XIV. Bolivia
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Introducción
LA elección de Bolivia por el «Che» como campo donde implantar su futuro «núcleo guerrillero» ha sido muy criticada a posteriori. En opinión de muchos, la zona más indicada era Venezuela: por su proximidad a Cuba, que hubiera permitido llevar clandestinos refuerzos a los insurgentes, por el hecho de que ya operara en el país un importante movimiento de guerrillas, y por último, por las condiciones sociales reinantes en el país, que presentaban cierta semejanza con las que se daban en Cuba por el año 1956.
Sin tener en cuenta el hecho de que después de fracasado un plan resulta muy fácil ponerle defectos (nos referimos a la insurrección guerrillera en Bolivia), aquellas críticas, hasta cierto punto fundamentadas, no tienen en cuenta determinados hechos que aconsejaban descartar a Venezuela.
En primer lugar: Una reactivación de las guerrillas venezolanas hubiera provocado forzosamente violenta reacción en los Estados Unidos, cuyos intereses en Venezuela son más importantes que en cualquier otro país iberoamericano. No era dable a Castro autorizar ninguna iniciativa que pudiese conducir a la «vietnamización» de la guerrilla venezolana, a una intervención yanqui que probablemente se hubiera extendido a la propia isla de Cuba y dado al traste con el régimen de Fidel.
En segundo lugar: Guevara sentíase atraído por Bolivia con igual fuerza en 1966 que cuando en otoño de 1963 animaba la precursora operación de Masetti: porque lo que realmente le atraía de Bolivia era su proximidad con el territorio argentino. Hecho demostrativo de que el terruño natal tira incluso de aquellos que alardean de no tener otra patria que la humanidad entera.
El grupo inicial y los primeros contactos
Desde aquel ya lejano 1953 en que Guevara pasó por Bolivia, habían ocurrido en el país muchas cosas. A finales de 1964 caía el gobierno izquierdista de Paz Estenssoro, a causa principalmente de la miseria que había ocasionado en el país el desplome del mercado de estaño, único producto de la exportación boliviana.
Unos meses antes, allá por mayo, habían aparecido en la provincia de Santa Cruz, en la zona limítrofe con el Brasil, algunos grupos guerrilleros campesinos, pero de signo absolutamente opuesto al castrismo: se trataba de antiguos propietarios despojados por la reforma agraria del Movimiento Nacional Revolucionario (el partido de Paz Estenssoro), que se apoyaba en un grupúsculo totalitario que a sí mismo se denominaba Falange Boliviana.
Al general René Barrientos, nuevo presidente dictatorial, no le faltaban dotes de habilidad política. Impuso un trato de mano de hierro a los trabajadores de los distritos mineros, afiliados casi todos al partido comunista. Pero, en cambio, supo atraerse a las masas campesinas. Otorgó algunas compensaciones a los propietarios afectados por la reforma agraria, pero, en sus líneas generales, mantuvo todos los asentamientos y repartos de tierra realizados por el anterior gobierno. A los pocos propietarios recalcitrantes que siguieron pensando en recuperar sus fincas por la tremenda, les hizo entrar en razón con unos bien entrenados comandos anti-guerrilla. Los campesinos acabarían siendo casi todos «de Barrientos», porque veían en él un protector.
Esta era la situación cuando el «Che» llegó a territorio boliviano a mediados de septiembre. El semibloqueo impuesto a Cuba por los Estados Unidos y el secreto que se debía mantener en torno al viaje de Guevara, obligaron a éste a seguir un itinerario complicadísimo. Salió de La Habana en un avión de la compañía «Iberia» que le llevó a Madrid. Desde la capital de España continuó viaja hacia Sao Paulo, en el Brasil. Luego prosiguió en autocar hasta Corumbá, en la raya fronteriza, pasó a Puerto Suárez, ya en territorio boliviano, y al fin llegó a Cochabamba.
Algunos de los que habían de ser sus ayudantes le habían precedido. En total eran quince, casi todos procedentes de la famosa cuarta columna que consiguiera en 1958 la decisiva victoria de Santa Clara.
Para llegar a Bolivia, aquellos hombres se distribuyeron en cuatro grupos. Todos llevaban documentación con nombre supuesto: dos pasaportes uruguayos, seis panameños, dos colombianos y siete del Ecuador. Los dos pasaportes sobrantes eran llevados como reserva, para el caso de que la identidad de alguno fuese descubierta e hiciera necesario un repentino cambio de personalidad.
Algunos de aquellos hombres ostentaban el grado militar de comandante y habían desempeñado en Cuba funciones políticas destacadas. Juan Acuña era miembro del Comité central del Partido Comunista antes de que éste tomara el nombre de Partido Socialista Popular. Orlando Pantoja Tamayo había desempeñado cargos importantes en el famoso «G-2», temible policía militar. Elíseo Reyes se había incorporado a la guerrilla de Sierra Maestra cumplidos apenas los dieciséis años; por entonces le llamaban «San Luis» debido a su cabellera rubia y angelical aspecto de niño de coro; pertenecía también al Comité central del Partido Comunista. Gustavo Machín fue por algún tiempo Viceministro de Industria. Alberto Sánchez y Jesús Suárez Cayol habían ocupado también altos puestos en la Administración.
Cada uno de los grupos siguió su propio camino y llegó a Bolivia en distinta fecha. Orlando Pantoja, con los tres camaradas que le acompañaban, estaba en Cochabamba pocos días antes de que llegase Guevara; había penetrado en Bolivia por la frontera del Perú. Otro de los pelotones, integrado éste por cinco hombres, llegó desde Chile, por las alturas de Arica, cruzando las salinas de Uyuni. Los últimos expedicionarios se presentaron en diciembre, por la frontera argentina; antes habían tenido que realizar el interminable periplo. La Habana-Leningrado-Moscú-Praga-Buenos Aires.
En Cochabamba, segunda ciudad boliviana por el número de habitantes, y quizá primera por su belleza, Guevara entró en relación con algunos elementos del partido comunista boliviano. Su primera entrevista la mantuvo con Jorge Kolle Cueto, perteneciente al Secretariado del partido. El coloquio resultó más bien frío. Por lo visto Kolle se proponía tan sólo comprobar la real presencia del legendario Guevara en el país pero no había pensado en ayudas o colaboraciones. Sin embargo, aquella conversación hubo de ser útil para el «Che», puesto que Kolle le presentó una muy amplia reseña de la situación político-social boliviana, no ajustada del todo a ciertas ideas preconcebidas por Guevara: en opinión de Kolle, una insurección, para tener éxito, habría de basarse más en el proletariado minero que en la población rural, ya que ésta se mostraba generalmente afecta al gobierno de Barrientos.
El cuartel general guerrillero
Más fructíferas para Guevara resultaron sus relaciones con Roberto Peredo, miembro también del Comité central del P.C. Se trataba de un joven taxista de veintiocho años, con grandes dotes de organizador. En 1962 y 1965 había estado en La Habana; convencido de las excelencias de la táctica guerrillera, intentó imponer sus puntos de vista en el seno del Comité central boliviano. Al saber que algunos de sus conocidos cubanos se hallaban en el país, desperdigados por varias localidades del extenso y casi desértico departamento de Santa Cruz, en el extremo oriental boliviano frontero al Brasil, acudió a visitarles, y al conocer los proyectos que traían decidió hacerlos suyos y romper la disciplina del Partido, que por entonces era opuesto a cualquier tipo de revolución.
Peredo propuso a Guevara la compra de una finca que él conocía, situada en un paraje desierto y salvaje que llevaba el nombre de Ñancahuazu, del nombre de un torrente que discurría por él. El lugar se hallaba cerca de Lagunillas, en la provincia de Santa Cruz. Roberto Peredo creía la propiedad muy adecuada como centro de operaciones para una guerrilla, con la ventaja suplementaria de que, si era explotada racionalmente, podía dar alimento para buen número de combatientes.
El plan no era descabellado. Si se observa el ma pa de la provincia de Santa Cruz, puede verse un cuadrilátero casi deshabitado, al que limitan por el oeste Camiri y Santa Cruz, al este Puerto Suárez, y al norte Concepción y San Ignacio. La región se halla encajonada entre las fronteras brasileña, paraguaya y argentina. Constituye una importante zona de paso para las comunicaciones internacionales: por ella discurren dos ferrocarriles: uno desde Santa Cruz a Puerto Suárez (frontera brasileña) y el otro también desde Santa Cruz a Yacuiba (frontera con Argentina). En los mapas de la provincia no se ven apenas marcas de aglomeración urbana o rural. Ello no es olvido de los cartógrafos, sino prueba de que la población humana no existe apenas: Considérese que, con una extensión semejante a la de Gran Bretaña, Bélgica y Holanda reunidas, la provincia de Santa Cruz sólo cuenta con un número de habitantes inferior a los 350.000; densidad inferior a persona por kilómetro cuadrado.
La finca Nancahuazu se halla en el centro de esta comarca desértica. Pero en este caso, el adjetivo «desértico» no debe hacer sugerir al lector la imagen de una soledad como la del Sahara: la provincia de Santa Cruz se halla inmersa en plena selva tropical. A Nancahuazu se va desde Lagunillas (un insignificante burgo de seiscientos habitantes que a los naturales les parece ciudad) por un camino que discurre por los inmensos dominios de El Pineal. Pero allí termina lo que se podría llamar carretera. A partir de aquel punto hay que seguir por senderos apenas señalados en la espesura y frecuentemente cortados por cerros abruptos o profundas gargantas. Las plantas trepadoras lo cubren todo, de forma que hay que abrirse paso a golpes de machete; a dos metros de distancia quedaría totalmente oculto cualquiera que acechara el paso de un caminante. La finca de Nancahuazu está cruzada por un torrente del mismo nombre, que no facilitaría sus desplazamientos a los guerrilleros ni a nadie, pues discurre turbulento entre dos telones de maleza. En cambio, proporcionaría tanto a un guerrillero como a cualquier pacífico viandante una molestia completamentaria: allá donde sus aguas se remansan, surgen nubes de mosquitos: los temibles «mariguíes» de la región. Sin embargo, el peor enemigo de los guerrilleros será la maleza: zarzas, plantas trepadoras y cierto tipo de cactáceas cuyas hojas, cortantes como cuchillos dentados, rasgan la ropa y la piel.
Podría pensarse que, desde el punto de vista militar, aquella salvaje zona resultaba ideal para la lucha de guerrillas: semidesierta, impenetrable, y apoyada en tres fronteras por las que podrían llegar refuerzos y que, caso de venir mal dadas, ofrecerían seguro asilo. Pero en su aspecto humano-sociológico había que ver las cosas de otro modo.
En cualquier medio ambiente, y tanto más cuanto peores sean en él las condiciones de vida, guerrillero ideal ha de ser aquel a quien el hábito y una larga línea de herencia tengan mejor adaptado al medio. Dicho de modo menos abstruso: difícilmente será buen guerrillero quien luche fuera de su país. De ahí que normalmente fracasen las unidades «anti-guerrilla» teóricamente instruidas en los métodos de lucha guerrillera por los Estados Mayores. Las condiciones del combatiente autóctono no pueden ser improvisadas en un campo de entrenamiento. Excepción de esta regla puedan quizá ser los jefes; y no todos, sino solamente aquellas individualidades de auténtica excepción, poseedoras de una fuerza moral y física superior a todas las dificultades; el propio Guevara resulta magnífico ejemplo de tal casta guerrillera fuera de serie. Pero, en cuanto descendemos a nivel de la masa combatiente, aquella norma se cumple con la exactitud de un principio matemático.
Sin apoyo en el campo y en el partido
Ahora bien: ¿Podría el «Che» reclutar hombres de la región?... Muy difícil le sería. En la provincia de Santa Cruz la población es escasísima, y además, formada por un campesinado que, desde la reforma agraria de Paz Estenssoro, protegida luego por Barrientos, no siente el menor interés por modificar su status social.
«El término “indio” —dice Luis Mercier Vega refiriéndose al agricultor boliviano— ha cedido lugar al de “campesino”, y el cambio no se limita a las palabras. El primero, y sin duda el definitivo, beneficiario de la revolución de abril de 1952 (es decir, la reforma agraria de Estenssoro) es el campesino indígena, ayer clavado a una tierra que no le pertenecía, sometido al propietario y dependiente enteramente de éste, y que ahora trabaja su parcela, va a la ciudad, vende sus productos, y a veces acomete la gran aventura de la marcha hacia el este.»
Guevara, tal como le previnieron los primeros comunistas con que trató a su llegada, se vería obligado a reclutar su gente fuera del campo: en las grandes ciudades y en los distritos mineros. Luego la experiencia demostraría que los combatientes de tal procedencia nunca se aclimatarían a las intolerables condiciones reinantes en la provincia de Santa Cruz.
Sea como fuere, Guevara puso en marcha su plan guerrillero, de acuerdo con las sugerencias de Roberto Peredo. Ñancahuazu se convirtió en su centro de operaciones. La casa propiamente dicha era una modestísima edificación de una sola planta, recubierta con planchas onduladas de amianto; lo que en España suele llamarse «uralita» y en algunos países de América «calamina». Aquella instalación hubiese parecido en Europa una habitación impropia de gentes civilizadas. Pero en Santa Cruz la uralita parecía casi un lujo; la casa de Nancahuazu era llamada en la región «la Casa de calamina», para distinguirla de las otras casas, más humildes todavía. Pues bien: a la «Casa de calamina» llegaban de noche los guerrilleros apostados en los alrededores para recoger sus raciones, dar la novedad y tomar órdenes.
Para reforzar la magra despensa que suministraban los productos de la finca (los cacahuetes eran el más abundante producto de la casa), Peredo solía ir en su taxi a Camiri, en tanto el estado del camino lo permitía. De aquella pequeña localidad, a la que el descubrimiento de unos pozos petrolíferos había dado cierto auge, venían los alimentos complementarios del cacahuete, el vestuario y las medicinas que el crecimiento paulatino de la guerrilla hacía necesarios.
Como ya hemos dicho, los nuevos reclutas procedían en su mayoría de los distritos mineros. La noticia de que «Guevara estaba allí» provocó, al difundirse por los poblados de la región estañífera, un clima de gran exaltación. Los mineros discutían la conveniencia de incorporarse a la guerrilla de Guevara o de seguir fieles a la disciplina del Partido que, por el momento, proscribía toda participación en movimientos revolucionarios.
La situación no era cómoda para los dirigentes del P.C.: oponerse resueltamente a la guerrilla de Guevara podía motivar que éste llegase a una alianza con los odiados trotskistas y con los pro-chinos, puesto que el «Che» no cerraría las puertas a ningún eventual refuerzo; pero seguirle por el camino de la insurección armada significaría una desobediencia flagrante a las directrices de Moscú.
Ante aquel callejón sin salida, el Secretario general del P.C. boliviano decidió trasladarse a La Habana para tratar el asunto con Fidel Castro. Con ello Monje ponía en manos del dirigente cubano aquel rompecabezas sin solución, que al no tenerla, también para Fidel resultaría irresoluble: Castro no podía desautorizar al «Che», pero tampoco podía ignorar los pactos existentes entre Moscú y los partidos comunistas iberoamericanos que obligaban a éstos a seguir las consignas de «coexistencia pacífica». Fidel se salió por la tangente de las buenas palabras y aconsejó a Monje que procurase llegar a un acuerdo con el «Che».
Vuelto a Bolivia, el día de Año Nuevo de 1967 Monje se entrevistaba con el «Che»; al término de una conversación poco cordial propuso en la «Casa de calamina» una solución a su problema semejante a la que había encontrado el taxista Roberto Peredo: como Secretario general del Partido, Monje no podía unirse a la guerrilla, pero sí a título particular, previo el abandono de su cargo en el Comité Central e incluso a su condición de afiliado.
—De este modo —concluyó Monje— yo podría seguir en la guerrilla una línea paralela a la del partido, pero manteniéndome fuera del partido.
Al «Che», habituado como estaba a las argucias casuísticas de la dialéctica marxista, la solución le pareció de perlas. Pero su satisfacción bajó muchos puntos cuando Monje comenzó a presentar exigencias:
—Yo deberé supervisar las negociaciones con los demás grupos políticos bolivianos. Sería lamentable que algún agente provocador se infiltrara en k guerrilla, ¿verdad?
La cosa no tenía vuelta de hoja. El «Che», si bien torciendo el gesto, hubo de aceptar. El que tal pedía era nada menos que Secretario General del Partido. Además, como boliviano que era, debía conocer a la gente del país mejor que Guevara. Pero la siguiente pretensión de Monje colmó la medida:
—Ultimo punto: mientras las operaciones tengan lugar en territorio boliviano, el jefe militar y político seré yo.
Aquí Guevara cortó en seco la discusión:
—De ningún modo. Aquí no hay otro jefe que yo.
No hubo acuerdo. Pero de las minas de estaño siguieron llegando voluntarios. Al frente de un grupo numeroso el 19 de enero se presentaba Moisés Guevara, líder sindical de la mina de San José, para ponerse a las órdenes de su tocayo en apellido.
Primeras acciones y primeras traiciones
La vida en el campamento era dura. La zona de operaciones continuaba tranquila, por falta de adversario a quien combatir; pero Guevara, conocedor de lo desmoralizadora que resultaba la inacción había impuesto un régimen de actividad continua. Aparte los ejercicios de instrucción militar y una dura jornada de trabajo agrícola, los guerrilleros habían de soportar interminables sesiones de adoctrinamiento, para ponerse así en condiciones de adoctrinar a los demás: Los mejor dotados tenían que estudiar el quichua, lengua de los indios aborígenes, para servir de intérpretes en los contactos del «núcleo» revolucionario con la población autóctona.
La penuria comenzaba a enseñorearse del campamento. La noche de Año Nuevo había sido debidamente festejada con un opíparo banquete: cochinillo asado, turrón, sidra y cerveza. Pero aquellos recuerdos de pasado esplendor hacían más difícil de soportar la miseria presente. El febrero la despensa quedó prácticamente agotada. En vano reiteraba Peredo sus viajes a Camiri; siempre volvía con las manos vacías. Guevara acabó por saber que su proveedor de la Paz, recomendado de buena fe por los comunistas locales, resultó un granuja de tomo y lomo: Luego de haber expedido normalmente dos o tres envíos a Camiri, se había esfumado, y con él 250.000 dólares que Guevara le había entregado. Los guerrilleros hubieron de recurrir nuevamente a los cacahuetes y a dedicarse a la captura de monos, que comían asados. Cuando pasaba por el campamento alguna bandada de palomas torcaces, era un día de fiesta.
Hicieron su aparición los primeros alarmantes indicios de baja moral. Hubo dos casos de deserción y varios extravíos de armas. Sin que Guevara pudiera evitarlo, hubo noches en que el recuerdo de Masetti con su desastrado fin le impidió conciliar el sueño.
Tampoco las relaciones con los raros campesinos de la región eran buenas. Las patrullas enviadas en misión de reconocimiento pudieron observar que, cuando un paisano les veía de lejos, procuraba tomar por otro camino. Los guerrilleros no podían saber con seguridad si alguno de aquellos recelosos lugareños les había denunciado, pero lo sospechaban. A finales de febrero comenzaron a verse por la región las primeras patrullas militares. Pero en una región tan desolada y salvaje a los hombres de Guevara les resultaba fácil ocultarse a su vista.
Una prueba evidente de traición la tuvo el grupo guerrillero el 19 de marzo. Tres días antes habían desertado dos mineros de los que vinieron con Moisés Guevara. Ha de suponerse que al ser interrogados por la policía del Ejército, para hacerse perdonar o bajo la presión de los «habituales interrogatorios», debieron de cantar: los soldados iban a tiro hecho cuando un pelotón del Ejército, el mismo seguramente que los aprehendiera, se apoderó de un depósito de municiones y vestuario.
Con ser lamentable para los guerrilleros la pérdida de un material que difícilmente podrían reponer, resultaba de mucha mayor gravedad el hecho de que aquel hallazgo tenía que abrir los ojos al Ejército boliviano. Algunas de las prendas llevaban la etiqueta: «Casa Albión. Habana.» Demasiado tarde se daba cuenta el «Che» del descuido imperdonable que significaba no haber hecho desaparecer aquellos letreros acusadores. La prueba de que Cuba estaba implicada en el asunto podía tener graves consecuencias.
En los servicios secretos del Ejército se dio la alarma general. No se trataba, pues, de una guerrilla como tantas otras. El incidente tomaba dimensiones internacionales. Tanto era así que el coronel Kolle Cueto —hermano del dirigente comunista ya conocido por nosotros— se desplazó a Buenos Aires y Río de Janeiro para tratar el asunto con las autoridades locales.
Guevara decidió que era necesario cambiar de táctica; daba por hecho que el gobierno boliviano reaccionaría enérgicamente. Aguardar pasivamente el principio de su acción militar, podría resultar peligroso. Tanto más cuanto que uno de sus lugartenientes había cometido otro error imperdonable. Sorprendido por una de las muchas patrullas que ahora registraban la zona tan incansable como estérilmente, eludió el combate, así como estaba mandado, pero en vez de dirigir a sus perseguidores hacia una pista falsa, se replegó directamente sobre Ñancahuazu. A los soldados les hubiera bastado con seguir sus huellas para dar con un escondrijo, que iba perdiendo sus caracteres de tal.
Por un momento pensó Guevara en el fusilamiento del imprudente. Pero luego, recordando quizá su propia falta en el asunto del vestuario, se limitó a degradarlo.
¡A la ofensiva, pues! Para los guerrilleros había terminado el largo período de inactividad; si lo que deseaban era jaleo, ahora tendrían cuanto quisieran.
El 23 de marzo conseguía el «Che» su primera victoria. En un encuentro con fuerzas muy superiores, los guerrilleros hacían veinte bajas al enemigo, sin ellos experimentar pérdidas: siete muertos, cuatro heridos y nueve prisioneros. Los heridos y prisioneros fueron devueltos a su campamento, después de haber recibido aquéllos los primeros cuidados. El botín de guerra consistía en seis fusiles Mauser, tres ametralladoras, y una buena reserva de munición.
Aquel encuentro fue sin duda un éxito militar, pero también un error táctico. Así lo confiesa el propio «Che»:
«Nos vemos obligados a emprender el camino antes de lo que habíamos pensado... La situación no es buena.»
En efecto, no era buena. Y dos de los prisioneros liberados, que tenían el grado de oficial, se encargaron de empeorarla. Al volver a su campo, despojados de armas y uniformes, para salvar la cara exageraron la importancia del grupo guerrillero por el que se habían dejado sorprender. Según ellos, la guerrilla sobrepasaba los quinientos hombres.
El Estado Mayor boliviano dio por bueno el informe de los dos oficiales, y tomó medidas en proporción con la supuesta fuerza del peligro que se debía combatir. Basta leer el informe del general Jorge Belmonte Ardiles, una semana después del encuentro:
«... El cerco está virtualmente completo, por lo que será difícil que los guerrilleros logren escapar. Ese cerco comprende una vasta extensión de un radio de ciento cincuenta kilómetros. La aviación ha bombardeado algunas zonas y se han ocupado dos pistas de aterrizaje clandestinas, presuntamente utilizadas por los guerrilleros para su abastecimiento. La aviación ha hecho descender algunos grupos aerotransportados en zonas de difícil acceso, y éstos avanzan en demanda de fuerzas del Ejército que proceden del noroeste.»
Ante la lectura de tal parte, uno recuerda el desembarco de Normandia. ¡Y todo aquel alarde de fuerza contra unas pocas docenas de guerrilleros desaharrapados, hambrientos, y cuyas armas más eficaces eran las tres ametralladoras que habían arrebatado al adversario!
Entretanto, al margen del esfuerzo militar, la opinión antibolchevique también se moviliza en el país. El «Frente revolucionario» que llevó al poder a Barrientos declara su apoyo incondicional a éste. Ello era de esperar. Pero mucho más significativa y preñada de consecuencias para el porvenir de la guerrilla resulta la actitud de la Confederación Nacional de Campesinos, organización que nada tendría de reaccionaria, puesto que su credo social se basaba en la reforma agraria (el mismo que sustentaba Guevara por los días de Sierra Maestra). Pues bien: la Confederación otorga un apoyo «condicional» al Gobierno: condicional, subrayan los campesinos, para que nadie ponga en duda que mantiene todas sus reivindicaciones; pero al mismo tiempo «repudian la intromisión de elementos extranjeros en la política del país» y deciden la «movilización general de campesinos a fin de formar milicias que colaboren en la defensa de la dignidad nacional».
¡Se ha producido, pues, la movilización campesina que predecía Guevara, pero en sentido opuesto al esperado por el «Che»!
El ejército sigue, por su parte, dando cuenta de acciones guerreras. El 30 de marzo afirma que hubo un encuentro al norte de Lagunillas en el que resultaron muertos dos guerrilleros, y otro en Tiraboy. La aviación sigue ametrallando desde el aire «a los fugitivos» y «otro aeropuerto clandestino» había sido ocupado por fuerzas militares cerca de Río Grande.
Asimilación de un fracaso
En el campo guerrillero, nadie, desde el propio «Che» al último de sus hombres, revela el menor optimismo. Ernesto Guevara tiene que rendirse a la evidencia: los principios expuestos en su Guerra de guerrillas fallaron en Bolivia; el «núcleo insurreccional» se mostró incapaz de crear por sí mismo las condiciones necesarias para el triunfo de la revolución. ¡Y en sus fuerzas no hay un solo voluntario campesino! El hecho es de por sí expresivo, aunque Guevara ignore que los campesinos bolivianos le han declarado la guerra; los campesinos, no precisamente los terratenientes, sino los auténticos trabajadores del campo.
Ante un caso como el que debía afrontar, cuando se daba el hecho, según Guevara reñido con la lógica, de que unos revolucionarios por naturaleza, se negaban a representar su papel, el guerrillero debió pensar en la conveniencia de haber previsto una solución alternativa. Pero, ¡quién piensa en que puedan fallar las teorías que uno mismo ha concebido! Un fallo que consistía en no haber previsto que la propia teoría puede fallar y en no tener preparada una salida de emergencia, como en los teatros para caso de incendio.
Esa salida hubiera podido ser la de una buena «frontera de apoyo». Durante la etapa guerrillera de Mao Tsé Tung, éste pudo contar, en sus épocas de vacas flacas, con la frontera soviética; los vietnamitas, con la china; en Sierra Maestra, llegaban los aviones americanos repletos de armas. En cambio, ¿cuál era en Bolivia la situación del pobre «Che»? Tres fronteras tenía al alcance de la mano: la brasileña, paraguaya y argentina; pero cubiertas por sendos ejércitos hostiles que no dejarían pasar un solo voluntario, ni una sencilla pistola automática, ni siquiera un cartucho de munición.
Puesto que los campesinos habían fallado, la última esperanza del movimiento guerrillero en apuros podría ser el apoyo que viniese de los grupos ciudadanos de oposición; pero se trataba, en todo caso, de una esperanza muy débil. El exceso de confianza puede perder a un hombre, y eso le había ocurrido al «Che»: su confianza ilimitada en la táctica del «núcleo guerrillero» le hizo subestimar a los grupos de oposición como posibles aliados y ahora resultaba tarde para rectificar. Castro había sido más hábil cuando en 1958 se atrajo a todos los grupos oposicionistas y concluyó con ellos el Pacto de Caracas; y, aunque luego Fidel arrojase a todos por la borda, era evidente que la colaboración de los grupos políticos, resultó en su momento valiosísima. Guevara, en cambio, ¿qué había hecho en Bolivia?... El «Che» había de reconocer que ni siquiera consiguió asegurarse una colaboración eficaz de su aliado natural: el partido comunista.
Ernesto Guevara enmendaba en parte sus errores políticos a fuerza de pericia militar. Era natural, puesto que el hombre de acción superaba en mucho al pensador o al político. En Iripiti, cerca de su madriguera de Nancahuazu, sus perseguidores sufren otra cruel derrota. Esta vez los soldados muertos fueron once, siete los heridos y once más —un oficial entre ellos— cayeron prisioneros. También los guerilleros sufrieron algunas pérdidas; pero a costa de las mismas lograron un estupendo botín: treinta y cinco excelentes armas, entre fusiles y ametralladoras.
Alejado por el momento el peligro de cerco, Guevara decide que abandonen el campo guerrillero tres visitantes civiles que significan una remora para su libertad de movimientos. Se trataba del francés Regís Debray, del argentino Ciro Bustos y de George Andrew Roth, de nacionalidad británica y fotógrafo de profesión. El argentino había llegado al campamento guerrillero por motivos de índole política; el francés y el inglés, llevados por un afán de notoriedad periodística.
Guevara no sabía cómo librarse de sus tres visitantes, puesto que la garganta de Nancahuazu se hallaba estrechamente vigilada por las fuerzas del ejército. Cuando la acción del 10 de abril pareció dejar abierta una brecha, aconsejó a los tres civiles que aprovecharan la circunstancia para dejar el campamento. Fue un consejo inoportuno: el 21 de abril una patrulla militar hacía prisionero al trío.
En un principio, el arresto de los tres civiles apenas tuvo resonancia. Pero a partir del 15 de mayo la cosa cambió. El general Osvaldo Candía, comandante en jefe de las fuerzas armadas, hizo saber que el gobierno tenía la plena seguridad de que las guerrillas «estaban dirigidas por comunistas extranjeros que recibían instrucciones desde La Habana». En el comunicado quedaba implícita la idea de que Debray era uno de los que transmitían aquellas instrucciones.
Tres días después, el 18 de mayo, una segunda declaración oficial hace más comprometida todavía la posición de Debray: ante una junta militar, el coronel Arana Serrudo afirma tajantemente que «el “Che” Guevara en persona manda las guerrillas en Bolivia bajo el apodo de comandante “Ramón”». Hasta entonces el hecho no había sido reconocido de forma oficial e incluso muchas personalidades gubernamentales negábanse a darlo por cierto. El presidente Barrientos era una de éstas; el día primero de abril, habiendo manifestado el general Belmonte en su presencia que «Guevara se hallaba en territorio boliviano», Rene Barrientos le cortó con un rotundo «Guevara está muerto».
¡Guevara en el país y Debray acusado de ser su agente! La situación del francés no podía ser más peligrosa.
La vista del juicio se inició el 17 de agosto. Una y otra vez Debray hizo protestas de inocencia, aludió a su condición de periodista y a su deber como tal de ir en busca de información allí donde pudieran ocurrir hechos interesantes para el público. Todo fue en vano. La sentencia fue implacable.
Unos días antes de que ocurriera el arresto de Debray, que sirvió a las autoridades bolivianas para obtener un testimonio irrefutable de la presencia de Guevara en el país, Osmany Cienfuegos, secretario general de la OLAS, daba en La Habana, exactamente el 16 de abril, publicidad a aquella proclama de Guevara «A los Pueblos del Mundo» mencionada por nosotros en el capítulo anterior. De este modo, la presencia del guerrillero en Bolivia sería reconocida prácticamente al mismo tiempo en La Habana y en La Paz.