XII. Decepciones y Enfermedades
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Introducción
EN la primavera de 1923, tras una etapa de continuos viajes, regresa de nuevo a Berlín con la esperanza de encontrar sosiego para sus estudios y apartarse un tanto de la vida pública, con la tranquilidad de la labor realizada en este campo y con la tristeza de que su esfuerzo no hubiera dado todos los frutos por él deseados.
En 1922 había dimitido de la Comisión de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones, porque pensó que la ocupación del Ruhr por franceses y belgas era un acto contrario al espíritu de la misma; tampoco asistió al Congreso de Solvay en Bruselas, porque discriminaron a los profesores alemanes. Madame Curie, también miembro de dicha comisión, le escribió el 7 de julio de 1922 una carta de reproche por esa actitud de abandono:
«He recibido su carta y me ha causado una gran decepción. Me parecen poco convincentes las razones que usted da para su abstención. Precisamente porque existen corrientes de opinión peligrosas es necesario combatirlas, y usted puede ejercer con su único valor personal una excelente influencia en favor de la causa de la tolerancia. Creo que su amigo Rathenau —por el que lamento su triste final— le hubiera animado a ensayar al menos un intento de colaboración internacional pacífica entre los intelectuales. ¿No podría cambiar de opinión?»
A lo que Einstein contestó el 25 de diciembre de 1923:
Ya sé que se ha enfadado conmigo, y con razón, por haber dejado, con un amargo comentario, la comisión de la sociedad de naciones. y eso cuando sólo hacía unos meses que le había aconsejado a usted que participara en los trabajos de la comisión. pero mi decisión no está hecha por solidarizarme con alemania, sino que fue realmente por la convicción de que la sociedad de naciones, bajo capa de objetividad, se ha vuelto un dócil instrumento de la política imperialista. por tanto, no quisiera tener nada que ver con la sociedad de naciones. pensé también que no hacía ningún mal con exteriorizar esa opinión abiertamente. quizá resulte injusto, pero he obrado de acuerdo con mi convicción. además, he rogado que no me inviten a ir a bruselas. no es que no comprenda, desde un punto de vista psicológico, que los franceses y los belgas se nieguen a reunirse con los alemanes. pero si yo buscase oportunidades allí donde los sabios alemanes, y sólo por ser alemanes, son excluidos por principio, entonces sería como si indirectamente aprobase semejante medida. lo cual no corresponde a mis convicciones.
Premio Nobel
En el verano de 1923 se desplazó a Suecia para recibir personalmente el premio Nobel. Pese al boato de la ceremonia, Einstein no usó chaqué, prenda de ritual en la misma. En Góteborg pronunció una conferencia sobre Ideas fundamentales y problemas de la teoría de la relatividad. La Acade mia sueca le había concedido el premio por la Ley fotoeléctrica y sus trabajos en el campo de la física teórica. Evitaba así el tener que pronunciarse sobre la todavía discutida teoría de la relatividad. El dinero recibido como premio se lo envió a su primera mujer, Mileva, quien todavía residía en Suiza con sus dos hijos, Hans Albert y Edward.
Los viajes regulares de Einstein a Leiden, en donde, tras la jubilación de Lorentz, ejercía como profesor extraordinario, le permitían descansar de la tensión que le producían las amenazas escritas que recibía.
Su ausencia de Berlín hizo que, durante el mes de octubre de 1923, los diarios de la capital desataran una campaña de noticias contradictorias en las que se decía que Einstein era esperado en Rusia, o bien que había pasado unos días en Petersburgo. Noticias falsas, pues Einstein nunca estuvo en Rusia. Todo contribuía a aumentar la animadversión contra nuestro físico, a cuya ciencia se la denominaba frecuentemente con el calificativo peyorativo de «soviética». Realmente, el pensamiento de Einstein y de su física en la URSS estaba calificado de «idealista», en contraposición con el «materialismo dialéctico» soviético, aunque tenía amigos rusos, tanto estudiantes como profesores. Su pensamiento sobre Lenin era el siguiente: «En Lenin admiro al hombre que ha puesto en juego todo su poder, con una completa negación de su persona, para la realización de la justicia social. Su método no me parece oportuno. Pero es cierto que hombres como él son centinelas y renovadores de la conciencia de la Humanidad».
Las noticias sobre su hipotético viaje a la Unión Soviética desencadenaron una nueva ola de cartas insultantes y amenazadoras, llegándose a decir que sería «ejecutado de igual forma que lo fue Rathenau si continuaba conspirando con los bolcheviques».
Nuevos viajes, nuevas amistades
En 1924, Einstein volvió a ingresar en la Comisión de Cooperación Intelectual de la Sociedad de Naciones. El hecho de que los antiguos aliados de la guerra del 14 hubiesen reducido sus demandas de reparación a Alemania y concedido créditos a ese país para ayudar a su reconstrucción, le hicieron reconsiderar su postura respecto a la Sociedad de Naciones, en la que además había entrado Alemania. Parecía que se progresaba en el deseo de proscribir la guerra.
Las reuniones de esta Comisión se celebraban en París y Ginebra, y el famoso filósofo francés Henri Bergson presidía las sesiones. Estos viajes a París le permitían frecuentar a personas como el eminente poeta Georges Duhamel o el físico Louis de Broglie, cuyas ideas de onda-corpúsculo sobre los electrones le parecían a Einstein de gran interés.
En 1925 hizo un viaje por América Latina, visitando principalmente las ciudades de Buenos Aires y Montevideo. Lógicamente aumentaron las ediciones, en especial de obras sobre la Teoría de la relatividad.
Ya en esta época, la producción científica de Einstein decae: sigue pertinazmente buscando una teoría que unifique el campo gravitatorio y el campo electromagnético; pero, pese a sus esfuerzos y a resultados parciales, no encuentra soluciones definitivas y claras. Además, los físicos están preferentemente inclinados por las teorías cuánticas y estadísticas, y Einstein quedaba cada vez más aislado en su intento determinista y totalizador de las leyes del Universo, que resumía en la frase de que «Dios no juega a los dados». El se consideraba un poco retirado de la actividad, aunque su ático de la calle de Haberlandstrasse conocía sus horas de trabajo y sus desvelos.
El 4 de febrero de 1928 falleció el físico Lorentz, en Haarlem. Einstein, que sentía devoción por el precursor de sus propias teorías, con el que había mantenido una cordial amistad, se vio profundamente afectado por su muerte. Se desplazó a Holanda para asistir al entierro.
La enfermedad le visita de nuevo
Unas semanas más tarde, estando en el valle de Davos, en Suiza, Einstein se sintió enfermo. Había ido a dar un curso sobre conceptos fundamentales de la Física y su desarrollo a los enfermos universitarios de un sanatorio antituberculoso, situado en dicho valle. Primero sintió molestias gástricas e intestinales, luego sufrió un colapso: se vio compelido a guardar cama varios meses. Su esposa, Elsa, fue a buscarle para regresar a Berlín, donde pasó la parte más larga de su convalecencia. El prolongado reposo obligó a su esposa a buscarle una secretaria, la cual le ayudaría y acompañaría el resto de su vida: Helene Dukas. Elsa Einstein era presidenta de honor de una organización para la asistencia a los huérfanos judíos, de la que era secretaria su vieja amiga Rosa Dukas, hermana de Helene.
Helene nos cuenta cómo conoció a Einstein:
«Cuando me vio —estaba enfermo en cama—, me alargó la mano sonriente y me dijo: “Aquí yace un viejo cadáver de niño”. En ese momento desaparecieron mis temores, aunque aún no estaba segura de tener la capacidad para conseguir el empleo que deseaba. Antes de que nos ocupáramos de la correspondencia, Einstein quiso que telefoneara al Ministerio de Educación para acordar una entrevista con el hombre que habría de sustituirlo en la reunión de la Comisión de Cooperación Internacional de Ginebra. Eso de llamar a un ministerio y pedir que acudiera un consejero en persona me pareció un asunto difícil para mí, que entonces era una colegiala alemana educada en el culto a la autoridad. Por primera vez experimenté el efecto que producía el mágico nombre de Einstein; todo resultó facilísimo. Luego me dictó algunas cartas y pasé a la habitación contigua para escribirlas a máquina. Cuando se las llevé para que las firmara, el profesor elogió mi trabajo diciendo: “Las ha escrito muy bien, creo que nos vamos a entender estupendamente”. Con eso desapareció en mí todo sentimiento de inferioridad, aunque en los veintisiete años que siguieron nunca perdí el respeto que me inspiraba ni dejé de sentir cierta timidez.»
Por esta época tenía como ayudantes a los jóvenes matemáticos Cornelius Lanczos y Leo Szilard, ambos húngaros. Lanczos era profesor del Instituto para Estudios Avanzados de Dublín; para él era trágico el intento de Einstein por conseguir la teoría del campo unificado: «La consecuencia con que perseguía sus ideas —decía Lanczos—, sin preocuparse nunca del resultado, me causó siempre la más profunda admiración, aun cuando los experimentos que realizó en sus últimos veinticinco años me parecían fuera de lugar. Las ecuaciones de Maxwell le infundieron siempre un respeto que era casi veneración. Su último plan de trabajo consistía en incorporarlas a la teoría de la relatividad; lo trágico es que nunca lo consiguió de forma satisfactoria. También sabía con cuánta claridad mostraba los procesos cuánticos, algo fundamental que no podía concordar con las ecuaciones de Maxwell. Durante los últimos años tenía dudas sobre si en el andamiaje de sus conceptos no habría algo fuera de razón. Tales pensamientos habían de ser doblemente trágicos en un investigador que ha iluminado como ningún otro mortal las profundidades del Universo, y al que esa tarea le importaba tantísimo».
Lanczos publicó, cuando ya era profesor emeritus del Instituto de Estudios Avanzados de Dublín, un libro con el título: La década de Einstein, 1905-1915; señala como la más productiva y fecunda precisamente la década en la que Einstein era un oscuro empleado de una oficina, y estaba apartado de todo el aparato y burocracia de las grandes instituciones alemanas —academias y universidades— a las que perteneció posteriormente.
Leo Szilard colaboró con Einstein en el diseño y construcción de una bomba extractora que empleaba metales líquidos; este trabajo, aunque esencialmente fue un ejercicio de distensión para Einstein en su convalecencia, tuvo cierta importancia; la bomba llamada de Einstein-Szilard aún sigue usándose en numerosas centrales atómicas de energía eléctrica. Posteriormente, Szilard se dedicaría de lleno a la física atómica y, en particular, a las reacciones en cadena en sistemas de hidrógeno y de uranio, que habían de ser importantes para el desarrollo posterior de la futura y terrible bomba atómica.
Problemas familiares
En esta época veía con frecuencia a sus hijos Hans Albert y Edward; el primero era ya ingeniero y el segundo había comenzado a estudiar medicina, pero el sentirse abandonado le acarreó serios problemas psicológicos. Más tarde habría de tener una recaída depresiva de la que no se recuperaría; psiquiatras y psicoanalistas fueron ineficaces; su madre, Mileva, le acompañó, hasta que ésta murió en 1948, y Edward fue internado en un sanatorio de Suiza. Su estado apenó profundamente a Einstein.
En 1929, Einstein cumplía su cincuenta aniversario. Es el año en que la Academia Prusiana de Ciencias realiza su primera publicación sobre la teoría del campo unificado, que despertó gran interés periodístico, pero que los grandes físicos como Boler, Dirac, De Broglie, Pauli, Rutherford, e incluso su gran amigo Ehrenfest, no aceptaban plenamente, ya que no tenía en cuenta para nada los fenómenos que ponían en evidencia la Física cuántica y la Mecánica estadística. Es una época de cierta calma y de trabajo regular, y aunque siempre tuvo la hostilidad de algún grupo extremista, en general era conocido y respetado como un intelectual eminente.
El Consejo Municipal de Berlín le nombró «hijo distinguido de la ciudad», como homenaje en su cincuenta aniversario, y aprobó el donativo de una casa de campo para que Einstein pudiera descansar en las proximidades de Berlín. Pero por diversos errores administrativos cometidos inexplicablemente por el municipio berlinés, no pudo disfrutar de su regalo, y en compensación él mismo se regaló una casa en la cercana localidad de Caputh, elegida por su esposa, Elsa, en las inmediaciones de un tranquilo lago en el que ejercitaría su deporte favorito: la navegación a vela.
Viaje de ida y vuelta a los estados unidos
Durante el invierno de 1930 hizo un nuevo viaje a los Estados Unidos. Esta vez era estrictamente científico y no se vio sometido a la presión publicitaria de su primer viaje. Fue invitado por Millikan, eminente físico discípulo de Michelson y laureado con el premio Nobel, como profesor visitante en el Instituto de Tecnología de Pasadena, California, lo que le permitía también frecuentar el famoso Observatorio Astronómico del Monte Wilson, y cambiar ideas con personalidades como De Sitter,
Adams, Talman, Hubble, etc. Además, a Einstein le resultaba altamente gratificante la estancia en Estados Unidos, país al que consideraba depositario de todas las virtudes democráticas, como podemos observar en el mensaje que envió a América antes de desembarcar:
Saludos a América. en esta mañana cuando, después de una ausencia de diez años, voy a poner de nuevo mis pies en el suelo de los estados unidos, el pensamiento predominante de mi ánimo es éste: norteamérica ha conseguido, gracias a un duro y esforzado trabajo, una posición preeminente entre todas las naciones del mundo es un país donde las fuerzas cívicas latentes bastarían para destrozar en cualquier instante toda seria amenaza del militarismo imperialista y que por estar libre de ese monstruo puede pensar con acierto y claridad. vuestras condiciones políticas y económicas son hoy tales que evitan todas las espantosas tradiciones de la violencia belicista y conducirse de acuerdo con tan nobles postulados es la misión del pueblo norteamericano en el momento actual
En la primavera de 1931 volvió a Berlín y, a finales del mismo año, viajó a Pasadena, donde pasó el invierno. De nuevo en Berlín, en la primavera de 1932, Einstein advirtió tal violencia y deterioro en la situación alemana, que pensó seriamente en abandonar el país donde había nacido y donde había vivido durante largos años. Siempre había albergado la esperanza de que el militarismo prusiano desaparecería para dejar el paso libre a una convivencia civil y pacífica. Indudablemente, estaba engañado.