XVII. Muere el Hombre y el Científico, y Nace el Símbolo
De Mienciclo E-books
Introducción
DESDE 1948, Einstein sabía que se hallaba al final del camino y que la muerte podía sorprenderle en cualquier momento. La operación que le había practicado el último día de aquel año el profesor Rudolf Nissen en la aorta, endurecida y dilatada, así lo indicaba. La perforación podía presentarse inesperadamente. Pero esto no impidió que Einstein siguiera el ritmo de su vida con la misma lucidez y dedicación al trabajo con que lo había hecho siempre.
Para que los demás no se equivoquen
Carl Seeling cuenta en su Albert Einstein una anécdota que refleja el espíritu obstinado y sincero de nuestro hombre, con mayor claridad que cualquier divagación interpretativa. «La tenacidad con que Einstein —escribe el referido autor— se oponía a los fracasos de su trabajo llamó la atención de muchos de sus contemporáneos. En 1938, al salir del Instituto, le comunicaba feliz al economista rumano David Mitrani, de camino hacia sus casas:
—¡Por fin he hallado la clave de la teoría del campo unitario!
Y medio año después reconocía:
—En aquella ocasión me equivoqué. Mis cálculos han resultado inexactos.
—¿Y ahora, qué? —le preguntó el profesor Mitrani.
—Pues que, a pesar de todo, voy a publicar el trabajo.
—¿Para qué, si ha resultado no exacto?
—Porque quizás así podré evitar que otro loco dedique un par de años a la misma idea.
Pensando en los muchos caminos equivocados a los que le habían llevado sus especulaciones científicas, escribió al pie de una foto el siguiente pareado:
La verdad ya aparecía al alcance de la mano; y no era más que una ilusión, algo vano
Mucho se ha hablado de las extravagancias de Einstein, de sus melenas leoninas tan ridiculizadas por los nazis, de su costumbre de ir sin calcetines, de su desprecio por los convencionalismos… En el fondo se trata del comportamiento de un antiburgués, que nunca desmintió. En una carta que escribió a su amigo Max Born leemos estas palabras, que lo confirman:
Leído con gran interés tu conferencia contra cuanto en nosotros los científicos integra el elemento quijotesco, ¿o debo llamarlo tentador donde falta por completo ese vicio, aparece el burgués sin esperanza
En defensa de Oppenheimer
Su interés por la justicia y los problemas humanos se mantuvo vivo hasta el último momento de su vida. Todo lo que significara atropello u opresión despertaba su espíritu combativo. Así ocurrió cuando el físico atómico Robert Oppenheimer fue separado de su cargo de director del Institut for Advanced Study por haberse casado con una antigua comunista y tener un hermano que simpatizaba con la URSS. Le faltó tiempo para protestar ante las autoridades, afirmando la integridad del carácter de Oppenheimer. Cualquier atentado a la libertad de pensamiento le irritaba. El 13 de septiembre de 1954 escribió a su biográfo, Carl Seeling, estas palabras reveladoras de su indignación:
Encuentro que cuanto más poderoso es un país, tantos menos llega a hablar la razón en su gobierno. ¿para qué creen que les sirve la arrogancia pero los pecados se pagan después, ¡ya lo creo! ==
Si rechazaba la histeria norteamericana contra los soviéticos, calificándola de síntoma de cobardía, no se mostraba más benévolo con el autoritarismo soviético. Tanto es así, que a éstos les aconsejó que colocaran en la puerta del Instituto Marx-Lenin de Moscú la siguiente inscripción:
En el imperio de la verdad no cabe ninguna autoridad humana. el que allí intente hacer valer su autoridad, se estrellará contra las carcajadas de los dioses '
Con frecuencia, Einstein ha sido llamado «padre de la bomba atómica», pero él solamente se consideraba el abuelo…, un abuelo remoto que repudiaba a su progenie de artefactos aniquiladores. Tenía tan clara conciencia de lo que significaba la competencia nuclear desatada entre las grandes potencias que, cuando alguien le preguntó cómo serían las armas con las que se combatiría en la próxima contienda, respomdió sin vacilar:
No lo sé. pero en la otra guerra que le siga, sí sé, seguro, que se tendrá que luchar empuñando un cuchillo
Preveía el holocausto de la Humanidad. Y para prevenirlo, aquel mismo 11 de abril en que sentiría el aguijón de la muerte, firmó la Advertencia a los Gobiernos de Estados Unidos, Gran Bretaña, Unión Soviética, Francia, Canadá y China.
El documento había sido redactado por el incansable pacifista Bertrand Russell y apoyado por siete eminentes científicos más. Se condenaba sin paliativos el desenfrenado rearme nuclear, poniendo en evidencia los peligros que implicaba para toda la Humanidad: «Una bomba atómica pudo destruir Hiroshima, pero una sola bomba de hidrógeno sería capaz de destruir también incluso las mayores ciudades, como Londres, Nueva York o Moscú, dejando arrasada la Tierra».
La muerte viene a liberarle
La crisis se presentó en aquella mañana el 11 de abril de 1955, tras recibir al embajador de Israel, Abba Eban, y conversar con su colega el profesor Plesch, que le obsequió con una caja de puros habanos. Al despedirse de este último visitante, se sintió repentinamente enfermo, y hubo que llamar al médico de cabecera. Por la tarde tenía ante su cama a tres médicos y un famoso cirujano del sistema circulatorio. Todos coincidieron en la necesidad de una intervención quirúrgica, pero Einstein se negó. Sufría mucho y preguntó con plena lucidez si la muerte sería horrible. La respuesta fue: «Tratándose de hemorragias internas, no se puede saber exactamente. Quizá dure sólo un minuto, o quién sabe si horas e incluso días». Así estuvo hasta el día 15, en que hubo que trasladarle al hospital de Princeton a consecuencia de los insoportables dolores que sufría. Allí estaba hospitalizada su hija adoptiva, Margot, que fue a verlo en una silla de ruedas. Seelig dice «que le habló tranquilo de lo inalterable del destino del hombre y de su próximo fin, que le parecía una terminación natural».
Los dos últimos días habló con su hijo Albert, que había llegado de Berkeley, en avión, en compañía de Otto Nathan, amigo y consejero desinteresado de Einstein en los asuntos jurídicos y prácticos. Nada hacía prever que el fin fuera inminente, pues había pedido sus gafas y papel para seguir trabajando en el hospital. Sin embargo, el 18 de abril, a la una y veinticnco, se le perforó la pared de la aorta y se le detuvo el corazón. Había muerto casi en sueños.
Se le practicó la autopsia y se realizó un examen del cerebro. Su hijo Albert puso como condición para autorizar el estudio del cerebro que los patólogos firmaran un documento por el que se comprometían a no publicar los resultados más que en los escritos científicos. La autopsia, practicada por el doctor Thomas Harvey, demostró que la intervención quirúrgica no hubiera prolongado la vida de Einstein.
Los funerales fueron tan sencillos y anticonvencionales como había sido su vida. No hubo ninguna ceremonia ni discursos, ni siquiera una tumba. Rodeado de un reducido grupo de familiares y amigos, su cuerpo fue incinerado y sus cenizas esparcidas en las aguas torrenciales de un río. El silencio sólo fue roto por el doctor Otto Nathan, albacea testamentario del difunto. Leyó las bellas estrofas que Goethe escribió para las exequias fúnebres de Schiller:
Todos quedamos enterados y felices
El mundo le agradece lo que él le ha enseñado
= Ya hace tiempo que se expande entre las multitudes\'\'
\'\'lo más suyo, que a él sólo pertenece =
= Brilla ante nosotros como una cometa que desaparece\'\'
\'\'esparciendo luz infinita con su luz =