XIV. El Triunfo De Guayaquil A Ayacucho
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Introducción
EL problema más grave que se opone a la consecución de los planes del Libertador, lo constituye Guayaquil. Esta ciudad se había levantado contra las autoridades españolas, derrocando al gobernador Vivero y formando una Junta gubernativa a cuyo frente se puso el poeta José Joaquín Olmedo (1780–1847).
América, una y múltiple
La naciente Junta buscó ayuda en el gobierno de Perú presidido por San Martín; éste envía efectivos militares, pero se abstiene en la cuestión referida al tipo de gobierno que ha de darse y al manejo de su política interior. El general argentino dice: «Yo sólo deseo la independencia de América del gobierno español y que cada pueblo, si es posible, se dé la forma de gobierno que crea más conveniente.»
En cambio, Bolívar sostenía que, siendo Guayaquil integrante del Virreinato de Nueva Granada, debería pasar a formar parte del territorio de la Gran Colombia. Con ese fin envía a Sucre a la ciudad con la misión de entrevistarse con el presidente Olmedo y lograr la anexión de Guayaquil. Si bien el cometido no pudo ser cumplido, se logra que la Junta Superior coloque la provincia bajo los auspicios y protección de Colombia reconociendo «todos los poderes a S. E. el Libertador Presidente para proveer a su defensa común y sostén de su independencia, y comprenderla en todas las negociaciones y tratados de alianza, paz y comercio que celebrase con las naciones amigas, enemigas y neutrales.»
El resultado de la gestión no satisface a Bolívar, que estaba convencido de la necesidad de incorporar la ciudad a Colombia y que para lograrlo se debería acudir, si era menester, al uso de la fuerza. Pero la utilización de este medio estaba supeditado al triunfo final de las armas en Ecuador.
El éxito de Ecuador se debió a la acción del joven mariscal Sucre, quien logró asegurar la victoria en el territorio. Bolívar decide tomar personalmente Quito y deja en su ausencia el gobierno de Colombia en manos de Santander.
La guerra en el Ecuador llegaba a su fin. El 21 de abril de 1822 el ejército de Sucre obtiene la victoria en Riobamba. El general argentino Juan Lavalle y el cuerpo de granaderos a caballo, enviado por San Martín desde Lima, tienen una heroica y decisiva intervención. El propio Sucre comenta que cargaron y dispersaron a la caballería española «con una intrepidez de la que habrá raros ejemplos».
La acción definitiva se produjo un mes después de Riobamba, en la zona montañosa de Pichincha. Con esta victoria quedaba asegurado el control de Ecuador por parte de Colombia.
La decisión de San Martín era que el ejército enviado a Sucre quedara junto a éste para servir en lo que fuera necesario. El lugarteniente de Bolívar, considerando que la libertad está asegurada, rehusa el ofrecimiento y escribe al protector del Perú: «Los estandartes que la fortuna ligaron para siempre sobre el Pichincha, es justo se hallen alguna vez siempre unidos y triunfantes en la tierra de los Incas. Dichoso yo, si puedo ser testigo de ese lazo y de todos los lazos que hagan uno solo los intereses del Perú y Colombia, y que nos forme, si puede decirse, una sola patria».
Cambio de rumbo
Bolívar se dirige desde Quito a Guayaquil y entra triunfalmente en la ciudad el 11 de julio de 1822. Su desfile constituye un acontecimiento popular. Los bandos se dividen, y comienza la pugna entre los partidarios de la incorporación a Colombia y los autonomistas. En el aire se respira la tensa atmósfera que precede al golpe de Estado; finalmente, en el mediodía del día 13 es arriada la bandera de Guayaquil y enarbolada la colombiana.
Bolívar, dirigiéndose al pueblo, comunica que se ha hecho cargo del poder político y militar de la provincia como único medio de poner fin a la ineptitud de la Junta.
Desde aquí escribirá a San Martín, solicitando la entrevista que ya hemos analizado en extenso al comienzo del libro. El día 25 de julio de 1822, la goleta Macedonia, llevando a bordo al general San Martín, es avistada por el vigía de la isla de Puna.
Bolívar quedó solo para construir su propio destino, pero cada vez se evidenciaba más su cambio de meta: comenzó a postergar las verdaderas decisiones; regresó a Quito para celebrar la victoria y gozar de momentos de exaltación rodeado por la veneración del pueblo. Rehusó marchar en ayuda del Perú hasta tanto se lo pidieran en forma explícita y se le reconociera como el único libertador posible. Tampoco escuchó las peticiones de Santander en Bogotá; se justificaba afirmando pertenecer a toda la América española, y que su deber lo llevaba lejos de Colombia. La misma justificación dio a Caracas. En realidad, era reacio a participar en los problemas administrativos y en el juego de las rivalidades políticas que no podía resolver. Además, tenía otro motivo para permanecer en Quito: había conocido a Manuela Sáenz, la única mujer a la que parece haber amado realmente.
Manuela
«El guerrero ama el peligro y el juego —dice Nietzsche— y por eso ama a la mujer que es el juego más peligroso». Simón Bolívar, guerrero y jugador, amó a las mujeres, pero ninguna parece haber gravitado tanto en su vida como Manuela Sáenz. En verdad, las mujeres anteriores a ella parecen haber sido simplemente el espejo en el cual se reflejaba su propia vanidad en la admiración que ellas le tributaban como un ser viril, encantador, tierno o cruel, según correspondiera.
Su esposa, a cuyo recuerdo se aferró durante largos años, no se nos presenta ante el análisis como un personaje determinante en su vida. Es más bien el ideal de la mujer niña, a la que debe proteger como a una hija y a la cual se debe llorar como un padre. María Teresa se transforma en el objeto que ha de permitir incorporar a Bolívar la figura paterna. Esta interpretación, arbitraria tal vez, nos parece correcta a la luz de los elementos que la historia nos ofrece.
¡Qué lejos de esta figura habrá de situarse Manuela! A los veinte años la hermosa ecuatoriana decide abandonar a su esposo, un subdito británico con quien está casada desde los diecisiete años, y seguir a Bolívar en su lucha por la independencia de América. Sin embargo, son los prejuicios del Libertador, sus sentimientos de culpa y su respeto por la moral tradicional los que retrasan esta unión: «Cuando tú eras mía yo te amaba más por tu genio encantador que por tus atractivos deliciosos. Pero ahora ya me parece que una eternidad nos separa porque mi propia determinación me ha puesto en el tormento de arrancarme de tu amor y tu corazón. En lo futuro tu estarás sola aunque al lado de tu marido. Yo estaré solo en medio del mundo. Sólo la gloria de habernos vencido será nuestro consuelo. ¡El deber nos dice que ya no somos más culpables! No, no lo seremos más».
Esta mujer capaz de intervenir activamente en la represión de un motín de sublevados en Quito, de montar a caballo y batirse a la par del mejor guerrero, atraía y asustaba al Libertador. Veía con admiración y temor a este personaje que escapaba a los moldes clásicos de su época.
Finalmente, la llama desde Lima, donde recibirá la repulsa de las mujeres de los funcionarios. Además, se suceden las aventuras de Bolívar y las presiones del abandonado marido. Ella contestará reafirmando su autonomía como persona y su ruptura definitiva con los convencionalismos, uniendo su vida a la de Bolívar por encima de éstos.
Hacia la ciudad de los virreyes
Bolívar no podía continuar postergando su marcha a Lima. Sin embargo, temía que los monárquicos peruanos pudieran promover revueltas y tomar nuevamente el poder. Su situación la compara con lo que está sucediendo en México, diciendo: «Eso mismo me debilita el deseo de ir al Perú, no sea que vaya a sufrir una caída como la de mis compañeros, y si algo me retiene después de recibir el permiso del Congreso, es la aprensión de seguir el ejemplo que nos dio San Martín con todos los héroes argentinos, chilenos y mejicanos».
No obstante, sabe que es el único capaz de conseguir la definitiva liberación del territorio, y eso que el gobierno de Colombia se muestra contrario y le acusa de abrigar aspiraciones personales desmedidas. Poseído de su papel de intérprete del destino de América, Bolívar, en vez de regresar a Colombia y consolidar su poder, arriesga el todo por el todo y marcha a Perú.
En septiembre de 1823 entra en Lima. Encuentra el virreinato en un estado de increíble anarquía, con dos presidentes, un parlamento dividido, amplias facciones realistas, un ejército español al mando del virrey La Serna acampado en las montañas y un ejército nacional presa de la incertidumbre: «Este país —escribe— requiere una reforma radical, o más bien una regeneración absoluta. El Congreso tiene la voluntad de hacerlo y, sin embargo, yo no creo que se hará. Yo, por mi parte, no me atrevo más que a proponerla, como se proponen proyectos teóricos, para que nadie o pocos a lo menos se quejen de mí. Este es un caos para un hombre caído del cielo como yo… He llegado a arrepentirme de haber venido, porque temo que mi poca reputación padezca por los infaustos sucesos de nuestras armas en alguna parte».
Pronto los acontecimientos superan sus fuerzas, y cae enfermo. Manuela Sáenz permanece a su lado. Desde Colombia llegaban noticias de pugnas políticas que amenazaban destruir el orden constituido. Bolívar se siente en el límite de sus posibilidades y escribe a un amigo: «Usted no me conocería porque estoy muy acabado y muy viejo… Además, me suelen dar, de cuando en cuando, unos ataques de demencia, aun cuando estoy bueno, que pierdo enteramente la razón, sin sufrir el más pequeño ataque de enfermedad y de dolor… Me voy para Bogotá a tomar mi pasaporte… o sigo el ejemplo de San Martín».
La batalla de Junín
Pero en 1824 decide jugarse el todo por el todo, y amparado en el poder dictatorial que le ha otorgado el Congreso de Perú, inicia su última y más grande campaña. A Santander le escribe lleno de incertidumbre: «… Este es el último sacrificio que voy a hacer por Colombia, que no puede ser mayor, pues que voy a exponer a una pérdida cierta mi reputación ganada en trece años, ¡qué se pueden contar por siglos…! Que no duerman, que no coman, que no descansen, hasta ver a las tropas salir. De otro modo: ¡Adiós Colombia! ¡Adiós libertad!»
Exige para llevar a cabo sus planes la ayuda de Colombia. Santander se había comprometido en el envío de un ejército de 14.000 hombres y dos millones de pesos, pero retrasa el cumplimiento del compromiso, pues considera que, en caso de cumplirlo, Colombia se vería malparada ante la posibilidad de un ataque europeo. Efectúa entonces una contrapropuesta, ofreciendo solamente 4.000 hombres. Bolívar acepta indignado y escribe: «Yo aseguro a usted que semejante demencia no creo que se le pueda ocurrir a nadie, porque dejar abierta una puerta tan grande como la del sur, cuando podemos cerrarla antes que lleguen los enemigos por el norte, me parece una falta imperdonable. Deberíamos emplear nuestras fuerzas en destruir el Perú, para ir después al norte que yo sabría llevar, de grado o de fuerza, pues la fuerza aumenta la fuerza y la debilidad aumenta la debilidad».
La grieta entre Santander y Bolívar se profundizaba.
El 25 de agosto de 1824, contra todos los pronósticos, Bolívar vence al general José Canterac (1787–1835) en el valle de Junín. Los españoles se retiran hacia el Cuzco donde se halla el virrey De la Serna.
La batalla final: Ayacucho
Los destinos de la América del sur fueron sellados en la victoria de Ayacucho. Este triunfo, que asegurará la libertad final del continente, se debió al genio del joven militar Sucre, que derrotó a las tropas del rey y acabó así con la dominación española en América.
Hay dos grandes ausentes en este período: Bolívar y San Martín. Como si el libertador hubiera presagiado el acontecimiento, escribe a Sucre poco antes de Junín: «Estoy pronto a dar una batalla a los españoles para terminar la guerra en América, pero no más. Me hallo cansado, estoy viejo y ya no tengo que esperar nada de la suerte, por el contrario, estoy como un rico, muy avaro, que tengo mucho miedo de que me roben mi dinero: todo son temores e inquietudes; me parece que de un momento a otro pierdo mi reputación, que es la recompensa y la fortuna que he sacado de tan inmenso sacrificio. A usted le ocurrirá otro tanto; sin embargo, puedo observarle que usted es todavía muy joven y tienen mucho a que aspirar».
En una especie de garganta, circundada por profundos barrancos se enfrentan los 9.300 soldados españoles y los 5.780 soldados criollos; una hábil estrategia permitió al joven militar balancear la desigualdad numérica e inclinar la batalla a su favor.
La lucha fue resuelta en sólo noventa minutos. Entre los guerreros figuraba una mujer, una única mujer: Manuela Sáenz, la compañera de Simón Bolívar.
Las fuerzas españolas sufrieron las siguientes bajas: 1.800 muertos y 700 heridos. Las tropas patriotas: 310 muertos y 609 heridos.
El virrey La Serna y el general Canterac fueron hechos prisioneros junto a toda la oficialidad. El comportamiento de Sucre para con ellos nos muestra a un hombre que, consciente del triunfo final, ve la inutilidad del desquite. Es un hombre joven, que no ha sido corrompido por el horror de la guerra y mantiene viva su generosidad. Es así que decretará: «Todo individuo del ejército español podrá libremente regresar a su país, podrá ser admitido en el Perú si lo quisiere; no será incomodado por sus opiniones anteriores si su conducta fuera conforme a las leyes. El Perú respetará las propiedades de los individuos españoles. Todos los jefes y oficiales prisioneros en batalla quedarán en libertad y los heridos serán auxiliados por cuenta del erario del Perú».
Sucre, que veía en Bolívar a un padre amado, le comunica inmediatamente la noticia del triunfo y se despide de la siguiente manera: «Adiós, mi general, esta carta está muy mal escrita, y embarulladas todas las ideas; pero en sí vale algo: contiene la noticia de una gran victoria y la libertad del Perú. Por premio para mí pido que usted me conserve su amistad».
El Libertador le distinguirá con el grado de mariscal y además redactará una breve biografía en su honor. Son once páginas llenas de afecto y agradecimiento. Valgan como ejemplo los siguientes párrafos: «La batalla de Ayacucho es la cumbre de la gloria americana y la obra del general Sucre. La disposición de ella ha sido perfecta y su ejecución divina. Maniobras hábiles y prontas desbarataron en una hora a los vencedores de catorce años y a un enemigo perfectamente constituido y hábilmente mandado. Las generaciones venideras esperan la victoria de Ayacucho para bendecirla y contemplarla sentadas en el trono de la libertad, dictando los americanos el ejercicio de sus derechos y el sagrado imperio de la naturaleza».
En una carta posterior a la referida, Sucre notifica a Bolívar que es su deseo repartir entre las tropas los cien mil pesos correspondientes a sus sueldos. Además, solicita que le conceda el permiso de retirarse de la lucha. Bolívar contestaría diciendo: «No se parezca usted a San Martín y a Itúrbide, que han desechado la gloria que los buscaba».
Bolivia: un país con nombre propio
Bolívar le rindió inmediatamente los honores correspondientes a un vencedor, y luego dirigió su atención a la imposible empresa de organizar un gobierno; renunció a la dictadura, pero el Congreso nacional peruano rechazó la dimisión. Aceptó entonces el poder nuevamente por un año con la intención de imponer seguridad y estabilidad política a la América latina. Se invitó a Sucre a desalojar a las tropas españolas que permanecían en el Alto Perú, y hacia abril de 1825 éste ya había dominado a los realistas. Luego, conforme a las ideas que había discutido con Bolívar en otros momentos, hizo del territorio liberado un país independiente. Esto suscitó una reacción en Bolívar que le llevó a culpar a Sucre de abuso de poder y afirmar que le correspondía a Perú y Argentina decidir el destino del Alto Perú. Ello estaba en desacuerdo con sus convicciones y su misma acción futura, que favorecía la independencia del Alto Perú. Finalmente, esta región recibió el nombre de Bolivia, en honor del Libertador, convirtiéndose en un Estado autónomo.
La constitución de Bolívar preveía un gobierno similar al delineado en el discurso de Angostura, con una cámara baja electiva; el procedimiento electoral era muy complejo, y en el mismo apenas si se tenía en cuenta al pueblo común. Además, preveía un senado, que nombraría a sus propios sucesores; reapareció la cámara de los censores como cuerpo hereditario. La diferencia mayor radicaba en el ejecutivo; éste tenía un carácter vitalicio y derecho a nombrar sucesor. La vicepresidencia también sería hereditaria. En cuanto a los derechos del hombre, no iba más allá de los vagos principios. Por otra parte, el sector administrativo y judicial seguía en la línea de las tradiciones.
En general, se trataba de un gobierno confiado a una élite intelectual y moral, dentro de una estructura estatal conservadora. Alarmado Bolívar por el caos generalizado, fruto del derrumbamiento del mundo colonial, trata desesperadamente de poner orden.
Bolívar está seguro de haber alumbrado el documento constitucional que la historia exige en esa hora. Capaz de solucionar todos los males que afectan al continente, esperaba que el mismo pudiera ser adoptado por los diversos Estados vecinos, de manera que se hiciera más factible la realización de su gran proyecto: la Confederación de Estados Americanos.
Tanto en Bolivia como en el Perú, Bolívar es acompañado por Manuela Sáenz. Son épocas difíciles para los dos amantes. Ambos son de fuerte temperamento y tienen frecuentes peleas que les distancian. La residencia que habitan en el Perú comienza a ser denominada burlonamente «La Babilonia». Se registran en ella fiestas de tal tono, que las señoras de Lima se persignan indignadas.
Se han rescatado sabrosas anécdotas de aquella época. La siguiente es una de las más conocidas y fue narrada por uno de los militares allegados a la pareja. En cierta ocasión, aprovechando la ausencia de Manuela, el Libertador recibe la visita de una de sus tantas amigas; desgraciadamente, la niña olvida uno de sus aretes en el lecho. Manuela encuentra la alhaja y enfurecida ataca a Bolívar. Según el informante, tuvieron que pasar varios días antes que el Libertador pudiera aparecer en público. Su rostro mostraba claramente las huellas de las afiladas uñas de Manuela.