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XIII. Dos Tonos en el Pensamiento de Lincoln

De Mienciclo E-books

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Introducción

INTENTAR un resumen del pensamiento político de Lincoln llevaría con toda seguridad a componer otro libro. Y es que, como todo político, «Abe» Lincoln hubo de expresarse y tomar posición sobre innumerables temas: económicos y sociales; relativos a su Estado de Illinois y de índole general.

Por consiguiente, la selección de sus reflexiones ha de ceñirse a los puntos que nos permiten conocer mejor su manera de ser y su influencia en la historia de su nación.

En unos se expresa «el honrado Abe», tal y como le apodaron sus electores de Illinois, el abogado un tanto picapleitos que iba por los tribunales itinerantes.

La actitud de Lincoln como jurista nos permite verle más humanizado y próximo: idealista y honesto, pero sencillo y sobre todo práctico.

En los otros extractos se expresa el candidato Lincoln en su famosa polémica con Douglas.

Y, finalmente, habla el Presidente enfrentado a una lucha, cuya bandera frente al bando enemigo es la liberación de los negros.

Sencillez efectista ante los tribunales

Como abogado, Lincoln tendía a impresionar a la gente sencilla de los jurados. En un proceso por estafa de caballerías, el rival de Lincoln es un antiguo amigo, Logan. Quizá «Abe» tuviese preparado su discurso, pero observó de pronto que su contrario, con las prisas, se había puesto la camisa al revés. Y «Abe» comenzó su defensa así:

«Míster Logan habló de caballos por espacio de una hora, para demostrar a estos sencillos rancheros los conocimientos que adquirió últimamente en un libro de veterinaria. Pero, ¿cómo podríamos confiar en su pericia en asuntos de caballerías si ni siquiera sabe ponerse a derechas su camisa?»

Jurado y público soltaron la carcajada. Logan quedó en ridículo. «Abe» ya pudo entrar a demostrar la inocencia de su defendido en posición de seguridad.

Todos quienes trataron a Lincoln en Illinois aseguran que era un prodigioso mímico. Y que, de habérselo propuesto, o de habérselo permitido un carácter menos propicio a la melancolía, habría podido triunfar en los escenarios. Siempre que pudo, aprovechó esas dotes para ganarse la simpatía de los jurados.

Veamos un caso. Una querella entre campesinos, donde la razón no se mostraba claramente de ningún lado.

«Mi cliente —empezó Lincoln— se encontraba en la situación de un hombre que, yendo por un camino con una horquilla al hombro, se ve atacado por un perro rabioso. Para salvarse, no tendría más remedio que matar al animal con la horquilla.

Pero el dueño le preguntaría:

—¿Por qué mató a mi perro?

—Porque me atacó, diría mi cliente.

Y el dueño, enojado, preguntaría otra vez:

—¿Y por qué no se defendió con el mango de la horquilla?

Mi cliente habría tenido que responder:

—Porque su perro no me atacó con el rabo.

Por si no bastaran las risas que el festivo diálogo imaginario había levantado en el auditorio, Lincoln simuló a un perro que salta hacia atrás para atacar. Ganó el pleito por voto unánime del jurado.

Una de las más famosas causas defendidas por «Abe» —o más exactamente, de las que le ganaron más fervor entre sus conciudadanos sencillos— fue un juicio por asesinato, en el cual el acusado era hijo de Jack Armstrong, el pionero de New Salem con el que peleara Lincoln recién llegado y que luego le ayudaría cuando se estableció allí años atrás.

Lincoln se enteró del asunto por el periódico. Hacía veinte años que no veía a la familia, pero escribió una emotiva carta a la madre del muchacho, ya viuda. Daba en ella por supuesto que un hijo de Jack Armstrong no podía ser un asesino. Y se ofrecía a conocer todos los detalles y defender al inocente, para corresponder a los antiguos favores de un hombre ya muerto.

El suceso había ocurrido en medio de una discusión de jóvenes un tanto ebrios donde se había disputado un poco por todo, como era bastante habitual en la región, al final de una fiesta.

Lincoln se entrevistó con el muchacho, que se declaraba inocente. Había habido en efecto una pelea entre varios. Pero había testigos que acusaban al joven Armstrong.

Durante el juicio, «Abe» se serviría de un truco con el que después nos han familiarizado las películas de abogados de la televisión.

El fiscal interrogó a uno de los testigos principales, le preguntó cómo había podido reconocer al acusado.

—A la luz de la luna, fue la respuesta.

Lincoln se hizo traer un calendario. Y aguardó con paciencia hasta que al día siguiente le llegó su turno. Entonces, con voz lenta, solicitó que se presentara el calendario al tribunal. Eran fechas de luna nueva. No había luz suficiente, por tanto, para reconocer a los participantes en una reyerta envuelta en la oscuridad.

A continuación, desmontado ya el testimonio principal —de un modo que desde luego «Abe» no había inventado, pero que impresionó como siempre a los jurados—, Lincoln cambió su voz y se lanzó contra los testigos. En tono solemne, atronando progresivamente la sala, los acusó de perjurio, declarando que les importaba más quedar bien y darse importancia que contribuir a esclarecer la inocencia. El público, emocionado, discutía entre sí. Lincoln esperó a que amainara la excitación. Entonces remató la defensa con voz suave. Habló del difunto Jack Armstrong, su amigo, de los favores que le había hecho, de cómo era el trato en su casa, de la honradez de la familia.

Al caer la noche, «Abe» pudo cumplir la promesa que diera a la viuda del viejo amigo. Su hijo fue declarado inocente.

La indignación moral ante la esclavitud

Lincoln había defendido muchos casos en los cuales los acusados eran negros.

Aunque Illinois era un Estado antiesclavista, la buena sociedad, generalmente emparentada con familias sureñas —como era el caso de Mary Todd, su propia esposa—, no veía con buenos ojos estas actitudes. La buena sociedad trataba de contemporizar en Illinois igual que en Washington.

De manera que, cuando llega el momento de la disputa con Douglas—el «pequeño gigante»—, la reputación de Lincoln como antiesclavista se encuentra asentada también sobre su conducta de abogado.

Al producirse la famosa sentencia sobre el liberto Scott, Lincoln la acusa de injusta, pero proclama que es «legal». Sin embargo, su sentimiento y su moral se rebelan. Y pronuncia uno de sus primeros discursos «duros» sobre el tema:

La Esclavitud es la más fuerte y absorbente de las aberraciones de la sociedad. si un mozo (del sur) pretende casarse con una doncella, al concertar la boda lo único que se pregunta es cuántos esclavos llevan él o ella. la pasión por los esclavos parece haber devorado todas las demás cosas que antes se dividían en el corazón humano.

Es ya una toma de posición clara y rotunda. Pero este mismo hombre muy poco después, cuando se le urge en un mitin a la acción liberadora de los negros, replica:

En una democracia que se rige por los votos de la mayoría, la rebelión y el derramamiento de sangre constituyen un verdadero crimen de lesa constitución. ¡haced la revolución en las urnas!

El discurso de «la casa dividida» es seguramente la pieza fundamental de la polémica con Douglas. Pero no fue el único. Y sobre todo, lo que convirtió a Lincoln en una figura política nacional fue la insistencia con que repitió sus conceptos en ese «cara a cara con Douglas», por Illinois.

En casi todos los discursos del debate, Lincoln arremete contra la doctrina de la «soberanía popular», que había servido años antes a Douglas en el asunto de las constituciones de Kansas y Nebraska para anular el Acuerdo del Missouri, dejando que cada Estado decidiera sobre la esclavitud.

Lincoln veía que, de no derrotar esa doctrina, se regresaría a implantar legalmente «el comercio del ébano» con Africa. Trató, pues, de sacudir las conciencias. Y así, con insistencia, une el problema de los esclavos al de la justicia. Cuando Douglas, demagógicamente, introduce en el debate una acusación contra una gran huelga de zapateros en el Norte, Lincoln replica:

«¡Gracias a Dios que nuestra organización del trabajo autoriza las huelgas!»... Y a renglón seguido arremete contra la aparente neutralidad de Douglas:

Odio la indiferencia —dice—. Ello debilita en nuestros Estados el sentido de la justicia y concede a los enemigos de una Constitución pacífica unas apariencias de derecho que les permiten calificarnos de hipócritas; al mismo tiempo, da a los verdaderos amigos de la libertad una razón de peso para poner en duda que seamos sinceros... No se puede ser— añade— indiferente en este asunto. Y más tarde concluye con la famosa frase: Estas cosas (las injusticias contra los negros) se preparan con la lógica inflexible de la historia cuando las votaciones demuestran que sentencias como la de Scott y tantos otros son soportadas por el pueblo... Pero se puede engañar a todo el pueblo durante algún tiempo. A una parte del pueblo se la puede engañar siempre. Pero no se puede engañar siempre a todo el pueblo.

El acento lincolniano se va desprendiendo en los encuentros con Douglas de los antiguos tonos irónicos y un tanto bufonescos. Va ganando peso y agresividad. Así ocurre cuando, en uno de los «rounds», Douglas, siempre deseoso de parecer distante y minimizar el problema, pronuncia una frase que sus partidarios aplauden: «Entre un blanco y un negro —dice «el pequeño gigante»— opto por el blanco; entre un negro y un cocodrilo, escojo al negro.»

La réplica de Lincoln desdeña aceptar ese tono:

Eso quiere decir que el negro significa respecto al blanco lo que el cocodrilo respecto al negro y que, puesto que el negro puede dar legalmente al cocodrilo el trato que le plazca, los blancos pueden hacer otro tanto con los negros. Tal es la moraleja del símil de Mister Douglas.

Partiendo de esa réplica introduce el que será uno de sus conceptos más machaconamente repetidos:

Amo a la unión porque es mi patria, pero sobre todo porque es un país libre.

En resumen, pese a defender medios pacíficos, electorales, para enfrentarse a la esclavitud, Lincoln en su encuentro con Douglas se muestra ante el país cada vez más rotundo.

Qué ha inventado, pues, nuestro «pequeño gigante» —dice otra vez—. El general Cass no tuvo la desfachatez de bautizar el derecho de los blancos sobre los negros con el pomposo título de soberanía popular. En esos tiempos nadie tenía el descaro de confundir la ominosa ley del látigo con un derecho legal propio a la independencia. El descubrimiento de Douglas se reduce a lo siguiente: soberanía popular es el derecho a llevar negros a Nebraska y abrirles la carne a latigazos.

Es lógico que esta indignación moral, refrenada, contenida por el respeto a la ley y el deseo de salvar la Unión, al fin alcance sus objetivos adecuados en las Proclamas de Emancipación.

Lincoln declara la emancipación total en la Unión tras su reelección, después de haberse visto al borde de la derrota electoral. Pocos días antes ha pronunciado una famosa frase: «Deseo que, al dejar las riendas del poder, cuando haya perdido todas mis amistades, al menos me quede un amigo dentro de mí.»

El Sur, a punto de ser derrotado, se mueve para tratar de herir a Lincoln y defenderse a la desesperada. Y el 13 de marzo, el Congreso Sudista, en su última y angustiosa sesión, aprueba una ley por la cual todo negro que se enrole en el ejército de la Confederación es declarado libre. Una desvergüenza.

La indignada respuesta de Lincoln es su primer discurso ante una multitud de negros en su visita a Richmond, la capital del Sur recién conquistada.

Mis pobres amigos —comienza—, heos ya libres, libres como el aire. Podéis arrojar al suelo el nombre de esclavos y pisotearlo, que ya no volverá más. La libertad es derecho que tenéis desde que nacisteis porque Dios os la dio, lo mismo que a los demás hombres, y ha sido un pecado haberos tenido tanto tiempo privados de ella.

Sobre la esclavitud, Lincoln será siempre un moralista. A la grandeza política de Gettysburg —generosidad para el enemigo, visión de un gran país— la sustituyen la compasión y la indignación cuando habla de la esclavitud.