XIV. Apóstata del Pacifismo
De Mienciclo E-books
Introducción
EN el mes de julio pasó una breve temporada en Oxford. Aprovechó su paso por Londres para entrevistarse con políticos ingleses del máximo relieve, como Winston Churchill, Austin Chamberlain y David Lloyd George, ante los que denunció el rearme alemán que se realizaba de una forma secreta y acelerada y que infringía los acuerdos de Versalles. Para impedir que este rearme se llevara a efecto, lo que conduciría inevitablemente a la guerra, Einstein pidió un boicot económico total contra Alemania.
Einstein considera suicida el pacifismo
Durante este verano, Einstein modificó su actitud respecto al pacifismo, a los objetores de conciencia y al desarme. Pensaba que frente a una potencia militarista y belicosa, que se estaba armando aceleradamente al tiempo que entrenaba militarmente a millones de jóvenes alemanes, permanecer con los brazos cruzados o inhibirse era suicida. Pensaba principalmente en pequeños países como Bélgica y Holanda, a los cuales una política pacifista a ultranza los conduciría sin duda a la ruina. Su propuesta era una militarización general y una coordinación militar entre todos los países de Occidente para poder frenar al nazismo. Este cambio de actitud levantó la protesta y el recelo de los pacifistas que hasta ese momento habían estado junto a él: le consideraban apóstata del pacifismo.
Lord Ponsomby, pacifista inglés que había viajado con Einstein el año anterior a Ginebra para actuar a favor de la paz y del desarme, le envió en agosto de 1933 una carta en la que decía: «Estoy seguro que no se molestará usted si le hago patente mi desilusión por el cambio de su actitud ante el problema de oposición a la guerra. Comprendo muy bien su inquietud, su desesperación ante los acontecimientos de Alemania. Sin embargo, por muy provocador que pueda ser el gobierno, no constituye, a mi entender, un motivo suficiente para negar ahora el carácter razonable y efectivo de la oposición al servicio militar. Los métodos de Hitler pueden ser locos y criminales, pero estoy convencido de que no es lo bastante loco como para creer que Alemania saldría beneficiada de una nueva guerra contra otro país. Toda Europa se levantaría contra ella y la derrota sería inevitable… La seguridad de Bélgica, en el presente y en el futuro, sólo puede fundarse en una política de desarme. Todos los que colaboran en la realización de este objetivo negándose a participar de cualquier modo en la guerra, merecen nuestro respeto y nuestro aliento. La negativa a cumplir el servicio militar no sólo es una actitud deseable en tiempo de paz, sino que ha de contar con nuestro apoyo absoluto en todos los momentos de crisis. Mi creencia en la necesidad de una oposición a la guerra sigue siendo firme, inconmovible. Me atrevo a expresar la esperanza de que pese a que las medidas crueles y opresoras adopta das en Alemania puedan haber hecho vacilar su fe, no permitirá usted que el cambio registrado en sus opiniones —cambio temporal, estoy seguro— sea conocido públicamente, al menos hasta que haya reflexionado seriamente sobre la cuestión. Si sus opiniones son publicadas, puede usted tener la seguridad de que todos los chauvinistas, todos los militaristas y todos los mercaderes de armas encontrarán un placer extraordinario en poder ridiculizar su posición esencialmente pacifista».
También en un artículo publicado en Holanda por la Comisión Antimilitarista Internacional, se decía: «En un momento tan crítico como el actual, Einstein se pone del lado de los militaristas…, cree ahora que puede salvar a la civilización europea con las bombas incendiarias, el gas venenoso y la guerra bacteriológica… La apostasía de Einstein es una gran victoria para los nazis alemanes. La acción de Einstein ha causado un daño inaudito a la lucha contra el militarismo».
Otro pacifista famoso, el escritor francés Romain Rolland, decía refiriéndose a Einstein: «Esta debilidad de espíritu es inimaginable en un gran científico, que debería pesar sus afirmaciones con mucha prudencia antes de ponerlas en circulación. ¿No se le había ocurrido nunca que algún día podían presentarse circunstancias que convertirían la objeción de conciencia en una práctica religiosa? Es una broma, algo así como un juego intelectual, preconizar una idea cuando no comporta ningún riesgo; en cambio se asume una seria responsabilidad al adoctrinar a jóvenes ciegos y confiados sin haber considerado suficientemente todas las implicaciones de este adoctrinamiento. Me parece indudable que Einstein, un verdadero genio en el terreno científico, es un hombre débil, inconsciente e indefenso fuera de él… Podemos imaginar la furia homicida que se habrá apoderado de los hitlerianos al saber que un alemán ha llamado a otros países a empuñar las armas contra Alemania. Nada podía ser más fatal para la causa de los judíos alemanes… Sus constantes cambios, vacilaciones y contradicciones son peores que la inexorable tenacidad de un enemigo declarado».
Ante estos ataques, Einstein se defendía diciendo:
He de confesar que la época no me parece propicia para seguir defendiendo algunas proposiciones del movimiento pacifista radical. por ejemplo: ¿cómo podemos aconsejar a un francés o a un belga que se niegue a cumplir el servicio militar ante el rearme alemán ¿debemos lanzar una campaña para defender esta postura francamente, no lo creo. me parece que en la situación actual hemos de apoyar una organización de fuerza supranacional y no preconizar la abolición de las fuerzas militares aborrezco todos los ejércitos y todas las formas de violencia; pero estoy firmemente convencido de que, en la presente situación mundial, sólo estas armas odiosas aseguran una protección decisiva.
Ni siquiera fuera de Alemania se siente seguro
A todo esto, la vida de Einstein en Le Coq-sur-Mer se hacía más difícil. Había la sospecha de que los servicios secretos de Hitler intentaban asesinar a Einstein, y la policía belga protegía su casa día y noche. Pero cuando el 31 de agosto fue asesinado en Checoslovaquia, por agentes nazis, el profesor Teodoro Lessin, intelectual y pacifista de renombre, y que había colaborado con Einstein en los años veinte, éste comprendió el peligro que corría y que la protección que le brindaba la reina de Bélgica no era simplemente una medida precautoria. Por eso, el día 8 de septiembre de 1933 salió en un yate privado con dirección a la costa de Norkolf, en Inglaterra. Para mayor protección, se dio la versión oficial de que se dirigía rumbo a Sudamérica.
También su permanencia en Inglaterra estuvo rodeada de sigilo y protección. En esta situación, Einstein recibió otro duro golpe; la noticia de que su viejo y entrañable amigo Paul Ehrenfest se había suicidado después de dar muerte a su hijo de dieciséis años. Einstein estaba huido, abandonado de sus amigos, y una serie de acontecimientos le hacían creer que el mundo le era incomprensible o que éste había enloquecido.
Su último acto público en Europa fue un gran mitin de masas organizado por el Fondo de Ayuda a los Refugiados, que se celebró en el Royal Albert Hall, de Londres, el día 3 de octubre de 1933. Participaron en la reunión, además de Einstein, Chamberlain, que había sido ministro de Asuntos Exteriores británico; James Jeans, físico y astrónomo notable; Rutherford, famoso físico inglés; William Beveridge, economista y pedagogo. Hablaron ante unas diez mil personas.
Unos días después, Einstein esperaba en Southampton un buque de pasajeros que venía de Amberes y en el que viajaban su mujer, Elsa; su secretaria, Helene Dukas, y su ayudante, Meyer. En ese buque embarcaría Einstein para dirigirse a un exilio del que ya no regresaría nunca.