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XII. Eclipse del Gran Almirante de las Indias

De Mienciclo E-books

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Introducción

Ultima entrevista de Cristóbal Colón
Ultima entrevista de Cristóbal Colón

MIENTRAS Colón realizaba su último viaje, con las peripecias que ya conocemos, en la Península se gestaba ya un nuevo planteamiento de la empresa descubridora y colonizadora de las Indias, planteamiento que sería contrario a las desorbitadas capitulaciones firmadas en Santa Fe y rubricadas en Barcelona. La Corona y el Estado adquirieron conciencia clara de la magna empresa y crearon los mecanismos adecuados para asegurarse el control de los bienes que se derivasen de ella. Ya en 1502 los Reyes Católicos pusieron en solfa el monopolio colombino al firmar capitulaciones particulares con Juan Sánchez, que partió a las Indias con cinco carabelas. A partir de entonces, la Corona otorgaría privilegios coloniales a diversos navegantes y empresas particulares. Para controlar las operaciones mercantiles y descubridoras, fue creada en Sevilla la Casa de Contratación de las Indias el 20 de enero de 1503. La intención de los soberanos quedaba bien clara al no mencionar en las primeras ordenanzas los derechos que correspondían al almirante en los beneficios, según las capitulaciones de Santa Fe.

El 26 de noviembre falleció en Medina del Campo Isabel la Católica, la protectora de Colón y la única persona en que confiaba para que le fuera restituido el poder sobre las Indias. Enfermo y casi al borde de la tumba, la idea del poder subsistía en él con más vigor que en los años en que soñaba con el descubrimiento de las Indias. El 13 de diciembre escribe a su hijo Diego: «Acá mucho se suena que la Reyna, que Dios tiene, ha desado que yo sea restituydo en la posesión de las Yndias.» Su impaciencia queda reflejada en otra carta que escribe una semana más tarde: «Acá si posible fuese, querría cada dia cartas... es de trabajar de saber si la reyna, que Dios tiene, dexó dicho algo en su testamento de my.» Grande debió ser su desilusión al saber que la reina Isabel no le mencionaba en su testamento, pero obstinado hasta la muerte, siguió dando instrucciones a su hijo para que se ganase la confianza del rey a través de Diego de Deza, que en enero de 1505 sería nombrado arzobispo de Sevilla, y de Cabrero, camarero del rey.

Ultima entrevista de Cristóbal Colón con Fernando el Católico

Mientras esperaba la llamada a la Corte, Colón permanecía en Sevilla a causa de la artritis. Pero no perdía el tiempo, pues además de escribir carta tras carta a su hijo y valedores ante el soberano, terminó de redactar el manuscrito del Libro de las Profecías, basado en los textos bíblicos. Hasta el 23 de febrero de 1505 no recibió el almirante la cédula que le autorizaba a presentarse en la Corte. Colón se hallaba muy mal y escribe a su hijo para que obtenga licencia para que pueda trasladarse en mula, ya que los caballeros no podían viajar en este animal, reservado exclusivamente para la «clerecía de orden sacra y las mujeres». No obstante, don Diego lo consiguió para su padre por razones de ancianidad.

En mayo de aquel año llegó a Segovia y fue recibido por don Fernando con la cordialidad de siempre, pero también decidido a no concederle poderío ni gobierno. El rey le propuso que nombrase una persona encargada de seguir en la cancillería los asuntos de su almirantazgo para que fueran resueltos con más diligencia. Según Las Casas aceptó de buen grado la sugerencia del monarca, y añadió: «¿Quién lo puede mejor hacer que el arzobispo de Sevilla, pues había sido la causa con el camarero que su Alteza hobiese las Indias?» Don Fernando accedió gustoso. Después el arzobispo de Sevilla y futuro Gran Inquisidor decidiría que se nombrasen letrados para resolver lo que se refería a la hacienda y rentas del almirante, pero no en lo que se refería a la gobernación de las Indias. En este sentido tanto Deza como el rey estaban de completo acuerdo que el gobierno de las Indias correspondía a la Corona.

Nadie puede poner en duda que si Colón ambicionaba las riquezas, ambicionaba con más fuerza el poder. Por eso le irritaba y enardecía, con grave uebranto para su precaria salud, que le negasen el erecho a convertirse en el gran señor feudal, par de los soberanos, que siempre había deseado ser. En una carta escrita al arzobispo Deza le dice: «Y pues se parece que su Alteza no ha por bien de cumplir lo que ha prometido por palabra y firma juntamente con la reyna, que haya sancta gloria, creo que combatir sobre el contrario para mi, que soy un arador, sea açotar el viento; y que será bien, pues que yo e hecho lo que e podido, agora dexe hacer a Dios nuestro Señor, el cual e siempre ha fallado muy prospero y presto a mis necesidades.»

Hábil era el rey don Fernando en la defensa de los intereses de la Corona y del Estado, pero todos sus ponderados recursos diplomáticos fracasaron ante el soberbio y testarudo Colón, que no estaba dispuesto a ceder un ápice en los derechos y privilegios conseguidos. Hasta su muerte se mantuvo firme en la exigencia de que se le concediera de facto el título y las prerrogativas de Almirante del Mar Océano y de las Islas y Tierra Firme para él y para sus sucesores, y los títulos de Virrey y Gobernador General de las tierras descubiertas en el primer viaje con carácter vitalicio. En este empeño le acompañaban sus hermanos y su hijo Diego. Ante esta terquedad, don Fernando hizo sondear a Colón ofreciéndole el feudo de Carrión de los Condes en España a cambio de su renuncia espontánea del inmenso feudo de las Indias, pero el almirante rechazó indignado la oferta.

A todo esto Colón seguía a la Corte trashumante cada vez más enfermo. De Segovia la Corte se trasladó a Salamanca y más tarde a Valladolid. Siempre encamado o de viaje, se mantenía impertérrito. La situación de Castilla a la sazón quizá justificaba sus esperanzas, pues a la muerte de doña Isabel, Fernando el Católico pasó a ser regente de Castilla hasta la llegada de su hija Juana la Loca y su marido Felipe el Hermoso. Aunque este reinado sería transitorio por la muerte de don Felipe a los pocos meses de llegar a España y la locura progresiva de la reina Juana de Castilla, al almirante, cada vez más enfermo, le faltó tiempo para presentar sus respetos a los nuevos soberanos sin olvidar sus reclamaciones.

Doña Juana y don Felipe desembarcaron en La Coruña el 28 de abril de 1506, tras un viaje tempestuoso que les había obligado a buscar refugio en Inglaterra. Como él no podía presentarse en persona por su enfermedad, envió a su hermano el Adelantado con la siguiente carta: «Sereníssimos é muy altos poderosos rey y reyna nuestros señores. Yo creo que Vuestras Altezas creerán que en ningun tiempo tuve tanto deseo de la salud de mi persona, como he tenido despues que supe que Vuestras Altezas avian de pasar acá por la mar, por venirle a servir y ver la experiencia del conocimiento que con el navegar tengo, a Nuestro Señor a placido así. Porende, muy humildemente suplico a Vuestras Altezas que me cuenten en la cuenta de su real vasallo y servidor, y tengan por cierto que, bien que esta enfermedad me trabaja así agora sin piedad, que yo les puedo aun servir de servicio que no se aya visto su igual. Estos revesados tiempos e otras angustias, en que yo e seido puesto contra tanta razón, me han llegado a gran extremo, a esta causa no e ydo a Vuestras Altezas, ni mi hijo, muy humildemente les supplico que reçiban la intención y voluntad, como de quien espera de ser buelto en mi honra y estado, como mis escripturas lo prometen.»

Mientras Bartolomé Colón se hacía presente ante la Corte de España allegaron extranjeros que con el petulante y frivolo don Felipe el Hermoso y la inestable doña Juana, el almirante fue empeorando y el 19 de mayo de 1506 se veía tan mal que dictó su testamento ante el escribano Pedro de Hinojedo. Su última voluntad confirma el testamento hecho en 1502 en el cual nombra heredero universal a su hijo Diego, incitándole a que aumente el mayorazgo y sirva con sus rentas y su persona a los reyes y a la religión cristiana. A su hijo Fernando también le manda que haga mayorazgo de sus rentas. A la hora de la muerte se muestra tan celoso de la dinastía colombina como lo había sido en vida.

En las cláusulas testamentarias hay una de tipo cabalístico que sigue despertando el mayor interés entre los estudiosos del ocultismo: «Don Diego, mi hijo, ó cualquier otro que heredase este Mayorazgo, después de haber heredado y estado en posesion de ello, firme de mi firma, la cual agora acostumbro, que es una X con una S encima, y una M con una A romana encima, y encima della una S y después un Y griega con un S encima con sus rayas y virgulas, como yo agora fago, y se parecerá por mis firmas, de las cuales se hallarán muchas, y por esta parecerá.» La firma de Colón se convierte en la siguiente figura geométrica:

Para un hombre tan concienzudo y enigmático como el almirante, no ofrece ninguna duda que la importancia que da a la firma de su heredero encierra un profundo significado subjetivo. Las interpretaciones que se han dado a este singular capricho de Cristóbal Colón son tantas y tan eruditas que, no pudiéndolas dar todas ni entrar en las polémicas suscitadas, nos atenemos a la que nos parece más verosímil, que es la de don Salvador de Madariaga: «Lo primero que llama la atención en esta firma es su índole triangular. Lleva inevitable la imaginación a la cábala. Así el propio Colón, al adoptar esta rigurosa costumbre tan poco usual de firmar con un triángulo de letras, e imponérsela además a sus sucesores, nos obliga a pensar en la ciencia oculta de los judíos. Esto bastaría para añadir otro elemento de interés a los abundantes indicios ya apuntados de su origen hebreo; pero ocurre que la interpretación cabalística de este triángulo de letras, y en particular las eses punteadas, transfigura esta firma en el escudo de David, doble triángulo o hexagrama.»

Al día siguiente, 20 de mayo de 1506, moría el gran descubridor en la ciudad de Valladolid sin haber recibido noticias de la reina Juana, de la que todavía esperaba conseguir el gobierno y dominación de las Indias.