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XI. Charlie Chaplin en Nueva York

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

SIDNEY había obtenido de la Mutual Film Corporation un contrato en exclusiva como jamás nadie ha obtenido de una compañía cinematográfica. Charlie tenía que pasar un reconocimiento médico del seguro antes de la firma. Se dedicó durante dos días a recorrer la isla de Manhattan, el corazón de Nueva York. El corazón del mundo también.

Recorría Broadway y la Quinta Avenida. Nadie conseguía reconocerlo, porque aquel bigote que se había colocado para disimular su edad lo hacía irreconocible cuando paseaba sin maquillaje.

El mito no debe ser visible

Alegre y deprimido paseaba por Times Square, Madison Avenue o Central Park, mientras esperaba el veredicto de los médicos. Recordaba los consejos de su amigo de Hollywood, Nat Goodwin, un gran actor de teatro:

—Cuando llegues a Nueva York aléjate de Broadway y de la vista del público. Muchos actores, cuando triunfan, cometen el error de prodigarse demasiado. Esto sólo sirve para destruir la ilusión.

Nadie va al cine o al teatro cuando ha tenido al actor de sus sueños en los salones de sus casas. Un actor de cine o de teatro no debe dejarse ver en público. Charlie Chaplin, el golfillo londinense, tenía casi veintisiete años, mientras paseaba por Chinatown o Harlem, cruzaba el río Hudson para conocer el barrio de Brooklyn, mientras esperaba el veredicto de los médicos del seguro. Cenaba en el hotel e iba al cine o al teatro por las noches.

Sidney le explicó que Hetty Kelly, su primer amor, allá en Londres, estaba en América, estaba en Nueva York.

Deseaba un público elegido por mí, quizá hetty kelly. no había vuelto a oír hablar de ella desde que debuté en el cine; sus reacciones hubieran sido divertidas

No lo hubieran sido. Pero debemos agradecer a Charles Spencer Chaplin su observación. Nos permite pensar que todo su esfuerzo en la creación del personaje del pequeño vagabundo lo enaltece y disminuye a la vez. A estas alturas de su vida, tras esta declaración, podríamos pensar que la frustración amorosa que arrastra tras sí nuestro vagabundo cinematográfico no es más que el reflejo de la frustración que Charlie Chaplin arrastró en su juventud ante la negativa amorosa de aquel tigre agazapado que le asaltó en Londres, cuando él tenía diecinueve años.

Al fin, una noche, mientras paseaba por Times Square, un periódico luminoso que arrojaba noticias a los paseantes de Broadway anunció: «Chaplin firma con la Mutual por 670.000 dólares al año».

Lo había conseguido. Era el más poderoso de todos los actores y realizadores que hacían cine en aquellos momentos. Era el rey, pero para Charlie Chaplin aquello tenía sólo una relativa importancia. Aunque había menos de cinco personas en todo el mundo que ganaran semejante cantidad por su trabajo, Charlie pensaba en cómo reunir arrestos suficientes para desplazarse hasta el portal 834 de la Quinta Avenida y comunicar a Hetty Kelly la buena noticia. Nunca lo hizo.

Leyó el anuncio luminoso de Times Square como si se refiriera a otra persona.

Me habían sucedido tantas cosas, que ya no me quedaban emociones; estaban agotadas.


El sueño americano

En virtud de la democracia —el peor sistema de gobierno, pero también el único al que los hombres justos pueden acogerse—, cualquier americano podía soñar en construir una fortuna de millones en virtud de su talento. Charlie Chaplin era para ellos el ejemplo evidente de esa realidad. Un inmigrante inglés, desheredado de la fortuna, ha conseguido el mejor contrato de trabajo de toda la historia de los Estados Unidos. Charlie era el ídolo de las multitudes.

Con el contrato de la Mutual en el bolsillo de la chaqueta, Charlie Chaplin regresó a Los Angeles y se sumergió otra vez en su trabajo.

Tenía ideas, buenas ideas. Su cabeza era un manantial inagotable de historias y gags. No vacilaba. Sabía lo que debía hacer en cada momento.

Creo que el contrato de la mutual constituyó el período más feliz de mi carrera. me sentía ligero y libre; tenía veintisiete años, unas perspectivas fabulosas y ante mí, un mundo amistoso y brillante. dentro de poco sería millonario; todo me parecía un rapto de locura. El dinero colmaba mis cofres. Los diez mil dólares que percibía toda las semanas se convertían en cientos de miles. Yo valía cuatrocientos, quinientos mil dólares. No podía acabar de creerlo.

A medida que aumentaba su cotización, los contratos que le ofrecían eran más sustanciosos y por menos trabajos. Con la Mutual, Chaplin sólo realizó doce películas, contra las treinta y cinco de la Keystone y las catorce de la Essanay. El producto de su cabeza estaba muy bien pagado.

Junto a la maravillosa Edna Purviance, un soporte muy adecuado y también muy hermoso para las aventuras del pequeño vagabundo, Chaplin continuó desarrollando un conjunto de ideas y sentimientos que, tal vez, el tiempo haya superado. Pero nadie podrá nunca discutir a Charlie Chaplin el orgullo de haber construido para ellos un aparato específicamente cinematográfico. Fue el primero en hablar —en las pantallas de las salas oscuras— de la soledad del hombre, de su frustración, de su dignidad. Es culpa de quienes vinieron detrás y parasitaron y copiaron sus obras —y no de Charlie Chaplin— el haber conseguido convertir en tópicos cinematográficos los sentimientos del mundo moderno, que Chaplin consiguió expresar.

El contrato de la Mutual Film Corporation únicamente recogía un año del trabajo de Charlie Chaplin. De 1916 a 1917. Durante este período, Charlie continuó desarrollando las características de su personaje, hasta el punto de que en cualquier lugar del globo, el pequeño vagabundo llegó a convertirse en un miembro más de cualquier familia.

Edna Purviance continuaba a su lado. Más bella cada día que pasaba, respondiendo a la perfección a las exigencias del pequeño Charlie. Tal vez si Chaplin no hubiera encontrado un contrapunto tan definido y perfecto como Edna Purviance, el pequeño vagabundo no hubiera obtenido un éxito tan perdurable. Con buen criterio, Charlie se llevó a Edna y a su hermano Sidney a los estudios de la Mutual.

El 26 de febrero de 1916, Charlie Chaplin ha firmado contrato. Con esa firma se consagra como el actor mejor pagado de la corta historia del cine. Cuando regresa a Los Angeles piensa que un actor tan bien considerado por los productores debe exhibir algunos símbolos externos de riqueza; así que contrata para su servicio un criado, una secretaria y un chófer. Algunos días después recuerda que no tiene coche y sale a la calle. Recorre el barrio comercial de Los Angeles. En un escaparate ve expuesto un Locomobile de siete plazas, el coche más caro de aquellos tiempos, el mejor; entra en la tienda y pregunta:

—¿Cuánto cuesta?

—Cuatro mil novecientos dólares.

—Envuélvalo —responde Charlie.

Después firma en la factura: Charlie Chaplin, y sale con el coche a la calle.

Una buena receta para buscar ideas

Ahora, el pequeño Charlie estaba en un punto tan alto de su carrera que muchos de sus colegas hubieran querido alcanzar para quedarse allí. El éxito es más difícil de digerir que los fracasos. Gracias a los consejos de Nat Goodwin, Charlie consigue sortear hábilmente las primeras trampas de la fortuna. Se dedicó a su trabajo, aceptando la responsabilidad de que cada película fuera mejor que la anterior.

En ese sentido, el período de la Mutual fue un prodigio de superación.

Es en las doce películas realizadas en este período cuando el pequeño vagabundo comienza a dar todo lo mejor que hay en él. Ahora, Chaplin no tiene vacilaciones ni dudas sobre cómo debe actuar. Es como un motor bien engrasado. Las ideas afluyen a su mente cada mañana en el estudio con facilidad.

Las personas que me hacen entrevistas me preguntan cómo se me ocurren las ideas de las películas y aún hoy todavía no puedo contestar satisfactoriamente. a lo largo de los años he descubierto que las ideas surgen cuando se siente un intenso deseo de tenerlas. al estar deseándolo sin cesar, la mente se convierte en una especie de atalaya para la búsqueda de incidentes que exciten la imaginación

Podría decirse que es en este período de la Mutual cuando Chaplin se encuentra en la plenitud de sus facultades. Consigue extraer todo lo que pueden dar de sí las películas de dos rollos. Las ideas se precipitan una encima de otra. Hay cosas del personaje que no es necesario explicar porque el pequeño vagabundo es suficientemente conocido. Por contra, los decorados, el entorno y los personajes secundarios están más definidos. Charlie no lucha en estas películas furiosamente con el mundo, porque sabe que nunca podrá cambiarlo él solo. No se permite jugar en él, el mundo le supera. El pequeño vagabundo es más pequeño y más vagabundo que nunca.


Títulos para las antologías del cine

Hay dos películas que resultan fundamentales en este período, que justifican el salto a películas de mayor duración que Chaplin hará unos años más adelante:

«THE VAGABOND»
Charlot, músico ambulante)

Encontramos a Charlie que toca el violín por las calles de la gran ciudad. Una orquesta callejera se sitúa a su lado y le hace la competencia, pero Charlie no se inmuta. A la hora de recoger las monedas, él recoge las suyas y las de la orquesta. Se inicia una persecución.

En la huida tropieza con un carromato de gente trashumante. En el viaja Edna, a quien una vieja desagradable martiriza constantemente; también viaja en el carro el gigantón, eterno enemigo del pequeño vagabundo.

Incorporado a la Troupe, Charlie toca el violín para enamorar a Edna y también para hacerla trabajar a su compás más y más de prisa, hasta que el barreño que la chica maneja cae al suelo. El grandullón se irrita —en realidad siempre está enfadado— y pega a la muchacha. Charlie sale en su defensa y tras una incruenta batalla huye con el carro y con la chica.

Después peina a su compañera y encuentra piojos entre los rubios cabellos, piojos que con una gran delicadeza va exterminando. Es un escena de rara ternura y llena de emoción. Pero, como siempre, surgen obstáculos insalvables. Aparece un arrogante y hermoso pintor, quien —enamorado de Edna— le hace un retrato. Charlie —comido por los celos— toca el violin con insistencia, pero inútilmente. Edna se ha prendado del pintor. No hace más que pensar en él. Charlie le hace también un retrato, pero el resultado es espantoso.

Por el retrato del pintor, la madre de Edna descubre a su hija, a quien raptaron hace tiempo los gitanos. Vuelve a buscarla en un lujoso coche; Charlie ve cómo su amor se aleja por la carretera. En el último momento el coche regresa a buscarle.

En la vida real, Charlie Chaplin y Edna Purviance vivieron también un idilio apasionado. Tal vez por un momento Charlie pensó que su actriz sería una buena compañera para el resto de sus días. No era difícil pensarlo. Vestida en la películas con esas ropas que tan cuidadosamente escogía Charlie y que la situaban en una realidad cotidiana, la belleza de Edna Purviance tenía un misterio, un lejanía emocionante.

Por eso, en algunas de las películas de esta etapa, el final es más convencional, como por ejemplo en:

«EASY STREET» (La calle de la Paz).

Esta es quizá la primera obra maestra indiscutible de Chaplin; una película enormemente divertida a la que los años no hacen más que añadirle virtudes. «Encontramos a Charlie en un iglesia protestante, asistiendo a unos oficios de catequesis. Se encuentra rodeado por otros vagabundos de aspecto extraño. Cantan, mientras el pastor larga sermones. Cuando pasan la hucha de la colecta, Charlie la toma y se la acerca a la oreja en donde la agita para calcular el valor de las monedas que contiene. No pone ninguna limosna en ella. Observa desconfiado al pastor, pero la aparición de la hija de éste (Edna) que viene a tocar el órgano le convierte. En realidad le convierte hasta el punto que decide devolver la alcancía que se llevaba oculta en los pantalones.

Transpuesto de amor, sale a la calle y cuando pasa ante la comisaría de policía, decide inscribirse como agente. A continuación le vemos en la calle, ansioso por estrenar su porra y su uniforme. Alguien se ríe de él y Charlie lo derriba con un golpe seco de su porra. Aquélla es la calle de la Paz: el terror de los policías; la calle en donde los maleantes desnudan a golpes a los agentes de la ley, la calle en donde el grandullón es el rey absoluto.

Charlie pasea inconsciente y feliz, haciendo molinetes con la matraca. Tras él, como si fuera su sombra, el grandullón le sigue amenazador a todas partes. Su persistente mirada intranquiliza a Charlie, que ve también los restos de los uniformes de los otros agentes. Asustado se precipita al telefono mientras dirige al gigante tiernas sonrisas para tranquilizarlo. Después lo golpea con todas sus fuerzas, pero el grandullón se rasca la cabeza como si le hubiera picado un mosquito. Enfurecido agarra a Charlie por el gaznate y lo zarandea brutalmente. Se dispone a asestarle un golpe mortal, pero para exhibir su fuerza dobla un farol con una mano. Charlie salta sobre él, y como un jinete sobre una montura, obliga al grandullón a introducir la cabeza en el fanal; abre la espita del gas y deja al gigante fuera de combate. Entre todos los agentes llevan al grandullón a la cárcel. Charlie continúa vigilando la calle de la Paz. Sorprende a una mujer que roba en una tienda de comestibles. Cuando la detiene, ella le explica su pobreza y su enfermedad. Conmovido, Charlie le ayuda a cometer el robo; es él quien esconde los comestibles entre la ropa de la mujer. Agradecida, ella se aleja y arroja a Charlie un tiesto desde una ventana, algunos momentos más tarde. El tiesto se hace pedazos sobre la cabeza de Charlie, quien no se inmuta… Acaba de ver a Edna.

Charlie acompaña a Edna en sus inútiles visitas de caridad. Los gags se suceden en el recorrido. Mientras tanto, el gigante despierta en el calabozo, se zafa de un tirón de las esposas, deja fuera de combate a los agentes y sale a la calle en busca de Charlie. Cuando se enfrentan, se produce una de las más hermosas persecuciones de toda la historia del cine. Con el ritmo de un ballet y la precisión de un aparato de relojería, las fintas y la huida de los dos enemigos se suceden en los lugares más inverosímiles. Un accidente consigue que Charlie pueda detener otra vez al grandullón. Se clava en el trasero la inyección que ha dejado abandonada un dro-gadicto que hemos visto persiguiendo a Edna. La droga produce un efecto milagroso en el pequeño Charlie; le convierte en una máquina de pegar, le suministra energía y viveza. La pelea concluye cuando Charlie deja caer una enorme estufa de metal sobre la cabeza del gigante.

Después, todo comienza a funcionar ordenadamente en la tumultuosa calle de la Paz. Sus habitantes acuden a los oficios de catequesis, limpios, pulcros, educados. Incluso el gigante muestra delicadeza a la hora de tratar a su mujer, a quien antiguamente golpeaba con frecuencia. Edna y Charlie se reúnen también.

Hay una correspondencia entre la vida real de Charlie Chaplin y el mundo que crea en sus películas. A principios de enero de 1917 la vida de Chaplin era feliz, como no lo había sido en ningún período anterior. Difícilmente podía imaginar historias tristes como las de sus épocas anteriores. Incluso las referencias que hace en estas doce películas al mundo de su infancia se reflejan en la descripción de los ambientes y no en el mudo ámbito de los sentimientos. Easy Street es una película de matices amables, que refleja bien el estado de serena conformidad consigo mismo.

Los elementos que ha ido diseñando en su obra anterior, se aglutinan alrededor del personaje creando una única situación vertebral que se repite en todas las películas, en las que únicamente el entorno y las peripecias varían. Cuenta con un equipo de actores y técnicos que van superándose, de tal forma que ellos participan también en la creación de las películas.

Charlie Chaplin había hecho verdad la promesa del sueño americano; pero de la misma forma que en Londres había tocado el umbral más bajo de su existencia, ahora —en los Angeles— estaba alcanzando el punto más alto de ella. A partir de ese punto, algo va a comenzar a descomponerse.


Actores en Hollywood

En su feliz etapa de la Mutual, Charlie Chaplin realiza otra película que resultará de gran importancia en su obra, The Emigrant (El emigrante), pero hablaremos de ella más adelante. De momento, nos encontramos a principios de 1917, Charlie es un hombre inmensamente popular e invitado cada día a las lujosas residencias de los ricos del estado de California.

Siguiendo los consejos de su buen amigo Nat Goodwin, Charlie se hacía de rogar; no le agradaba esa deferencia que sabía fundada exclusivamente en el poder del dinero, ese dinero que inagotablemente fluía hacia sus arcas. A sus veintiocho años, era un hombre retraído y solitario. Soportaba con desagrado las esclavitudes de la popularidad. Tenía pocos amigos.

Una actriz inglesa —Constance Collier— había sido contratada para interpretar el papel de Lady Macbeth en una película de Triangle Film Company. Charlie había sido admirador suyo en Londres, cuando ella actuaba en el Teatro de Su Majestad, de forma que cuando una noche se encontraron en el Café Levy, de Hollywood, y ella le envió una nota en donde le decía que le gustaría mucho conocerle, Charlie aceptó la invitación y fue a su mesa. Aquel fue el comienzo de una amistad que duró toda la vida. Constance Collier era una mujer muy alegre y bondadosa, muy divertida. Le gustaba, sobre todo, estar rodeada de personas gratas, de amigos. Ella fue quien consiguió que Chaplin abandonara su desconfianza hacia los desconocidos. Por su mediación conoció Charlie Chaplin a Douglas Fairbanks.

Douglas Fairbanks era un actor que por entonces contaba treinta y cuatro años. Había debutado en el cine en 1914 y —aunque algo mayor que Chaplin— sus películas también disfrutaban de gran popularidad. En pantalla aparecía siempre con un sonrisa abierta y encantadora, que no abandonaba ni en la ejecución de las acrobacias más difíciles. La facilidad con que superaba todos los obstáculos era muy del gusto de los americanos y poseía un evidente magnetismo que le permitió conquistar el favor del público.

Casado, pero separado de su mujer, mantenía con Mary Pickford una relación sentimental que también acabó en boda. Cuando esto sucedió, fueron conocidos en todo el mundo como pareja indestructible. Mary Pickford, también actriz, especializada en papeles de chica ingenua, era apodada «La novia de América». Fueron Douglas Fairbanks y Mary Pickford quienes inauguraron el famoso barrio de Beverly Hills, una colina al norte de Hollywood, que desde entonces ha sido el lugar de residencia de los profesionales de cine más afortunados.

Siempre arrastrado por Douglas Fairbanks, Charlie Chaplin comenzó a desarrollar una vida social a la que no estaba acostumbrado. Ellos le enseñaron a disfrutar de todo aquello que tan trabajosamente había conseguido.

Hollywood se había convertido en Eldorado de actores, escritores e intelectuales de toda índole. Quizá lo más importante que Charlie Chaplin aprendió de Douglas Fairbanks fue el enorme placer que puede producir una conversación inteligente, el intercambio de ideas y sensaciones. Por la residencia de los Fairbanks desfilaban todas las celebridades que visitaban la Meca del cine. Allí conoció Charlie Chaplin a Somerset Maughan, Eleanor Glyn, Edith Wharton y al escritor español Vicente Blasco Ibáñez.

Charlie Chaplin, a sus veintiocho años, descubría el placer de la cultura.