Buscar por relevancia Buscar por título
Enviar este artículo por e- mail
cerrar

Añadir un comentario a este artículo
cerrar

Enlazar con este artículo
cerrar

XI. La Frustración Política. Larra Diputado de un Parlamento Fantasma

De Mienciclo E-books

Share/Save/Bookmark(Redirigido desde XI. La Frustracion Politica. Larra Diputado de un Parlamento Fantasma)

Contenido

Introducción

HAY quien ha censurado a Larra cierto oportunismo político al aprovechar la súbita subida de Istúriz para convertirse en candidato ministerial. La razón de ello, estiman los que piensan así, estriba en que las posiciones políticas de Mariano José de Larra no cuadraban demasiado bien con el teórico moderantismo de Istúriz. Otros hay que señalan el paso de Larra a la política como una más de las posibles contradicciones de un hombre contradictorio como él. Ni una ni otra acusación nos parecen del todo exactas.

¿Oportunismo? La generación de 1836, para la que Fígaro pedía el poder, vio en Istúriz la salida al pseudorrevolucionarismo de Mendizábal y los exaltados. De hecho, los problemas que el anterior Primer Ministro prometió en su día resolver quedaban en pie: el fracaso de la quinta tan cacareada como solución a la guerra carlista conllevaba una prolongación «sine die» de las luchas fraticidas que seguían provocando ríos de sangre entre las masas populares del país. Semisolucionada la Deuda Pública con las medidas desamortizadoras, éstas no habían supuesto ninguna transformación profunda en la estructura social, sino, más bien, la consolidación de una aristrocracia que se hallaba, pese a todo, muy lejos de su agonía. Seguía España sin ese imprescindible conglomerado de clases medias por el que Larra clamaba en 1834. La denuncia de años atrás era ahora aún más lúcida. El 23 de junio de 1836, con Istúriz al frente del Gobierno, volvía Fígaro a la carga en la primera de sus dos críticas al Antony, de Dumas:

Pero mil veces lo hemos dicho: hace mucho tiempo que la españa no es una nación compacta, impulsada en un mismo movimiento; hoy es ella tres pueblos distintos: 1. una multitud indiferente a todo, embrutecida y muerta por mucho tiempo para la patria, porque, no teniendo necesidades, carece de estímulos; porque acostumbrada a sucumbir siglos enteros a influencias superiores, no se mueve por él, sino que en todo caso se deja mover. esta es cero, cuando no es perjudicial, porque las únicas influencias capaces de animarla no están en nuestro sentido; 2. una clase media que se ilustra lentamente, que empieza a tener necesidades, que desde este momento comienza a conocer que ha estado y que está mal, y que quiere reformas, porque cambiando sólo puede ganar, clase que ve la luz, que gusta ya de ella, pero que, como un niño, no calcula la distancia a la que ve: cree más cerca los objetos porque los desea: alarga la mano para cogerla, pero que ni sabe los medios para hacerse dueña de la luz, ni que la luz quema cogida a puñados; y 3. una clase, en fin, privilegiada, criada o deslumbrada en el extranjero, víctima o hija de las emigraciones, que se cree ella sola la españa, y que se asombra a cada paso de verse sólo cien varas delante de los demás: hermoso caballo normando que cree tirar de un tilbury y que, encontrándose con un carromato pesado que arrastra, se alza, rompe los tiros y parte solo.»


La decisión y sus razones

Larra que, tal vez sin quererlo, pertenece a la tercera clase de las que apunta en un texto, sabe muy bien, sin embargo, que el porvenir del país se halla vinculado a la destrucción de esa estructura, dando vida a una sólida clase media y redimiendo de su secular miseria a las clases menesterosas. De algún modo en ese sueño podría estar cifrado el ansia de Larra cuando decide saltar el Rubicon y convertirse en diputado. Larra va a la arena política, pues, por la vanidad —como cualquier otro—, pero también porque Istúriz ha llamado —molestia, como luego se verá, infecunda— a esa generación de 1836, que sueña con una Constitución de 1836 y una España de 1836. Larra, como Espronceda, como algunos otros que, jóvenes llenos de entusiasmo, acudieron al reclamo de Istúriz, estaban cansados de las promesas incumplidas y de las palabras vacías. Por primera vez se había contado con ellos no para que fueran el eco vocinglero de otros, sino para que, con su concurso, se intentara sacar al liberalismo de su difícil encrucijada. Larra, en ese sentido, no es oportunista ni inauténtico. Quien había gritado por la entrada en el Poder de su generación, no podía permanecer sentado en su casa el día que le llaman. Hombre de 1836, que ha pedido a voces que se cuente con ellos, no puede quedarse quieto cuando Istúriz llama a su puerta.

No era tampoco contradictoria del todo la actitud larriana. El crítico contumaz que Fígaro fue durante su vida periodística debía intentar llevar su capacidad analítica más allá de las columnas de la prensa. La tentación política entra de lleno en la lógica interna de un escritor como Larra, para quien la denuncia fue siempre compañera de la regeneración. Un reformador como él —véanse las declaraciones de El pobrecito hablador o de Fígaro– en una época como aquella donde la política y la literatura estaban tan estrechamente unidas, podía pensar perfectamente en ensanchar el horizonte llegando hasta el Parlamento.

El regreso de la esperanza

Lo cierto es que, con Istúriz, el pesimismo figariano se ha difuminado en parte. Al hombre desesperanzado, con la amargura en cualquier esquina de su pensamiento, le ha sustituido ahora un sujeto que piensa con pasión en el futuro, que por encima del presente tembloroso tiene puesta su mirada en un mañana mejor. El cambio ha sido sustancial, tal vez demasiado sustancial. De la depresión al entusiasmo, de la fría decepción a la cálida alegría. ¡Larra, candidato a diputado! ¡Fígaro en la política, en el Parlamento! La llamada de Istúriz es también una forma de consagración, una clamorosa señal de su éxito. Hace apenas unos meses que ha regresado de su autoexilio y está situado ya en la cresta de la ola. Tiene entonces Larra veintisiete años y todas las puertas se han abierto a su talento.

Las elecciones se han señalado para el 13 de julio. Azorín, larriano hasta la médula, imagina así la escena en que el periodista llega al Ministerio de la Gobernación días antes de la consulta:

Por las escaleritas del ministerio suben y bajan personajes, tipos e individuos de toda clase de pergeños; por los pasillos, por las vueltas y revueltas de la casa va y viene un hormiguero de pretendientes y candidatos (...). entre todos estos candidatos que aquí vienen casi todos los días, figura un joven que, del primer golpe de vista, destaca entre toda esta confusa y estrepitosa muchedumbre. viste con el atildamiento perfecto; su mirada brilla en lumbres de inteligencia; lleva una barbita negra y sedosa y sobre su grueso labio, sobre la boca, que es un trazo recio, se ostenta un poblado y caído bigote. Hay en toda la persona de este joven, en sus ademanes, en sus gestos, cierta rivalidad, cierta nerviosa rapidez, que hacen que en las largas esperas, cuando alguna vez le toca esperar, se siente y se levante a la continua, o vaya de una parte a otra prestamente, o se acerque al balcón para echar un vistazo sin ver nada...

Cuando el señor ministro de la gobernación se ha desembarazado de los visitantes que tenía en el despacho grande, ha vuelto a su gabinete de trabajo; en esta estancia le esperaba nuestro joven. se han sentado los dos y han comenzado a charlar. ¿por qué no seguir imaginando todo esto es perfectamente verosímil. ¿por qué no trazar el diálogo que los personajes puedan haber tenido?

Me alegro mucho de haberle visto hoy; le iba a mandar una carta —habrá dicho el ministro —. ¡Todo está ya definitivamente arreglado!

¿cómo ¿por dónde? —habrá replicado el joven elegante de la negra barbita.

Usted va por avila —habrá vuelto a decir el ministro.»

Larra va, en efecto, por Avila. En Avila vive ahora Dolores Armijo, su enamorada imposible a la que todavía le unen el presente y un vago futuro que Larra sueña románticamente como Macías, su personaje de siempre. Pocas noticias tenemos de cómo fue evolucionando la relación de los dos amantes, pero todo parece indicar que en aquellos momentos, la pasión, lejos de haberse apagado, hallábase en su más alta cota. Larra gana su acta de diputado, como era de esperar. El interlocutor de la conversación azoriniana, el duque de Rivas, ministro de la Gobernación de Istúriz, ha «sacado» sin dificultades a Fígaro diputado. Y Larra llega a Avila para ver a Dolores con la expectativa de su futuro destino político.

El 14 de julio de 1836 tenía Larra en su mano el acta de diputado. El 15 de agosto caía el gobierno de Istúriz que acababa de celebrar y ganar las elecciones. Las nuevas Cortes habían sido convocadas para el 20 de agosto y, sin embargo, Larra no podrá acudir a ellas. Un mes tan sólo ha durado esa leve esperanza figariana. El día 1 de agosto —tal era el estado de nerviosismo que reinaba en el país— aparece en la Gaceta una Real Orden en virtud de la cual se encarga a los gobernadores civiles facilitar a los diputados electos las escoltas necesarias para poder viajar sin incidentes. Los exaltados, los hombres de Mendizábal, no han sabido aceptar en silencio su derrota en las urnas y se han lanzado a la calle con talante conspirador amenazando airadamente el débil gobierno de Istúriz. El día 3 de agosto el general Quesada aborta en Madrid una intentona de rebelión para proclamar la Constitución gaditana. Días antes en toda Andalucía, en el Levante, en Cataluña, en Zaragoza, se han sucedido los motines y los levantamientos.


La rebelión de los sargentos

Y, por fin, el 12 de agosto tiene lugar la siniestra rebelión de los sargentos en La Granja. No caben dudas hoy, ya, sobre su origen, desarrollo y fines. La noche del 12, toda la oficialidad de la Guarnición del Real Sitio se traslada a Madrid para asistir al estreno de una ópera de Donizetti, en el Teatro de la Cruz. Quedan solos, en la Granja, los sargentos. Y, con las manos libres, levantan a los soldados al grito de ¡Viva la Constitución de 1812!, siguiendo la pauta clásica de los pronunciamientos decimonónicos. Los progresistas (o exaltados) han pagado con sus fondos una grotesca sublevación que logra, sin apenas resistencias, sus objetivos finales.

En efecto, a las 10 de la noche del 12, en medio del clamor, los sargentos Gómez y Lucas, acompañados de un soldado, llegan hasta Palacio y obligan a María Cristina a estampar su firma en un Real Decreto que rezaba así: «Como Reina Gobernadora de España ordeno y mando que se publique la Constitución de 1812, en el ínterin que, reunida la Nación en Cortes, manifieste expresamente su voluntad, o de otra Constitución conforme a las necesidades de la misma». El día 15 caía, tras una imposible resistencia, Istúriz y subía al Poder, ante una Reina maniatada y perpleja, Jose María Calatrava, instigador, junto a Mendizábal, del motín de la Granja.

Nuevas elecciones. Nuevas Cortes en su día. Nuevo Gobierno con los exaltados al frente: Larra se ha quedado con su acta de diputado convertida en un papel sin validez. El paso del escritor por la política no ha podido, pues, ser más frustante y estéril: un diputado que nunca llega a ocupar su escaño en un Parlamento que, como tal, nunca llega a funcionar. Los hombres que apostaron por Istúriz, que acudieron —Larra, Espronceda— a su llamada, están ahora a merced de una situación mitad adversa, mitad ridicula. Dos onzas por cabeza: tal fue el precio de aquella sórdida conjura que arroja violentamente al suelo un buen puñado de las últimas —y ya escasas— esperanzas larrianas. Como ha escrito el profesor Seco: «En la sensibilidad española de Larra, esta sucia maniobra —una nueva carnavalada grotesca, en nombre de una mentida libertad— alcanza el valor de definitivo síntoma para un diagnóstico tan pesimista que arrastrará todas sus ilusiones, todas sus esperanzas más nobles».

Está Larra ahora —finales del verano de 1836— al borde del desastre personal. La bala de su pistola suicida espera para que un definitivo impulso final la dispare contra la sien del escritor. Cercano el otoño, con sus veintiocho años repletos de experiencia y amargura en las espaldas cansadas, Fígaro —todavía Fígaro — va a quitarse por completo la máscara ante su público, va a quedarse definitivamente solo frente a sí mismo. Ya no hay ante la crisis soluciones fáciles como un viaje reconfortante a la Europa del Romanticismo. Todos los caminos de la evasión están cerrados. Un país, un escritor y una vida repleta de tristeza: tan sólo los tres, metidos dentro de un círculo infernal que da vueltas sin cesar sobre el Fígaro que ya no busca ni el éxito, ni el halago, sino el sentido último de su acción. Temido, admirado, aplaudido, a sus veintiocho años, Larra hubiera tenido multitud de posibilidades para reiniciar una vida política truncada antes de nacer. Muchas ideas podían alojarse en su mente para convertirse en artículos punzantes o en dramas estrenados con éxito. Pero ¿dónde se halla el sentido de una u otra cosa?, ¿para qué moverse? Sólo queda un móvil en la vida de aquel apesadumbrado Fígaro al borde del hundimiento: Dolores Armijo. Empieza —otoño de 1836— el último acto de una larga agonía que lleva camino de ser, ahora ya, una breve sucesión de fracasos y desesperanzas.