XIII. Epilogo
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Introducción
¿FUE Colón un predestinado, un elegido, como él mismo nos da a entender en algunos de sus oscuros y enigmáticos escritos? Si entendemos por predestinación la firmeza de voluntad en alcanzar un fin determinado, no cabe la menor duda. Nadie como él luchó y se aferró a lo que consideraba el fin primordial de su vida: el descubrimiento de nuevas tierras. Mucho énfasis se ha puesto en destacar sus conceptos vagorosos y sus teorías erróneas, pero esto sólo indica que Colón no era un científico ni un sabio. Como escriben Verlinden y Pérez Embid: «Su genio no era el del sabio que busca la verdad. En el dominio de las ideas, consistía en la fuerza invencible con la cual se adhería a una convicción original e inédita, adquirida poniendo en acción todas las noticias a su alcance, cualquiera que por otra parte fuera su valor objetivo. En definitiva, es la fuerza de su pensamiento, no su exactitud, lo que está por encima de lo normal. Si ha lugar a que se hable a este propósito de genio es porque Colón se ha adherido con energía sobrehumana a una idea errónea, pero fecunda. También por ese lado es por donde se perciben los peligros que bordean su espíritu. Su gran idea de una exploración por el oeste se convirtió en una especie de iluminación. No es de ninguna manera una convicción fundada en razones, cuyas premisas lógicas hayan podido ser comprobadas científicamente por medio de la observación. La fuerza del pensamiento prevalece sobre la corrección del encadenamiento lógico, incluso hasta el punto mismo en que, en ciertos momentos, la iluminación toma aspectos inquietantes, a los cuales la razón parece ser extraña.»
Ya nadie niega que a partir de los descubrimientos colombinos el hombre había encontrado el camino cierto para conocer la realidad de nuestro planeta en todos sus aspectos. Como dice Madariaga, «tenía que empezar una era en que el hombre explorase primero la superficie del planeta, sondease después sus abismos, luego los del espacio infinito y por último los del microcosmo». En aspectos más concretos, el descubrimiento de América abre una nueva era histórica para España, que se convertirá en la primera potencia mundial, y para el mundo, que entraba en una dinámica expansiva, creando nuevas relaciones entre los pueblos y las civilizaciones. Los más beneficiados, sin embargo, serán los países occidentales, que se desbordan en el nuevo marco geográfico y encuentran un espacio excepcional para su desarrollo económico y cultural. «Con ello —escribe Ruiz de Lira— se sentarían las primeras grandes bases colonialistas e imperialistas que caracterizarían más tarde el proceso histórico europeo. La civilización occidental se abriría a una nueva etapa expansiva que culminaría con la planetización de su concepción del mundo. La imposición de esta visión del mundo occidental se realizaría en diferentes niveles: geográfico, histórico, económico, social, cultural, religioso y racial. La llegada de Colón a América representa, pues, para Europa no sólo la posibilidad de descubrir geográficamente nuevas tierras, sino la de desarrollar nuevos mercados, apropiarse de tierras, metales y piedras preciosas, especias y demás productos necesarios a Occidente. El 12 de octubre de 1492 significaría la afirmación e impulso de una nueva etapa en la Historia, conocida como la era de los descubrimientos, de la conquista y colonización.»
¿por qué América y no Colombia?
Ni siquiera en el bautismo del Nuevo Mundo tuvo suerte el gran bautizador que fue Cristóbal Colón. La imprevisible casualidad le arrebataría la gloria que con tanto esfuerzo se había ganado. Hasta entonces el mundo conocido se dividía en tres continentes: Europa, Asia y Africa o Libia. Como ya hemos visto, Colón persistió a lo largo de sus cuatro viajes en incluir las islas y tierra firme descubiertas en el continente asiático. A este respecto escribe Morales Padrón: «Colón hace realidad las teorías, da vida al otro mundo, al nuevo Mundo, aunque para él no lo sea y ahí está su gran pecado: en minimizar la grandeza de su hecho. Y es entonces, albores del XVI, cuando vuelve de nuevo a hablarse de nuevo Mundo, de otro mundo. El mismo Colón le dice a los Reyes: «Vuestras Altezas tienen acá otro mundo»; su hermano Bartolomé dibuja un famoso mapa donde une Asia al subcontinente sur y lo llama Mondo Novo; Pedro Mártir de Anglería dijo de aquellas tierras Nova Terrarum, Novo Orbis y Orbe Novo; Vespucio lo llamó Mundus Novus; y Bartolomeo Marchioni, escribiendo a Florencia sobre el viaje de Cabral en 1501, dijo: «Este rey halló recientemente en este viaje un nuevo mundo...? ¿La frase se volvía a usar con el mismo sentido que Cadamosto? Unos sí, otros no, pues tenían conciencia de que realmente era un Nuevo Mundo al que así siguieron llamando, aunque por esos azares de la historia, quien menos se iba a pensar bautizaría sin consultar para nada al dador del nombre...»
El nombre de América fue tan casual como sorprendente. Quien bautizó al Nuevo Mundo con este nombre fue un oscuro cartógrafo y geógrafo alemán llamado Martín Waldseemuller. Este clérigo vivía en la localidad-monasterio de Saint Dié, en los Vosgos, con un grupo de sabios protegidos por el duque de Lorena René II. Preparaban entonces una edición de los Ocho libros de la Geografía de Ptolomeo. Mientras Waldseemuller redactaba el prólogo de la geografía tolemaica, los sabios que formaban la Academia reicibieron una relación de los viajes de Américo Vespucio al Nuevo Mundo, la cual les produjo tal entusiasmo que decidieron bautizar a las tierras descubiertas por Colón con el nombre del navegante florentino que trabajó al servicio de Portugal y España. La principal diferencia entre las relaciones del almirante y Américo Vespucio, que en 1508 fue nombrado piloto mayor de España, es que el primero se refería siempre a Asia y el segundo habla ya de la «cuarta parte» del mundo, lo cual tampoco era el primero en descubrir, pues Juan de la Cosa se le anticipa cuando realiza el primer mapa de América en 1500.
En el noveno libro del referido tratado, que habla del Nuevo Mundo y de América se dice: «Mas ahora que esas partes del mundo han sido extensamente examinadas y otra cuarta parte ha sido descubierta por Américo Vesputio —como se verá por lo que sigue—, no veo razón para que no la llamemos America; es decir, la tierra de Americus, por Americus, su descubridor, hombre de sagaz ingenió, así como Europa y Asia recibieron ya sus nombres de mujeres.» La palabra América se estampó igualmente sobre el mapa hecho por el clérigo-cartógrafo alemán. A partir de entonces el nombre de América se difundió por toda, Europa, ya que del libro se hicieron seis ediciones en el primer año de su aparición (1507).
Morales Padrón, que ha profundizado en este tema, escribe: «El topónimo América no fue aceptado por los españoles hasta el siglo XVIII. Ni Juan Vespuccio, sobrino de Américo, ni el cosmógrafo Ribero, ni Caboto, consignaron el nombre en sus cartas de 1523, 1529 y 1544. Las Casas en el XVI, Antonio Herrera (1600), Juan de Torquemada (1609), Fray Pedro Simón (1627), fray Antonio de la Calancha (1638) tampoco aceptan el vocablo y recalcan el hurto efectuado por Vespucio. En el Lib. I Cap. II de su Política Indiana, Solórzano Pereira hace una serie de consideraciones sobre los nombres que pudieren tener las tierras descubiertas: Indias, Antillanas, Amazonía, Orellana, Colonia, Columbia, Ferisabel, Pizarrinas... El personalmente, propone el nombre de Orbe Carolino.» Pese a todo, se impuso el nombre sonoro de América. Y es justo reconocer que Américo Vespucio no tuvo nada que ver con el caprichoso bautismo.