XIV. Perfiles Humanos de una Figura
De Mienciclo E-books
SOBRE las rarezas de Lincoln hay cientos y cientos de anécdotas.
He aquí una, recordada en New Salem, de sus tiempos juveniles. Respondía a alguien que le había pillado mascullando con un libro entre las manos. «No me quedaré tranquilo hasta que mis pensamientos no hayan dado una vuelta completa: norte, sur, este y oeste.»
La clarividencia de Mary Todd sobre las posibilidades reales de su marido las resume esta frase crítica hacia la figura desgarbada y ruda del que ya es Presidente: «Si yo no hubiese creído esto, no me habría casado con él, pues ya puede usted ver que no es precisamente un dechado de hermosura».
El noviazgo de Lincoln fue tormentoso, como luego lo sería su matrimonio. «Abe» llegó a escribir una carta, que enseñó a su amigo Speed, en la cual, repitiendo un tanto su conducta anterior con Mary Owens, la novia de la que «consiguió» calabazas, manifestaba no estar suficientemente enamorado para proseguir las relaciones.
Speed, que esta vez no acababa de ver las cosas claras, se negó a llevar la carta. «Las palabras se las lleva el viento, pero lo escrito, escrito queda». Y tras romperla aconsejó a Lincoln, que fuera a ver a la muchacha para decirle que no quería que se celebrase la boda.
Naturalmente, Mary Todd ganó la batalla en esa entrevista. Cuando vio que no arrancaba a «Abe» la declaración deseada, se echó a llorar. Y Lincoln, que iba dispuesto a romper, salió comprometido.
La boda, celebrada en una casa, siguiendo la costumbre americana de la época, estuvo llena de incidentes. Hubo de aplazarse por una disputa habida entre los futuros marido y mujer. La ansiedad de Lincoln a la hora de perder su soltería fue tan grande que hubo de recibir cuidados médicos durante un par de semanas antes de decidirse al fin a dar el «sí».
La desgracia se cebó en el matrimonio Lincoln. De los cuatro hijos, sólo Robert, el primogénito, sobrevivió a «Abe» durante un tiempo normal. El segundo murió a poco de nacer. Willie, el tercero, falleció durante la guerra. Y Tadd, el benjamín, a quien Lincoln dejaba jugar en su despacho de la Casa Blanca —como después haría Kennedy—, moriría a poco del asesinato de su padre. Mary Todd terminó su vida en plena locura, vendidos sus hermosos vestidos de primera dama de la nación y moviéndose como una sonámbula por la confortable casa de Springfield que, tras largos años de trabajo de abogado y muchos apuros económicos, había podido comprar Lincoln.
La ambición de Mary Todd deparó a Lincoln constantes tensiones. Sobre todo durante el período de la Presidencia. Por otra parte, los Lincoln nunca fueron apreciados por la sociedad de Washington. «Abe» era demasiado rudo. Ella, muy afectada por los nervios, demasiado histérica. Solía ser habitual que a las recepciones y saraos de la Casa Blanca se disculpasen de asistir muchos invitados. Lo que provocaba escenas tremendas a cargo de Mary Todd.
Por si fuera poco, Lincoln retuvo a su hijo mayor cerca para templar los nervios de su mujer; se le acusó por ello. Además, la familia de Mary era en gran número sudista. Mary no pudo llevar luto por la muerte de uno de sus hermanos, caído en las filas de las tropas del Sur.
Durante el período presidencial abundaron las coplas injuriosas contra Mary, a la que se acusaba de desear el triunfo de los ejércitos de Jefferson Davis y Lee.
Bien es verdad que, en coplas satíricas, Lincoln aguantó lo suyo. Ya en Illinois sus enemigos políticos habían acuñado una que hizo fortuna: «Abe Lincoln con su mano y su pluma será bueno, pero Dios sabrá cuándo».
El leñador que fue Lincoln pervivió siempre en él. Cuando uno de sus hijos pronunciaba mal la palabra gentleman —caballero— Lincoln recompensaba al pequeño poniéndose a jugar con él, tirándolo por los aires y burlándose de su mujer, a quien esta mala pronunciación indignaba.
El mismo, ya Presidente electo, pegó en Springfield las etiquetas de los baúles en que mandaba sus efectos personales a la Casa Blanca. Antes había ayudado a hacerlos y los había atado.
Amigo de sus amigos, tuvo detalles entrañables. No consintió, ya elegido Presidente, que Herndon, en esa época su socio, quitara su nombre de la placa del bufete. Así que en ésta se siguió leyendo: «Lincoln y Herndon. Abogados».
La popularidad lincolniana tras su disputa con Douglas fue tan grande que, siguiendo el gusto americano por los nombres históricos, empezaron a abundar en los bautizos los Abraham Lincoln. Y no sólo entre negros libertos. Un pueblo de Illinois se rebautizó Lincoln y en seguida se compusieron canciones sobre «el almadiero» (el leñador). Los rancheros del Oeste, sobre todo, imitaban sus pipas.
«Abe» fue también muy popular entre la juventud ilustrada. Durante la primera Convención de Chicago, cuando la candidatura de Lincoln aún no era firme, un muchacho recorrió las calles con un cartel del rostro anguloso del «leñador». El joven se llamaba Thomas A. Edison.
La energía de Lincoln, una vez que estalló la guerra, se manifestó de mil maneras y constantemente. Su primera frase en este sentido se conoció horas después de la primera batalla de Bull Run, perdida por el Norte a las puertas de Washington. Hablando con un amigo que le visitaba aquella noche, le confesó: «Los militares son muy rígidos conmigo. Supongo que tendré que obedecerles hasta que yo mismo me haga cargo de todos los asuntos.»
La sencillez lincolniana se mezclaba de manera espontánea con un humor un tanto burdo, muy propio del pionero. Cuando ya era Presidente electo, por su casa de Springfield, cómoda pero sencilla, la correspondiente a un abogado provinciano de cierta notoriedad, comenzaron a aparecer artistas deseosos de reproducir sus facciones. No muy bellas, a decir verdad. Uno de ellos, escultor, le indicó la conveniencia de que posara con algún objeto simbólico en la mano. Lincoln salió del despacho, fue al cuarto trastero y regresó con una escoba.
Forjado en el trato con las gentes, conocedor de mil ambientes, Lincoln se sirvió de un especial instinto para conocer las posibilidades de los hombres durante la guerra. El caso del general Grant es el más significativo.
Acusado de ser excesivamente inclinado al alcohol, Lincoln hizo caso omiso de ello, aunque las acusaciones eran fundadas, pues fue el abuso del alcohol lo que obligó a Grant, que había ascendido de furriel en la guerra con Méjico a capitán, a abandonar el Ejército.
Lincoln ponderó mucho más las dotes de estrategia del oficial reincorporado voluntariamente. Defendió las concepciones estratégicas de Grant contra viento y marea. Para los técnicos, Grant no le llegaba a la altura de la bota a Lee. Era sólo un hombre con gran valor, energía y tenacidad. Pero Lincoln apreciaba eso porque tal comportamiento de su general tenía una razón de ser. Grant había comprendido que su continuo hostigamiento al enemigo significaba ganar más terreno e infligir más pérdidas. Y si el Norte ya no tenía problemas con la recluta de hombres, al Sur le resultaba cada día más difícil reponerlos. Grant era muy consciente de que la cantidad de población y terreno eran los elementos decisivos de la guerra. Lo dijo así muchas veces. Lincoln comprendió que ése era el punto básico y lo elevó al mando porque sus anteriores generales en jefe jamás lo habían entendido.
La afición de Lincoln a contar historietas proporcionó carnaza a todos los caricaturistas de la época. Abundan los dibujos satíricos donde «Abe» Lincoln, con su aspecto tosco y desgarbado, sonriendo como un caballo, interrumpe una conversación sobre un tema importante con estas palabras: «Vaya, esto me recuerda un chiste...»
El impulso ético, tan arraigado en Lincoln, le colocó durante la guerra civil en constantes situaciones de pugna con la disciplina militar.
Como Presidente de la Unión tenía el privilegio de la clemencia. Y aunque era hombre enérgico, le costaba firmar sentencias de muerte. Como responsable supremo de la marcha de las operaciones, sus generales le hubieron de recordar más de una vez que, en tiempo de guerra, la clemencia relaja la disciplina.
Pero Lincoln ejerció la clemencia en innumerables ocasiones. Incluso con los desertores. Argumentaba que no había razón para fusilar a quien deserta y dejar tranquilo a quien le ha incitado a hacerlo.
En otras ocasiones dejó bien claro un criterio: «Me opongo a que ningún mozo menor de dieciocho años sea fusilado». Nadie pudo sacarle de ahí.
Se las ingenió también para ir aplazando las confirmaciones de sentencia de los consejos de guerra por deserción. Y cuando llegó la ocasión oportuna dictó una orden general disponiendo que todos los convictos por delitos de deserción fuesen, por el momento, encarcelados.
Tras la muerte de Lincoln, y su entierro junto a la tumba de su hijo en Springfield, los negros, que ya habían compuesto innumerables canciones a partir de su disputa con Douglas, lloraron en tristes y dulces «blues» a su emancipador. En uno de esos himnos se dice que «el Mesías estaba ahora en el cielo».
Las principales figuras de los vencidos terminaron mucho más tranquilamente que Lincoln. Lee, el gran general del Sur, se hizo profesor. Jefferson Davis, a quien la leyenda atribuía la fuga con el tesoro de la Confederación, y que fue capturado sin un céntimo, se dedicó a escribir sus memorias y murió 25 años después que su rival.