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XV. Una Irreversible Equivocación. Las Armas Como Garantía de paz

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

Einstein con su hija Margot.
Einstein con su hija Margot.

EL 17 de octubre de 1933, Einstein llegaba a Princeton. Dejaba atrás una vida agitada y una Europa turbulenta y llena de malos presagios; encontraba en América una vida tranquila en una pequeña ciudad del este de Estados Unidos, un centro de estudios (el Institute for Advances Studies) confortable y bien equipado, que le permitiría continuar con sosiego sus investigaciones, aunque careciese de una comunidad científica tan estimulante como la de Berlín. Contando sus impresiones sobre Princeton, Einstein escribía así:

Princeton es un lugar pequeño y maravilloso, una localidad original y ceremoniosa, llena de mezquinos semidioses con zancos. ignorando algunos convencionalismos sociales, he podido crearme una atmósfera que me permite estudiar sin molestias ni distracciones. las personas que componen lo que se llama «la sociedad» son aquí menos libres que sus colegas europeos. sin embargo, no parecen tener conciencia de esta limitación, porque su modo de vida tiende a frenar el desarrollo de la personalidad desde la infancia. si la civilización de europa se hundiese, como se hundió en grecia, la desolación intelectual que resultaría de ello sería tan profunda como lo fue entonces.

El físico francés Paul Langevin exclamó al enterarse de que Einstein fijaba su residencia en Princeton: «Semejante acontecimiento solamente se podría comparar con el traslado del Vaticano de Roma al Nuevo Mundo. El pontífice de la Física cambia de sede, y los Estados Unidos se constituyen así en el centro de las Ciencias». No le faltaba razón al científico francés, pues a partir de entonces, Norteamérica se convertía en la gran potencia científica que ha llegado a ser en nuestro días gracias a la fuga de cerebros desencadenada por los totalitarismos europeos.

Durante los primeros años de residencia en Estados Unidos, Einstein desarrolló una vida pública muy limitada. El mismo decía:

Hasta donde me ha sido posible he seguido el prudente consejo de los que me pedían que guardase silencio en las cuestiones políticas, no por temor a lo que podía ocurrirme, sino porque no veía ninguna oportunidad para hacer nada positivo mis amigos europeos me llaman «la gran esfinge», título que merezco por haber guardado silencio durante tanto tiempo. los terribles acontecimientos de europa me han paralizado hasta el punto de que mi pluma parece incapaz de expresar ideas personales. me he limitado, pues, a trabajar sobre problemas científicos, sin grandes perspectivas, sobre todo porque, por mi edad, no he conseguido integrarme en esta sociedad...


Sigue doliéndole Alemania

De todas formas no fueron escasas sus declaraciones sobre la Alemania nazi, en temas vinculados con el pacifismo, o en consideraciones sobre la escuela y la pedagogía. Damos a continuación algunos fragmentos de textos escritos por Einstein en Estados Unidos antes del comienzo de la guerra mundial, en el año 1939. Así, sobre la situación alemana pensaba:

Las cosas han empeorado mucho más de lo que podía haber previsto el más pesimista de los pesimistas. en europa, al este del rhin, no existe ya virtualmente la posibilidad de ejercitar libremente las capacidades intelectuales; la población vive bajo el terror impuesto por un grupo de bandidos que se han hecho con el poder y la juventud es envenenada con mentiras sistemáticas. la pseudovictoria de esos aventureros políticos ha engañado al resto del mundo; es ya evidente que la generación actual carece de la energía y la fuerza que permitieron a las generaciones anteriores conquistar, en una penosa lucha y a coste de grandes sacrificios, las libertades políticas e individuales del hombre.


Sobre pedagogía escribía:

Considero que el peor defecto de la educación es el sistema escolar que opera fundamentalmente a base del temor, la coacción y la autoridad artificial de los maestros. estos métodos destruyen el espíritu sano, la sinceridad y la confianza de los estudiantes en sí mismos y acaban produciendo seres humanos sumisos. no es ninguna casualidad que este sea el tipo de escuela que se preconiza en alemania y en rusia. sé que las escuelas de este país (estados unidos) no se rigen por estos principios, ni tampoco las de suiza, ni probablemente las de ningún país de régimen democrático. es relativamente fácil proteger a las escuelas de este mal, el peor de todos: el maestro ha de gozar del menor poder coactivo posible, lo cual significa que el respeto del estudiante ha de resultar de una valoración de las cualidades humanas e intelectuales del maestro.


Hay que estar preparados contra la agresión

Seguía manteniendo la opinión ya expresada en Europa en el año 1933 respecto al servicio militar y al pacifismo; decía así:

El carácter aparentemente contradictorio de mis declaraciones sobre la política que me parece deseable para la consecución del ideal pacifista ha de explicarse por los cambios ocurridos en la situación política de europa. cuando hice públicas mis primeras declaraciones al respecto, la negativa a cumplir el servicio militar era una posibilidad práctica en la mayoría de los países en los momentos actuales, toda debilitación de los países democráticos, provocada por la negativa a cumplir el servicio militar, equivaldría a traicionar la causa de la civilización y la humanidad; sólo la cooperación organizada de las democracias nos acercará al objetivo pacifista. en los países fascistas, toda actividad en favor del pacifismo es hoy imposible.


Respecto a la actividad del científico decía:

La Libertad de investigación y la aplicación socialmente útil de sus resultados depende de los factores políticos. por eso, los científicos pueden influir no como profesionales, sino como ciudadanos. por eso, también los científicos tienen obligación de participar activamente en la política, en interés de la libertad de investigación científica. han de tener el valor, como maestros y como publicistas, de formular con claridad sus convicciones políticas y económicas. mediante la organización y la acción colectiva han de intentar protegerse —ellos y la sociedad— contra todo atentado a la libertad de palabra y de enseñanza y se han de mantener siempre vigilantes en este terreno.

También fueron motivo de su silencio y aislamiento en este período la muerte, en 1934, de Ilsa, hija mayor de su esposa, Elsa, y la muerte de ésta, ocurrida en el invierno de 1936. Para atenuar la soledad en que quedó sumido Einstein, su hijo mayor, Albert, fija su residencia con toda su familia en Estados Unidos. También acompañan a Einstein su secretaria, Helene Dukas, y su ayudante, Leopold Infeld, con quien en 1938 escribía un libro de divulgación titulado La evolución de la Física.

En el verano de 1939, poco antes de estallar la segunda guerra mundial, con ocasión de la Feria Mundial de Nueva York, se enterró a gran profundidad un recipiente de metal, al que se denominó la «Cápsula del tiempo»; dentro se incluyeron diversos objetos representativos de la época y un mensaje de Einstein, que decía así:

Nuestra época ha producido muchas mentes ingeniosas, cuyos inventos habrían podido hacer más fácil la vida de la humanidad. cruzamos los océanos impulsados por la fuerza de la máquinas y utilizamos ya una energía mecánica que puede aliviar, algún día, a la humanidad de toda labor física penosa. hemos aprendido a volar y a comunicarnos fácilmente de un extremo a otro de la tierra por medio de las ondas electromagnéticas. Sin embargo, la producción y la distribución de mercancías están aún totalmente desorganizadas. todos vivimos bajo el temor de perder nuestro empleo y de sufrir privaciones. tenemos, además, el espectáculo de personas que viven en diferentes países y que se dedican a matarse mutuamente, espectáculo que constituye otra razón para que todos los que piensan en el futuro vivan bajo el terror y la angustia. todo esto se debe a que la inteligencia y el carácter de las masas son muy inferiores a la inteligencia y el carácter de la minoría que crea los valores reales de la sociedad. Sólo deseo que la posteridad esté en condiciones de leer esta declaración con un sentimiento de superioridad orgullosa y justificada.

En la primavera de 1939, Hitler se anexiona Checoslovaquia. Einstein comprobaba que sus temores por una nueva guerra comenzaban tristemente a verificarse. El, que fue gran pacifista, que conocía los problemas que planteaban los distintos nacionalismos y las distintas etnias, con las que había convivido en Italia, Suiza, Checoslovaquia, Alemania, etcétera, era pesimista respecto a su futuro. Su pesimismo le condujo a una postura en defensa del militarismo y del rearme como única solución contra el nazismo, que consideraba ser la causa del más serio peligro contra la cultura y la forma de vida europea liberal, democrática y respetuosa de la individualidad humana; asimismo, propugnaba la creación de un superestado mundial con una fuerza militar disuasoria, como forma única de evitar la guerra entre los distintos países.

Este error, que le hacía pensar en «militarismos buenos» y «militarismos malos», y en un superestado que aumentaría la libertad del hombre, le condujo a apoyar uno de los proyectos que más graves consecuencias ha tenido en la historia de la tecnología de todos los tiempos: el «proyecto Manhattan» para la construcción de la bomba atómica; con él hizo su aparición en la política el chantaje atómico, con características análogas al nazismo que quería combatir.


La energía atómica, antes de convertirse en bomba

La historia de la bomba atómica tuvo sus orígenes, en alguna medida, cuando en 1806, el francés Becquerel descubrió la radiactividad del uranio, y cuando los Curie aíslan, en 1902, el radio; pero la clave teórica que posibilitó este trágico invento la dio Einstein en 1905 al inventar su teoría de la relatividad y, sobre todo, su fórmula E = mc2, en la que vinculaba la masa con la energía e indicaba la enorme cantidad de energía encerrada en un simple átomo. Pero estos antecedentes tan sólo abrían caminos; la dificultad, entonces, consistía en conseguir en la práctica la desintegración del átomo, y que ésta pudiera realizarse de una forma controlable. En los primeros años de la década de los treinta, Enrico Fermi, en Italia, y Joliot-Curie, en Francia, consiguieron desintegrar átomos pesados, utilizando neutrones como proyectiles con los que bombardeaban el núcleo atómico; pero no lograron describir concretamente la reacción que su método producía.

En diciembre de 1938, los científicos alemanes Otto Hahn y Fritz Strassmann, que trabajaban en pleno nazismo en la Kaiser-Wilhelm-Gesellschaft de Berlín (donde había trabajado Einstein durante veinte años), descubrieron que al bombardear un átomo de uranio se producían dos de bario —elemento que tiene, aproximadamente, un peso atómico mitad del de uranio—. Se había descubierto la fisión atómica y echado las bases concretas y técnicas para la construcción de la bomba atómica. Pero quedaba todavía pendiente el descubrimiento tecnológico para lograr la construcción de un artefacto controlable y transportable que realizara dicha fisión.

En enero de 1939, Hahn envía a su antigua compañera Lise Meitner una copia de su estudio antes de su publicación. Lise Meitner había trabajado en la misma institución que Hahn en Berlín, pero unos años antes se vio obligada a abandonar esa ciudad debido a la persecución nazi contra los judíos y refugiarse en Estocolmo, donde trabajaba en un laboratorio físico de la Universidad. Lise envió una copia del trabajo de Hahn a su sobrino Otto R. Frisch, que trabajaba en el laboratorio de Copenha gue de uno de los más importantes físicos atómicos, Niels Bohr. Lise Meitner y Otto R. Frisch piepararon un informe sobre el descubrimiento y lo enviaron a una revista científica; ambos habían comprobado la importancia del descubrimiento.

A finales de enero de 1939, Niels Bohr participa en una reunión científica celebrada en Washington. Allí expuso los nuevos descubrimientos, que causaron asombro y motivaron la repetición de los experimentos a que se aludía; a la reunión también asistió Enrico Fermi, que se encontraba en Estados Unicos contratado por la Universidad de Columbia.

Bohr visitó a Einstein en su estudio de Princeton; los dos grandes físicos hablaron sobre la fisión y la posibilidad de producir una reacción en cadena, es decir, que la energía liberada por la fisión de un átomo se utilizara para la desintegración de otro. Einstein pensaba que esta posibilidad estaba todavía lejana.


La guerra activa desvía las investigaciones atómicas

Las investigaciones nucleares crecieron en pocos meses ante la posibilidad de mayores descubrimientos. En particular, había en Estados Unidos un grupo de físicos europeos que trabajaban en este campo y temieron que la Alemania nazi llegara a descubrir la bomba atómica, con trágicas consecuencias. Entre los científicos que pensaban así se encontraban Enrico Fermi y Leo Szilard, de la Universidad de Columbia; Eugene Wigner, de la Universidad de Princeton; Victor Weisskopf, del M.I.T. (Massachusett Institute of Tecnology), de gran fama, y Edward Teller, de la Universidad de Washington.

En la primavera de 1939, Leo Szilard redactó un informe sobre la posibilidad de construir una bomba de gran potencia utilizando la energía liberada por la desintegración atómica, y sobre la necesidad de incrementar el apoyo a las investigaciones conducentes a tal fin. Szilard y Fermi entraron en contacto con el almirante Hooper, pero en esta ocasión, la Marina americana no demostró mayor interés.

A mediados de julio, Szilard y Wigner visitaron a Einstein en la casa en que éste pasaba sus veranos, en Long Island, cerca de Nueva York. El motivo era expresarle su temor de que Alemania se adelantase en la construcción de la bomba, pues sabían que en el Centro de Investigación berlinés se estaba realizando un proyecto de investigación de alto secreto. En principio había que evitar que Bélgica vendiera uranio de buena calidad, extraído en el Congo, a Alemania. Einstein podía alertar a la reina de Bélgica dada su amistad desde hacía varios años.

Esta idea inicial se cambió, pensando que sería mejor dirigirse al presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. Einstein accedió y puso todo el peso de su prestigio para convencer al presidente del país más rico de la Tierra de que construyera el arma más mortífera que jamás soñara nadie. Einstein escribió el 2 de agosto de 1939 la siguiente carta:

F.D. Roosevelt. presidente de los Estados Unidos. Casa Blanca, Washington, D. C.

Señor: recientemente ha llegado a mi conocimiento la versión manuscrita de algunos trabajos de e. fermi y l. szilard que hacen concebir la esperanza de que el elemento uranio pueda ser convertido en una nueva e importante fuente de energía en un futuro inmediato. algunos aspectos de la situación actual parecen obligar a la administración a una gran vigilancia y, si es necesario, a una rápida acción. Considero, por tanto, que mi deber es llamarle la atención sobre los siguientes hechos y recomendaciones.

En los cuatro últimos meses, la obra de joliot en francia y de fermi y szilard en los estados unidos ha demostrado la posibilidad —muy viable— de producir reacciones nucleares en cadena en una gran masa de uranio; con ellas se generarían grandes cantidades de energía y de nuevos elementos radiactivos. Parece seguro que todo ello puede conseguirse en un futuro inmediato.

Este nuevo fenómeno permitiría la construcción de bombas, y es concebible —aunque no tan seguro— que podrían construirse bombas extremadamente poderosas, de un nuevo tipo. Una sola de estas bombas, transportada por barco o lanzada en un puerto, podría destruir todo el puerto y una gran parte de sus alrededores. Puede ocurrir, sin embargo, que estas bombas sean demasiado pesadas para poderlas transportar por aire.

Estados unidos dispone de minerales de uranio muy pobres y en cantidades moderadas. hay buenos yacimientos en el canadá y en la ex checoslovaquia, pero los yacimientos de uranio más importantes se encuentran en el Congo Belga.

En Vista de esta situación, quizá considere usted deseable establecer un contacto permanente entre la administración y el grupo de físicos dedicados a los problemas de la reacción en cadena en los estados unidos. una de las formas posibles de esta relación podría consistir en que usted nombrase para encargarse de ella a una persona que goce de su confianza y que pueda actuar de manera oficiosa. su tarea comprendería los siguientes extremos:


1. Relacionarse con los diversos departamentos gubernamentales, mantenerles informados de la evolución de las investigaciones y hacer recomendaciones para la acción del gobierno, con particular atención al problema de asegurar un suministro continuo de mineral de uranio a los Estados Unidos.

2. Acelerar el trabajo experimental, que se realiza actualmente dentro de los límites de los presupuestos de los laboratorios universitarios; para ello habría que suministrar recursos económicos, si fuese necesario, estableciendo contacto con personas privadas deseosas de contribuir a esta causa y obteniendo, quizá, la colaboración de laboratorios industriales dotados del equipo necesario.

Se que Alemania ha prohibido la venta del uranio de las minas checoslovacas, sometidas actualmente a su control. Esta medida puede explicarse, quizá, porque el hijo del secretario de estado alemán, Von Weizsácker, trabaja en el Kaiser-Wilhelm-Gesellschaft de Berlín, donde se están repitiendo actualmente algunos de los experimentos norteamericanos sobre el uranio.

Su Affmo. s. s. A. Einstein.


Alexander Sach, economista y consejero de Roosevelt, aceptó llevar personalmente la carta al presidente; el 11 de octubre de 1939 se la entregó junto con el informe técnico realizado por Szilard. Roosevelt, movido por esta carta, nombró un comité asesor sobre uranio, en el que figuraban representantes del Ejército y de la Marina americanos. Sin embargo, la reactivación de las investigaciones nucleares es muy lenta y los fondos para ella, escasos. El 7 de marzo de 1940, Einstein escribía una segunda carta al presidente Roosevelt recomendándole mayor celeridad. Hay que esperar hasta el mes de diciembre de 1941, es decir, a que entren los Estados Unidos en la segunda guerra mundial, para que la investigación atómica reciba un apoyo masivo, mediante el cual se logra en menos de un año la primera reacción en cadena. Probada ésta, se crea, bajo el mando del general Groves, el «proyecto Manhattan», cuya finalidad era la construcción de una bomba atómica. El crédito concedido es de 2.000 millones de dólares.


No participa directamente

Mientras tanto, Einstein vivía aislado en Princeton, acompañado en su casa por su secretaria, Helene Dukas, y su hermana, Maya Einstein. Trabajaba tranquilo en su despacho del Instituto para Estudios Avanzados, donde coincidió con el matemático Kurt Gódel. Se le veía a veces navegar a vela por el lago artificial de Carnegie. El 1 de octubre de 1940 recibió la nacionalidad americana. En junio de 1943 firmó un contrato con la Marina de los Estados Unidos, aunque parece que no participó directamente en la preparación de la bomba.

La bomba atómica, mientras tanto, estaba siendo construida, y de una forma que la hacía fácilmente transportable. Los alemanes nazis había desistido de su fabricación, debido a que no podían sostener el gasto que su construcción significaba en pleno estado de guerra y sabiendo que laboratorios y fábricas serían puntos estratégicos a los que se dirigían inexorablemente los ataques aliados, como fue el perpetrado contra la fábrica de agua pesada instalada en Noruega y que fue volada por un destacamento enemigo.

En abril de 1945, Einstein se jubila al cumplir los sesenta y seis años, hecho que no introduce cambios notables en su vida cotidiana, pues sigue ocupando su despacho en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton. El presidente Roosevelt fallece el 12 de abril, y Truman, que le sucede en la presidencia de los Estados Unidos, forma un Comité para que le asesore sobre el uso de las nuevas armas atómicas. Este Comité, formado por políticos y militares, estaba auxiliado por cuatro físicos atómicos que habían colaborado en la fabricación de la bomba: Compton, Fermi, Lawrence y Oppenheimer. Estos científicos eran partidarios del empleo de la bomba. Además, una encuesta realizada por Compton entre 150 científicos de la Universidad de Chicago dio los siguientes resultados: 15 por 100, partidarios de la utilización militar ilimitada de la bomba atómica; 46 por 100, partidarios de una demostración militar, con asistencia de autoridades japonesas, con una finalidad conminatoria a la rendición antes de su empleo; el 26 por 100, partidarios de una experimentación previa en Estados Unidos, y sólo un 13 por 100, pertidarios de evitar todo uso militar.

Churchill cuenta que «el acuerdo entre nosotros (sobre el empleo de la bomba atómica en Japón) fue unánime y automático, sin vacilaciones, y nunca surgió ni la menor protesta contra su empleo».

La primera explosión atómica experimental tuvo lugar el día 16 de junio de 1945 en el desierto de Alamo Gordo, en el estado de Nuevo México; su potencia era similar a 20.000 toneladas de trilita.


Y se consumó la tragedia

El 6 de agosto de 1945 (¡qué terribe 6 de agosto!) tuvo lugar la explosión de la primera bomba atómica sobre un objetivo militar: Hiroshima. A bordo del bombardero cuyo nombre, sarcásticamente, era Alegre Elena, y tripulado por el teniente Robert Lewis (quien terminó en un hospital psiquiátrico), se cargó la bomba atómica. A las ocho de la mañana se descargó sobre Hiroshima, ciudad que hasta ese momento contaba con 250.000 habitantes. Resultado: 78.150 muertos, 9.248 gravemente heridos, 27.997 heridos, 176.987 con la salud afectada por la explosión. Esto entre la población civil; entre las tropas acantonadas en la ciudad se registraron cerca de 150.000 muertos. Sin embargo, la consecuencia más grave fue el chantaje atómico, ya que con aquel acto se inició la carrera armamentística más colosal que haya conocido la Tierra.

Mientras esto ocurría, Albert Einstein estaba navegando a vela sobre el lago Saranac, en cuyas inmediaciones tenía una casita de campo. Su secretaria, Helene Dukas, le transmitió la noticia de la explosión de la bomba atómica en Hiroshima, tras haber escuchado por radio el mensaje del presidente Truman, que la anunciaba. Algo turbó profundamente a Einstein, pues enmudeció y sólo atinó a articular un lamento: oh, web! (¡qué lástima!). Y deploró el haber enviado aquella carta a Roosevelt, con la que en alguna medida se había iniciado una serie de acciones que culminarían en aquella catástrofe; también lamentó los años dedicados a una ciencia, al parecer completamente pura y abstracta, que sólo servía para hacer comprender mejor el mundo. Esto le hizo decir que de saber los resultados «hubiera preferido ser fontanero».

Tres días después, el 9 de agosto de 1945, se bombardó atómicamente otra ciudad del Japón: Nagashaki. Los resultados no fueron menos efectivos: 73.884 muertos y 76.796 heridos de gravedad.