XI. El Precursor Masetti
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Introducción
EN el aeropuerto de Rancho Boyeros, el hijo pródigo del régimen cubano fue recibido por la plana mayor gubernamental: Fidel Castro, el presidente Dorticós, Carlos Rafael Rodríguez, Emilio Aragonés, etcétera, etcétera. Sin embargo, nadie dispuso las más finas vestiduras para el recién llegado ni ordenó poner en el asador la res mejor cebada. Se cumplió con el protocolo, pero no hubo pompa. Entre los íntimos, esperaban al «Che» su esposa (cuyo talle deforme revelaba un embarazo muy avanzado) y Gustavo Roca. Estos pudieron únicamente saludar al viajero desde lejos, ya que Fidel, sin dar apenas lugar a que hablase con nadie, secuestró materialmente a Guevara en la misma portezuela del avión y le hizo entrar en su automóvil. A los periodistas ansiosos de reportaje, les despidió con un breve: «Ya habrá tiempo para declaraciones.»
Pero las declaraciones tardarían varios meses, y cuando al fin Guevara fue «otra vez noticia», su viaje por tierras africanas había perdido actualidad y los comentarios se refirieron a otros hechos de su vida.
Gustavo Roca pudo hablar con el «Che» a los dos días de su llegada. Según éste, había hecho a Fidel un larguísimo informe verbal: casi cuarenta horas de exposición, sólo interrumpida por las frecuentes preguntas de Castro. ¿Hubo alguna diferencia de criterio? ¿Acaso disputas? El «Che» no reveló a Roca nada que permita suponerlo. Sin embargo, es lícito pensar que «algo» tuvo que ocurrir en la entrevista Guevara-Fidel, puesto que poco después nuestro héroe hace alusión en una carta para su madre a ciertos planes de vida que recuerdan al emperador Diocleciano cuidando de sus lechugas en la costa dálmata. Más adelante habremos de volver sobre esta correspondencia entre Celia de la Serna y su hijo Ernesto.
Silencio y conjeturas
El período enigmático en la vida del «Che» no comienza, en rigor, cuando éste, sin dar explicaciones, abandona Cuba (se supone que a mediados de abril de 1965) para ir en pos de un destino ignorado. De hecho, la sombra se cierne a su alrededor a partir del momento en que abandona el avión en el aeropuerto de Rancho Boyeros. Como dato concreto para establecer cuál es por entonces su estado de ánimo, el biógrafo sólo dispone de la carta que Guevara escribe a su madre. En cuanto al acontecer de su vida pública y privada, nada o casi nada; su confidente del momento, Gustavo Roca, se mantiene discreto (quizá porque no hubiera tales confidencias) y los periódicos cubanos apenas mencionan su nombre un par de veces. Quien intente reconstruir la vida que llevó el «Che» en La Habana por los meses de marzo y abril de 1965 se tendrá que basar, pues, en meras suposiciones, en las circunstancias ambientales, y sobre todo, en la sicología de los dos principales personajes que intervienen en la acción.
Fidel Castro: más «político», más hábil oportunista que su «segundo de abordo», y desde luego, con mucha menos imaginación y vida interior. Fidel es uno de esos hombres de voluntad rectilínea, que se proponen un solo fin y que para llegar a él no vacilan ante el esfuerzo ni ante la posible ilicitud de los medios que hayan de poner a contribución. Ha identificado su propia existencia con el caudillaje de la revolución cubana; si se viera desplazado de tal situación, el universo subjetivo de Castro se derrumbaría y el propio Fidel quedaría convertido en ui} pelele huero de contenido vital. Nada tiene, pues, de extraño, que olvide un principio y abandone a un camarada de lucha si ello favorece a sus planes.
El «chaqueteo» soviético cuando el asunto de los «missiles» supo a Castro, indudablemente, a cuerno quemado. Pero en tanto Guevara ya nunca se curaría de aquel desengaño, Fidel toma el camino de Moscú, dispuesto a echar pelillos a la mar. Después de sus visitas al Kremlin, su actitud al regreso demostró que traía bien aprendidas las lecciones que allí seguramente le dieron. La URSS y U.S.A. se hallaban en plena euforia «coexistencialista»; pues bien: Fidel pide al gobierno del general Franco que medie como amigable componedor entre Cuba y los Estados Unidos. Poco después, en unas declaraciones que publica el Times londinense, afirma Castro que se halla dispuesto a interrumpir su ayuda a las guerrillas de Iberoamérica si, por su parte, Washington deja de apoyar a los refugiados anticastristas; ofrece poner en libertad a los presos políticos, salvo aquellos que resultasen autores de algún delito común, e incluso plantea la posibilidad de indemnizar a las empresas norteamericanas nacionalizadas.
El «Che» Guevara: ¿Cuál era por entonces el objeto de sus máximos afanes? ¿Los problemas de la economía cubana? Poco cuidaba de ellos. ¿Sus misiones diplomáticas? Sí; era una labor que parecía desempeñar gustoso. Pero resulta sintomático el hecho de que a lo largo de sus viajes aparezcan, como incesante leitmotiv, sus alusiones a la insurrección armada de Iberoamérica; sintomático de que algo más importante para el «Che» que los sinsabores económicos de Cuba, que la estrategia política mundial, tenía ocupada su mente. ¿Qué cosa podía ser?... Un acontecimiento que apenas tenía importancia, que los periódicos no mencionaban porque las gentes informadas, aparte los protagonistas, podían contarse con los dedos de una mano:
En los confines del Norte argentino, un puñado de aventureros que consideraban al «Che» como su jefe nato, habían tomado las armas...
La «invasión» de Argentina
Pero la historia de los meses que siguieron demuestra que nuestro «Che» había madurado ya su decisión: desde que Gustavo Roca le había comunicado en París el desgraciado final de la guerrilla argentina tenía contraída una deuda de honor con aquellos valientes y con todos aquellos que a lo largo y a lo ancho de América latina confiaban en él. El «Chancho», el Guevara de los arranques juveniles, volvía por sus fueros. En los tiempos dorados de «La Malagueña» cordobesa, cuando Chinchina y Cuco Ferreyra, los Moyano y los Aguilar proyectaban alguna barrabasada, el «Chancho» reclamaba para sí el puesto más arriesgado. Ahora, cuando las masas desnutridas de indios y mestizos sudamericanos ocupaban en sus afectos el lugar de aquellos niños elegantes de antaño, el travieso «Chancho», convertido en el implacable «Che», no podía defraudar a sus nuevos amigos.
Al regreso de Guevara, el fracasado intento de guerrilla en el Norte argentino tuvo que ser el tema casi exclusivo en las charlas de Gustavo Roca y Guevara. Durante su encuentro de París, Roca hubo de limitarse a dar las malas noticias en forma escueta, puesto que la brevedad del tiempo entre la llegada de un avión y la salida de otro no daba para más. Ahora, en La Habana, Guevara debió conocer por lo menudo los detalles del desastre. La influencia decisiva que aquel desgraciado ensayo hubo de ejercer en el ánimo del «Che», así como la intervención directa que tuvo en la génesis del plan, hacen que el lector tampoco deba ignorar aquellos importantes detalles.
En otros lugares de nuestro relato hemos mencionado, sin destacar su nombre, al periodista Jorge Masetti. Merecía mayor atención, y ahora se la vamos a dar, pues el personaje adquiere importancia cuando la vida de Guevara va paulatinamente acercándose a su trágico final en las altiplanicies bolivianas.
Masetti, peronista ferviente, había conocido a Ricardo Rojo cuando éste, por órdenes de Frondizi, estableció contacto con las organizaciones justicialistas que agrupaban a los viejos «descamisados» de Perón. Rojo y Masetti simpatizaron, pues coincidían sus puntos de vista nacionalistas. El periodista, sabedor de que Ricardo era íntimo de Guevara, le pidió una carta de introducción para el guerrillero. Rojo se la dio:
«Querido Chancho: el portador es un amigo que desea realizar un reportaje para la emisora El Mundo de Buenos Aires. Te ruego que lo atiendas bien; se lo merece. Firmado, El Francotirador.»
Provisto de aquel singular salvoconducto, en marzo de 1958 Masetti conseguía llegar a Sierra Maestra. Tenía la misma edad que nuestro «Che» y le cayó en gracia. Estuvo con los guerrilleros algunas semanas y escribió su reportaje. A la hora del triunfo, en 1959, Guevara llamó a Massetti a su lado y le encargó el montaje de una agencia oficial de información: Prensa Latina. Masetti salió con bien de la empresa, pero tuvo que luchar con los celos profesionales de sus colegas cubanos. Guevara lo sostuvo tanto tiempo como pudo, pero al fin hubo de aconsejarle que, para evitar males mayores, presentase la dimisión. A partir de entonces, el periodista argentino se mantuvo en una discreta penumbra, pero en 1963 era uno de los asiduos, junto con Ricardo Rojo, Gustavo Roca, etcétera, etcétera, a las tertulias nocturnas de Guevara. En el despacho del Ministro de Industria cubano fue tomando forma el proyecto de un foco guerrillero que desde Bolivia se proyectara en territorio argentino.
En junio de 1963, Masetti se pone en acción; por supuesto, con el beneplácito de Guevara. Sus primeros tanteos los realiza en La Paz, donde aparece acompañado por Hermes Peña, Raúl Dávila y «El Papi», tres veteranos de Sierra Maestra que habían combatido a las órdenes del «Che».
Los cuatro arriscados misioneros de la revolución abrigaban un plan ambicioso: crear a lo largo de los contrafuertes andinos, desde el Perú a la Argentina, una cadena de focos insurreccionales. Pero la coyuntura no parece muy propicia: En el valle peruano de Cuzco, limítrofe con Bolivia, los movimientos campesinos de resistencia van de capa caída desde que su animador, el estudiante Hugo Blanco, fue detenido. En cuanto a la frontera boliviano-argentina, las condiciones resultaban igualmente poco favorables: los militares que detentaban el poder desde la caída de Frondizi habían prometido una era de normalidad constitucional, a partir de unas elecciones sinceras. Ello disminuía las probabilidades de que un levantamiento recibiera el asenso popular.
Sin embargo, Masetti tenía tomada ya su decisión; incluso había dado al embrión de núcleo revolucionario que proyectaba el fastuoso nombre de «Ejército Guerrillero del Pueblo» (el «E.G.P.» para los entendidos) y disponía de una finca: «Emboro-za», limítrofe con el territorio argentino, a la que iban llegando, si bien al ritmo de cuentagotas, los futuros «guerrilleros del Pueblo». La mayoría de los reclutas eran estudiantes nacionalistas o tránsfugas del comunismo; unos y otros, poco enraizados en la masa popular: la formación peronista de Masetti le hacía desconfiar de las organizaciones políticas de izquierda y no había mantenido contactos con ellas.
En «Embóroza» se llegaron a reunir, todo lo más, una docena de combatientes. Entre los últimos enrolados estaba Federico Méndez, mecánico de profesión, y los hermanos Juan y Emilio Jouvé, estudiantes de. Comercio. Ninguno había cumplido los veinticinco años.
Con aquellos míseros efectivos, Masetti decidió la «invasión» del territorio argentino; si le faltaban soldados, disponía por lo menos de una bandera: roja y negra> con un sol de oro en el centro.
El «Ejércitb Guerrillero del Pueblo», dividido en dos pelotones, cruzó la frontera, vadeó el río Bermejo e instaló su primer campamento en las orillas de otra pequeña corriente de agua: el río Pescado. Allí Masetti ¡redactó una proclama en la que pedía nada menos que la dimisión de Arturo Illía, elegido Presidente de la Nación en los comicios del 7 de julio.
Aquel cartel conminatorio no fue acatado por el Presidente de la República, pero sirvió para poner en estado de alarma los servicios de seguridad, que decidieron practicar un reconocimiento por la zona norte del país con el fin de tomar el pulso al even-, tual peligro. Una docena de jóvenes argentinos con la cabeza caliente tomaron asimismo el camino de Salta con la intención de incorporarse al E.G.P.
Entretanto, el reducido contingente daba señales de baja moral: el país no se había levantado al conjuro del arrogante comunicado de Masetti, y lo que quizás era peor..., ¡no aparecía un enemigo a quien combatir! El periodista-guerrillero tuvo que imponer una disciplina de hierro para evitar que se disgregara el grupo; la tabla de castigos iba desde un simple recargo en las faenas enojosas hasta la pena de muerte.
Masetti no era el menos decepcionado. Los hombres, por su parte, exteriorizaban sin disimulo su disgusto; incluso con el grado militar que reconocían al periodista. Para todos Masetti era «el Segundo»; es decir: el segundo comandante... ¡Qué distintas irían las cosas —pensaban todos— si hubiera llegado ya el auténtico comandante en jefe! Resulta innecesario precisar el nombre de aquel «comandante en jefe» que se hallaba en todas las mentes.
La primera crisis grave se produjo cuando Adolfo Rotblat, un recluta de los últimos llegados, a quien todos llamaban «el Pupi», afectado por graves crisis de asma (la misma enfermedad del «Che»), y sobre todo, desesperado por la inacción, intentó desertar. No se trataba, en puridad, de un caso de deserción ante el enemigo, puesto que no había tal enemigo. Pero Masetti, para evitar los peligros del contagio, acordó que debía ser aplicada la pena de muerte, y así se hizo.
Pese a que la «Operación Dorado» (nombre clave que Masetti había dado a la «invasión») andaba muy lejos de resultar un éxito, los voluntarios iban afluyendo: un albañil tuerto al que se designó para la delicada labor de ranchero; un estudiante de filosofía, de veintisiete años, con un abuelo almirante; otro estudiante, de veinticinco, recién casado; dos hermanos, mecánicos sin trabajo; dos empleados de la Banca israelita de Córdoba; un obrero de la industria petrolífera, un cultivador de flores, un estudiante de Medicina desertor del Ejército, un emigrante recién llegado de España... En fin: el más variado muestrario que se pueda imaginar.
En febrero de 1964, es decir, a los cinco meses de haberse iniciado la «invasión», el enemigo seguía sin hacer acto de presencia, pero hubo un segundo caso de corte marcial por motivos graves. El reo era Groswald, uno de los dos israelitas de Córdoba, al que se acusaba de insubordinación, faltas contra la moral revolucionaria y negligencia en el cuidado de las armas. La pena fue también de muerte.
Por lo visto, salvo los ejercicios de tiro, los únicos que disparaban de verdad en el «Ejército Guerrillero del Pueblo» eran los pelotones de ejecución. Masetti no podía engañarse a sí mismo: aquel tipo de guerrilla no conducía a ninguna parte, y lo peor que a él personalmente le podía ocurrir era que de pronto hiciese acto de presencia en el campamento del E.G.P. aquel tan deseado «comandante en jefe», las quejas de sus hombres pondrían en peligro su mando, y quizás incluso su vida.
El fin de la guerrilla fue provocado por la traición. El 2 de marzo se incorporaban al grupo guerrillero dos nuevos reclutas. En realidad eran confidentes de la policía militarizada. Fueran adonde fueran los guerrilleros, desde aquel día veíanse hostigados por los gendarmes; parecía que los perseguidores dispusieran de un radar para descubrir a los hombres de Masetti, o que toda la policía de Argentina se hubiera concentrado en la zona fronteriza con Bolivia. Un grupo fue acercado y los hombres que lo formaban tuvieron que rendirse para no perecer de inanición; antes habían perecido ya tres de ellos.
A mediados de abril, el capitán Hermes y otro guerrillero cayeron sobre un puesto de la gendarmería y mataron al centinela. Poco después, caían los dos acribillados. Más que un golpe de mano militar fue un acto de desesperación. Pero, en todo caso, el único auténtico hecho de armas que se puede inscribir en el activo bélico de la guerrilla.
Los efectivos del E.G.P. nunca pasaron de los treinta hombres. Catorce fueron hechos prisioneros y los demás murieron. El «segundo» comandante Masetti se internó en la selva virgen de Yuto y nunca más se supo de él: la selva virgen lo devoró.
Así acabó la «invasión» del territorio argentino por el «Ejército Guerrillero del Pueblo». ¿Qué conclusiones sacó Guevara del poco afortunado ensayo? ¿Serviría para perfeccionar su doctrina táctica del «núcleo guerrillero como base de la Revolución»?
Antes de que Guevara conteste a esas preguntas habrán de transcurrir dos años todavía. Entretanto, el «Che» llora la muerte de unos camaradas, Hermes y Masetti, que, si cometieron errores graves, supieron rescatar su culpa con la propia vida.
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