a la cabeza, fueron a despedirle a la estación (v. Primo de Rivera, Dictadura de -). Como gobernante, Primo de Rivera se caracterizó por su talante paternalista, demostrado en medidas como desempeñar las ropas y los colchones de los pobres en los Montes de Piedad. Uno de sus principales opositores, el socialista Indalecio Prieto, le definió como “un dictador sin muertos”. Hombre de escasa formación, concebía su régimen como un periodo provisional para hacer frente a una situación de excepción, marcada por la cuestión social, el problema marroquí y la crisis de la democracia parlamentaria. Según expresó en diversas ocasiones, cuando el país estuviera arreglado -se consideraba capacitado para enderezarlo en tres meses-, todo volvería a la normalidad; únicamente bastaba con encontrar los remedios adecuados. Convencido de la bondad de sus intenciones, fueron célebres sus “notas oficiosas”, en las que daba a conocer sus puntos de vista sobre diferentes temas. Pese a que todo parece indicar que el golpe de Estado contó con el consentimiento de Alfonso XIII (1886-1931), su relación con el rey era mala, como refleja un famoso comentario: “A mí no me borbonea nadie”. Primo de Rivera aludía con el borboneo a la continua intromisión del monarca en los asuntos de gobierno. Según su parecer, el soberano debía limitarse a ejercer de figura simbólica, al igual que sucedía en otros países: “En Gran Bretaña y Holanda los soberanos se cuidan muy bien de intervenir en los asuntos de Estado”. Como escribió el embajador británico en 1926, los dos hombres llegaron incluso a rivalizar, a pesar de que se necesitaban mutuamente: “Cada uno, en un sentido, depende del otro, y a ambos probablemente los disguste su posición. Sólo confían en el otro en la medida en que es políticamente necesario. Ambos están celosos de la popularidad del otro”. Paradójicamente, rey y dictador estuvieron a punto de convertirse en consuegros. Uno de los hijos de Primo de Rivera, también llamado Miguel, mantuvo un romance con una de las hijas de Alfonso XIII, la infanta Beatriz. Sin embargo, el general no aceptó la relación y, para desbaratarla, envió a su hijo a estudiar a Estados Unidos. Desde su punto de vista, que el jefe del Gobierno se convirtiera en pariente de la Familia Real podía dar lugar a todo tipo de incómodas murmuraciones. En 1928 era evidente que Miguel Primo de Rivera carecía de apoyos para seguir gobernando. Al mismo tiempo, su salud -padecía diabetes- fue empeorando progresivamente. Ante la falta de respaldo a sus decisiones, en febrero de 1929, el dictador presentó su dimisión, que no fue aceptada; en un mitin celebrado en septiembre de ese mismo año, volvió a expresar su deseo de abandonar la política activa. Tras intentar retomar el pulso de la nación en noviembre de 1929, los acontecimientos acabaron por descomponer definitivamente el régimen. La falta de apoyo popular, político y militar le llevaron a renunciar definitivamente a su cargo el 28-I-1930. El 12 de febrero, con la salud muy maltrecha, Primo de Rivera marchó hacia París, donde murió al mes siguiente, atendido por sus hijas Pilar y Carmen. Sus restos mortales fueron trasladados a Madrid, donde, tras una gran manifestación de duelo, se celebró una misa en su memoria que contó con la asistencia de Alfonso XIII. [F.M.H.]