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XVI. Eclipse De Un Hombre y Quiebra De Una Obra

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

SE puede decir que Bolívar empieza a desandar el camino. Apenas si tiene algo que ver con aquel orgulloso «indiano» que un día se negó a besar las sandalias del Sumo Pontífice en el Vaticano. Ahora, por el contrario, escribe al papa León XII: «El Presidente de Colombia aguarda para sí y para el pueblo de la República la bendición apostólica del Padre de los creyentes».

Bolívar, como muchos otros hombres que modificaron el curso de la historia enfrentando las tradiciones y las Leyes vigentes, apela a las instituciones que dan base a las mismas en los momentos de desesperación, cuando las circunstancias amenazan con desbordar la realidad. Así vemos que el revolucionario Bolívar termina por apelar al Padre de los creyentes, a quien alguna vez intentó humillar; el Libertador está formado por la sociedad que él intenta modificar, y este propósito, que surge del destino histórico que cada generación debe asumir, es una desgarradora contradicción que llevará en su alma durante toda su existencia. Esclavista, concluye por proclamar la libertad de los esclavos. Republicano convencido, apela a la organización monárquica española para consolidar la naciente República. Defensor de los derechos del pueblo, institucionaliza las oligarquías aristocráticas. Enamorado de la esposa de otro hombre, vive con ella este amor pero la obliga a seguir al lado de su marido, respetando los convencionalismos sociales.

A partir de entonces, Bolívar deberá enfrentarse con varias rebeliones conservadoras en Antioquia y en el Cauca, mientras se acentuaba la tendencia separatista de Venezuela. Finalmente, en 1830, Páez declaró segregada a Venezuela y se produjo también la separación de Ecuador. Bolívar presentó entonces su renuncia a la presidencia.

La estrella del hombre se apaga

El año 1830 nos muestra la imagen de un hombre abatido, casi un anciano. Sobre él pesan muchas batallas, muchas intrigas palaciegas, errores y aciertos, crueldades y benevolencia. Todo girando sobre las espaldas del tantas veces vitoreado e insultado Simón Bolívar. Después de haber ocupado los más altos cargos, el «Napoleón americano» penetrará en el recinto del Congreso y pronunciará un patético discurso:

Pero las lecciones de la historia, los ejemplos del viejo y nuevo mundo, la experiencia de veinte años de revolución, han de serviros como otros tantos fanales colocados en medio de las tinieblas de lo futuro libradme, os ruego, del baldón que me espera si continúo ocupando un destino que nunca podrá alejar de sí el vituperio de la ambición. creedme: un nuevo magistrado es ya indispensable para la república los estados americanos me consideran con cierta inquietud en Europa misma no faltan quienes teman que yo desacredite con mi conducta la hermosa causa de la libertad la república será feliz, si al admitir mi renuncia nombráis de presidente a un ciudadano querido de la nación: ella sucumbiría si os obtinaséis en que yo la mandara; salvad la república: salvad mi gloria que es de colombia desde hoy no soy más que un ciudadano armado para defender la patria y obedecer al gobierno; cesaron mis funciones públicas para siempre. os hago formal y solemne entrega de la autoridad suprema que los sufragios nacionales me habían conferido. compatriotas: escuchad mi ultima voz al terminar mi carrera política; en nombre de Colombia os pido, os ruego que permanezcáis unidos, para que no seáis los asesinos de la patria y vuestros propios verdugos.

Luego marcha al destierro de Bogotá, pero Venezuela se niega a continuar sus relaciones con Colombia si Bolívar no desaparece definitivamente del continente; por decreto, se le incautan todos sus bienes. La Gaceta de Venezuela dice: «Siendo el general Bolívar un traidor a la patria, un ambicioso que ha tratado de destruir la libertad, el Congreso debía declararle proscrito de Venezuela».

El Libertador contestará: «Me dicen que mis propiedades no son legítimas y que no hay ley para un hombre como yo. Esto quiere decir que soy un canalla. Se me despoja de la herencia de mis abuelos y se me deshonra. Diga usted si tengo motivos para desear salir de esta infame vida política. Ya esto es demasiado».

Para no aumentar el clima de tensión entre Venezuela y Bogotá, Bolívar parte hacia Cartagena. Desde ese puerto piensa dirigirse luego rumbo a Europa.

Manuela se resiste a marchar con él; prefiere quedarse en la ciudad y enfrentarse a los conspiradores. Bolívar le escribe: «Mi amor: Tengo el gusto de decirte que voy muy bien y lleno de pena por tu aflicción y la mía por nuestra separación. Amor mío: Mucho te amo, pero más te amaré si tienes ahora más que nunca mucho juicio. Cuidado con lo que haces, pues si no, nos pierdes a ambos, perdiéndote tú. Soy siempre tu más fiel amante».

En esos días, un grupo de enemigos del Libertador denominado Despotismo y Tiranía organiza en la Plaza Mayor de la ciudad de Bogotá la quema de unos muñecos que representan caricaturescamente las figuras de Simón Bolívar y su amante. Tres jinetes se lanzan a galope tendido sobre los monigotes. Manuela y sus dos negras, disfrazadas de soldados, atacan a los manifestantes. Se entabla la lucha y las cabalgaduras son heridas. Las mujeres logran ponerse a salvo gracias a sus pistolas. El semanario La Aurora dirá refiriéndose a la compañera de Bolívar: «…una mujer descocada… Se presenta todos los días en traje que no corresponde a su sexo y del propio modo hace salir a sus criadas insultando el decoro y haciendo alarde de despreciar las leyes y la moral».

Los insultos no logran apaciguar el ímpetu de esta indomable mujer. Organiza una conspiración y logra instalar en el gobierno de Bogotá al general Urdaneta; este militar considera que sería necesaria la presencia de Bolívar, pero éste se niega a regresar. Lo expresará así: «Si acaso fuere nombrado constitucionalmente por la mayoría de los sufragios, aceptaría si me convencía de que mi elección era verdaderamente popular… Sólo un prodigio de circunstancias favorables puede decidirme. Vosotros dirán que es preciso vivir; y yo digo lo mismo que es preciso que yo viva: no sé si me equivoco, pero yo creo que valgo como cada uno y que debo pretender como cada uno mi honor, mi reposo y mi vida… Yo estoy viejo, enfermo, cansado, desengañado, hostigado, calumniado y mal pagado (…) Nunca he visto con buenos ojos las insurrecciones; últimamente he deplorado hasta las que hemos hecho contra los españoles… Yo estoy proscrito; así, yo no tengo patria a quien hacer el sacrificio».

Si bien esta carta nos muestra a un hombre que quiere permanecer ajeno a los vaivenes de la política, veremos que los acontecimientos le llevarán a encomendar al general Sucre, su único aliado incondicional, una tarea que tendrá derivaciones trágicas y que se halla muy relacionada con las sociedades secretas.

La encrucijada de Berruecos

Páez declara la separación definitiva de Venezuela. Por su parte, Ecuador amenaza seguir el mismo camino; es entonces cuando Bolívar asigna a José Antonio Sucre la tarea de atenuar la virulencia de los conflictos internos en el agitado país. La lucha de los distintos grupos de poder amenazaba quebrar el delicado equilibrio.

A modo de despedida, Sucre escribirá a Bolívar su última carta: «Ahora mismo, comprimido mi corazón, no sé que decir a usted. Mas no son palabras las que pueden fácilmente explicar los sentimientos de mi alma respecto a usted; usted los conoce, pues me conoce mucho tiempo y sabe que no es su poder sino su amistad la que me ha inspirado el mjás tierno afecto a su persona. Lo conservaré cualquiera que sea la suerte que nos quepa, y me lisonjeo que usted me conservará siempre el aprecio que me ha dispensado. Sabré en todas circunstancias merecerlo. Adiós, mi general, reciba usted por gaje de mi amistad las lágrimas que en este momento me hace verter la ausencia de usted. Sea usted feliz en todas partes y en todas partes cuente con los servicios y con la gratitud de su más fiel y apasionado amigo, A. J. de Sucre.»

Sin dilaciones, Sucre abandona Bogotá en dirección a Quito. El tiempo urge, ya que es necesario movilizarse a caballo por caminos sinuosos, y donde, como obstáculos monumentales, se erigen las poderosas estribaciones de la Cordillera, cubiertas a veces por espesa nieve. Y no sólo eso, también existe el riesgo de un ataque por sorpresa dado que hay quienes ya han jurado darle muerte.

Sucre va con un acompañante. Los dos hombres viajan a lomo de caballos, atentos a cualquier signo extraño que revele la presencia de una amenaza. Por esos desolados parajes es difícil encontrar un caminante fortuito y es fácil detectar movimientos o rumores humanos. Pero la precaución es inútil: en la encrucijada de Berruecos, un grupo fuertemente armado, que seguramente ha previsto el paso de Sucre por el lugar, ataca intempestivamente. Acorralados, amenazados por un número de hombres superior a sus fuerzas, ambos sucumben luego de una breve resistencia.

Varias veces se ha intentado reconstruir el episodio para descubrir a los responsables, pero el enigma permanece aún sin resolver. Existen algunos datos que tal vez nos permitirían apresar algunas puntas del complicado ovillo. Si nos ceñimos a la especulación histórica, a los intereses políticos que estaban en juego en ese momento, podemos elaborar una hipótesis en la que surge con nitidez el nombre del militar colombiano José María Obando. Acérrimo enemigo de Simón Bolívar, su ambición es reemplazarlo en la dirección del proceso independista.

Si tenemos en cuenta este elemento, no es difícil deducir el plan que puede llevar al objetivo, que implica, en primer lugar, desarticular los cuadros más próximos al Libertador, quebrar sus alianzas, en una palabra, aislarlo. La lealtad incondicional para con su jefe y la profunda amistad que les une, convierten a Sucre en uno de los blancos principales. Desaparecido de la escena el vencedor de Ayacucho, Bolívar perderá a su aliado más seguro y su más íntimo amigo.

Sin embargo, esta primera hipótesis es demasiado obvia y por taño, sospechosa. Es el punto donde podemos comenzar a vacilar, teniendo en cuenta que no sólo no se descarta la participación de Obando, sino que tenemos que considerarla como el elemento visible de una conjura cuya extensa red le involucra y excede. Es decir, ¿quiénes son los que sostienen, los que rodean o impulsan la decisión de Obando?

Consideraremos, entre otras cosas, que Sucre, antes de morir en Berruecos, había sufrido varios atentados. En una ocasión, en Chuquisaca, un colombiano de nombre Mattos se introdujo una noche en su habitación para asesinarle mientras dormía. Sucre lo advirtió y logró desarmarle. Poco después, Mattos fue condenado a muerte, pero la intervención de Sucre le salva la vida. Esto parece increíble, pero es así. El joven Sucre le perdona. Podemos decir que el gesto indica grandeza de corazón y generosidad. Pero también podemos hablar de gesto efectista que habla de poder y de humillación. Ahora bien, este mismo personaje, Mattos reaparece en nuestra historia hospedándose en una posta cercana al lugar donde fue asesinado el amigo de Bolívar, el mismo día en que se produce el hecho. ¿No parece demasiado casual?

Hay quienes aseguran que Mattos era un mercenario al servicio de una de las tantas sociedades secretas de la masonería, aunque nunca se logró establecer con precisión el vínculo. Pero iremos más allá de las palabras para intentar comprender el significado de esta sociedad, sus propósitos y el papel que desempeñó en la historia convulsa de América Latina.

Sucre, su hijo espiritual, sucesor natural de su obra, muere asesinado en la encrucijada de Berruecos. Bolívar no puede soportar el peso de la noticia y con lágrimas escribe a uno de sus compañeros: «Es imposible vivir en un país donde se asesina cruel y bárbaramente a los más ilustres generales y cuyo mérito ha producido la libertad de América. Observe usted que nuestros enemigos no mueren sino por sus crimenes en los cadalsos o de muerte natural; y los fieles y los heroicos son sacrificados a la venganza de los demagogos. ¿Qué será de usted, qué será de Montilla, y de Urdaneta mismo? Yo temo por todos los beneméritos capaces de redimir la patria. El inmaculado Sucre no ha podido escaparse de las acechanzas de estos monstruos… Yo pienso que la mira de este crimen ha sido privar a la patria de un sucesor mío…».

El asesinato de Sucre fue el último golpe. Bolívar pensaba que Sucre era el único hombre de capaz de proseguir su lucha.

¿una independencia prematura?

Estaba demasiado enfermo, demasiado cansado para intentar alejarse en dirección a Europa; de modo que se retiró a la vecina isla de Santa Marta. Pocos días antes de su partida hacia la que sería su última residencia, escribirá a Urdaneta: «Cada remedio, o cada precaución que tomo para impedir el progreso de una de las enfermedades, perjudica a la otra muy fuertemente… siendo lo peor de todo que ni hay un médico regular ni tampoco el clima me conviene. Yo conozco… que debo navegar unos días en el mar para remover mis humores biliosos y limpiar mi estómago por medio del mareo… Al mismo tiempo mi reumatismo se opone a que vaya a percibir las humedades y fríos de esas sierras heladas… al paso que mis nervios sufren extraordinariamente de este inmenso calor; de suerte que, con mucho dolor, suelo menearme y dar un paseo en la casa, sin poder subir una escalera por lo mucho que sufro… Todo esto, mi querido general, me imposibilita de ofrecer volver al gobierno, o más bien de cumplir lo que había prometido a los pueblos de ayudarlos con todas mis fuerzas, pues no tengo ninguna que emplear ni esperanza de recobrarlas… Advierto a usted esto para que tome sus medidas para asegurar la presidencia de la república, o el poder supremo que ahora ejerce, sea para usted mismo o para quien parezca capaz de dirigir la nación… Espero que dentro de ocho días estaré un poco mejor para poder seguir a Santa Marta o tomar aires mejores y buenos baños; si allí no recibo mejoría, quién sabe lo que hago, pues no tengo un médico que me aconseje… ¡quién sabe si yo me estoy matando! … Adiós, mi querido general… ni me es fácil dictar largo tiempo porque sufro mucho».

Finalmente, se retiró a la vecina isla de donde, como una última ironía del azar, sería huesped de un español. Allí le llegaron las noticias de la crisis de su mito y se enteró de que Páez le había declarado proscrito de Venezuela. Sólo entonces pensó que, quizá, la independencia había sido una conquista prematura, ya que la libertad y la igualdad estaban aún lejanas de las posibilidades de América Latina. Y entonces dirá’: «1.° la América es ingobernable para nosotros; 2.° el que sirve una revolución ara en el mar; 3.° la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4.° este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas; 5.° la ferocidad; los europeos no se dignarán conquistarnos; 6.° si fuera posible que parte del mundo volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América».

Testamento y muerte de Simón Bolívar

De tarde en tarde, algunos hombres llevan hasta la playa a Simón Bolívar. El que fuera el hombre más importante de América yace sobre una camilla. Desea ver el mar; los accesos de tos son cada vez más continuos. La tuberculosis ha minado su cuerpo; sus ojos algunos días reflejan su fortaleza perdida; en otras horas se entrecierran, parecen evocar las figuras amadas de Manuela, de Sucre, de Carreño; las caminatas por los senderos de San Mateo, los salones de París. El recuerdo de Miranda le persigue; los prisioneros de la Guaira; Piar. Es un torbellino de laureles y sangre, de muerte y de traiciones. El delirio provocado por la fiebre parece indicar el fin. Sin embargo, se repone y dicta su testamento en el que pide ser sepultado en Caracas, fiel a la religión católica.

Un amanecer se despierta extrañamente lúcido y redacta la que ha de ser su última proclama: «Colombianos: Habéis presenciado mis esfuerzos para plantear la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiábais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores, que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono. Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la constitución de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la unión: los pueblos, obedeciendo al actual gobierno para liberarse de la anarquía; los ministros del santuario, dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares, empleando su espada en defender las garantías sociales. ¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro».

Cuando Bolívar murió el 17 de diciembre de 1830, la Gran Colombia soñada por el Libertador era apenas una entelequia desgarrada por los particularismos locales. Mientras el cadáver del Libertador era humildemente sepultado en la isla de Santa Marta, Páez se constituía en presidente de Venezuela y Santander en presidente de Colombia.

Al recibir Manuela la noticia de la muerte de Bolívar, su desesperación la lleva a intentar suicidarse, y dirigiéndose al pueblo de Guaduas se hace morder por una víbora. Sus fieles servidores la descubren agonizante. La hinchazón de sus brazos le produce horribles dolores. Apelando a remedios caseros, logran salvarle la vida.

Repuesta físicamente intenta derrocar a Santander, que se había instalado en el gobierno. Fracasa la subversión y se la detiene junto a sus servidoras en el presidio de mujeres llamado Divorcio. Posteriormente es deportada. Manuela Sáenz parte rumbo al destierro, pronunciando la siguiente frase: «Yo amé al Libertador; muerto, lo venero…».

El fin de otros dos mitos: Simón el maestro, y Manuela

La historia la rescatará inválida, en un pueblecito del Perú llamado Paita. Aún en ese estado, rehusa aceptar la herencia que le deja su marido inglés y establece una pequeña industria de fabricación de dulces. Hasta allí llegará un viejo sabio, Simón Rodríguez, aquel que fuera el preceptor de Bolívar. El destino unía a las dos personas que más conocieron al contradictorio héroe.

Simón Rodríguez era ya un anciano. La muerte de su hijo intelectual fue un rudo golpe. Se dedicó a peregrinar por las tierras de América intentando infructuosamente publicar una biografía sobre el hombre en el que veía simbolizado el «Emilio» de Rousseau. La necesidad de ganarse la vida le llevó a instalar en Arequipa (Chile) una fábrica de velas en la cual también impartía sus enseñanzas.

El cartel de la humilde tienda era de una elocuencia estremecedora:

Luces y virtudes americanas:
 esto es: velas de sebo, paciencia, jabón,
 resignación, cola fuerte, amor al trabajo.

Manuela Sáenz, mujer que participó en la batalla de Ayacucho y que fue condecorada por San Martín con la banda de Caballeresa del Sol, admirada y odiada, pero protagonista indiscutible de la historia americana, en sus últimos años se transformará en objeto de veneración. Hasta su humilde casa llegará Garibaldi a rendirle su homenaje.

Manuela Sáenz pasa los días conversando con el sabio, recordando la imagen del amado muerto. Las gentes comunes requieren su presencia como madrina en el bautizo de sus niños. Ella pone una sola condición: sus ahijados habrán de llamarse Simón o Simona.

En las calles de Paita, su criado recoge perros vagabundos. Manuela les bautiza con el nombre de los generales traidores. A uno le llama Páez, a otro Santander.

Esta anciana inmóvil sólo tiene un tesoro: los documentos y cartas de Simón Bolívar, un tesoro que ama y custodia.

Un barco llega hasta el puerto de la pequeña ciudad. No sólo trae mercancías y alegres marineros. También desembarca sigilosa la difteria, que se esparce por la ciudad. El 23 de noviembre de 1856 Manuela cae víctima de la misma. Sus restos son arrojados a una fosa común y cubiertos con cal hirviente. Su casa incendiada por temor al contagio. Las llamas lo devoran todo, y los documentos y las cartas de amor de Simón Bolívar, se convierten en cenizas.

Deberíamos recordar las últimas palabras del Libertador, cuando abrasado por la fiebre, exclamaba entre extertores: «¡Vamos! ¡Vamonos!… Esta gente no nos quiere en esta tierra… ¡Vámonos muchachos! Lleven mi equipaje a bordo de la fragata...».