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XIII. Hacia el Ultimo Acto

De Mienciclo E-books

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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Introducción

El cadáver del Che es presentado a la prensa.
El cadáver del Che es presentado a la prensa.

ALGUNOS hechos ocurridos en el año que transcurre desde marzo de 1966 (regreso a Cuba de Guevara) a abril de 1967 (cuando ya se hallaba luchando en Bolivia) vienen aparentemente a justificar la tesis, mantenida por muchos, según la cual Fidel Castro y el «Che» siempre anduvieron de acuerdo en lo fundamental y por encima de sus diferencias de criterio. Para los que así piensan, la conspiración de silencio en torno de Guevara, su alejamiento, los bulos puestos en circulación, no eran otra cosa que lances en el juego escondido que entrambos se traían; algo así como una partida de «mus» en la que aquellos que van de compañeros se pasan señas a escondidas de la pareja contraria.

Resulta difícil admitir una opinión tan extremada, puesto que Castro no es Talleyrand ni Guevara un Fouché. Posiblemente la verdad auténtica, la verdad que algún día la historia quizás haga demostrable, se puede hallar en el justo medio y de acuerdo con un juicio que no creemos aventurado sobre todas aquellas cosas que les unía o que les separaba.

Divorcio de dos personalidades complementarias

Las diferencias doctrinales, de táctica, e incluso de carácter, habían creado entre Fidel y su segundo una situación de rivalidad y antagonismo que forzaba la separación; en forma semejante a como hay matrimonios en los que marido y mujer se quieren mucho, pero que llegan a no poder soportarse uno al otro. Pero entre Fidel y el «Che» se daba una base de identificación fundamental (como la presencia de hijos en el matrimonio), y sobre todo, el hecho de que la conveniencia les llevaba, desde posiciones doctrinales encontradas, a una identidad de intereses y tácticas.

Algunas de las circunstancias que abonan esta opinión se dan con anterioridad al regreso del «Che» a Cuba en marzo de 1966.

Como indicamos en el capítulo anterior, la Conferencia tricontinental de La Habana se celebró en enero de 1966. Allí quedaron marcadas tres posiciones perfectamente definidas: la soviética, defensora de la «coexistencia pacífica»; la china, que propugnaba «la insurrección mundial sin limitaciones»; y la cubana, de signo intermedio: «coexistencia», pero «reconociendo a los pueblos esclavizados el derecho a buscar el camino de su liberación». En principio, Castro pasaba por exponente de la postura soviética y Guevara de la china, aunque, así trazado, el esquema resulta excesivamente simplista.

En todo caso, a partir de actitudes teóricamente opuestas, Fidel y el «Che» vienen a coincidir en la tesis intermedia cubana: Para Castro lo fundamental es la reafirmación de su régimen en la Isla; si pudiera lograrla mediante la coexistencia, sería «coexistente» acérrimo. Pero los Estados Unidos no parecen dispuestos a extender el alcance de aquella táctica más allá del binomio USA-URSS, y en ninguna forma, desde luego, a sus relaciones con Cuba. Consecuentemente, Fidel Castro decide que la creación de nuevos Estados revolucionarios en Iberoamérica es condición necesaria para la pervivencia de su régimen en Cuba.

Para el «Che», por el contrario, la lucha revolucionaria es lo esencial, pero la creación de sus queridos «núcleos guerrilleros» precisa de una potencia que los respalde; ni siquiera Sierra Maestra hubiera sido posible de no contar con el apoyo de los Estados Unidos. Si Cuba está en condiciones de patrocinar acciones subversivas en Sudamérica y quiere hacerlo, el «Che» actuará, naturalmente de pleno acuerdo con ella.

Ya tenemos, pues, a Castro y a Guevara en un terreno de común entendimiento. En la cartadespedida, el «Che» no dice qué carácter tomarán sus futuras relaciones con el régimen cubano. En la sesión de clausura de la Conferencia Tricontinental, Castro disipa los malentendidos:

«El compañero Ernesto Guevara, unos cuantos revolucionarios de este país, y unos cuantos revolucionarios de fuera de este país, saben cuándo salió, qué ha estado haciendo en este tiempo. Y, desde luego, los imperialistas estarían muy interesados en saber, con todos los detalles, dónde está, qué ha hecho, cómo lo hace; al parecer no lo saben, y si lo saben lo disimulan mucho.»

En otro párrafo de su discurso, dice Fidel:

«El compañero Guevara se unió a nosotros cuando estábamos exiliados en Méjico, y siempre, desde el primer día, tuvo la idea, claramente expresada, de que, cuando la lucha terminara en Cuba, él tenía otros deberes que cumplir en otra parte, y nosotros siempre le dimos nuestra palabra de que ningún interés del Estado, ningún interés nacional, ninguna circunstancia, nos haría pedirle que se quedara en nuestro país, obstaculizando el cumplimiento de ese deseo o de esa vocación.»

Después de aquellas palabras, la situación quedaba perfectamente aclarada: Guevara gozaba de cierta independencia con respecto de la revolución cubana, pero en su actuación obraba de pleno acuerdo con los dirigentes de la misma.

Fundamentos de las guerras de liberación

En vista de las encontradas posiciones que se manifestaron en el seno de la conferencia tricontinental, para fortalecer la actitud de Cuba dentro de la «familia socialista», Castro decidió la creación de una Organización Latinoamericana de Solidaridad, cuya finalidad era establecer un plan de acción conjunta para los distintos movimientos socialistas de América del Sur y Central.

En abril de 1970, tres meses antes de que la OLAS (sigla de la nueva organización) celebrase su primera reunión plenaria, el secretario ejecutivo, capitán Osmani Cienfuegos dio a conocer a los miembros de aquélla una declaración «que habíar enviado a la OLAS el compañero Guevara». Cienfuegos también mostró algunas fotografías del «Che», como mentís a los aciagos rumores que por el mundo habían corrido.

Aquella pública reaparición del «Che», aunque no en persona, probaba que sus diferencias con Fidel habían quedado superadas, o bien que el plan para la guerrilla en Bolivia, a la que por entonces Guevara estaba entregado en cuerpo y alma, era obra de los dos.

En su declaración, Guevara procede a un análisis del fenómeno «guerras de liberación» en Asia, en Africa y en América Latina como algo que constituye un todo inseparable.

«La táctica general de los pueblos —afirma el “Che”— debe ser atacar vigorosamente y sin interrupción en todos los lugares en que ocurre una confrontación. Y en aquellos lugares en que esta miserable paz que soportamos no ha sido rota, ¿cuál debe ser nuestra tarea? Liberarnos a cualquier precio.»

Guevara presenta el caso del Vietnam como símbolo de aquella parte de la humanidad que lucha por sus reivindicaciones:

«Hay una penosa realidad: Vietnam, esa nación que representa las aspiraciones y las esperanzas de victoria de todo un mundo desheredado...»

A continuación arremete contra los Estados Unidos por ser los causantes de la tragedia vietnamita y, puesto que Guevara convierte al Vietnam en un símbolo del mal generalizado, los causantes de todos los males que aquejan a la humanidad doliente son los Estados Unidos. Pero China y la URSS apenas salen mejor paradas:

«Ese pueblo (el vietnamita) debe soportar los embates de la técnica norteamericana, casi a mansalva, con algunas posibilidades de defensa en el norte, pero siempre solo.

»El imperialismo norteamericano es culpable de agresión. Sus crímenes son inmensos y conocidos por el mundo entero. ¡Ya conocemos esto, señores! Pero son tan culpables como ellos quienes en el momento decisivo vacilaron en convertir al Vietnam en una parte inviolable del territorio socialista.»

Cuando se refiere de modo especial a lo que ocurre en Iberoamérica, Guevara dice que los focos insurreccionales han tenido hasta el momento carácter episódico, pero que seguirán nuevos movimientos de más fuerza y envergadura:

«Es el camino del Vietnam; es el camino que deben seguir los pueblos; es el camino que seguirá América, con la característica especial de que los grupos de armas pudieran formar algo así como juntas de coordinación para hacer más difícil la tarea represiva del imperialismo yanqui y facilitar la propia causa.»

No resulta extraño que Guevara nos hable con tanta seguridad, puesto que ya está él mismo siguiendo «aquel camino» en Bolivia.

Cuando el «Che» describe las tácticas a seguir en los futuros movimientos insurreccionales, vuelve a las tesis expuestas en La guerra de guerrillas:

«Pero no podemos permitirnos abrigar ninguna ilusión; no tenemos ningún derecho a creer que la liberación se pueda conseguir sin lucha. Y las luchas no serán simples combates callejeros de piedras contra granadas de gas, ni huelgas generales pacíficas; ni será una lucha en que el pueblo enfurecido destruya el aparato represivo de la oligarquía gobernante en dos o tres días. Será una lucha larga y cruel, cuyo frente estará en los escondites guerrilleros, en las ciudades, en las casas de los combatientes. No hay otro camino que prepararla y decidir comenzarla.»

Al final de su proclama, Guevara insiste en el carácter de la lucha, universal y sin compartimientos estancos.

«... Morir bajo las enseñas del Vietnam, de Venezuela, de Guatemala, de Laos, de Guinea, de Colombia, de Bolivia, de Brasil, para citar sólo los escenarios actuales de la lucha armada, ha de ser igualmente glorioso y apetecible para un americano, un asiático, un africano, y aun un europeo.»

La fecha exacta de la marcha de Guevara en pos de lo que había de ser el último episodio aventurero de su vida no se conoce con exactitud. Se la sitúa en agosto de 1966, porque coincide con una reactivación de los preparativos insurreccionales en el que había de ser teatro de sus postreras hazañas.

En agosto de 1967 Castro ratifica que se hallaba perfectamente identificado con la táctica guerrillera de Guevara, cuando en la Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad que se celebra en La Habana patrocina la elección del camino guerrillero como «línea fundamental» de la revolución, en siete de los diecinueve puntos que se recogen en la «Resolución final» de la Conferencia.