XV. Epilogo de la Tragedia
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Introducción
ALLÍ está el «Che»: agazapado en la maleza del territorio de Santa Cruz. Ahora que las tropas perseguidoras lo saben, cambia el significado del combate: dominar a la guerrilla resulta secundario ante el objetivo fundamental de acabar con el «Che»; porque aunque la guerrilla fuese aniquilada, si pervivía el «Che», la guerrilla rebrotaría; en cambio, terminar con el «Che» significaba el fin de la guerrilla. Por eso, las patrullas peinan ahora el terreno metro a metro; no se trata de sacar a las fuerzas guerrilleras de su escondrijo, sino de impedir que un hombre se pueda filtrar entre las mallas.
La lucha se hace más violenta y directa; encuentros brevísimos con pocas víctimas; pero como los enfrentamientos se multiplican crece asimismo el número de muertos. En El Mesón, al sur del monte Dorado, caen dos soldados. Algunos días más tarde, otros, dos en Taperillas. En el mismo lugar y en un segundo encuentro, los muertos son tres soldados y un oficial.
Una proclama sin eco
Por aquellas fechas, entre combate y combate, Guevara y Roberto Peredo redactan la primera declaración pública de la guerrilla. Como es de rigor, ésta se adjudica la condición de «Ejército de Liberación Nacional». Se trata de un larguísimo documento en el cual los yanquis y la pandilla de los lacayos son llevados al banquillo rodeados por las cláusulas consagradas por el uso: «bajo los ojos horrorizados del mundo entero...», «nuestra gloriosa juventud...», «la sangre (igualmente gloriosa) con que han sido escritas las páginas (también gloriosísimas) de nuestra historia...» etcétera, etcétera..., con las inevitables alusiones a Bolívar y a Sucre.
Aquella proclama de altisonantes acentos apenas fue leída en Bolivia. Pero, al filtrarse a través de las fronteras, muchos periódicos del extranjero la publicaron. Mas en nada cambió la impresión que se iba generalizando: los guerrilleros estaban cogidos en una ratonera y nada podría librarles.
Se trataba, en todo caso, de una ratonera inmensa, que podía dar a los perseguidos una falsa sensación de libertad.
En el mes de junio se abrió para la guerrilla un paréntesis de esperanza. Parecía que al fin se cumplían las previsiones teóricas de Guevara: los mineros sacudían el marasmo y pasaban a la insurrección. El 12 de junio asaltaban el puesto de policía de Llalagua; el 20 declaraban «territorio liberado» las zonas de Catavi y Hanuni. Pero, el 24, las fuerzas del ejército iniciaban una terrible acción represiva: en San Juan resultaron cuarenta mineros muertos y más de cien heridos.
La matanza de San Juan acabó con el único esfuerzo potencial que podían esperar los guerrilleros. Pero éstos eran gente a prueba de desengaños. Por los mismos días en que el levantamiento minero era anegado en sangre, los hombres de Guevara iniciaron un audacísimo movimiento: el comandante Acuña Núñez se pone al frente de una columna formada por los mejores elementos, incluidos los «viejos» de Sierra Maestra. En realidad, la «columna» es, todo lo más, una patrulla reforzada; una veintena de hombres. Núñez, en un movimiento hacia el este, alcanza la línea ferroviaria que de sur a norte une Yacuiba, en la frontera argentina, con Santa Gruz; luego sigue a lo largo del ferrocarril. El avance no se realiza sin combatir: unidades del ejército fueron rechazadas en El Espino y luego en Muchiria. La columna cruzó Río Grande por Abapo, siguió por la orilla izquierda, y luego a lo largo de Río Rositas. Objetivo de la correría era llegar a la carretera Santa Cruz-Cochabamba, en plan de demostración por territorio habitado, puesto que la soledad de Nancahuazu anulaba el efecto propagandístico de las mayores hazañas.
El 7 de julio de 1967, los guerrilleros bloqueaban la carretera Santa Cruz-Cochabamba por la región de Las Cuevas, cortaban la línea telefónica y se apoderaban de un autocar; es decir: lo recibían en bandeja de unos estudiantes, felices al poder prestar aquel elemento de transporte a unos auténticos guerrilleros. La columna, de este modo motorizada, penetró en la localidad de Samaipata y la conquistó sin lucha. Los hombres de Núñez permanecieron en Samaipata escasamente una hora, pero aquel breve tiempo les bastó para proceder al arresto de las autoridades, hacer buen acopio de artículos de vestir, comer y curar, y aún les sobraron minutos para dirigir un encendido discurso a los lugareños que miraban con ojos de susto a los desastrados combatientes.
La operación del comandante Acuña Núñez alcanzó plenamente los fines propagandístico-políticos que se proponía. El Gobierno y el ejército quedaron cubiertos de ridículo, los movimientos políticos de oposición arreciaron sus campañas antigubernamentales, y tres de los partidos que apoyaban a Rene Barrientos le retiraron su colaboración. Jamás estuvo el Gobierno tan cerca de su caída, que pudo consumarse de haber llegado la oposición a un acuerdo con las guerrillas.
El ejército no podía encajar el golpe sin por lo menos intentar la revancha. Lo intentó y la consiguió.
En su repliegue, los hombres del «Che» habían acampado cerca del río Morocos. El ejército atacó de improviso. Al ser la primera vez que los militares tomaban la iniciativa, cogieron totalmente desprevenidos a los guerrilleros. Estos pudieron zafarse del compromiso, pero fue al precio de dejar en manos de los atacantes gran parte de su material y armamento.
A partir de aquel día, ni el «Che» ni sus hombres tuvieron un solo día tranquilo. El ejército seguía tras de sus pisadas como un cazador a la pieza que sabe va herida. Uno de los episodios más sangrientos tuvo lugar el 31 de agosto:
El comandante Acuña Núñez, con los diecisiete hombres útiles que le quedaban, recorría la zona del Vado del Yeso, en la confluencia del Masicuri con Río Grande. Dos de los guerrilleros se acercaron a una casucha que había cerca del río y pidieron algo de comer. Dijeron a la mujer que les atendió que al día siguiente volverían a pasar por allí. Un hijo de aquellos campesinos fue con el cuento a los soldados. El jefe del destacamento dijo a las gentes de la casa que al llegar los «bandidos» no se diesen por enterados de nada y aquéllos llevarían su merecido.
En efecto: al día siguiente aparecieron otra vez por entre la maleza el comandante Acuña y sus hombres. Cuando totalmente descuidados vadeaban el río, desde la espesura de la orilla les llegó una descarga cerrada. Uno de los primeros en caer fue Acuña, muerto en el acto. Los hombres arrojaron lejos de sí todo lo que podía embarazar sus movimientos e intentaron salir del agua del modo que fuese. A los pocos segundos, la corriente aparecía roja de sangre y las aguas arrastraban nueve cadáveres.
Los ocho supervivientes tropezaron de nuevo con los soldados en Yajo Pampa dos días después. Otros cuatro murieron. De este modo quedó aniquilada una de las mejores unidades guerilleras.
Los veinte últimos
De todo el antiguo grupo combatiente, que nunca fue muy numeroso, apenas quedaban al «Che» veinte seguidores. Toda la táctica guerrillera tenía que limitarse a una continua huida, y todo el esfuerzo logístico, a encontrar algo para comer. En aquella desatinada marcha, Guevara y los últimos supervivientes recorrieron las zonas de Carapari, Yuque y Ticucha. En el cerro de Iquira tuvieron un encuentro con los soldados. El «Che» perdió un hombre y un legajo de documentos. A esos papeles vinieron a unirse los que pocos días después fueron hallados en el escondrijo de Nancahuazu, descubierto al fin por las fuerzas del ejército.
Entre los documentos había fotografías y muchísimos apuntes escritos por Guevara de su puño y letra. El ministro de Asuntos Extranjeros boliviano se desplazó a Washington para exhibir aquella prueba de la agresión cubana contra su país ante los embajadores de los países pertenecientes a la O.E.A. El efecto de sensación fue nulo: casi ninguno de los diplomáticos creyó en la autenticidad de los documentos exhibidos, bien porque siguieran convencidos de que el «Che» había muerto mucho tiempo antes, bien porque considerasen al Gobierno boliviano capaz de una superchería.
En la epopeya de Guevara, la dramática situación en que se hallaba era presagio del final inminente. Ahora sólo son diecisiete los hombres que le siguen, y en torno del heroico pelotón, una jauría de cinco mil perseguidores huele la presa. Ernesto Guevara está condenado, y él lo sabe. Pero en tanto conserve un soplo de vida, luchará como un héroe de las antiguas Sagas para salvarlo. Y lo hará con optimismo, con alegría... «Los demás» le han condenado, quizá también el destino; pero él no acata el duro veredicto: el 7 de octubre apunta en su Diario que «todo se desarrolla sin complicaciones en la guerrilla».
Doce días antes, el 26 de septiembre, su reducida hueste había tenido un sangriento encuentro con los soldados. Ocurrió en Higueras, cerca del cañón de Yuro, al regreso de una expedición en busca de medicamentos y víveres. Murieron el fiel Roberto Peredo y otros dos. Ahora, el «núcleo guerrillero» estaba formado por catorce hombres.
Guevara decidió que el pelotón se fraccionara todas las mañanas en varios piquetes, para poder desplazarse con mayor movilidad. Al anochecer, los catorce hombres se debían reunir en un lugar convenido. Antes de emprender la marcha, Guevara realizaba personalmente una descubierta para explorar el terreno y elegir la ruta.
El 7 de octubre (aquel día en que «todo se desarrollaba sin complicaciones»), los fugitivos tuvieron algunos contactos con el paisanaje; todo mujeres. Una vieja que vigilaba el triscar de una cabra les dijo que llevaba varios días sin ver soldados. Luego, en una cabana, vieron a otra mujer que cuidaba de su niña enferma. A una y otra campesina dejaron algún dinero, pidiéndoles que no dijeran nada.
¿inútil heroísmo final?
El acosado pelotón continuó su marcha por entre un sembrado de patatas. Sus huellas quedaron perfectamente impresas en el blanco terreno.
Al día siguiente, una campesina dijo a unos soldados que había oído voces en el cañón del Yuro, no lejos del lugar por donde aquel torrente vierte sus aguas en el río San Antonio. Los militares enviaron algunos hombres a reconocer el lugar. A los pocos minutos, una ráfaga de ametralladora revelaba que los guerrilleros habían sido sorprendidos.
Uno de los guerrilleros venidos de las minas, Simón Cuba, respondió al fuego. A su lado disparaba el «Che», cuando una ráfaga del enemigo le alcanzó en las piernas. Cuba le alzó en sus hombros e intentó llevarlo a terreno cubierto. Otra ráfaga hirió de nuevo a Guevara, esta vez en la cabeza: era un balazo de refilón que sólo le causó un arañazo y le llevó lejos la boina. Cuba puso a su jefe en el suelo y se volvió hacia el enemigo, en un intento de mantenerlo a distancia, pero los soldados ya rodeaban a los dos. Un soldado hizo fuego desde menos de diez metros y Cuba se desplomó.
Guevara se hallaba en situación desesperada, pero todavía intentó defenderse. Abrazado al tronco de un árbol, llegó a disparar su pesado fusil automático manejándolo con una sola mano, pero fue cosa de pocos segundos; otro disparo enemigo le volvió a herir en la pierna derecha, mientras un segundo proyectil hacía saltar en añicos la culata de su «M-2» y luego se alojaba en el antebrazo derecho. Los soldados le hicieron prisionero.
Guevara estaba acribillado, pero ninguna herida era grave. No perdió el conocimiento en ningún instante; incluso pudo decir a los soldados la forma en que tenían que aplicar un torniquete a uno de ellos que se desangraba por la femoral.
El «Che» fue puesto en unas parihuelas y llevado por cuatro soldados a Higueras, localidad situada a doce kilómetros del lugar del encuentro. Por el camino estuvo hablando con el capitán Gary Prado Salgado, jefe de compañía en el 2.° Regimiento Antiguerrilla que le había capturado, y con el coronel Andrés Selnich, comandante del Tercer Grupo táctico. Ambos eran dos caballeros a la antigua usanza, orgullosos de su pura ascendencia europea, y como tales se portaron.
En Higueras hubo discusión, mientras el maltrecho Guevara esperaba su destino en el aula de la escuela rural donde fue depositado. El mayor Niño Guzmán quería llevarlo en el helicóptero que pilotaba; Vallegrande se hallaba a veinte minutos de vuelo y allí podría ser bien atendido el «Che». Pero el coronel Selnich se opuso: tenían derecho de prioridad sus soldados también heridos.
Entretanto, el coronel, Joaquín Zenteno Anaya, comandante de la Octava División del Ejército, se hallaba en comunicación telefónica con La Paz. El 9 de octubre, a primera hora, llegó la orden definitiva. Guevara tenía que ser fusilado aquella misma mañana.
El capitán Prado le disparó una ráfaga de metralleta; cuatro proyectiles dieron en el blanco. El coronel Selnich le dio el tiro de gracia.
A un oficial del Ejército a veces le corresponden esos penosos deberes. Por esto Alfred de Vigny tituló a su libro Grandeza y Servidumbre de la vida militar.
Ricardo Rojo, cuyo texto hemos seguido en sus grandes líneas al relatar el último acto de la tragedia, menciona las palabras asesinato y verdugos. Creemos que ambas expresiones ofenden y calumnian tanto al pueblo boliviano como al capitán Prado y al coronel Selnich.
Por grande que sea la admiración que inspire la figura de Ernesto «Che» Guevara, no se puede negar el hecho de que, al luchar en Bolivia, no lo hacía en nombre de ninguna potencia beligerante y en guerra con el país. No podía, pues, reclamar los privilegios que el derecho de gentes concede a los prisioneros de guerra. De acuerdo con el código de justicia militar vigente en cualquier país, socialista, demócrata o reaccionario, la pena capital estaba justificada.
Pero Guevara había pertenecido, con alta graduación, a un ejército extranjero. Su muerte, administrada sin crueldad por manos de oficiales con idéntico grado al suyo, no carece de dignidad.
La versión que el general Ovando García presenta, difiere de la anterior sólo en el detalle del fusilamiento. El relato no reseña grandes diferencias hasta la llegada a Higueras. Según el general Ovando, un helicóptero recogió al «Che» y lo llevó a Vallegrande. El mayor Niño de Guzmán, piloto del aparato, habría oído murmurar al herido: «Yo soy el “Che” Guevara y he fracasado.»
El general Ovando no menciona lo que ocurrió entre el momento de la captura y la salida del helicóptero, ni tampoco desde la llegada del aparato a Vallegrande y el momento de la muerte del «Che».
A partir del momento en que se difundió por todo el orbe la noticia del trágico final, han surgido en cúmulo las teorías, leyendas e insensateces en torno al desaparecido héroe: desde aquellas que siguen afirmando la muerte del «Che» mucho antes del episodio boliviano y afirman que el guerrillero jamás estuvo en aquel país, hasta los que hacen de Guevara una especie de rey Don Sebastián que hoy se esconde, pero que algún día reaparecerá para continuar su aventura vital. Recientemente la prensa mundial y los diarios televisivos daban la noticia de la aparición en Chile de un libro sensacionalista cuyo autor asegura conocer «de muy buena tinta»
el actual paradero de Guevara: Este se halla en Siberia purgando sus delitos de lesa ortodoxia marxista.
La sola mención de tales lucubraciones resulta ofensiva para la memoria de una figura histórica en la que se pueden admirar las virtudes o reprochar los defectos, pero a la que nadie puede negarle grandeza.
Paz a los muertos...