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XII. Episodio Congoleño

De Mienciclo E-books

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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Contenido

Introducción

EN La Habana todo el mundo se pregunta qué le ocurre al «Che» o qué ocurre con el «Che». Los periódicos dedicaron un parco comentario a su llegada, y luego cayeron en total mutismo, como si jamás hubiera existido en la tierra un individuo llamado Ernesto Guevara. Los periódi, eos no hablaban del «Che», y el «Che» a su vez parecía empeñado en ocultarse: no acudía al Ministerio de Industria, ni a la Presidencia del Consejo, donde regularmente tenían que despachar los ministros por lo menos una vez a la semana. En el mes que siguió, su nombre sería mencionado por la prensa o la radio sólo dos veces: el 24 de marzo, la emisora de La Habana alude a unas declaraciones suyas publicadas por el semanario Liberation, de Marruecos, y el 13 de abril el periódico Revolución inserta párrafos de un artículo sobre «el hombre nuevo» escrito por Guevara y que bastante tiempo antes fue publicado por la revista Verde Olivo.

Este silencio impenetrable es tanto más significativo cuanto que, por entonces, se estaban produciendo acontecimientos muy graves que afectaban muy directamente a la vida íntima del «Che». Tratemos de encontrar las claves.

Extrañas cartas en extrañas circunstancias

¿Qué hacía Guevara entretanto?...: escribir a su madre y aguardar la respuesta.

La carta del «Che» lleva fecha 16 de marzo; tenía que llevarla Gustavo Roca que, pocos días después, abandonaría Cuba, pero no llegó a poder de Celia de la Serna sino un mes más tarde, porque antes de regresar a Buenos Aires Gustavo recorrió varios países de Europa.

Según Ricardo Rojo, el «Che» pone de manifiesto en la carta un absoluto desánimo y su intención de abandonar todas las actividades públicas:

«Guevara anunciaba a su madre que se disponía a renunciar a su papel de jefe revolucionario en Cuba, que se proponía trabajar durante un mes en los campos de caña de azúcar y que luego pasaría cinco años en una fábrica para estudiar desde el interior el funcionamiento de una de aquellas industrias que antes había dirigido desde la cumbre.»

Como pudo verse, ni la menor alusión al Congo. Una de dos: el «Che» no tenía decidido aún el viaje, o quería que Celia ignorase aquel proyecto.

La referencia de Rojo termina con una frase que por lo significativa hemos separado del resto del párrafo:

«... Le indicaba (a su madre) que bajo ningún pretexto debía ir a La Habana.»

Si es que Guevara creyó realmente necesario prevenir a su madre de forma tan perentoria, el hecho se presta a muchas reflexiones. Hace suponer que había ocurrido en su entrevista con Fidel algo tan grave que le hacía temer por su seguridad e incluso por la de Celia en el caso de que ésta cayera en la tentación de visitarle.

Carta semejante revela en el que la escribió un estado depresivo y a la vez de inquietud por la solidez de su situación dentro de la máquina gubernamental cubana. En cuanto a tal inquietud, si el comportamiento de Guevara en los meses precedentes no revelara su cansancio y decepción al cabo de seis años dedicados a una labor político-administrativa, podía pensarse que con sus apuntados planes de retirada voluntaria quería evitarse la vergüenza de una destitución que la forma poco efusiva de ser recibido por los dirigentes cubanos hacía presumible. A este respecto, cabe insistir en la conclusión a que se llegó en consideración a los antecedentes del caso, a los hechos históricos y a la sicología de los personajes: el distanciamiento, y posiblemente la dimisión irrevocable (aunque mantenida en secreto) de Guevara, surgiría probablemente por iniciativa del propio «Che», quien, antes de llegar a La Habana, debía de tener muy meditado aquel paso.

En cuanto a la firmeza de propósitos con que nuestro héroe piensa en abandonar las vanidades del mundo para buscar refugio en humildes menesteres, igual que hizo en 1555 el César Carlos renunciando al Imperio para dedicarse a dar cuerda a sus relojes, no creemos que deba darse importancia mayor a sus palabras. Víctima de pasajera flaqueza, en un momento de crisis moral Guevara pudo creer en la sinceridad de sus intenciones. Pero un temperamento pletórico como el suyo pronto habría de recuperar su acostumbrado ritmo vital y dejarse de simbólicos eremitorios y tebaidas.

Celia de la Serna responde a su hijo con una larga carta que lleva fecha 14 de abril y que después de la muerte de Guevara originaría violentas polémicas. Ricardo Rojo publica su texto íntegro en el libro Vida y Muerte de un amigo y afirma que debía encargarse de llevar la carta un líder sindical argentino invitado a visitar La Habana con motivo de las fiestas del Primero de Mayo. Pero no dice taxativamente que la misiva llegase a salir. Pepe Aguilar, viejo amigo del «Chancho» allá por la época dorada cordobesa, en un artículo aparecido en la revista uruguaya Punto Final el 24 de septiembre de 1968, lanza contra Ricardo Rojo la acusación de que éste retuvo la carta:

«... En un acto de bajeza incalificable la conservó y ahora la publica en un intento de apoyar sus mentiras.»

Aparte la calificación moral del hecho, éste tiene muy relativa importancia, puesto que, retenida o enviada, la carta de Celia no pudo en ningún caso influir en el ánimo de Guevara, ya que nunca sería leída por éste; si Rojo la retuvo, porque la cosa cae por su propio peso; si el líder sindicalista la llevó a La Habana, porque al llegar aquél a la capital de Cuba el «Che» había ya desaparecido como por escotillón.

Según el texto publicado por Rojo, Celia reprocha con algo de acritud a su hijo sus proyectos de «machetero» para el período de un mes, o de aprendiz gestor de empresas para el de cinco años, cuando tan escasos andan los hombres capaces de organizar un país. Con auténtica intuición de mujer y de madre da repetidamente en el clavo: dice que al saber a su hijo tanto tiempo alejado de Cuba se preguntaba si a su regreso continuaría siendo Ministro de Industria. Luego se contesta ella misma: si Ernesto piensa en dirigir una empresa durante cinco años, es que ha dejado ya de ser ministro. Dando por hecho que las relaciones entre su hijo y los gobernantes cubanos andan por mal camino, sugiere a su hijo que continúe su labor en Argelia o en Ghana, donde su experiencia resultaría enormemente valiosa.

Para dar plenamente en la diana, sólo le faltó a la madre adivinar que, cuando ella escribía, su hijo andaba ya lucubrando nuevas aventuras guerrilleras. Quizá lo sospechara, pero en tal caso, el marávilloso mecanismo que determina las reacciones del alma humana desplazó aquel pensamiento a la esfera de lo inconsciente para que no fuese un tormento peor que todos los demás eih las dolorosas últimas semanas que separaban a Celia de una muerte inminente. Porque cuando escribe aquella carta que su hijo no ha de leer, Celia se debate contra los ultimes zarpazos de un cancel cada vez más extendido, que le produce continuos dolores.

Hasta la última fase del terrible mal, aquella mujer de una pieza ocultó a todos los tremendos dolores que padecía; cuando alguien le aconsejaba que se cuidase, contestaba que no se preocupara, que todo lo que tenía era cansancio.

El 10 de mayo Celia fue hospitalizada. Seis días después los médicos declaraban la inminencia del fin. Ricardo Rojo habló por teléfono con la esposa del «Che». Aleida parecía nerviosa: dijo que su marido no estaba en La Habana «pero que seguía en Cuba». Al pedirle Rojo que avisase a Ernesto cuanto antes, respondió que sería muy difícil poder hablar con él. El 18, hallándose ya en coma la enferma, Rojo telegrafió:

«Comandante Guevara. Ministerio de Industria. La Habana. Tu madre gravemente enferma quiere verte. Un abrazo. Ricardo Rojo.»

No hubo respuesta. Celia de la Serna de Guevara moría al día siguiente.

El hecho de que Guevara no hubiese respondido a ninguna de las llamadas demuestra que no llegó a enterarse del gravísimo estado de su madre. Si no había salido de Cuba, tal como dijo su mujer, tenía que estar en un sitio desprovisto de teléfono y al que no llegaban los telegramas. El 21 de mayo, los periódicos de La Habana publicaban una nota necrológica, pero Ernesto siguió sin dar noticias: en el lugar donde se hallase, al parecer tampoco llegaban los periódicos.

Nadie sabe nada y todos creen saberlo

¿Dónde se encontraba en realidad Guevara por las fechas en que murió su madre? ¿Sometido a vigilancia? ¿Incomunicado? ¿Había dejado ya la isla? Todas las suposiciones resultaban admisibles, salvo la de que siguiese su vida normal en La Habana.

La última referencia oficial procede de Fidel Castro en persona. Había transcurrido más de un mes desde que regresara el «Che» a Cuba. El 20 de abril, Castro tenía que cortar caña en una de aquellas espectaculares jornadas de trabajo voluntario. En pleno campo aceptó una improvisada rueda periodística en la que intervinieron varios redactores extranjeros. Todos querían saber lo que había sido del «Che».

—Lo único que puedo deciros —afirmó Fidel— es que el comandante Guevara se hallará siempre donde más útil pueda ser a la revolución. Estuvo en Africa, y creo que su gira dará buenos frutos. Llegó hasta China para preparar el camino a una importante delegación nuestra. Es un hombre de múltiples aptitudes y de una inteligencia extraordinaria. En suma: uno de nuestros dirigentes más completos.

Aquella vaguísima declaración que llegaba después de tan largo silencio sólo sirvió para excitar todavía más la curiosidad general. Un periódico anunció que Guevara comparecería en público el 1.° de Mayo. Pero aquella noticia luego no se confirmó.

Ricardo Rojo no cree que por entonces Guevara hubiese abandonado la isla. Piensa más bien que sus colegas debían tenerle confinado, pero no preso, en plan de residencia forzosa. El propio «Che» había impuesto en otras ocasiones «retiros» de la misma especie a camaradas que por una causa u otra convenía que, «para su propio bien» descubrieran, apartados del mundanal ruido, sus propios errores tácticos doctrinales.

Rojo dice que, «según datos que posee», la tanda de retiro comenzó el 20 de marzo y se prolongó hasta julio de 1965. El que tal afirma debe considerar aquellos datos material preciosísimo, puesto que los guarda celosamente para disfrutarlos a solas.

A principios de junio, los rumores que hasta entonces no habían trascendido de la propia isla de Cuba, comienzan a difundirse por los cuatro puntos cardinales: se dice que ha muerto; que lucha en la República Dominicana junto a los seguidores del coronel Caamaño, que no ha muerto pero Fidel lo tiene preso. Lo único de cierto es que Arturo Guzman, Viceministro de Industria, es encargado de la gestión y firma en el departamento, aunque se silencia la situación del anterior titular de la Cartera. Aquel mismo día el Embajador de Cuba en Méjico declaraba:

«Guevara no ha caído en desgracia con el Gobierno cubano, ni en relación con su doctrina revolucionaria, dado que precisamente él ha sido uno de sus fundadores. Todo gobierno revolucionario tiene que cambiar sus funcionarios. No hay nada de raro en que un ministro cambie de cargo.»

Desde luego: un relevo en los puestos oficiales es algo habitual en las Administraciones, sean revolucionarias o conservadoras. Mas es cierto también que, cuando el representante de un gobierno da explicaciones tan vagas como las del Embajador de Cuba en Méjico, conviene muchas veces tomar las palabras en su opuesto sentido.

Lo que ni el Embajador ni nadie podía negar era que Guevara seguía sin dar señales de vida y que los rumores iban a más. Unos afirmaban que había sido visto en Colombia (e incluso precisaban que lo llevó un submarino soviético), otros en Guatemala, preparando una revancha contra la «United Fruit»... No podían faltar, naturalmente, los que hablaban del Vietnam; unos estudiantes peruanos dirían en Lima «que lo habían oído de la propia boca de Castro en la Universidad de La Habana»...

En el mundo iberoamericano se iba difundiendo una especie de «sicosis Guevara» que desde la masa innominada iba ganando a las autoridades: El presidente del Gobierno de «Reconstrucción Nacional» de la República Dominicana, general Imbert Barrera, anunciaba el 21 de agosto que Guevara «podía haber encontrado la muerte en este país (Santo Domingo) durante los primeros días de la revolución dominicana».

La errónea versión llegó a convertirse casi en verdad oficial cuando el Directorio Estudiantil Revolucionario en Miami difundió un comunicado en el que se daban toda clase de pormenores: El «Che» había llegado a la capital dominicana el 29 de abril, cinco días después de iniciada la lucha, y había muerto el 3 ó 4 de mayo en una escaramuza callejera. Según el Directorio Estudiantil, Guevara fue llevado a la isla de Santo Domingo por un barco de pequeño calado desde algún puerto pesquero de la provincia cubana de Oriente. Le recibió el mayor Emilio R. Mejías, enlace de Castro con Caamaño. El comunicado seguía diciendo que Guevara ofreció la participación de diez oficiales de la marina especialistas en el alijo de armas y de algunas tropas de tierra. El «Che» habría sido visto por última vez el 3 de mayo, dirigiendo un grupo numeroso de insurgentes. Según el comunicado, el día 5 Caamaño hizo incinerar «por razones sanitarias» los cadáveres en el sector donde luchaba Guevara.

Autocrítica y testamento político

El 3 de octubre se producirá la revelación sensacional. El día anterior, desde el escenario del «Teatro Chaplin», Castro anuncia una profunda reorganización del Partido Unido de la Revolución Socialista (PURS). En la lista de nuevos cargos no venía el nombre de Guevara. Veinticuatro horas después, Fidel da lectura, en otro acto público, a la carta en que su camarada de tantos años anuncia que abandona la isla, después de renunciar a todos sus cargos y a la ciudadanía cubana.

«Esa carta —dice Castro en su discurso— no lleva fecha porque debía ser leída en el momento considerado más oportuno; pero en realidad me fue entregada el primero de abril de este año, es decir, hace exactamente seis meses y dos días.»

La importancia fundamental del documento nos induce a publicar su texto íntegro:

«La Habana, año de la Agricultura.

»Fidel,

»Me recuerdo en esta hora de muchas cosas, de cuando te conocí en casa de María Antonia, de cuando me propusiste venir, de toda la tensión de los preparativos. Un día, pasaron preguntando a quién se debía avisar en caso de muerte, y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos. Después, supimos que era cierta, que en una revolución se triunfa o se muere (si es verdadera). Muchos compañeros quedaron a lo largo del camino hacia la victoria.

»Hoy, todo tiene un tono menos dramático, porque somos más maduros; pero el hecho se repite. Siento que he cumplido la parte de mi deber que me ataba a la revolución cubana en su territorio, y me despido de ti, de los compañeros, de tu pueblo, que ya es mío.

»Hago formal renuncia de mis cargos en la dirección del partido, de mi puesto de Ministro, de mi grado de Comandante, de mi condición de cubano. Nada legal me ata a Cuba, sólo lazos de otra clase que no se pueden romper como los nombramientos. Haciendo un recuento de mi vida pasada, creo haber trabajado con suficiente honradez y dedicación para consolidar el futuro revolucionario. Mi única falta de alguna gravedad es no haber confiado más en ti desde los primeros momentos de Sierra Maestra, y no haber comprendido con suficiente celeridad tus cualidades de conductor y de revolucionario.

»He vivido días magníficos y sentí a tu lado el orgullo de pertenecer a nuestro pueblo en los días luminosos y tristes de la crisis del Caribe.

»Pocas veces brilló más alto un estadista que en esos días. Me enorgullezco también de haberte seguido sin vacilaciones, identificado con tu manera de pensar y de ver y apreciar los peligros y los principios.

»Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos. Yo puedo hacer lo que te está negado por tu responsabilidad al frente de Cuba, y llegó la hora de separarnos.

»Sépase que lo hago con una mezcla de alegría y dolor; aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis seres queridos, y dejo un pueblo que me admitió como un hijo; eso lacera una parte de mi espíritu. En los nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el más sagrado de mis deberes: luchar contra el imperialismo dondequiera que esté; esto reconforta y cura con creces cualquier desgarradura.

«Digo una vez más que libero a Cuba de cualquier responsabilidad, salvo la que emane de su ejemplo. Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente para ti. Que te doy las gracias por tus enseñanzas y tu ejemplo y que trataré de ser fiel hasta las últimas consecuencias de misactos. Que he estado identificado siempre con la política exterior de nuestra revolución y lo sigo estando. Que en dondequiera que me pare, sentiré la responsabilidad de ser revolucionario cubano, y como tal actuaré. Que no dejo a mis hijos y mi mujer nada material, y no me apena: me alegro que así sea. Que no pido nada para ellos, pues el Estado les dará lo suficiente para vivir y educarse.

»Tendría muchas cosas que decirte a ti y a nuestro pueblo, pero siento que son innecesarias; las palabras no pueden expresar lo que yo quisiera, y no vale la pena emborronar cuartillas.

»Hasta la victoria siempre. ¡Patria o Muerte!

»Te abraza con todo fervor revolucionario:

»“Che”.»

Fidel terminó su alocución con una corta frase: «Dejo que los enemigos de la revolución sigan haciendo conjeturas sobre Guevara.»

¿Conjeturas? Mucho más numerosas y lúgubres de lo que podía suponer Fidel. Las repetidas alusiones del «Che» a la idea de la muerte, la frase en que confiaba mujer e hijos a la solicitud del Estado, crearon en la inmensa sala del Teatro un ambiente de lectura testamentaria. Además, estaba el aspecto funeral de Alida March, la esposa, que ocupaba un puesto de honor en la tribuna; el corresponsal de la agencia Reuter lo describe así: «Permaneció sentada con la cabeza inclinada, marcado aire de tristeza y completamente vestida de negro.» Y luego, el broche final de Castro: «Dejo que los enemigos de la revolución sigan haciendo conjeturas sobre Guevara.» Forzoso era que la mente colectiva del auditorio pensara en uno de aquellos sacrificios rituales que hasta la desaparición de Stalin gozaron de tanta boga en los países socialistas; en una de aquellas ejecuciones donde la propia víctima aceptaba la «liquidación física» como un último servicio al Partido y a la felicidad del pueblo.

Pero, no; los maliciosos pesimistas se pasaban de listos. Al «Che» no lo habían obligado a «suicidarse voluntariamente», ni se le había administrado el clásico tiro en la nuca. Para Guevara todavía estaba lejos, aunque ya no tanto, la hora en que, según sus propias palabras, «no moriría en la cama».

La carta que hemos transcrito es el desenlace de un largo conflicto político que en estado más o menos activo enfrentó al «Che» con sus colegas, prácticamente desde el momento en que triunfó la revolución. Existen dos escritos, probablemente de aquella misma época, de igual o mayor significación para quienes desean conocer al auténtico Guevara, humano y cordial, cruelmente desgarrado por fuerzas opuestas; por un lado su vocación aventurera y unos deberes impuestos por el «honor revolucionario» que, según sus propias palabras, le arrastraba a ceñir otra vez «el costillar de Rocinante... con unas piernas flaccidas y unos pulmones cansados»; por el otro, la ternura y cariño entrañable que siente por los suyos.

Uno de dichos textos es el que transcribíamos en síntesis al comienzo de este libro; aquél en que, «pequeño condottiero del siglo XX», había precisamente de «sentir otra vez bajo sus talones el costillar de Rocinante» y predice su muerte cercana. La fecha de esta carta debe coincidir con la de adioses a Fidel y al pueblo cubano, porque la dirige «a sus padres»; es decir: que al escribirla, el «Che» aún ignoraba la muerte de su madre.

Los últimos párrafos de la misiva dicen así:

«Os he querido mucho, aunque no haya sabido expresaros mi afecto, mi modo de obrar está falto de matices y creo que a veces no me habéis comprendido. Sé que no era fácil comprenderme, pero hoy tenéis que creerme (...) Acuérdense de vez en cuando de este pequeño condottiero del siglo XX. Un beso para Celia, Roberto, Ana María y Pototín y Beatriz, y todo el mundo. Su hijo pródigo y testarudo les besa con cariño. Ernesto.»

La otra carta es para los niños:

«A mis hijos.

»Queridos Hildita, Aleidita, Camilo, Celia y Ernesto (Guevara menciona los hijos que ha tenido en los dos matrimonios):

»El día en que lean esa carta ya no estaré entre ustedes. Apenas se acordarán de mí y los más pequeños me habrán olvidado del todo.

»Su padre fue un hombre que obró siempre de acuerdo con lo que pensaba y siempre se mantuvo fiel a sus convicciones.

»Sean buenos revolucionarios. Estudien mucho y aprendan a dominar la técnica, que a su vez permite dominar a la naturaleza. Acuérdense de que la revolución es lo que cuenta, y que cada uno de nosotros, tomado aisladamente, no vale gran cosa.

»Por encima de todo, sean siempre capaces de sentir en lo más profundo de ustedes mismos las injusticias que se cometan contra cualquiera y en cualquier parte del mundo que sea. Esta es la más bella virtud de un revolucionario.

»Adiós, hijos míos; espero volver a verles algún día. Les beso muy fuerte y les estrecho contra mi corazón. Papa.»

Los ideales se sacrifican a la política

Queda por saber si en la siguiente aventura de Guevara por tierras congoleñas la decisión fue del «Che», con independencia o aun contra la voluntad de Fidel, o si ambos anduvieron acordes al elegir aquel nuevo campo de actividades para nuestro héroe.

Jean-Jacques Nattier opina que Guevara fue al Congo de pleno acuerdo con Castro y dentro del esquema táctico general que seguía la política exterior cubana.

Ricardo Rojo coincide con esta tesis, e incluso la lleva más allá. Viene a decir que todo el misterio creado en torno del «Che», desde marzo a octubre de 1965, fue una simple cortina de humo tendida para enmascarar los planes que de consumo habían trazado para el guerrillero los dos compadres. Una de las piezas maestras de aquel aparato escenográfico habría sido la artimaña con que Castro simuló la presencia, e incluso la muerte de Guevara en Santo Domingo.

Según Rojo, la salida del «Che» fue cuidadosamente preparada por el servicio «G-2», policía política cubana que funcionaba bajo la dirección del comandante Manuel Piñeyro, alias «Barbarroja».

Entretanto, Guevara seguía tranquilamente su viaje hacia el Congo.

Ha de suponerse que Guevara luchó junto a los grupos armados de Mulele y Soumialot que se enfrentaban a los mercenarios blancos de aquel Moisés Tshombe inicialmente adversario del poder central congoleño y luego presidente del mismo hasta que fue derrocado por el jefe del ejército, coronel Mobutu.

Debe suponerse que durante su colaboración con los «simbas» congoleños, Guevara hubo de pasar forzosamente por malos ratos: por ejemplo, cuando aquellos devoraban tranquilamente, de acuerdo con un rito africano ancestral, el corazón de los enemigos muertos para infundirse su valentía y coraje.

Posiblemente, la contemplación de aquel espectáculo y de otros semejantes contribuyó a que Guevara decidiese pasar del Congo exbelga al Congo exfrancés. Por otra parte, lo hacían aconsejable dos acontecimientos que habían modificado sustancial-mente el panorama político africano: La caída de Ben Bella en Argelia el 20 de junio de 1965, y en el Congo, la destitución de Tshombe por el coronel Mobutu el 24 de noviembre.

La guerrilla congoleña perdió gran parte de su fuerza dinámica cuando desapareció el estímulo para la lucha que significaba la presencia de Tshombe, quien, más con razón que sin ella, era considerado un agente del odiado imperialismo blanco. Algunos jefes guerrilleros se sometieron, y Mobutu, con apoyo de los mercenarios blancos, dio buena cuenta de los recalcitrantes.

Guevara pasó a Brazzaville en los comienzos de 1966. Allí encontraría unas condiciones de lucha más adecuadas a 4a delicadeza (relativa) de un hombre que procedía de la evolucionada sociedad blanca: el enemigo tenía el carácter de «invasor» y sus compañeros de lucha no eran ya los salvajes «simbas», sino auténticos «defensores del orden socialista»; muchos de ellos adiestrados por instructores que, como el «Che», habían llegado de Cuba.

El 15 de febrero Guevara escribe una carta a su hija mayor, Hilda, con motivo de su décimo aniversario. En ella le dice que se encuentra lejos, y que seguirá separado de ella por mucho tiempo, luchando contra el enemigo de la revolución.

Pero aquel «mucho tiempo» resultó bastante más corto que lo previsto por el «Che». Varias circunstancias contribuyeron a que tuviese que abandonar el Congo antes de lo que pensaba.

En enero se había celebrado en La Habana una Conferencia Tricontinental de países socialistas. La mayoría de los representantes había dado en ella su voto favorable a una moción de los delegados cas-tristas que propugnaba la «coexistencia pacífica»; únicamente votaron en contra los mandatarios prochinos. Se produjo un enfriamiento en las relaciones Cuba-China, que llegaron a un punto muy cercano a la congelación cuando Fidel Castro acusó públicamente a los chinos de provocar un levantamiento en el seno de las fuerzas armadas cubanas.

Aquella disputa que tenía lugar en la otra ribera del Atlántico repercutió en el Congo. Mulele y Soumialot, pro-chinos, recibieron de Pekín orden de influir en los regímenes socialistas africanos para que pidieran al Gobierno de La Habana que Guevara abandonase la zona. Es probable que los dos jefes guerrilleros obedecieran gustosamente, ya que el paso del «Che» desde el Congo-Leopoldville a Brazzaville tuvo que dejarles bastante menos que satisfechos.

Parece ser que, de momento, Guevara se negó a obedecer las órdenes. Pero las demandas de los chinos, de los rusos, de Soumialot o de quien fuese, debieron de hacerse más insistentes, ya que a finales de febrero se presentaron en Brazzaville dos representantes personales de Fidel, y a la vez amigos del «Che»: Los comandantes Aragonés y Drake, con la misión de convencer al recalcitrante.

Los dos enviados debieron salirse con la suya, puesto que Guevara y sus más inmediatos colaboradores dejaban el territorio congoleño en el mes de marzo. No se conoce la fecha exacta.

Todas aquellas idas y venidas, conciliábulos y peticiones de unos gobiernos socialistas a otros, tuvieron lugar en el mayor secreto. El paso de Guevara por el Congo y su forzada salida fueron cuestiones que los dirigentes socialistas trataron en familia.

Entretanto, la opinión pública mundial seguía preguntando qué había sido del «Che». La mayoría de las gentes se había tragado la versión amañanada por el comandante Piñeyro que le daba por muerto en las luchas internas de la República Dominicana.

El «Che» vive. Pero en marzo de 1966, después de su estéril aventura congoleña, su aspecto es muy distinto al del «Chancho» juvenil, y aun al del guerrillero que en Sierra Maestra resistía fatigas que hubiesen abrumado a otro cualquiera, más fuerte y con los bronquios sanos. Cuando nuestro héroe se dispone a representar el último acto de su tragedia sólo tiene treinta y ocho años, pero aparenta mayor edad. Los que por entonces lo ven se dan cuenta de que unos pocos otoños más convertirán a Guevara en un hombre maduro que va para viejo.