XII. Escribir en Madrid
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Introducción
EL 2 de noviembre de 1836 sale a la luz en El Español «El día de Difuntos de 1836». Su subtítulo es bien expresivo: «Fígaro en el cementerio». La depresión se ha apoderado del todo del Fígaro que nació risueño y las páginas de El Español se tiñen de la pesadumbre dramática de un hombre decidido a consumir en su escritura y ante sus lectores el triste destino de su vida:
Un vértigo espantoso se apoderó de mi y comencé a ver claro. el cementerio está dentro de madrid. madrid es el cementerio. pero vasto cementerio, donde cada casa es el nicho de una familia; cada calle el sepulcro de un acontecimiento; cada corazón la urna cineraria de una esperanza o un deseo.»
Vale la pena detenerse despacio en aquella imaginaria visita al cementerio que saca a la luz todas las obsesiones y frustraciones larrianas. Larra se nos da aquí en toda su restallante autenticidad, víctima de sí mismo, caído. El catálogo de los lemas de las tumbas es todo un catálogo del dolor de España de Mariano José de Larra, a la vez que una crónica puntual de su cansancio y de su terrible derrota:
Aquí yace el trono; nació en el reinado de isabel la católica, murió en la granja, de un aire colado.»
Y añadía luego:
En el basamento se veían cetro y corona y demás ornamentos de la dignidad real. la legitimidad, figura colosal de mármol negro, lloraba encima. los muchachos se habían divertido en tirarle piedras, y la figura maltratada llevaba sobre sí las muestras de la ingratitud.»
La sublevación de La Granja en Larra, la herida de la legitimidad convertida en una figura sobre la que se disparan piedras.
Aquí yace media españa: murió de la otra media»
La guerra inacabable y la inacabable discordia nacional, las dos Españas del verso machadiano helando el corazón de Larra, precursor genial.
Aquí reposa la libertad del pensamiento.»
La libertad por la que Larra vivió, contra la censura implacable y la mezquindad, contra la mediocridad convertida en Ley, contra todo lo que pudiera suponer valor, coraje, amor a la verdad, pasión, riesgo.
Aquí yace el crédito español.»
La economía hundida, el país sin norte, la estructura social sin móviles, la clase alta mirándose, como Narciso, en sí misma; la clase media sin salir de su callejón; las masas populares, agarrotadas o embrutecidas, manipuladas vilmente en una u otra dirección.
«aquí yace el estatuto;
vivió y murió en un minuto.»
Un dramático epitafio anticipado
Larra, silenciosamente, clamando como siempre, por esa Constitución de 1836, para un país en 1836. Larra exigiendo en medio de su inmenso dolor (que es ya toda una trágica premonición) una política a la altura de los tiempos, en el presente y para el futuro, con un marco constitucional distinto y nuevo. Larra, con el corazón encogido por todo, sin remedio.
¿Una pesadilla? ¿Una pasajera alucinación? He aquí al Mariano José de Larra que abandona el imaginario cementerio donde yacen para siempre sus obsesiones.
Una nube sombría lo envolvió todo. era la noche. el frío de la noche helaba mis venas. quise salir violentamente del horrible cementerio. quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos.
Santo cielo! ¡también otro cementerio! mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿qué dice leamos ¿quién ha muerto en sí ¡espantoso letrero: «aquí yace la esperanza»!
Silencio, silencio!»
¿Qué podía pensar un lector de «El Español» tras el 2 de noviembre de 1836? Larra estaba anunciando su acabamiento, la liquidación de su juego con el destino que ahora le obligaba —¿Por cuánto tiempo?— a seguir entregando, puntual, sus estremecidas cuartillas para ser publicadas. Pero ¿qué había detrás de ese temible aquí yace la esperanza y del no menos temible silencio que le ahoga? Nadie parecía darse por enterado y, sin embargo, Larra pedía socorro desesperadamente. Era el suyo un grito que quedaba transformado en sutil susurro antes de salir de la garganta. Era, en suma, como el grito, entre inútil e imposible, del naúfrago que, perdido en alta mar, envía al mundo una menuda botella donde encierra toda su utopía. Larra, como el naufrago, sabe que la botella no llegará a su destino. Pero, escritor ahora de sí mismo, mete en la misma toda su honda tragedia personal, toda la tristeza infinita que le invade, el testimonio final, de cómo yace, inerte y vana, la esperanza.
Larra se confiesa sin pudor
Francisco Umbral ha visto con lucidez el sentido de la escritura figariana de la última época: «En esta etapa de su vida Larra ha llegado ya a una forma de periodismo que poco tiene que ver, en realidad, con lo periodístico. Sus últimos artículos son confesiones íntimas, meditaciones de solitario, desgarrados párrafos de un hombre que se acaba (...) Llega un momento en que Larra se quita la careta. Escribe una especie de anotaciones subjetivas que hoy nos parece imposible hayan podido darse en un periódico como asunto del día. Toda España asiste así a la tragedia personal de Larra. Su intimidad es ya un caso público». Y, sigue, Larra, en este punto ya no sirve al periodismo, sino que se sirve de él.
Larra, anota Umbral, se sirve del periodismo. El lírico que no puede ser escapa a la tiranía de su contrato dando a la publicidad el testimonio abierto de su crisis, el deterioro implacable de su identidad, su verdadero rostro de suicida. De algún modo Larra nos ha dejado desparramado por entre las líneas de sus artículos la génesis de su derrumbamiento. Muere escribiendo, eso es, sin renunciar a seguir empeñado en ser hasta el final Fígaro, estirado y sublime en su postrera decisión. Por el mismo Fígaro sabemos la febril actividad periodística de sus penúltimos momentos:
.. escribimos en el Mundo cuatro parrafillos mensuales, donde a guisa de barberos podemos hacer la barba a cuatro parroquianos al mes; escribimos en El Redactor general, como habrán visto los que le lean por nuestro primer artículo (...) y todavía nos queda tiempo para redactar en El Español la sección de teatros y de literatura; todo eso con nuestros correspondientes sueldos y porqués, asegurados por contrato, que de eso vivimos, y lo tenemos a mucha honra. Y con la ayuda de Dios, y de nuestro pobre ingenio, aún nos ha de quedar vigor para dar al teatro muy en breve algún drama espantable o alguna comedia risible, hijos de ratos perdidos, algún folletito de circunstancias y cualquiera otra tontería que nos ocurra que no dejará de ocurrirnos.»
Tales palabras se publican el 27 de diciembre de 1836, un día después, exactamente, de su famoso artículo «La Nochebuena de 1836». Y, exactamente a cincuenta días de su muerte. En medio de su exasperada y creciente depresión, pues, Mariano José de Larra no abandona la pluma que le ha dado (y quitado) cuanto posee y es. Sigue, febrilmente, escribiendo con una actividad extraordinaria. Y sigue fiel a su lucha de siempre, la que expresara en Fígaro dado al mundo:
Nosotros, si caemos, caeremos como hombres de mundo, moriremos cantando como canarios, es decir, enjaulados, ya que la suerte quiere que no haya jaulas en españa sino para los vivientes de pluma, que no son otra cosa los escritores.»
Soledad y silencio
Fígaro, náufrago de sí mismo en medio de la mar procelosa de España, sigue enviando, con una silenciosa desesperación, su botella diaria a un público que entiende como ficción lo que es estricto testimonio anticipado. De hecho Larra ya no cuenta cosas sino que se cuenta a sí mismo, objeto único y exclusivo de su reflexión final. El es su tema obsesivo y a él vuelve artículo tras artículo, párrafo tras párrafo, sin desmayo.
Hay algo que empieza a adquirir síntomas de evidencia: Larra está solo. Fuera de su matrimonio, mantiene con Pepita Wettoret una relación protocolaria y educada. Sin amigos, ya está menos que nunca en la calle, y, por tanto, según sus propias palabras, miente menos. Se ha encerrado a solas con su soledad y su espejo donde ve, cada hora, la imagen de su rostro cansado, el espesor de las arrugas de un hombre que a los veintiocho años no tiene ya deseos. ¿Y Dolores? Es el último sueño de su corazón solitario. Es, piensa, la única persona capaz de recoger el mensaje que envía en su botella y devolverle la esperanza perdida.
El país, entre tanto, prosigue su avance cansino, monótomo. El 24 de octubre ha tenido lugar la apertura de las nuevas Cortes. La guerra carlista va aumentando sus víctimas, sin que se le vea un final a corto plazo, a pesar de la nueva quinta, que se pretende reúna 50.000 soldados. Bilbao se libera de los facciosos en los primeros días de diciembre y las Cortes, por fin, se afanan en la tarea de dotar al país de una Constitución actual. Pocas de todas estas novedades se filtran en los autobiográficos artículos larrianos. Larra está situado en otro costado de la realidad. Mariano José de Larra se halla —y los periódicos donde su pluma aparece no están ajenos a ello— viviendo una espectacular autodestrucción.
Escribir, ¿para qué? ¿Se puede salvar el escritor por la fuerza de su escritura? ¿Puede compensar ésta la desesperanza de una vida a la que se empieza a no ver el último sentido? ¿En qué medida la pasión de escribir redime o libera a Fígaro de su angustia, del caos que ve frente a él? ¿Puede Fígaro hacer llevadera la vida a Mariano José de Larra?
A todas estas preguntas hubiera respondido nuestro hombre con otras interrogaciones. ¿Escribir para quién? ¿Dónde está el sentido de una escritura que apenas si puede influir sobre la realidad inmediata que denuncia? ¿Cuál es el eco de la palabra escrita? No se escribe sino para un público concreto en una situación, asimismo, concreta. Y Larra está en Madrid, escribe en Madrid y para Madrid. Ese es su drama y la razón última de por qué la literatura, el periodismo, no le pueden redimir de la hondura de su tragedia, ni de la profundidad de su herida. En «Hojas de invierno», Larra anuncia a sus lectores la inutilidad radical de su prosa maldita y crítica. España es un país que no favorece el talento ¿Para qué, pues, crear entre nosotros? «el genio ha menester del eco, y no se produce eso entre las tumbas». Fígaro ha sentido hasta el fondo la implacable inutilidad de su aventura. El éxito se vuelve contra él, como un boomerang. Han confundido su mensaje; se ha trivializado su escritura. Aquí sólo tienen éxito los «graciosos» y Larra, que nunca se ha conformado con serlo, se halla ya cansado de jugar ese juego sin alicientes. En «Hojas de invierno», al fin, lo señala con tristeza:
Escribir como escribimos en madrid es tomar una apuntación, es escribir un libro de memorias, es realizar un monólogo desesperante y triste para uno solo. escribir en madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta. porque no escribe uno ni siquiera para los suyos. ¿quiénes son los suyos ¿quién oye aquí ¿son las academias, son los artículos literarios, son los cómicos noticieros de la puerta del sol, son las mesas de los cafés, son las decisiones expedicionarias, son las pandillas de gómez, son los que despojan o son los despojados»
La pluma se le cae a Larra de las manos porque todo se ha puesto en su contra y no sabe de donde sacar la fuerza para mantener los dedos apretados y los ojos fijos en el papel. España —es el final— no tiene remedio. La sentencia es bien evidente: Lloremos, pues y traduzcamos. Larra puede agradecer a los traductores el consuelo de sus traducciones. Pero él, que no desea ya traducir, sino crear, no puede hacer otra cosa que llorar. ¿Hasta cuando? Larra está ahora escribiendo sin ningún pudor su «Triste y desesperante» monólogo. Y porque lo sabe, tiene ya en la más recóndita de sus intimidades tomada la terrible decisión de abandonar esa aventura desolada.