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X. Larra Ante la Desamortización. El Renacer del Pesimismo

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

EL 19 de febrero de 1836 sale a la luz pública la «exposición de motivos y Real Decreto por el que se ponen a la venta los bienes nacionales». Mendizábal aducía, en la introdución, las razones que llevaban a la medida: «minorizar la fuerte suma de Deuda pública» y «crear una copiosa familia de propietarios». El artículo 1’ del Real Decreto expresaba a las claras la intención teórica del primer ministro:

Quedan declarados en venta desde ahora todos los bienes raíces de cualquier clase, que hubieren pertenecido a las comunidades y corporaciones religiosas extendidas, y los demás que hayan sido adjudicados a la nación por cualquier título o motivo, y también todos los que en adelante lo fueran desde el acto de su adjudicación.»


La desamortización eclesiástica dictada y emprendida por Mendizábal marca con su impronta los destinos de la sociedad española durante un buen puñado de años. En efecto, lo que podía haber sido «una verdadera reforma agraria que estabilizase la suerte del campesino castellano, andaluz y extremeño», se limitó a ser «una transferencia de bienes de la Iglesia a las clases económicamente fuertes (grandes propietarios, aristócratas, burgueses), las únicas que tenían capacidad para adquirir los bienes nacionales» (Vicens). La teórica pretensión gubernamental de crear una «abundante familia de propietarios» quedó reducida a simples palabras y, en su lugar, el proceso desamortizador sirvió para robustecer la cúspide de la pirámide social española. El verdadero beneficio fue, de esta suerte, el estrado aristocrático de la población, que aumentó en poder económico y consolidó un neolatifundismo anacrónico para los intereses de un país que debía necesariamente plantearse modificar su estructura social.

El negocio de la desamortización fue advertido con lucidez por Alvaro Flórez Estrada, quien, a los pocos días de salir el Real Decreto, denunció con valentía sus inevitables consecuencias: desatender a la clase menesterosa de la sociedad a la que debía, en buena lid, sacar del «estado de abyección y de miseria en que se halla». Pero la desamortización fue siguiendo su curso sin que se modificaran para nada sus presupuestos de base; antes bien, agudizando las tensiones sociales en el campo, «provocó la adhesión de grandes sectores de campesinado a las partidas absolutistas» (Vicens).

El fracaso de la desamortización —medida en símisma necesaria— y el de la quinta con que Mendizábal se prometía a sí mismo y al país poner término a la guerra carlista, situaron al gobierno en difícil situación. Una vez más se habían defraudado las esperanzas de muchos españoles, entre ellos, claro está, Mariano José de Larra. Desde marzo de 1836 hasta la caída de Mendizábal en mayo, su decepción va, como su agresividad, en constante aumento. La tercera carta a su «corresponsal en París», titulada Dios nos asista es, junto a su famosa recensión al folleto de Espronceda («El Ministerio Mendizábal») la prueba más contundente de ese desánimo ante la suerte del país. Tras arremeter, en él, contra las trabas habidas a la libertad de imprenta, entra Fígaro a pasar revista a los problemas prácticos con que se topa la nación.


La profunda tristeza de larra

Ha asomado, una vez más, la violencia: el pueblo se lanza a la calle contra la Iglesia. Una escena tan patéticamente conmovedora como desgraciadamente frecuente. Fígaro se entristece, no en cuanto liberal, sino «en cuanto hombre». Pero no puede por menos que preguntarse lo que se esconde detrás de esa violencia:

¿en dónde ve el pueblo español su principal peligro, el más inminente en el poder dejado por una tolerancia mal entendida, y por muy largo espacio, al partido carlista; en la importancia que de resultas de la indulgencia y de un desprecio inoportuno ha tomado la guerra civil. ¿no veía en los conventos otros tantos focos de esa guerra, en cada frente un enemigo, en cada carlista preso un reo de estado tolerado ¿no procedía del poder de esos mismos enemigos, dominantes siglos enteros en españa, la larga acumulación de un antiguo rencor jamás doblegado ¿qué mucho, pues, que la sociedad, acometida en masa, en masa se defienda ¿qué mucho que no pudiendo ahogar de una vez al enemigo entre sus brazos, se arroje sobre la fracción más débil del que tiene más cerca y a disposición»

La acusación, en el fondo, se orienta contra el Poder, incapaz de eliminar las causas del problema: «Asesinatos por asesinatos, ya que los ha de haber, estoy por los del pueblo». Larra levanta su dedo acusador contra un gobierno incapaz de sacar al país de su secular frustracción; la guerra carlista le produce un profundo desasosiego porque, además de segar cada día vidas humanas, aleja al pueblo de la causa liberal y ahonda la distancia entre las masas populares y la clase política que las instrumentaliza a su antojo. Mendizábal ha ido absorbiendo poderes más allá de la lógica. Las elecciones celebradas en marzo han ratificado extremadamente las previsiones. La pluma de Fígaro se tiñe de ironía y señala —ante el resultado electoral, Mendizábal elegido en una extraordinaria pluralidad de candidaturas provinciales—:

Si oyes decir que se abre el estamento, di que es una broma, que quien se abre es don juan alvarez mendizábal.»


Frente a lo que llaman los demás un gobierno representativo, ve el cáustico y lúcido Fígaro un hombre representativo. El enfrentamiento con Mendizábal se ha consumado. Larra vive (el artículo está escrito en abril) la apetencia de nuevos tiempos. Pero, por otro lado, la escisión de la familia liberal es ya una realidad plena y frente a los exaltados, que acaudilla el primer ministro, se levanta ahora una opción moderada, con Istúriz a la cabeza. Qué va a hacer Larra frente a la crisis cuando ésta se consume, es, por el momento, una cuestión irrelevante. Lo que nuestro hombre busca ahora es otra cosa distinta: situar al país en su momento y a la nueva generación en su lugar.

Un programa para 1836

Larra apuesta por el presente. No hay hueco para la nostalgia. En cierto modo, en «Dios nos asista», Fígaro define lo que luego llamará Ortega la exigencia de estar «a la altura de los tiempos». La mirada hacia atrás, paraliza: «La Constitución del año 12 era gran cosa, en verdad, pero para el año 12». Y después lanza a los cuatro vientos su lema:

Ara el año 1836 la única constitución posible es la constitución de 1836.»


No le falta sino completar el lema con lo que viene a ser su corolario fundamental:

¡déjese entrar legalmente a los hombres de 1836, o se entrarán ellos de rondón.»


Constitución de 1836, hombres de 1836: he ahí la máxima larriana para salir de la crisis permanente en que vive el país desde que abandonó la era histórica del absolutismo. En el fondo, quien sueña eso no es un hombre que ha perdido del todo la fe. El Fígaro que ataca con dureza a un Mendizábal al que se le deshilachan las razones para gobernar, es un joven maduro que sueña con vivir en su tiempo, con acompasar el reloj del Estado a la realidad histórica. Y quien sueña es porque tiene en su corazón habitando la esperanza.

Mendizábal, pues, no ha hundido la esperanza larriana; le ha llevado a matizarla, a profundizarla. Desde la prosa que le sirve como plataforma y como eco de su voz, Larra pide en abril de 1836 el poder para las nuevas generaciones. Y lo hace con dosis serias de ilusión:

.. hombres nuevos para cosas nuevas; en tiempos turbulentos, hombres fuertes sobre todo, en quienes no esté cansada la vida, en quienes haya ilusiones todavía, hombres que se paguen de gloria y en quienes arda una noble ambición y arrojo constante contra el peligro.»


Un mes más tarde, recogiendo el trabajo de Espronceda —su buen amigo, con el que le unen tantas cosas— volverá Larra a reincidir sobre la misma necesidad con más ánimo si cabe:

La revolución ha gastado y desgasta rápidamente los hombres viejos y conocidos; la juventud está llamada a manifestarse. ¿nos equivocaremos, se equivocará el país al fundar esperanzas en ella no, la juventud ha comprendido que no es en los cafés donde se forman los hombres que pueden renovar el país: es en el estudio, es con los libros abiertos, sobre el bufete, con la vista clavada en el gran libro del mundo y de la experiencia, es con la pluma en la mano. No ambicionemos miserables empleos, no intriguemos por mezquinas miras personales, trabajemos día y noche, hagámonos los jóvenes independientes, y superiores a nuestros opresores, y si nos está reservado caer gloriosamente en la lucha, caigamos con dolor y resignación, desempeñando la misión a que somos llamados.»

Larra ha sido uno de los pocos españoles que reaccionan con perspectiva histórica y con lucidez frente a la desamortización de Mendizábal. Muchos fueron, en efecto, los que se dejaron deslumhrar por los matices simbólicos de las medidas desamortizadoras o, cuanto menos, por su apariencia de revolución burguesa en marcha. El Fígaro curioso de 1836 sabe ver con los ojos puestos en el futuro sin por ello dejar de atender las causas capaces de explicar un presente repleto de mediocridad. En mayo de 1836, pocos días antes de caer Mendizábal, Andrés Niporesas le escribe a Fígaro desde París una curiosa carta en la que se pone de relieve cómo Larra es consciente del itinerario que va del Andrés de años atrás (inocente, delicado, ingenuo) al Fígaro de hoy, grave, sofisticado, un poco como a la vuelta de todo tras el éxito fulgurante de su escritura.


La caída de Mendizábal

Istúriz y Alcalá Galiano han logrado, tras una sistemática oposición, obligar a Mendizábal a abandonar la poltrona ministerial. Los llamados moderados, calificación no demasiado exacta aunque fuese la que diera a conocer a los enemigos de Mendizábal, han accedido, al fin, al Poder. Poco ha durado, desde luego, la Era Desamortizadora, aunque sus efectos excedan en mucho los escasos meses de permanencia en el seno del Gobierno del equipo que la inició. La pregunta podría plantearse, ahora, desde las inquietudes larrianas de pocos días atrás: ¿Es éste el momento de los hombres nuevos, de la nueva generación a la que Fígaro reclamaba para la lucha en las páginas combativas del periódico? A pesar de que a muchos les pudiera parecer sorprendente, el agudo Larra responde afirmativamente. Y su respuesta es, en cierto modo, un gigantesco paso adelante; desde las columnas de la prensa, al Parlamento, desde la crítica diaria, a la política. La llegada al Poder de Francisco Javier Istúriz va a suponer, así, una nueva esperanza para Larra. La caída del Gobierno, muy poco después de su acceso, significará otra decepción más en un rosario de decepciones que sólo acabará poniendo término el suicidio.