XIII. La Nochebuena de 1836
De Mienciclo E-books
Introducción
DEL 2 de noviembre, día en que aparece la reflexión de Larra al pie de su cementerio imaginario, el 26 de diciembre, fecha en que sale a la luz en el Redactor General el diálogo figariano con su criado al pie de la última Nochebuena del escritor, van cincuenta y tres días. A duras penas, en ellos, ha logrado sobrevivir Larra a su fatal destino. La desesperanza, el dolor, la sensación de caos no ha hecho otra cosa que crecer. El drama está tocando a su fin, el telón se halla a punto de caer. La noche del 24 de diciembre Larra elabora una suerte de «delirio filosófico» en el que la literatura se confunde con la autobiografía de una manera perfecta, convirtiéndose en una confesión pública sin precedentes.
«La Nochebuena de 1836» es el resumen de la perfección larriana como escritor y periodista. En él, amén de los rasgos biográficos decisivos que revela, se sintetizan las virtudes del estilo —tan clásico en su contexto romántico— de Mariano José de Larra. Como en tantos otros artículos hay dentro del texto un cuento que aquí toma la forma de un diálogo extraordinariamente incisivo. Larra se sitúa en el protagonista desde el primer párrafo del artículo: el día 24 me es fatal. Apela a su «yo» como eje del trabajo aunque la ironía sobre las cosas asoma siempre: «Miré el termómetro... como el crédito del Estado». (Ni en la más apasionada autoconfesión puede Larra dejar de ver el entorno con los ojos del crítico implacable). En cada artículo, escribe, entierro una esperanza o una ilusión. Y dicho ello, nos va a poner frente al espectáculo de su propia crisis; va a enterrar, ante los ojos de su público, una esperanza. El criado va a ser quien se encargue de ello. Es como el espejo desde el que Larra va a mostrar su imagen al exterior y a sí mismo,
El Número 24 me es fatal: si tuviera que probarlo diría que en día 24 nací. dos veces al año amanece, sin embargo, día 24; soy superticioso, porque el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer; sin duda, por esa razón creen los amantes, los casados y los pueblos a sus ídolos, a sus consortes y a sus gobiernos y una de mis supersticiones consiste en creer que no puede haber para mí un día 24 bueno. el día 23 es siempre en mi calendario víspera de desgracia, y a imitación de aquel jefe de policía ruso que mandaba tener prontas las bombas las vísperas de incendios, así yo desde el 23 me prevengo para el siguiente día de sufrimiento y resignación, y, en dando las doce, ni tomo vaso en mi mano por no romperlo, ni apunto carta por no perderla, ni enamoro a mujer porque no me diga que sí, pues en punto a amores tengo otra superstición: imagino que la mayor desgracia que a un hombre le puede suceder es que una mujer le diga que le quiere. si no la cree es un tormento, y si la cree... ¡bienaventurado aquel a quien la mujer dice no quiero, porque ése a lo menos oye la verdad!
El último día 23 del año 1836 acababa de expirar en la muestra de mi péndola, y consecuente en mis principios supersticiosos, ya estaba yo agachaao esperando el aguacero y sin poder conciliar el sueño, así pasé las horas de la noche, más largas para et triste desvelado que una guerra civil hasta que por fin la mañana vino con paso de intervención, es decir, lentísimamente, a teñir de púrpura y rosa las cortinas de mi estancia
El Día anterior había sido hermoso, y no sé por qué me daba el corazón que el día 24 había de ser día de agua. fue, pero todavía amaneció nevando. miré el termómetro y marcaba muchos grados bajo cero; como el crédito del estado.
Resuelto a no moverme porque tuviera que hacerlo toda la suerte este mes incliné la frente, cargada como el cielo de nubes frías, apoyé los codos en mi mesa y paré tal que cualquiera me hubiera reconocido por escritor público en tiempo de libertad de imprenta, o me hubiera tenido por miliciano nacional citado para un ejercicio. ora vagaba mi vista por la multitud de artículos y folletos que yacen empezados y no acabados ha más de seis meses sobre mi mesa, y de que sólo existen los títulos, como esos nichos preparados en los cementerios que no aguardan más que el cadáver; comparación exacta, porque en cada artículo entierro una esperanza o una ilusión. ora volvía los ojos a los cristales de mi balcón; veíalos empañados y como llorosos por dentro; los vapores condensados se deslizaban a manera de lágrimas a lo largo del diáfano cristal; así se empaña la vida, pensaba; así el frío exterior del mundo condensa las penas en el interior del hombre, así caen gota a gota las lágrimas sobre el corazón. los que ven de fuera los cristales los ven tersos y brillantes; los que ven sólo los rostros los ven alegres y serenos...
Haré merced a mis lectores de las más de mis meditaciones; no hay periódicos bastantes en madrid, acaso no hay lectores bastantes tampoco. ¡dichoso el que tiene oficina! ¡Dichoso el empleado aun sin sueldo o sin cobrarlo, que es lo mismo! Al menos no está obligado a pensar, puede fumar, puede leer la Gaceta.
¡las cuatro! ¡la comida! —me dijo una voz de criado, una voz de entonación servil y sumisa; en el hombre que sirve, hasta la voz parece pedir permiso para sonar.
Esta palabra me sacó de mi estupor, e involuntariamente iba a exclamar como don quijote: «come, sancho, hijo, come, tú que no eres caballero andante y que naciste para comer», porque al fin los filósofos, es decir, los desgraciados, podemos no comer, pero ¡los criados de los filósofos! una idea más luminosa me ocurrió: era día de navidad. me acordé de que en sus famosas saturnales los romanos trocaban los papeles y que los esclavos podían decir la verdad a sus amos. costumbre humilde, digna del cristianismo. miré a mi criado y dije para mí: «esta noche me dirás la verdad». saqué de mi gaveta unas monedas; tenían el busto de los monarcas de españa: cualquiera diría que son retratos; sin embargo, eran artículos de periódico. las miré con orgullo: ==
Come y bebe de mis artículos
—añadí con desprecio —; sólo en esa forma, sólo por medio de esa estratagema se pueden meter los artículos en el cuerpo de ciertas gentes.
Una risa estúpida se dibujó en la fisonomía de aquel ser que los naturalistas han tenido la bondad de llamar racional sólo porque lo han visto hombre. mi criado se rió. era aquella risa el demonio de la gula que reconocía su campo.
Tercié la capa, calé el sombrero y en la calle
¿Qué es un aniversario? acaso un error de fecha. si no se hubiera compartido el año en trescientos sesenta y cinco días, ¿qué sería de nuestro aniversario pero al pueblo le han dicho: «hoy es un aniversario» y el pueblo ha respondido: «Pues si es un aniversario, comamos, y comamos doble». ¿Por qué come hoy más que ayer? O ayer pasó hambre y hoy pasará indigestión. Miserable humanidad, destinada siempre a quedarse más acá o ir más allá.
Hace mil ochocientos treinta y seis años nació el redentor del mundo; nació el que no reconoce principio y el que no reconoce fin; nació para morir. ¡sublime misterio!
Hay misterio que celebrar pues «comamos», dice el hombre; no dice: «reflexionemos». el vientre es el encargado de cumplir con las grandes solemnidades. el hombre tiene que recurrir a la materia para pagar las deudas del espíritu. ¡argumento terrible en favor del alma!
Para ir desde mi casa al teatro es preciso pasar por la plaza tan indispensable como es preciso pasar por el dolor para ir desde la cuna al sepulcro. montones de comestibles acumulados, risa y algazara, compra y venta, sobras por todas partes y alegría. no pudo menos de ocurrirme la idea de bilbao: figuraseme ver de pronto que se alzaba por entre las montañas de víveres una frente altísima y extenuada; una mano seca y roída llevaba a una boca cárdena y negra de morder cartuchos, un manojo de laurel sangriento. y aquella boca no hablaba. pero el rostro entero se dirigía a los bulliciosos liberales de madrid, que traficaban. era horrible el contraste de la fisonomía escuálida y de los rostros alegres. era la reconvención y la culpa, aquélla agria y severa, ésta indiferente y descarada.
Todos aquellos víveres han sido aquí traídos de distintas provincias para la colación cristiana de una capital. en una cena de ayuno se come una ciudad a las demás.
Las cinco! hora del teatro; el telón se levanta a la vista de un pueblo palpitante y bullicioso. dos comedias de circunstancias, o yo estoy loco. una representación en que los hombres son mujeres y las mujeres, hombres. Los hombres ya no saben sino hablar como las mujeres, en congresos y en corrillos. Y las mujeres son hombres, ellas son las únicas que conquistan. Segunda comedia: un novio es el pueblo español: no se casa con un solo Gobierno con quien no tenga que reñir al día siguiente. Es el matrimonio repetido al infinito.
Pero las orgías llaman a los ciudadanos. ciérranse las puertas, ábrense las cocinas. dos horas, tres horas, y yo rondo de calle en calle a merced de mipensamiento. la luz que ilumina los banquetes viene a herir mis ojos por las rendijas de los balcones; el ruido de los panderos y de la bacanal que estremece los pisos y las vidrieras se abre paso hasta mis sentidos y entra en ellos como cuña a mano, rompiendo y desbaratando.
Las doce van a dar: las campanas que ha dejado la junta de enajenación en el aire, y que en estar en el aire se parecen a todas nuestras cosas, citan a los cristianos al oficio divino. ¿qué es esto ¿va a expirar el 24 y no me ha ocurrido en el más contratiempo que mi malhumor de todos los días pero mi criado me espera en mi casa como espera la cuba al catador, llena de vino; mis artículos hechos moneda, mi moneda hecha mosto se ha apoderado del imbécil como imaginé, y el asturiano ya no es hombre; es todo verdad.
Mi Criado tiene de mesa lo cuadrado y el estar en talla al alcance de la mano. por tanto, es un mueble muy cómodo; su color es el que indica la ausencia completa de aquello con que se piensa, es decir, que es bueno; las manos se confundirían con los pies, si no fuera por los zapatos y porque anda casualmente sobre los últimos; a imitación de la mayor parte de los hombres, tiene orejas que están a uno y a otro lado de la cabeza como los floreros en una consola, de adorno, o como los balcones figurados, por donde no entra ni sale nada; también tiene dos ojos en la cara; él cree ver con ellos, ¡qué chasco se lleva! A pesar de esta pintura, todavía sería difícil reconocerle entre la multitud, porque al fin no es sino un ejemplar de la grande edición hecha por la Providencia de la humanidad, y que yo comparo de buena gana con las que suelen hacer los autores: algunos ejemplares de regalo finos y bien empastados; el surtido todo igual, ordinario y a la rústica.
Mi Criado pertenece al surtido. pero la providencia, que se vale para humillar a los soberbios de los instrumentos más humildes, me reservaba en él mi mal rato del día 24. la verdad me esperaba en el y era preciso oírla de sus labios impuros. la verdad es como el agua filtrada, que no llega a los labios sino al través del cieno. me abrió el criado, y no tardé en reconocer su estado.
Aparta, imbécil
—exclamé, empujando suavemente aquel cuerpo sin alma que en uno de sus columpios se venía sobre mí. ¡Oiga! Está ebrio. ¡Pobre muchacho! ¡Da lástima!
Me entré de rondón a mi estancia: pero el cuerpo me siguió con un rumor sordo e interrumpido; una vez dentro los dos, su aliento desigual y sus movimientos violentos apagaron la luz; una bocanada de aire colada por la puerta al abrirme cerró la de mi habitación, y quedamos dentro casi a oscuras yo y mi criado, es decir, la verdad y fígaro, aquélla en figura de hombre beodo arrimado a los pies de mi cama para no vacilar y yo, a su cabecera, buscando inútilmente un fósforo que nos iluminase.
Dos ojos brillaban como dos llamas fatídicas enfrente de mí; no sé por qué misterio mi criado encontró entonces, y de repente, voz y palabras, y habló y raciocinó; misterios más raros se han visto acreditados; los fabulistas hacen hablar a los animales; ¿por qué no he de hacer yo hablar a mi criado oradores conozco yo de quienes hace algún tiempono hubiera hecho una pintura más favorable que de mi astur y que han roto, sin embargo, a hablar, y los oye el mundo y los escucha; tal me ha pasado.
En fin, yo cuento un hecho; tal me ha pasado; yo no escribo para los que dudan de mi veracidad; el que no quiera creerme puede doblar la hoja, eso se ahorrará tal vez de fastidio; pero una voz salió de mi criado; y entre ella y la mía se estableció el siguiente diálogo:
Lástima —dijo la voz, repitiendo mi piadosa exclamación —. ¿Y por qué me has de tener lástima, escritor? Yo a ti, ya lo entiendo.
¿tú a mí? —pregunté sobrecogido por un terror supersticioso; y es que la voz empezaba a decir verdad.
-Escucha: tú vienes triste como de costumbre; yo estoy más alegre que suelo. ¿por qué ese color pálido, ese rostro deshecho, esas hondas y verdes ojeras que ilumino con mi luz al abrirte todas las noches ¿por qué esa distracción constante y esas palabras vagas e interrumpidas de que sorprendo todos los días fragmentos errantes sobre tus labios ¿por qué te vuelves y te revuelves en tu mullido lecho como un criminal, acostado con su remordimiento, en tanto que yo ronco sobre mi tosca tarima ¿quién debe tener lástima a quién no pareces criminal; la justicia no te prende al menos; verdad es que la justicia no prende sino a los pequeños criminales, a los que roban con ganzúas o a los que matan con puñal; pero a los que arrebatan el sosiego de una familia seduciendo a la mujer casada o a la hija honesta, a los que roban con los naipes en la mano, a los que matan una existencia con una palabra dicha al oído, con una carta cerrada, a ésos ni los llama la sociedad criminales, ni la justicia les prende, porque la víctima no arroja sangre, no manifiesta herida, sino agoniza lentamente consumida por el veneno de la pasión que su verdugo le ha propinado. ¡qué de tísicos han muerto asesinados por una infiel, por un ingrato, por un calumniador! Los entierran; dicen que la cura no ha alcanzado y que los médicos no la entendieron. Pero la puñalada hipócrita alcanzó e hirió el corazón. Tú acaso eres de esos criminales y hay un acusador dentro de ti, y ese frac elegante y esa media de seda, y ese chaleco de tisú de oro que yo te he visto son tus armas maldecidas.
-Silencio, hombre borracho
-No; has de oír al vino una vez que habla. acaso ese oro que a fuerza de elegante has ganado en su sarao y que vuelcas con indiferencia sobre tu tocador es el precio del honor de una familia. acaso ese billete que desdoblas es un anónimo embustero que va a separar de ti para siempre la mujer que adorabas; acaso es una prueba de la ingratitud de ella o de su perfidia. más de uno te he visto morder y despedazar con tus uñas y sus dientes en los momentos en que el buen tono cede el paso a la pasión y a la sociedad ==
Tú buscas la felicidad en el corazón humano, y para eso le destrozas, hozando en él, como quien remueve la tierra en busca de un tesoro. yo nada busco, y el desengaño no me espera a la vuelta de la esperanza. tú eres literato y escritor, y ¡qué tormentos no te hace pasar tu amor propio, ajado diariamente por la indiferencia de unos, por la envidia de otros, por el rencor de muchos! preciado de gracioso, harías reír a costa de un amigo, si amigos hubiera, y no quieres tener remordimiento. hombre de partido, haces la guerra a otro partido; o cada vencimiento es una humillación, o compras la victoria demasiado cara para gozar de ella. ofendes y no quieres tener enemigos. ¿a mí quién me calumnia ¿quién me conoce tú me pagas un salario bastante a cubrir mis necesidades; a ti te paga el mundo como paga a los demás que le sirven. te llamas liberal y despreocupado, y el día que te apoderes del ==
látigo azotarás como te han azotado. Los hombres de mundo os llamáis hombres de honor y de carácter, y a cada suceso nuevo cambiáis de opinión, apostáis de vuestros principios. Despedazado siempre por la sed de gloria, inconsecuencia rara, despreciarás acaso a aquellos para quienes escribes y reclamas con el incensario en la mano su adulación; adulas a tus lectores para ser de ellos adulado, y eres también despedazado por el temor, y no sabes si mañana irás a coger tus laureles a las Baleares o a un calabozo.
-¡basta, basta! ==
-Concluyo; yo, en fin, no tengo necesidades; tú, a pesar de tus riquezas, acaso tendrás que someterte mañana a un usurero para un capricho innecesario, porque vosotros tragáis oro, o para un banquete de vanidad en que cada bocado es un tósigo. tú lees día y noche buscando la verdad en los libros hoja por hoja, y sufres de no encontrarla ni escrita. entre ridículo, bailas sin alegría; tu movimiento turbulento es el movimiento de la llama, que, sin gozar de ella, quema. cuando yo necesito de mujeres echo mano de mi salario y las encuentro, fieles por más de un cuarto de hora; tú echas mano de tu corazón, y vas y lo arrojas a los pies de la primera que pasa, y no quieres que lo pise y lo lastime, y le entregas ese depósito sin conocerla. confías tu tesoro a cualquiera por su linda cara, y crees porque quieres; y si mañana tu tesoro desaparece, llamas ladrón al depositario, debiendo llamarte imprudente y necio a ti mismo ==
-Por piedad, déjame, voz del infierno.
-Concluyo; inventas palabras y haces de ellas sentimientos, ciencias, artes, objetos de existencia. ¡política, gloria, saber, poder, riqueza, amistad, amor! y cuando descubres que son palabras, blasfemas y maldices. en tanto el pobre asturiano come, bebe y duerme, y nadie le engaña, y, si no es feliz, == no es desgraciado, no es al menos hombre de mundo, ni ambicioso ni elegante, ni literato ni enamorado. Ten lástima ahora del pobre asturiano. Tú me mandas, pero no te mandas a ti mismo. Tenme lástima, literato. Yo estoy ebrio de vino, es verdad; pero tú lo estás de deseos y de impotencia...
Un ronco sonido terminó el diálogo; el cuerpo, cansado del esfuerzo, había caído al suelo; el órgano de la providencia había callado, y el asturiano roncaba. «¡agora te conozco —exclamé —, día veinticuatro!»
Una lágrima preñada de horror y de desesperación surcaba mi mejilla, ajada ya por el dolor. a la mañana, amo y criado yacían, aquél en hecho, éste en el suelo. el primero todavía abiertos los ojos y los clavaba con delirio y con delicia en una caja amarilla donde se leía mañana. ¿llegará ese mañana fatídico ¿qué encerraba la caja en tanto, la nochebuena era pasada, y el mundo todo, a mis barbas, cuando hablaba de ella, la seguían llamando nochebuena.
La soledad larriana
¿Ha estado siempre solo Larra? ¿Cuál fue el entorno que rodeó en vida a Fígaro y en qué medida pudo servir éste como referencia al escritor? El drama de nuestro hombre es que, en ese como en tantos otros aspectos, no halló nunca el equilibrio preciso a su personalidad sin raíces: o estuvo solo o demasiado acompañado. El ambiente de Larra, la atmósfera personal que envuelve su trágico destino, fue la regida por la relación superficial, el trato, por decirlo así, literario. Sus amigos son aristócratas — el marqués de Molins, el conde de Campo Alangeo escritores —Espronceda, Mesonero, Bretón...— En ambos casos están unidos por el hilo invisible y poco profundo del tiempo que les une o del país ante el que se lamentan juntos. En el segundo, por la vocación común de la escritura.
Su posterior diálogo dramático con el mayordomo descubre la incapacidad larriana para estar en el interior del pueblo. Larra, de siempre, se orientó a vivir las cosas desde fuera, a ser crítico acerado del mundo. Sin sólidas raíces deambula por entre las tertulias aristocráticas y literarias, como un dandy que hace profesión de escéptico, jugando a la calaverada inteligente. Se desgastaba, así, en lo puramente externo —fiestas, bailes, saraos, teatros, tertulias— como el que busca en los otros el eco de su brillantez y el precio que por ello pagaba era la más profunda soledad. Los demás se equivocaban con él en la medida —es preciso decirlo— en que él se equivocaba a sí mismo ofreciendo al mundo el gesto de su elegancia elitista.
Huyendo de sí, ¿cómo podía obligar a los demás a desenmascarar la imagen que él mismo cuidaba tanto en mantener erguida? Campo Alange o Espronceda vivían en mayor medida como el héroe romántico al estilo de Byron. Larra fue siempre más razonable, más pragmático aunque, tal vez, el disparo final nos haga pensar en un estereotipo distinto, más en consonancia con el corazón que con la cabeza. A veces uno se pregunta, a la vista de su periplo europeo, por qué no se quedó Larra en Europa, en París. Si escribir en Madrid era llorar y Larra lo sabía ya antes de haberlo escrito —y escribir en París como Víctor Hugo— era «otra» cosa (las palabras allí retumbaban), ¿por qué no buscar desesperadamente la fama en París, el éxito en la capital del Romanticismo? Sus propias cartas nos revelan en parte «su» respuesta a nuestra pregunta. Larra en Madrid era ya Fígaro y el regresó a seguir siendo el hombre brillante que deja en los salones las briznas de un ingenio.
Larra está así o solo —en una soledad que le duele pero de la que no sabe salir— o en medio de una élite que le aplaude aún sin comprender su desbordada intimidad. Apenas cabe el término medio, la amistad reposada, abierta, sin turbulencias. A Fígaro le falta siempre el calor del mundo. Vive volcado al exterior, todo agresividad y gasta en esa lucha diaria —que es ulterior sólo en sus perfiles aparentes— lo mejor de sus fuerzas. Para remediar el vacío sueña. Dolores es, en este sentido, un tanto irreal, la quimera necesaria de un solitario que ve la sociedad como algo hostil.
El yo —eje esencial del discurso— se completa con los otros. Como «En este país», años atrás, Larra acomete contra las costumbres madrileñas según las cuales «el vientre es el encargado de cumplir con las grandes solemnidades». Agotado por el vino, su criado ha dejado de ser hombre para ser todo verdad. Es ya el espejo perfecto en el que se va a mirar Larra. ¿Qué imagen le devuelve éste del escritor? Léanse despacio las palabras del asturiano criado de Fígaro. El dandismo como defensa, la escritura como arma arrojadiza, la política como forma suprema del engaño: todo, en suma, ordenado para mandar en los otros y ser esclavo de sí mismo.
Larra se mira en el espejo del otro y ve en él toda su miseria personal acumulada; se aterra de su yo reflejado en el criado ebrio de vino y verdades. Hacía algo más de un año, en el Londres inmenso, escribía: «Estoy en Londres cara a cara conmigo mismo, y éste es el peor trabajo que me podía suceder, porque, a decir verdad, no me gusto gran cosa». Ahora, año y pico después de aquella carta, Larra se vuelve a mirar, a fondo, sin piedad de sí mismo, en el espejo: y lo que advierte es que apenas tiene fuerzas para soportar su yo tambaleante.
La última esperanza
Aún le queda una tenue esperanza, vehementemente alimentada: Dolores. A lo que sabemos, las actitudes de Dolores Armijo han ido variando de forma sustancial durante los últimos tiempos. Repudiada por su marido, que ha partido hacia Filipinas, se halla recluida en Avila donde se aloja en casa de un pariente, tras haber pasado una corta temporada en un convento. Larra ha ido y venido a Avila intentando salvar la vigilancia a que Dolores se halla sometida. Pero sus viajes fugaces no han conseguido consolidar un amor en el que las dificultades comienzan a primar sobre las gratificaciones. Dolores está disociada entre la teórica pasión ilegítima hacia el escritor famoso y la fidelidad cómoda hacia el marido airado. Al cabo del tiempo, Cambronero, desde Filipinas, perdona a Dolores Armijo y solicita su presencia junto a él: todo pertenece al pasado. También, en cierto modo, Larra.
Es el momento en que Larra puede pasar a ser víctima de Dolores y ésta la mujer calavera a que el propio Mariano José aludía. De hecho, la pasión de la Armijo se ha ido apagando a medida que el amor abandona su matiz de aventura en el hombre calavera al que se intenta dominar. Conseguido su propósito, Larra queda a merced de Dolores. Estamos casi en presencia de una brutal ejecución amorosa con la víctima y el verdugo bien definidos. Quien conquistó a Dolores fue Fígaro. Pero ahora Fígaro y Larra son una misma persona definitivamente. Y Larra pide demasiado: convertir la aventura que fue en pareja estable, obligar a Dolores a que rompa con los prejuicios y los convencionalismos sociales. Larra, siempre lúcido, se teme lo peor.
Acaso ese billete que desdoblas es un anónimo embustero que va a separar de ti para siempre la mujer que adorabas; acaso es una prueba de la ingratitud de ella o de su perfidia.»
Mariano José de Larra a solas con su delgada esperanza aguarda mientras la depresión crece en él sin remedio. Las últimas palabras de la Nochebuena de 1836 son todo un aviso, toda una fatal premonición. Fígaro se vacía ante el lector y le descubre con absoluta crudeza su juego suicida:
El primero (larra) tenía todavía abiertos los ojos y los clavaba con delirio y con delicia en esa caja amarilla donde se leía mañana. ¿llegará ese mañana fatídico ¿qué encerraba la caja.»
Preguntas con trágica y sencilla respuesta. El mañana tardará en llegar menos de cuarenta días. La caja encerraba las pistolas que habrán de provocar el fatal disparo. Por el momento, sin embargo, la pregunta está en pie. Larra se agarra desesperadamente a su última esperanza, 1836 ha muerto y el escritor enfila el nuevo año agazapado en su angustia. Apenas sale de casa. Madrid le quema. Escribe sin cesar, cumpliendo con rigor y puntualidad sus contratos. El escepticismo crece. El 3 de enero, en su Carta al Estudiante, replica: «Amigo, yo no vivo en la luna, sino en Madrid: digo hoy una cosa para poder hacer otra mañana». Sigue a duras penas en la farsa del mundo y sueña, nostálgico, con un ayer imposible o un mañana borroso. El teatro le aburre ya sin contemplaciones; la literatura le quema su pluma. Como en aquella temible metáfora del día de difuntos, Madrid, la capital, le parece un inmenso cementerio. Cada día, en cada artículo, en cada conversación liviana, entierra una esperanza casi a sabiendas ya de que no va a poder jamás resucitarla.