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XV. Larra, Entre Nosotros

De Mienciclo E-books

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Introducción

Tumba de Mariano José de Larra.
Tumba de Mariano José de Larra.


HEMOS asistido al itinerario que traza, desde 1809 a 1837, la fecunda biografía de Mariano José de Larra. Una a una, con la puntualidad de sus mismos textos, hemos podido observar las curvas que, entre la esperanza y la depresión o el cansancio, se van sucediendo en los últimos y decisivos años del corto trayecto. Al final, con el mayor detalle posible, hemos procurado poner frente a los ojos del lector la crónica desolada de los postreros días figarianos, el camino, denso de confesiones y apenas velado por el pudor que va del día de Difuntos de 1836 a la fecha fatal del 13 de febrero de 1837. Nada se entendería de ese alucinado tramo en que culmina todo, sin embargo, sin poner la vista atrás, en el Larra de las horas cargadas de esperanza. Nada, tampoco, podríamos entender de la decisión suicida sin sacar a Larra de su habitación. Y ver, a su lado, el país que le rodeaba, la España para quien escribía, el Madrid que le aplaudía sin conocerle ni comprenderle.

Pensar en un suicidio por amor, al modo estereotipado del romanticismo visceral, es, amén de una ingenuidad, una irreparable actitud superficial, que si no podemos perdonar en su coetáneos, mucho menos podemos disculpar en quienes hasta él se acercan siglo y medio casi después de su muerte. ¿Quién coloca la bala en la pistola?, ¿la desidia de Dolores? También Dolores Armijo, claro está. Pero su amante no es más que un factor de una serie infinitamente más compleja. En última instancia, Dolores es, como tantas otras cosas, parte del contexto que lleva a Larra hasta el pistoletazo final. Y no parte sólo como persona, sino como dato: el hecho, en suma, de que también fuera imposible salvar el escollo de ese amor socialmente condenado. Dolores Armijo es, en el último momento, otra esperanza que Larra encierra. Pero venía enterrando desde atrás muchas más. Pensar que por ser la última en el tiempo es la decisiva, creer que hay una relación íntima de causa a efecto entre el abandono de la amante y el suicidio es, simplemente, no haber entendido (ni leído bien) a Larra. Hablando con propiedad —Umbral lo ha señalado—, Mariano José de Larra estaba muerto mucho antes del disparo. El hombre que escribe «La Nochebuena de 1836» o «El día de Difuntos de 1836» está anunciando no sólo que por faltarle el amor se quitará algún día la vida, sino, lo que es sin duda más importante, que ha llegado (o está a punto) a perder el sentido de la existencia. Que cree, en suma, como luego dirá el primer Sartre que el hombre es una pasión inútil. Pero lo decisivo en nuestro caso no es verificar esta conclusión, sino comprender cómo se llega hasta ella. Y ahí está, en última instancia, eso que en términos muy generales podemos llamar política. Escuchemos por un momento sus propias palabras en «Un reo de muerte», publicado en Revista Mensajero, el 30 de marzo de 1835:

Cuando una incomprensible comezón de escribir me puso por primera vez la pluma en la mano para hilvanar en forma de discurso mis ideas, el teatro me ofrecía primer blanco a los tiros de ésta que han calificado muchos de mordaz maledicencia... del llamado teatro, sin duda por antonomasia, dejeme suavemente deslizar al verdadero teatro; a esa muchedumbre en continuo movimiento, a esa sociedad donde sin ensayo ni previo anuncio de carteles, y donde a veces hasta de balde y en balde se representan tantos y tan distintos papeles. de estos dos teatros, sin embargo, peor el uno que el otro, vino a desalojarme una farsa que lo ocupó todo: la política.»


Larra empieza siendo un escritor crítico —de teatros o de costumbres, otro teatro— y acaba siendo un escritor político. Todo le lleva al mismo punto, todo converge en la misma dirección: la suerte colectiva de un país que le hiere la retina y que quisiera distinto. A Mariano José de Larra le desgarra el dolor de España que inaugura con una lucidez digna de mucho mejor entendimiento. Vive un momento histórico decisivo y cuajado de esperanzas: el paso —teórico— del Antiguo al Nuevo Régimen, la constitución dificultosa de una sociedad de nuevo cuño a la salida de la tediosa y terrible dictadura fernandina. Ese es el contexto de la decepción de Fígaro y fuera de él nada aparece claro ni inteligible a los ojos de una lectura total y auténtica de su obra. Tal vez sus conemporáneos, leyéndole día a día, sin demasiada visión de conjunto, pudieran albergar una percepción inexacta o parcial. Nosotros, no. Nosotros debemos leer a Fígaro sabiendo muy bien lo que había detrás de cada una de sus «aparentes» mordacidades. Sólo entonces conocemos el verdadero trasfondo que se agazapaba por detrás de cada artículo envidiado y/o admirado.

Sus contemporáneos —está claro–trivializaron a Larra. Tal y como dice Azorín, no le entendieron. «Perciben su superioridad, y, sin embargo, hay algo en él que no comprenden». Le creen, en suma, un producto romántico en el peor —y más gesticulante— sentido de la palabra. O le alian, sin más, entre el abigarrado grupo de los costumbristas empeñados en mostrar graciosamente el lado ridículo o grotesco de las costumbres madrileñas o españolas. Se ven con él superados como se vieron los pobres contemporáneos de Miguel de Cervantes con «El Quijote». No fueron capaces de ver en Larra más allá de la imagen mundana de un Fígaro despreocupado y elegante que deslumhraba en los salones a las damas o hacía temblar a sus colegas en las tertulias.


Y en 1901?

Y en 1901, los noventayochistas, entonces en pleno proceso de rebeldía vital dentro de la España sin pulso que denunciara Silvela, tampoco lograron reivindicar toda la grandeza de Larra. En «Rivas y Larra» rememora Azorín la visita de 1901 a la tumba de Larra que ya evocara Baroja y que el mismo Martínez Ruiz novelara en «La voluntad»:

«En la tarde del 13 de febrero de 1901 un grupo de jóvenes se dirigía por la calle de Alcalá abajo, desde la Puerta del Sol, en dirección a Atocha. Vestían estos mozos trajes de luto; iban cubiertos con sombreros de copa; llevaban en las manos ramitos de violetas. El sombrero de alguno de estos jóvenes era de ala plana, recta; una larga melena bajaba casi hasta los hombros, el cuello iba rodeado con triple vuelta de negra corbata. Diríase una típica figura de un cuadro de Esquivel. Estos muchachos se encaminaban hacia el cementerio de San Nicolás, donde estaba enterrado Fígaro. Llegados ante la tumba del escritor, depositaron en ella los ramitos de violetas, y uno de los jóvenes leyó un breve discurso en el que se enaltecía la memoria de Larra. “Maestro de la presente juventud es Mariano José de Larra.” La juventud de que aquí se habla es la que luego ha sido llamada generación de 1898. Dos días después de la visita a la tumba de Larra, ese grupo de jóvenes publicaba una hoja en que se contenían el relato del homenaje, el discurso leído, una breve biografía de Larra y los nombres de los que realizaron el acto. Pío Baroja era el autor de la descripción de la visita, y el autor de estas líneas lo era del discurso leído y de la nota biográfica. La hoja, impresa en gran tamaño por una cara sola, se imprimió en la Imprenta de Felipe Marqués, Madera, 11, Madrid. (Damos estos detalles porque es posible que con el tiempo sea éste un documento, si no histórico, como se suele decir, por lo menos interesante.) En recias y negras letras, a la cabeza de la hoja, se lee: Larra; debajo: 1809-1837, y en seguida: “Aniversario de 13 de febrero de 1901.”

Pío Baroja, hablando del cementerio de San Nicolás, escribe en su relato: “El cementerio este se encuentra colocado a la derecha de un camino próximo a la estación del Mediodía. A su alrededor hay eras amarillentas, colinas áridas, yermas, en donde no brota ni una mata, ni una hierbecilla”. “El día en que fuimos era espléndido —añade Baroja—; el cielo estaba azul, tranquilo, puro. Desde lejos, a mitad de la carretera, por encima de los tejadillos del cementerio, se veían las copas de los negros cipreses, que se destacaban en el horizonte de un azul luminoso...” Los celebrantes del homenaje fueron: Ignacio Alberti, Camilo Bargiela, Pío Baroja, Ricardo Baroja, José Fluixá (la figura de Esquivel, con sus melenas y su chistera de ala plana), Antonio Gil y J. Martínez Ruiz. En nuestra novela “La voluntad” hemos dedicado un capítulo a este acto; allí reproducimos el discurso leído.

“Maestro de la presente juventud es Mariano José de Larra.” Sí, esta generación de escritores ha sentido y amado a Larra como antes no había sido sentido y amado...»

El discurso de Azorín sitúa a Larra en las coordenadas del rebelde que se entregó con pasión a la escritura: «Se dio por entero a la vida y a la obra; todas sus vacilaciones, sus amarguras, sus inquietudes, están en sus vibradoras páginas y en su trágica muerte. Y he aquí por qué nosotros, jóvenes y artistas, atormentados por las mismas ansias y sentidores de los propios anhelos, venimos hoy a honrar, en su aniversario, la memoria de quien queremos como un amigo y veneramos como a un maestro».

Pero Larra es mucho más que un rebelde. Y su figura está por encima, hoy, de la simple rebeldía sin causa. El 98 quiere rescatar de Larra su actitud, su gesto, su insobornable independencia, su desesperado intento de escapar a la mediocridad y elevarse por medio de su obra. Pero ve mucho más su crítica como una posición vital que como una radical actitud «política». Rescata de Larra un patriotismo enhiesto sin asimilar del todo sus raíces más profundas. Juan Goytisolo primero y José Monleón después, entre otros, han señalado, con razón, la superficialidad con que los hombres del 98 reivindican la figura de Larra. Pero, con todo, ambos reconocen que llamaron la atención española sobre él y pusieron de nuevo en circulación su nombre, su gesto y su aventura.

En la tertulia del Pombo, Ramón Gómez de la Serna, mantuvo luego un sillón vacío en mudo homenaje a Larra. Y hoy sus artículos figuran en todas las antologías escolares como obligado análisis del Romanticismo español.

A los que acusan a Larra de escritor atrabiliario, malhumorado y depresivo y ven en él un enfermo, un caso patológico, suicida por amor al modo romántico, débil, engreído, ególatra, no hay, sino responderles que le lean. A los que ven en él un simple rebelde, lúcido, áspero, mordaz habría que pedirles que le estudien desde el contexto inescapable de su tiempo. La grandeza de Larra reside precisamente en haber escrito como nadie en su época acerca de su sociedad, de su país. Fígaro escribió para el hombre de 1830, puso ante él, con una extraordinaria inteligencia, las difíciles claves de su momento histórico. Una realidad que no le gusta, una realidad que desea cambiar. Y por eso precisamente, porque fue testimonio vivo y cálido de su situación concreta —como Cervantes, como Quevedo, como Valle...— Larra es hoy un auténtico contemporáneo, uno de los autores «más vivo, más entrañablemente actual de la hora presente» en palabras de Juan Goytisolo. El mensaje de Larra hiere hoy nuestra retina e ilumina nuestra cotidianeidad porque supo ser, en su tiempo, testimonio real, concreto. La permanente actualidad de Mariano José de Larra es, así, el fruto de su vigorosa e inatendida actualidad en aquel triste 1837 en el que decidió voluntariamente poner fin a su vida cuando iba a cumplir los veintinueve años.