XV. Los Delfines Se Impacientan
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Introducción
LA sincera pasión que demostrara en el proyecto del Congreso panamericano lo alejó de los problemas concretos que le aguardaban en Colombia, Ecuador, Perú y en la misma Bolivia. Y el Congreso, al que había invitado a los representantes de todas las repúblicas libres de América latina, Estados Unidos y Gran Bretaña, fue un fracaso que el Libertador no pudo ignorar. Sólo concurrieron representantes de seis países.
Bolívar también impuso su constitución al Perú. Su acción autoritaria le alejó cada vez más del favor popular. Le acusaban de querer constituir un imperio.
Luego del fracaso del Congreso de Panamá, se dedica a un proyecto menos ambicioso: una Confederación de los Andes. Pero esta iniciativa también fracasa. En cada región se han formado grupos de poder que no desean delegar ningún derecho.
La doctrina Monroe y el Congreso de Panamá
Tres días antes que Sucre diera fin a las guerras de la independencia con la batalla de Ayacucho, el 7 de diciembre de 1824, Simón Bolívar invita a los gobiernos americanos al Congreso de Panamá, proponiendo como puntos básicos el establecimiento de una política común, la formación de un ejército americano para la defensa continental y la creación de una confederación de naciones.
Al Congreso fueron invitados los Estados Unidos, a través de Santander, e Inglaterra. El gobierno norteamericano, en la figura de su secretario de Estado, tuvo que veneer la oposición de gran parte del Senado a su propósito de enviar diputados a Panamá. Diversos sectores se muestran reticentes y se manifiestan en contra de comprometer al país en un empeño común. Además, temen que el Congreso se pronuncie por la independencia de Cuba y Puerto Rico, ya que, siendo colonias de España, los norteamericanos pueden comprarlas o tomarlas mediante una invasión armada.
Tras arduos debates se decidió la asistencia, pero los dos enviados nombrados nunca llegaron a destino. Uno muere en Cartagena, afectado por una enfermedad tropical, y el otro llega tarde.
El que más provecho saca del Congreso es el representante inglés, Dawkinson, que en pugna con Estados Unidos insinuó la colaboración británica para el posible intento de conseguir la independencia de Cuba y Puerto Rico. Londres se ganó la simpatía de los latinoamericanos para contrarrestar las aspiraciones de los Estados Unidos de dirigir la región.
A partir de la Carta de Jamaica, el interés de Bolívar se encamina hacia la unidad de la América española, y en el memorándum de Lima, de febrero de 1826, dirá: «El Congreso de Panamá reunirá a todos los representantes de la América y un agente diplomático del gobierno de S. M. B…» (Su Majestad Británica). La intención de Bolívar es excluir a los Estados Unidos y apoyarse en una potencia que no está en condiciones de tomar por las armas regiones americanas. Contra esta opinión, Santander cursa las invitaciones respectivas y justificará este proceder diciendo: «Con respecto a los EE. UU., he creído conveniente invitarlos a la augusta asamblea de Panamá pues yo estoy convencido que entre los aliados, esos sinceros e ilustres amigos no dejarán de ver con satisfacción tomar parte en nuestras deliberaciones sobre asuntos referentes a nuestro común interés».
Las diferencias de criterio entre Bolívar y Santander en cuanto a la doctrina Monroe quedan al descubierto en las instrucciones de Bogotá y Lima. Las dos tendencias reflejadas en dichos documentos evidencian las discrepancias profundas que dividen a ambos hombres.
La Cancillería de Bogotá, en su programa de acción, señala: renovación del pacto de unión, liga y confederación; determinación del contingente de fuerzas terrestres y marítimas de la confederación; declaración de la asamblea del futuro; tratados de comercio y navegación entre los aliados; acuerdo sobre los derechos y funciones de los cónsules; abolición del tráfico de esclavos y condenación de la trata como crimen de piratería internacional, y «la adopción de medidas que hagan eficaz la declaración del presidente Monroe de los Estados Unidos».
La Cancillería de lima, recoge el pensamiento de Bolívar, profundizándolo en los siguientes puntos: un plan combinado de hostilidades contra España; obtención de España del reconocimiento de independencia de sus ex colonias y la suscripción de un tratado de paz; confiscación de los bienes españoles que transporten los buques cualquiera que sea su bandera; pronunciamiento sobre el reconocimiento de los gobiernos de Santo Domingo y Haití, separados de sus antiguas metrópolis, pero aún no reconocidos por ninguna potencia americana ni europea.
Bolívar reclama del Congreso una «enérgica y efectiva declaración contra toda tentativa de colonización europea en América y contra toda intervención en nuestros asuntos domésticos, igual a la del presidente de Estados Unidos en su mensaje al Congreso de 1823». Santander demanda, en cambio, «medidas que hagan eficaz la declaración del presidente Monroe» y pretende que la unidad latinoamericana sirva a los fines del enunciado de la Casa Blanca.
La situación en Colombia alcanzó un punto crítico, y Bolívar debió atender los requerimientos del gobierno. La rivalidad entre Venezuela y Colombia, entre Páez y Santander, era grave y no podía conciliarse mediante la Carta Constitucional; la misma contribuía a ahondar las diferencias entre los dos países y favorecía la corrupción y la ineficacia de sus respectivas administraciones. La economía estaba en crisis, el tesoro se declaraba en quiebra y las innumerables facciones agravaban la situación en la Babel de las instancias.
La posición de Bolívar se había debilitado con el envío de representantes para imponer su Constitución. Las acusaciones de tiranía aumentaban. En este momento álgido es cuando se produce la llamada Revuelta de Páez.
Comienza la revuelta
Bolívar regía los destinos de Nueva Granada y Venezuela desde su estancia de La Magdalena, en el Perú; sus vicepresidentes Santander y Páez pugnaban por el poder, y tanto en una como en otra región comenzaban a ponerse en evidencia los contradictorios intereses localistas. El proyecto de la Gran Colombia se empezaba a resquebrajar.
El Congreso reunido en la ciudad de Bogotá promueve acusaciones contra Páez, imputándole la infracción de las leyes de reclutamiento de fondos y tropas. Sin siquiera escuchar el descargo que el acusado podría hacer en su defensa, se le suspende en el cargo y funciones de comandante de las tropas de Venezuela.
La respuesta no se hace esperar. El llanero Páez, que con sólo su presencia, sin necesidad de leyes ni nombramientos, supo dirigir a hombres montaraces y fieros, no se sometería al juego burocrático de los letrados de la ciudad.
Valencia se conmociona ante su destitución. Páez ha sabido hacerse muy popular, y hombres y mujeres salen a las calles para expresarle su apoyo. El bronco caudillo se niega a aceptar la resolución del Congreso y amenaza con separar a Venezuela de los destinos de Nueva Granada. Bolívar escribirá: «Hoy he recibido comunicaciones de Colombia en las que me llaman urgentemente. Aquella República se ve amenazada de un principio de disolución de uno al otro extremo; mi nombre sólo les conserva un ser que sería muy precario si prolongase más mi ausencia».
Perú: Bolívar a la expectativa
Los colegios electorales con sede en Lima habían aprobado la Constitución creada para Bolivia por el Libertador y nombrado a éste presidente vitalicio del Perú. Sin embargo, aunque aparentemente cargado de honores, Bolívar se sabía amenazado por las conspiraciones, como revela esta carta:
Ayer me delataron una grande conspiración premeditada contra el gobierno, contra la tropa y contra mí. en ella están comprendidas muchas personas de posición y de carácter público así como hay en ella otras de grande influjo en la gente del pueblo por su audacia y otras cualidades. lo peor de todo es que el proyecto es vasto, tiene mil ramificaciones y apenas habrá un solo jefe de cuerpo del ejército del perú que no tenga alguna complicidad.
El Libertador era consciente de su inestable situación, pero aún sabiendo el peligro que significaba abandonar Perú, los problemas de Santander y Páez y el malestar reinante en Guayaquil le obligaron a abandonar Lima, a la que ya nunca más volvería. En El Callao se embarcará rumbo al puerto de Guayas (Ecuador). Manuela Sáenz habrá de cubrirle las espaldas en Lima rechazando las campañas de difamación que se promueven en su contra.
A su llegada a Guayaquil, convulsionada por el enfrentamiento entre Venezuela y Colombia, dirá ante el pueblo «Colombianos: el grito de vuestra discordia penetró mis oídos y he venido a traeros una rama de oliva… Que cese el escándalo de vuestros ultrajes y el delito de vuestra desunión».
Bolívar pretende mantener una actitud conciliadora, equidistante; no quiere tomar partido ni por Páez ni por Santander. Sin embargo, muy pronto ambos han de tomar partido en su contra.
Considera el conflicto un simple fallo legislativo y proyecta promover cambios en la Constitución que él mismo dos años antes había declarado inamovible. El Libertador dice: «El divorcio lo inició el Congreso y Paéz lo consumó. La cosa de Páez no es más que el primer tropezón que ha sufrido una máquina torpemente construida, que se había mantenido firme porque no se había puesto en movimiento». Este ataque al Congreso acentuará su antagonismo con Santander.
Sabiendo que el general neogranadino trata de volcar la fuerza del Congreso a su favor, Simón Bolívar se dirige a Bogotá y se enfrenta directamente con el problema: «Yo no quiero presidir los funerales de Colombia… Mientras que el pueblo quiere asirse de mí, como por instinto, ustedes procuran enajenarlo de mi persona. Está bien, ustedes salvarán la patria como la Constitución y las leyes que han reducido a Colombia a la imagen del palacio de Satanás que arde por todos sus lados. Que el día de mi entrada a Bogotá sepamos quién se encarga del destino de la República. Usted o yo».
Esta fue una verdadera declaración de guerra a Santander. Contra todos los pronósticos, el Congreso apoyó a Bolívar y el pueblo de Bogotá le aclamó en las calles de la ciudad.
Resueltos los asuntos que le llevaron a Bogotá, Bolívar marcha rumbo a Venezuela para entrevistarse con Páez, al que escribe: «Estoy resuelto a todo por Venezuela y por usted; ella es mi madre; a ella debo consagrar todos los sacrificios. Mi única misión es salvar lo que lleva el nombre venezolano; he proclamado una absoluta amnistía para todos. He dicho altamente que usted ha tenido derecho para resistir a la injusticia con la justicia y al abuso con la desobediencia».
Al entrar en su patria, Bolívar la encontrará dividida por luchas internas. Hay una amenaza de guerra civil. José Francisco Bermúdez y el general Páez se disputan el poder. Bolívar debe intervenir para poner fin a la contienda. Las palabras que dirige a ambos contrincantes son severas: «Ya se ha manchado la gloria de vuestros bravos con el crimen del fratricidio. ¿Era esta la corona debida a vuestra obra de virtud y valor? No, alzad, pues, vuestras armas fraticidas. No matéis a la patria».
Posteriormente se entrevistará con Páez, y los dos hombres se abrazarán públicamente. El 12 de enero de 1827 la población de Caracas le recibe jubilosa; la presencia de Páez junto al Libertador se considera un triunfo de Venezuela contra Nueva Granada. El hecho parecía indicar que Bolívar apoyaba al llanero y desautorizaba a Santander y al Congreso de Bogotá. Detrás de estas acciones se hallaba su aspiración a crear la Federación de los Andes, a la que, en última instancia, sacrificaba las naciones que él mismo había creado. Sus adversarios desencadenaron una ola de propaganda en contra suya en la prensa y en los órganos oficiales. En 1827, la ruptura entre Bolívar y Santander era un hecho; éste último encontraba apoyos prestigiosos en el creciente grupo de opositores al Libertador tanto en Venezuela como en Colombia. Pero Bolívar no quería apelar a las armas.
Perú da la espalda al Libertador
El gobierno instalado por Bolívar en Perú sucumbió ante la revuelta del ejército colombiano capitaneado por el coronel José Bustamante, quien el 26 de enero de 1827 sublevó contra Bolívar la tercera División de Colombia. La sublevación parecía que estaba inspirada por el general don Francisco de Paula Santander.
Manuela Sáenz, con la complicidad de sus fieles servidoras negras, recurre a un gesto desesperado. Disfrazadas de soldados y pistola en mano, intentan sublevar un cuartel para respaldar la autoridad de Bolívar. La tentativa fracasa, y tienen que entregarse. Las tres mujeres son confinadas e incomunicadas en un monasterio. A los pocos días se decidirá su destierro. Manuela Sáenz y sus servidoras serán transportadas en barco desde Perú a Guayquil. Ya en su tierra natal, Manuela se desprenderá de casi toda su fortuna con la esperanza de sobornar a gran parte de la oficialidad rebelde. Sin embargo, este sacrificio no dará sus frutos. Perú ha vuelto la espalda a su Libertador.
El gobierno peruano, envalentonado por el triunfo, toma la ciudad de Guayaquil y amenaza con la guerra a Colombia. La respuesta de Simón Bolívar ante semejante actitud, que ponía en entredicho su autoridad, fue renunciar a la presidencia. Confiaba en una reelección que, efectivamente, se produjo. Después disolvió el Congreso y convocó una Asamblea Nacional para elaborar una nueva Constitución. Estas medidas revestían su poder con el aspecto de una dictadura. No obstante la confianza que tenía en sí mismo, en su extraordinaria capacidad, comenzó a quebrarse y su popularidad se resquebrajó. Así, mientras Santander se encargaba de realizar una amplia campaña política, Bolívar ni siquiera intentó buscar apoyo en la Asamblea. Los santanderistas, por tanto, contaban con una mayoría aplastante. Otro de los errores de Bolívar fue no concurrir para expresar sus propios criterios y apoyar explícitamente a los conservadores que le sostenían.
No pasó mucho tiempo sin que la Asamblea se decidiera a adoptar una Constitución incompatible con Bolívar, pues el Libertador prefería un país sin Constitución a una que no compartía. Por eso ordenó a sus partidarios que boicotearan la reunión final, para que la Constitución no pudiera aprobarse por falta del quorum necesario. Colombia carecía de gobierno y Bolívar confiaba en una sublevación en su apoyo, motivo por el cual prefirió dejar el país sin dirección y reafirmar su apoyo a Páez. En un acto simbólico le regalará la espada que llevó en sus campañas militares. El jefe llanero agradecerá el obsequio con las siguientes palabras: «En mis manos esta espada nunca será otra cosa que la espada de Bolívar. Su voluntad la dirigirá, mi mano la sostendrá. En mi mano está la espada de Bolívar. Por él iré con ella hasta la eternidad». Muy pronto la historia comprobará cuan débil son las palabras frente a los hechos.
Ante la campaña de rumores desatada por Santander, Bolívar entrega el mando a Páez y marcha a Cartagena. Desde allí escribirá: «Ya no queda duda acerca de lo que tanto hemos dudado respecto de Santander. Y está visto que Venezuela y yo somos su blanco, mis amigos son tenidos por enemigos de la patria y de la libertad, se me presenta como un tirano y ambicioso porque procuro los intereses del pueblo; se me insulta y aborrece porque he evitado la guerra civil en Venezuela».
El 13 de junio de 1828 Simón Bolívar logra que la Junta Popular de Bogotá le proclame dictador a petición suya: «Yo lo digo altamente: La República se pierde, o se me confiere una inmensa autoridad; yo no confío en los traidores de Bogotá ni en los del sur». Así puede consolidar un gobierno fuerte, pero impopular. Las conspiraciones contra él no van a tardar en aparecer. Nuevamente la protectora figura de Manuela le salvará la vida.
Primer atentado
Ya hemos dicho que la vida del Libertador puede parangonarse con esos personajes trágicos que desfilan por las páginas de la literatura clásica. La muerte de Julio César, que tan magistralmente pintara Shakespeare, podría ser el marco adecuado para narrar el intento de asesinato en el que se hallaban implicados oficiales adictos a Santander.
Bolívar asiste a una fiesta de disfraces: doce hombres esconden en sus ropas las dagas destinadas a darle muerte. Todo está preparado y decidido. Los ecos de la conspiración han llegado a oídos de Manuela, quien, vistiéndose de húsar y armada con dos pistolas, se presenta en la fiesta. Un grupo de militares le impide el paso y la obligan a regresar a su casa, con el pretexto de que es indigno que una dama se disfrace de soldado.
La animación del baile llega a su punto culminante. La música apaga el murmullo de los conspiradores. Bolívar, ignorante de todo, conversa con los que le rodean. De pronto, comienzan a oírse gritos. En un primer momento todos disimulan, pero las voces siguen subiendo de tono. En especial la voz de una mujer, aparentemente enajenada, que utiliza vocablos que avergonzarían a la propia soldadesca. Bolívar reconoce la voz de Manuela y, abandonando el salón central, se dirige a las escaleras de entrada a la residencia. La imagen que se le presenta le aterra: luchando con los soldados, una mujer desgreñada y harapienta profiere gritos y gestos obscenos. Es Manuela Sáenz, su mujer.
Ante semejante bochorno, Bolívar decide retirarse, llevándola consigo. Todavía no sabe que Manuela acaba de salvarle la vida.
En esos días, la que más tarde sería llamada La Libertadora del Libertador, o la mujer hombre, como la definió el famoso escritor peruano Ricardo Palma (1833–1919), organizará una verdadera campaña pública contra Santander, cuyo punto culminante lo constituirá el fusilamiento en efigie del general neogranadino en los jardines de la residencia de Bolívar.
Constituida en la mano fuerte, en la guardaespaldas del Libertador, comienza a sospechar también de Páez, llegando a decir: «Dios quiera que mueran todos estos malvados que se llaman Santander, Padilla, Páez… Este es el pensamiento más humano: que mueran diez para salvar millones».
El 25 de septiembre de 1828, el Libertador está tomando un baño en una tinaja y se duerme profundamente. Su única compañía y guardia es Manuela Sáenz, y su única precaución son su espada y sus pistolas a mano sobre un taburete.
Cerca de medianoche, dos perros empiezan a ladrar. Se oye un ruido de armas blancas y quejidos que procedían de donde estaban situados los centinelas del palacio. Manuela despertó a Bolívar y éste, instintivamente, echó mano a sus armas y trató de abrir la puerta del cuarto mientras terminaba de vestirse.
Pero entonces la puerta comenzó a ceder ante el empuje de los que trataban de forzarla desde afuera. Manuela le indicó la ventana del cuarto. Sin perder un instante, Bolívar se lanzó a la calle. Fueron sólo segundos. La puerta cedió, y entraron en tropel los conjurados, que sólo encontraron a Manuelita. El golpe había fracasado. En esta ocasión es cuando Bolívar dice a Manuela: «¡Tú eres la Libertadora del Libertador!
Los acontecimientos ya le desbordaban cuando decidió renunciar. Una vez más son sus partidarios quienes le disuaden de que lo haga. La represión que sigue es muy severa. Catorce de los conspiradores de septiembre fueron ajusticiados, entre ellos el almirante Padilla, héroe naval de la guerra de emancipación. A Santander le perdonó a pesar de ser inspirador del atentado y el hombre destinado a asestar el último golpe para la caída de Bolívar.