XII. La Identificación con la Historia. un Caudillo Improvisado y Enérgico (1860-1865)
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Introducción
SON curiosas las relaciones del pacifista Lincoln con el ejército federal. Como Presidente de la Unión, era también jefe supremo del Ejército y la Marina y podía actuar enérgicamente. Pero tenía un Congreso enfrente, dispuesto siempre a exigirle cuentas, presto a expresar la opinión de los electores porque en ello le iba buena parte de la elección a cada congresista.
Lincoln pondrá aquí en marcha las mejores facultades de su vida, todas las que han ido haciendo de él un enérgico jefe y un diplomático. Cuando ambas cosas coinciden, mejor. Cuando no, sabrá decidir cuál de las dos se presta más a la ocasión. Lincoln aprenderá estrategia militar a marchas forzadas y no se le dará mal.
La primera decisión militar de un político
El primer gesto lo proporciona firmando el decreto de abastecimiento al Fort Sumter. La noche anterior ha aparecido en una cena de gala en la Casa Blanca, sonriente, contando sus habituales chistes sobre caballos, borrachos y cocheros. Todo el mundo interpreta dos cosas: o bien se negocia con el Sur; o bien el número de deserciones militares, cada vez más cuantiosas, ha convencido al recién llegado «leñador» de la imposibilidad dé la guerra. Pero lo que Lincoln ha debatido con sus ministros es que el comandante de Fort Sumter le pide retirarse del fuerte porque le falta el abastecimiento. Lincoln pide soluciones. Le dan varias. Ninguna le convence. A la hora de la cena, sin embargo, ya tiene la suya. A la mañana siguiente, desoyendo diversos pareceres ministeriales, firma su primer decreto de comandante jefe. No una orden de guerra, sólo una orden de abastecimiento.
Si el Sur dispara sobre el barco que lleva la carga, el prestigio de la Unión está a salvo. No hay provocación, pero sí fortaleza. Y una buena dosis de astucia. Cuando el 14 de abril el Sur dispara sobre la cañonera de los víveres, un grito recorre la Unión: «Ha tirado sobre la bandera estrellada». Lincoln ha dado el primer paso para que los ciudadanos del Norte se conviertan en voluntarios de sus ejércitos.
De esta mezcla de energía y tacto habrá de ir dando pruebas numerosas veces, sobre todo porque los mejores oficiales, hijos de la aristocracia sudista, están en el bando de la secesión. Después, porque el ejército norteño lo forman voluntarios y a las explosiones de entusiasmo suceden las de desaliento. A la primera petición de voluntarios, en tres meses acuden sólo 75.000 hombres. Y además los generales federales no se distinguen por su competencia.
En julio se produce la primera batalla importante, al otro lado del río Potomac, de modo que Lincoln puede ver la bandera sudista desde su ventana, y damas y caballeros de la capital siguen la batalla con prismáticos. El Norte sufre un descalabro en Bull Run, a manos de Beaugerad y Jackson; la consecuencia es que en el Congreso se le dice al general en jefe: «Después de cinco meses en el Gobierno, los resultados son un desastre militar y una vergüenza nacional.»
Actuar deprisa mirando lejos
La respuesta de Lincoln ha sido, sin embargo, bastante adecuada: de un lado, ordenar el bloqueo de los puertos sudistas, impidiendo que se les abastezca debidamente de lo que antes obtenían en el Norte; de otro, retirar al viejo general Scott del mando y nombrar general al ambicioso joven de 35 años Mac Clellan. En el invierno siguiente la situación ha mejorado. En Fort Henry y Fort Donelson se impone el Norte en enero. Pero, sobre todo, dos meses después, la marina de la Unión consigue, mediante la primera batalla entre barcos acorazados, que el bloqueo permanezca.
El curso de la guerra volverá a favorecer a los sudistas, cuyos estrategas se encuentran más preparados. Y el año 62, que se había iniciado con buenos augurios, se estropea. La bolsa da espectaculares bajones y Lincoln habrá de destinar sus energías al abastecimiento, provocando un impulso industrial sin procedentes —el que al final habría de volverse contra él— e ir seleccionando entre los jóvenes oficiales aquéllos capaces de aprovechar el esfuerzo de guerra de la población civil, de toda la riqueza de la Unión. Y lo hace con determinación, por encima de circunstancias personales. En ese año muere uno de sus hijos, y su esposa presenta los primeros síntomas de enajenación mental. Lincoln no se parará en barras a la hora de medir los votos que le cuesta cada nueva disposición en torno al reclutamiento, que se lleva brazos jóvenes y más impuestos.
El resultado se hace esperar. Pero ya un año después, en 1863, el año de la batalla de Gettysburg, donde se inclina decisivamente el curso de la guerra a favor del Norte, el ejército de la Unión puede al fin destrozar el audaz plan de Lee de separar los territorios del Nordeste del Medio y Lejano Oeste; la Federación seguirá manteniendo enlazados sus graneros y sus centros fabriles y podrá luchar unida.
Es justamente entonces cuando Lincoln presenta el resultado de Gettysburg como la siembra y no la recolección. Otra gran lección de estratega. Saber mirar lejos. Saber que la cosecha aún no llegó. Esta comenzará en septiembre de ese año, con la caída de Viksburg, ciudadela del Mississipí, vital para el Sur, que había perdido Nueva Orleáns muy pronto.
Como ya queda dicho, el gran esfuerzo militar lincolniano ha consistido sobre todo en formar un auténtico ejército regular, y no de voluntarios, y en dar acceso al mando paulatinamente a jóvenes oficiales que dominarán la segunda parte de la guerra: los Grant, los Sheridan, los Sherman. Y para ello le ha importado muy poco el haber tenido que afrontar manifestaciones e incluso motines contra una guerra interminable, jugándose la reelección, y también el que los militares se quejen de que se salta los escalafones. Cuando alguien acusa a Grant de beber demasiado whisky, y estar incapacitado por ello para el alto mando, Lincoln responde: «Pues déme su marca favorita y se la enviaré a los demás generales.»
En lo tocante a la emancipación, Lincoln da idénticas pruebas de intentar saldar el problema a su manera, con independencia y de acuerdo con sus planes a largo plazo. Los radicales del partido llegan a acusarle de negrero porque, con un año de guerra civil encima, la Unión no ha firmado todavía el decreto de abolición. Lincoln espera. Y aguarda porque, mientras combate fiera y decididamente, trata por todos los medios de llegar a un acuerdo.
Así, cuando uno de sus generales, Buttler, al tomar Nueva Orleáns, hace pública la famosa orden número 28, donde a las «llamadas señoras de la ciudad» se les prohibe hacer actos de desprecio o ignorancia hacia el ejército de ocupación, si no quieren ser tratadas como «mujeres de la calle», Lincoln se indigna.
Y no sólo porque, como político, avisado, comprenda que su general ha cometido un acto de antipropaganda que se extenderá al Sur —«Acordaos de Buttler»— y al mundo entero, presentando a la Unión como salvajes. Se indigna sobre todo porque el Sur es para él también la Unión; merecedor, por tanto, de respeto.
Pero lo que le indigna más es que no acaben de entender que la guerra entraña el riesgo de separar para siempre el Sur.
«Sin libertad no es posible la democracia»
De las dos leyes de liberación de los esclavos, la primera se produce después de que la Unión gane la batalla de Antietam, deteniendo en este arroyo a Lee, que amenazaba ocupar Maryland, el pequeño Estado cuyo nombre encabeza el himno de la Unión. La de Antietam es una batalla tremenda, muy sangrienta, que cierra al fin la cadena de desventuras de los unionistas. Pero la Proclama Emancipadora que produce no es una proclamación idealista. Al contrario: Lincoln le da la apariencia de una típica ley de guerra que confisca los bienes del enemigo. Estos bienes, los esclavos, «que pertenezcan a los rebeldes al gobierno de los Estados Unidos» serán declarados libres sin ninguna indemnización para sus propietarios. La expresión «pertenecientes a los rebeldes a los Estados Unidos» es como una llamada a la negociación a quienes en el Sur piensen que la secesión no ha debido hacerse.
Y Lincoln ha hecho así la ley para que sus continuos intentos de negociación, proseguidos también después de Antietam, sean creídos. Por eso apoyará la proclama con una paradoja: no hay otra ley que libere a los esclavos pertenecientes a los Estados que no se rebelaron. En Kentucky, Missouri, Maryland, Delaware y Virginia Occidental, que han permanecido fieks a la Unión, sigue habiendo esclavitud hasta el final de la guerra, en que se publica la segunda proclama, pero ya propuesta como enmienda a la Constitución Federal. Y la tardanza crea problemas para que el Norte pelee con la bandera antiesclavista desplegada. Pero da la medida de cómo Lincoln, decidido a llevar a término una idea —en este caso no destruir la Unión— se vale de cualquier medio...
Seguramente el rasgo decisivo que permite medir el carácter «peligroso» de Lincoln —lo que le convierte en blanco de un complot— lo da su famoso discurso de Gettysburg.
Ya hemos visto que Gettysburg, que es la gran batalla de la mitad de la guerra, supone de hecho el comienzo del fin para el Sur.
Pues bien, Lincoln, este hombre que en un momento dado deseaba un fin rápido de la guerra, y qye sustituye comandantes en jefe uno tras otro y asciende a jóvenes oficiales al mando para conseguirlo; que lucha contra quienes no quieren nutrir las filas de la Unión; que exige a campesinos e industriales un esfuerzo tremendo, pronunciará unas palabras inesperadas el 19 de noviembre de 1863, precisamente en Gettysburg, donde acude a inaugurar un cementerio militar dispuesto para albergar a soldados de uno y otro bando.
Tadd, el último de sus hijos, ha quedado enfermo en Washington. Las tensiones contra Lincoln son fortísimas. Pero su energía es enorme también. Lleva escrito el discurso en un folio un poco arrugado, que apenas consultará. Lo sabe de memoria. Y es seco y conciso. Pero sus palabras no se las va a llevar el viento. Van a formar parte del espíritu liberal americano y van a alimentarlo tanto o más que la Proclama de liberación de la esclavitud.
En el discurso, partiendo del pensamiento de los padres de la república, Lincoln lanza una idea de enorme fuerza. Une su reflexión a las originales de George Washington y Thomas Jefferson, para los cuales la libertad era la norma clave, pero llega más lejos: afirma que la libertad sin democracia no es más que un concepto vacío. Por ello, honra a los muertos enemigos, cuyo valor equipara al de los soldados de la Unión.
«Hace ochenta y siete años —comienza el discurso— nuestros padres crearon en este continente una nueva nación, concebida en la libertad y dedicada a la proposición de que todos los hombres son creados iguales. Estamos ahora comprometidos —prosigue– en una gran guerra civil, haciendo la prueba de si aquella nación, o cualquier nación así concebida y de tal modo dedicada, puede persistir largo tiempo.» Y tras equiparar el valor de todos los muertos, a quienes iguala, pues dice de ellos: «Que vinieron aquí para que esta nación pueda vivir», va a terminar el breve parlamento diciendo: «Resolvamos aquí con elevación de espíritu que aquellos muertos no murieron en vano, que esta nación, bajo el poder de Dios, renazca a la libertad, y que este gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparezca jamás de la tierra.»
El hombre que dice esto tiene de nuevo guardada la segunda proclama de liberación de la esclavitud en el cajón, esperando el momento oportuno. Y ello es lo que da a esas palabras, tanto o más que el homenaje al enemigo, un enorme peso de sinceridad. Quienes lo tienen enfrente pueden calibrar una vez más que un hombre que habla así ha de estar decidido, una vez resuelta la guerra, a llevar adelante la reconstrucción de una democracia para todos: «Un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.»
Intrigas en la retaguardia
Por eso, la batalla final de Lincoln en la guerra civil no transcurre en los campos de batalla, sino en los pasillos de la Convención republicana. No la dirigen los generales del Norte, sino sus propios correligionarios.
En 1863 Lincoln ha puesto en marcha un sistema de servicio militar obligatorio que dará a la Unión, en todo el territorio, un ejército de casi 900.000 hombres, lo cual equivale a decir que había en armas un hombre de cada veintisiete. El sacrificio no es grande, pues, por otra parte, una inmensa zona del territorio se encuentra al margen de la guerra, localizada ésta en el Este y el Sur.
Sin embargo, los golpes contra Lincoln se suceden unos tras otros. Los más espectaculares y constantes provienen de los idealistas de la abolición. Lincoln no quiere que un «conflicto inevitable degenere en lucha revolucionaria, violenta y sin cuartel». Quiere, por el contrario, «restablecer rápidamente la paz civil, limitar las medidas de castigo, crear en el Sur las condiciones para el renacimiento de una auténtica vida democrática». Y hablando a los obreros de Nueva York advierte: «El capital sin el trabajo no es nada.» Unidas ambas frases, atemorizan.
Pero hay gestos aún más significativos. En Lancashire, Inglaterra, miles de obreros en paro de las factorías textiles, cerradas por la falta de algodón del Sur, se manifiestan a favor de Lincoln. Es algo que no debía pasar inadvertido.
Para el big bussines del Norte —los grandes negociantes que bajo cuerda alimentan a los radicales antiesclavistas— empieza a estar claro que hay que eliminar a Lincoln de la carrera a la reelección. En la firma de la Proclama no ha hecho caso de las objeciones, como no lo hiciera antes de las críticas. Y así, cuando llega la hora de la reelección, los republicanos, tras manejar nombres de políticos, deciden que acaso sea mejor elegir a alguno de los generales victoriosos: Buttler (el de Nueva Orleans), Sherman, Grant...
Sin embargo, la decisión lincolniana de continuar la guerra para implantar la Unión deshace esas intrigas. Poco antes de la Convención, cuando nadie daría un centavo por la suerte política de «Abe», Sherman se adueña de Atlanta, la capital de Georgia. Es un golpe que prueba claramente la fuerza del Norte sobre el Sur. En junio Lincoln obtendrá en Baltimore el nombramiento. En noviembre ganará 212 de los 233 votos electorales de los Estados. Una victoria arrolladora.
La guerra aún tardará en terminar. Sherman descenderá de Atlanta al mar, arrasando el país. Richmond, defendida por Lee, caerá después de que Lincoln pronuncie su segundo discurso como presidente, el 4 de abril de 1865. Lee se rendirá cinco días más tarde, entregando su espada a Grant, a quien Lincoln al fin había nombrado comandante en jefe de los ejércitos federales, en una ceremonia sobria y emotiva.
Cuando una multitud enfervorizada acude a la Casa Blanca a aclamar al presidente vencedor, éste se dirige a saludar y después ordena a la banda militar: «Tocad Dixie; siempre me ha gustado esa canción.» «Dixie» es el melancólico himno de amor a la tierra meridional que a partir de ahora los oficiales del Sur, dispuestos a rehacer sus vidas en el lejano Oeste, tocarán con sus armónicas en campamentos y tabernas, dejando saber así en qué bando lucharon. «Dixie», el himno del Sur, el himno de los vencidos, es justamente el que solicita su vencedor. Sin ninguna arrogancia. Al contrario, como una muestra de reconciliación...
Pocos días antes, en la visita a Richmond, cuando uno de los negros recién liberados se arrodilla para besarle las manos, ha respondido levantándole: «No te arrodilles ante mí, yo soy un hombre como tú.» Ese mismo día, cuando alguien de su séquito le advierte que ahora se podrá ahorcar al fin a Jefferson Davis, el presidente sudista, ha replicado enérgico con un frase bíblica: «No juzgues si no quieres ser juzgado.»
Todos estos gestos y frases lincolnianas tenían por fuerza que engendrar respuestas. Llueven las amenazas de muerte. Generalmente provienen de sudistas vengativos, dispuestos a no perdonar. La paz no va a ser fácil. Pero «Abe», el leñador, ha demostrado ser un caudillo enérgico en la guerra. Puede ser —ha anunciado que quiere serlo—- el constructor de una paz justa.
La desaparición de Lincoln la hizo imposible. Fue la paz de los cementerios. La de un bando sobre otro.
Aunque quizás en tiempos de Lincoln no apareciese clara, la respuesta a la pregunta del principio está dada.
Las 25.000 personas que desfilaron ante el féretro en la Casa Blanca, las sencillas gentes que se agolparon a rendir silencioso tributo al tren fúnebre que recorrió lentamente el trayecto Washington-Springfield, los miles y miles de personas que acudieron después en constante homenaje ante una losa donde «el honrado Abe» reposaba junto a uno de sus hijos, seguramente sólo escucharon la respuesta de algún grupo de vengativos sureños.
Los negros que en las plantaciones improvisaron letras de «blues» hablando de que su profeta estaba en el cielo, acaso escucharon también la misma contestación.
Pero hoy, a más de un siglo de distancia, ya hemos podido ver que no es esa la respuesta correcta. A Lincoln lo mató su deseo de querer conciliar lo que era irreconciliable: una sociedad justa y libre con un sistema económico que necesita perpetuar formas de esclavitud.