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X. La ascensión a la presidencia (1854-1860)

De Mienciclo E-books

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EN 1854 -año en el que nace Tadd, su cuarto y último hijo- Lincoln se lanza de golpe a la política. Y no sólo de golpe, sino rompiendo con todos los moldes de su actuación anterior. Abandona el viejo partido liberal para fundar, como uno de los representantes de Illinois, un nuevo partido: el republicano. Seis años después, el joven partido, decididamente antiesclavista, conseguirá ganar las elecciones. Ya hemos visto que las diferencias entre demócratas y liberales eran muy imprecisas. Ahora mismo, en estos años en que Lincoln está ya a punto de convertirse en figura nacional, y no sólo del partido republicano, su mujer escribe a una amiga y le confiesa que «Abe» no anda muy lejos de sus rivales demócratas, que no es tan antiesclavista como se puede suponer y quieren hacerle parecer. Para Mary Todd, como para mucha gente en América, se vota a los demócratas porque son demócratas las gentes distinguidas y porque se siente admiración por el Sur.

La ruptura con el partido liberal proviene de la necesidad de encontrar una agrupación política nueva en la que puedan manifestarse claramente los puntos de vista innovadores y resueltos. ¿ Y cuál ha sido el tema en torno al que los liberales mantuvieron siempre una actitud de quiero y no puedo?; La esclavitud. Parece coherente, pues, que los republicanos se agrupen fundamentalmente en torno a las posturas antiesclavistas. En el partido habrá radicales o moderados, a la hora de buscar soluciones para «La Institución», pero les une el abolicionismo.

Naturalmente, para que el tema de la esclavitud destroce a un partido arraigado como era el liberal, y dañe al demócrata, pues también algunos demócratas pasan al nuevo partido, el tema de la esclavitud ha tenido que calentarse decisivamente. Como se ha dicho ya, el caldeamiento en torno a la esclavitud, es decir, la incesante polarización de las personas y los grupos sociales en torno al mantenimiento de los esclavos, está sirviendo de bandera a otros temas; el predominio que el Sur agrícola ejercía sobre la Unión.

Pero el hecho es que muchísima gente no veía este aspecto fundamental del asunto. Sólo veía la superficie. Lo inhumano de la esclavitud, unos; la solución única para mantener a los salvajes juntos, otros. Pero progresivamente todo el mundo va siendo consciente de que, al lado de razones altruistas que demandan la abolición, existen otros intereses.

1854 será el año en que todo eso queda claro. Se producen los llamados proyectos de ley sobre Kansas y Nebraska. De acuerdo con el compromiso del Missouri, estos nuevos territorios del Oeste, cuya entrada definitiva en la Unión se realizará en 1858, no pueden permitir la esclavitud en su Constitución estatal. Ya se ha dicho quc, pocos años antes, los californianos, para reforzar ese pacto, han votado una constitución de su Estado donde expresamente quedan prohibidos los esclavos. ¿Por qué? Por razones altruistas, desde luego, pero también por razones económicas. Con los esclavos no hay forma de organizar la economía sino sobre una base agrícola de monocultivo. La esclavitud sólo resulta posible con grandes extensiones de tierra poseídas por muy pocos y dedicadas a un solo cultivo -algodón, tabaco, café, arroz-. Con la esclavitud aceptada, los hombres emprendedores y ambiciosos llegados tumultuosamente a California en busca de oro y un enriquecimiento rápido, no podrán nunca instalar fábricas ni redes comerciales como en los industriales Estados del nordeste. Pero si esto lo ven así las gentes del Oeste, también lo ven las del Sur. Se dan cuenta de que en cuanto los colonos del Oeste y los capitalistas industriales del Norte formen sociedades, inviertan juntos dinero, desarrollen ferrocarriles y vías fluviales, en muy pocos años la economía agrícola del Sur se verá ahogada. Y con ella su poder. El Sur tendrá cada vez menos voz, menos votos. Dejará de nutrir con hombres la Presidencia o el Senado. Y los nuevos políticos harán aquellas leyes que favorezcan los intereses de los industriales. Por eso, durante años, los Estados del Sur, amenazando con la separación, han ido consiguiendo compromisos legales, que fuerzan a sus rivales. La amenaza es clara: de no cumplir esos pactos, se puede acusar a los del Norte de traicionar la Constitución, de ser infieles a las leyes que prometieron acatar.

Por tanto, el Sur es consciente de que ha de romper el cerco que poco a poco le va ahogando. Primero alza la voz; después pasa a los hechos, para, una vez consumados éstos, lograr lo de siempre: un pacto legal. Esos hechos son la invasión de Kansas y Nebraska por colonos sudistas o testaferros a su servicio que, una vez establecidos en esos territorios, votarán porque en ellos sean aceptados los esclavos. Nebraska y Kansas -la «Kansas sangrienta» de una célebre canción antiesclavista- votarán a la fuerza, mediante amenazas, luchas en las urnas y fraudes, una Constitución que autoriza los esclavos.

Naturalmente, la invasión provoca reacciones. Los abolicionistas no están dispuestos a ceder ambos territorios a sus enemigos. Los sureños quieren entrar en este territorio, al norte de la línea del Tratado del Missouri, con sus esclavos, basándose en las concepciones de Calhoun: «si se consiente a un ciudadano trasladarse de un lado a otro con sus bueyes, sus herramientas o su bastón, no puede impedírsele que haga lo mismo son sus esclavos». Para contrarrestar esta teoría se forman sociedades que favorecen la emigración de blancos humildes a Kansas y Nebraska mediante la entrega de dinero para que puedan comprar tierras. Esto provoca innumerables y crecientes conflictos con los sureños. Los desórdenes iniciados en 1854 en Kansas han de verse, pues, como el primer acto de la guerra civil. Este es el momento en que Lincoln se lanza de nuevo a la lucha. No obra, pues, movido por una fría decisión personal, sino arrastrado por la sacudida que electriza al país.

Lincoln ha encontrado, al fin, la corriente que le va a empujar. Y, curiosamente, el primer obstáculo que ha de vencer es Stephan Douglas, a quien derrotó en el corazón de Mary Todd, pero que le ha ganado después siempre. Y que todavía le va a ganar antes de 1860. En un primer momento, más o menos los dos años que median entre 1854 y 1856, Lincoln, aunque ya lanzado a la política, sigue practicando como abogado. E incluso es en esta época final de su carrera como abogado cuando llegan a sus manos casos importantes, donde se luce. Ya antes había defendido negros. Ahora lo hará y mucho más sonadamente. La organización del nuevo partido republicano le favorece. En él forman eminentes figuras de la intelectualidad nacional. El poeta Longfellow, el filósofo Emerson, el catedrático de Derecho político de Harvard, Summer Greeley, director del New York Times. Y aunque Lincoln sigue siendo sólo un notable local, la sombra de tanta gente ilustre le cubre. No obstante, cuando toma su primera decisión, enfrentarse a Douglas a comienzos de 1855 sobre el tema de la esclavitud en Kansas, en un durísimo discurso, el eco de su actuación, que fue muy grande, todavía se reducirá a Illinois. Pero van a suceder cosas que al fin sacarán a Lincoln de su feudo. Esas «cosas» son los sucesivos acontecimientos de la lucha antiesclavista. En primer lugar, en 1856, Lincoln adopta una actitud que quizá tuviera algo de táctica, pero que le consolida a los ojos de sus paisanos. Decide presentarse como candidato a senador representando al Estado. En el último momento, sin embargo, renuncia a hacer campaña. Al rival por el partido opuesto, el demócrata Trumbull, de quien «Abe» es amigo, se le conoce como antiesclavista convencido. Lincoln decide no competir, para impedir que ganen los esclavistas, y se volcará y volcará los votos del reciente partido hacia ese hombre, aunque sea del partido contrario. Es todo un gesto que correrá después por la prensa del Norte y del Oeste, tras haberse comentado en Illinois. Pero el hecho es que, en 1856 no irá a la Presidencia el candidato republicano Fremont, que pierde las elecciones, ni tampoco Lincoln al Senado de Illinois. A partir de ese momento, sin embargo, los acontecimientos se precipitan y «Abe», que ha entrado en liza como lo que siempre fue, un moderado, irá situándose cada vez más en el ala radical de su partido.

Contenido

Dos hechos que aceleran su carrera

En 1857, el Tribunal Supremo Federal, por boca de uno de sus jueces, Roger Taney, dicta sentencia en el caso de Dred Scott. Era Scott un anciano negro, durante años esclavo de un médico militar y que, al morir éste, había sido comprado por una nueva familia. El pleito se origina en esta transmisión. La compra había ocurrido en Nebraska antes de que se derogase el Compromiso del Missouri, pero Scott fue liberado antes de esa derogación. El hecho es que el liberto Scott vuelve al Sur y se le persigue. Es un esclavo. Apoyado por los movimientos abolicionistas, Scott pleitea. Scott pedía a los jueces que se le declarase ciudadano de Nebraska, y por tanto, libre. La sentencia de Taney declara que el compromiso del Missouri era anticonstitucional antes de ser derogado y que, por ello, Scott, pese a su condición de «liberto» en Nebraska, era esclavo.

Estalla el escándalo. Los abolicionistas disponen de una nueva arma: la libertad de los «libertas». En 1858, Kansas y Nebraska han de incorporarse como Estados de la Unión y deciden poner a votación la famosa constitución estatal de cuatro años antes. La campaña es dura, aunque ya, gracias a un gobernador enérgico, se desarrolla sin disturbios. Ganan por amplio margen los abolicionistas. y el Sur, indignado, amenaza de nuevo con la secesión. En 1859 se ejecuta a John Brown, uno de los primeros que acudieron a Kansas a implantar el abolicionismo mediante el voto, tras la agresión sudista en el 54 y que ha ido con el tiempo radicalizándose. Convencido de que los sureños tendrán siempre en la manga algún truco legal para seguir saliéndose con la suya, Brown decide formar un grupo armado. Su primera acción la lleva a cabo en Pottawauomier en 1857. Allí asalta una casa, donde se encuentran reunidos varios conspiradores sudistas, y pasa por las armas a cinco de ellos. La sangrienta acción de Brown divide a la opinión pública. Se le persigue. Para los sudistas es un asesino, para los que quieren la abolición pronto, un justiciero. Para todos, una leyenda. Pero Brown dura poco. En octubre de 1859 el grupo del que forman parte varios de los hijos de Brown intenta el asalto del arsenal federal de Herper's Ferry, en Virginia, en el corazón del Sur. La lucha dura toda la noche. Brown toma el fortín; pero de madrugada, los fusileros de marina, dirigidos por el comandante Robert E. Lee, el futuro jefe de las fuerzas sudistas, recuperan el arsenal. Pese al enorme esfuerzo hecho por los abolicionistas, que multiplican, en América y en Europa, las manifestaciones para salvarle, Brown, descendiente de uno de los pasajeros del «Mayflower», impregnado de la obstinación puritana, sube al patíbulo. Surge otra canción nordista: «Su alma marcha delante».

Estos dos grandes sucesos resultarán decisivos en la carrera de Lincoln, el cual, conviene repetido, va apareciendo como el representante del abolicionis¬mo radical. Son los hechos los que elevan su figura. En 1858 Lincoln, que había calificado la sentencia contra Scott de injusta moralmente, pero legal, decide presentarse de nuevo a senador por Illinois, después de rechazar la candidatura para gobernador del Estado. Su rival es Stephan Douglas, el demócrata ahora, gran dominador del Estado por donde pasea en trenes especiales, con un cañoncito en el vagón trasero que anuncia su llegada a las ciudades.

Douglas ha dado un giro en vista de las circunstancias y, sobre todo, al comprobar que los ciudadanos de Kansas y Nebraska parecen dispuestos a derogar la esclavitud; apoya el derecho que éstos tienen, como soberanos que son de su destino, a revisar su voto. Hablando así, Douglas se muestra honesto y coherente, ya que esos mismos fueron los argumentos que usó para imponer la derogación del Compromiso de Missouri.

Naturalmente, el Sur se le echa encima, pero Douglas recobra su popularidad nacional donde la había perdido, Norte y Oeste, cada vez más decididos. Y la recobra en tal grado que una facción de los republicanos, encabezada por Greeley, el Director del New York Times, le propone abandonar el partido demócrata y entrar en el suyo para convertirse en candidato a la Presidencia en 1860.

Un gran debate nacional, Douglas-Lincoln

Es, según todos los indicios, este último hecho el que decide a Lincoln a saltar a la palestra nacional y montar su polémica con Douglas. Ahora no ya en forma de un discurso aislado, como lo hiciera en 1855, sino proponiéndole un programa de debates en las principales ciudades del Estado: Springfield, Cincinatti, Chicago, por señalar las más importantes.

Lincoln ha comprendido dos cosas. La primera, que el nuevo partido republicano no puede ignorar la necesidad de solucionar a fondo y de una vez la cuestión del abolicionismo y, por tanto, de la Unión. Y, la segunda, que no puede dejar en manos de gente como Douglas el problema, permitiendo que ante cada frenazo a la expansión del esclavismo, el Sur amenace con separarse. Si gente como Douglas toma el poder, se cederá de nuevo ante ese chantaje. También ha comprendido Lincoln que su carrera política debe dar el salto definitivo. En el partido se le tiene por imprescindible en Illinois, pero son demasiados los que le desconocen y quienes le identifican con el radicalismo para cortarle una carrera nacional. De ahí el veto a Douglas.

La «casa dividida», un discurso para la posteridad

Lincoln comienza su campaña en Springfield pronunciando el famoso discurso de la casa dividida. "Una casa dividida, afirma glosando una frase de la Biblia, no puede sostenerse». Y a continuación, equiparando la Unión a la casa bíblica, remata su argumento:

Creo que este gobierno no puede resistir, de manera permanente, el ser mitad esclavista y mitad emancipador. No espero que la Unión se disuelva, no espero que la casa se derrumbe, lo que espero es que cese de estar dividida... Un Estado en el que coexisten la libertad y la esclavitud no puede perdurar.

Lincoln termina su discurso incitando a que, o bien, mediante la lucha legal y los argumentos ante los electores, se imponga en todos los Estados la esclavitud, o bien, con los mismos mecanismos, que sea abolida en el territorio entero. Es, como se ve, una solución nada extremista. A continuación invita a Douglas, que aún no ha llegado a Illinois, al debate frente a frente en las principales ciudades del Estado. Algo muy semejante a lo que un siglo después haría Kennedy, gran conocedor de Lincoln, al proponer a Nixon un debate ante las cámaras de televisión.

Douglas, hecho a las maniobras de Washington, a las intrigas de pasillo, a los juegos de influencia, se niega en principio a aceptar el debate con Lincoln. El «pequeño gigante», como se le conoce por su corta estatura física y su gran talla de tribuna popular, decide, sin embargo, aceptar al final. Comprende también él que la crisis se aproxima. Y aunque el debate no va con su manera de ser, se lanza. Lo que decide la suerte de ambos políticos es la reacción de la prensa. Periódicos republicanos y, por tanto, del partido de Lincoln, como el New York Times, o el Chicago Tribune, tienen a Douglas por un hombre más práctico, capaz de sosegar al país, y le miman como futuro presidente, intentando atraérselo. Entonces acuden con él a Illinois a ayudarle a obtener una victoria electoral sonada que le sirva de trampolín para la campaña presidencial. El duelo comienza en la ciudad de Ottawa, en una tribuna al aire libre, y termina en Chicago ante cincuenta mil personas. Entretanto ha ocurrido algo: toda la pequeña prensa de la Unión se ha interesado por el debate, todo el país, a través de los telegramas de las agencias informativas, ha ido siguiendo paso a paso, progresivamente intrigado, este espectáculo inédito en la vida política americana, donde lo normal hasta entonces era que cada candidato visitase por separado a los electores y se hiciera escuchar en un ambiente de fervor. Es indudable que Douglas fue la figura que atrajo a la prensa hacia el debate. Cabe pensar que Lincoln contaba con eso. Así pues, en este gesto de reto a Douglas se ponen de manifiesto las mejores dotes de la personalidad de «Abe». Su tenacidad, capaz de llevarle población tras población a repetir los mismos argumentos; su pragmatismo, capaz de medir el provecho que sacaría del combate, aunque perdiera; y, sobre todo, su confianza en la causa que defiende. Douglas gana la batalla y será senador en 1858. Pero el nombre de Lincoln se ha dado a conocer en todo el país. Y en ello juega un papel determinante un instrumento que desde poco antes ya cubre toda la Unión: el telégrafo.

La prensa que apoya a Lincoln no es la de los grandes capitalistas del nordeste, para quienes «el leñador de. Illinois» resulta excesivamente radical, poco brillante y demasiado provinciano, incapaz de comprender los complejos intereses del gran capitalismo. Este querría a la vez dominar el Sur, liberar la mano de obra negra para sus factorías, pero sin arruinar sus inversiones en algodón o tabaco. La prensa que ayuda a Lincoln son los innumerables y pequeños periódicos estatales y hasta locales de los Estados pioneros del Medio y Lejano Oeste. En ellos, en la época, la libertad de expresión es todavía algo vivo. Comentan con desenvoltura y hasta ferocidad todo lo que conocen y procuran no callarse nada porque, si se lo callan y el periódico rival lo publica, perderán tirada y finalmente habrán de cerrar. Son ellos, pues, los que difunden la figura de Lincoln porque ésta interesa progresivamente a sus lectores. Así es como otra institución de la América moderna entra en liza en la batalla de los esclavos: el sentido de la libertad de expresión, la confianza popular en los órganos informativos y la capacidad de éstos para ocuparse de cualquier tema.

Douglas, hijo de un médico arruinado, que debió trabajar para llevar a cabo sus estudios de abogacía y acabó al fin contrayendo matrimonio con una dama acaudalada, es ingenioso, vivaz, dominador de la vida social washingtoniana. Tiene, pues, muchos rasgos que pueden gustar entre los pioneros. Pero, al mismo tiempo, su fortuna es demasiado grande, ha viajado por Europa, visitó al Zar, ha estado a punto de ser candidato por dos veces a la presidencia, y se ha enriquecido. Pero su esposa es hija de un rico propietario de esclavos, aunque él ha dejado en manos de esta hermosa mujer la administración de las fincas. Los esclavos, sin embargo, están ahí. Como los trenes especiales que avisan su llegada a los pueblos de Illinois a cañonazos.

Enfrente, Lincoln, mucho más tosco. Más trabajador. Sin riquezas. Menos despegado de las gentes humildes. Con una oratoria más profunda, y sobre todo, más comprensible, con un sentido del humor y de la crítica más agudo y popular.

Lincoln candidato a la presidencia

Es indudable que también favorece a Lincoln otra de las instituciones de las que la América de la época se siente orgullosa y de la que también se ha hablado aquí: la magistratura. Su carrera de abogado, sobre todo la de abogado itinerante, le ha dado experiencia y fama.

Ha conseguido sentencias adecuadas a casos humanos, como la muy reciente a favor del hijo de su amigo Armstrong. La idea de que una ley ha de ser pragmática, adecuarse a las circunstancias, está muy arraigada en la América de la época. Favorece a Lincoln. Y no sólo en el Oeste. También en las ciudades fabriles, donde los trabajadores escuchan una voz que suena próxima a la suya.

Dos años más tarde, en la convención de Chicago, el partido republicano elige a Lincoln candidato a la presidencia, a pesar de las normales intrigas dentro del partido que tratan de eliminarle. Pero durante esos dos años Lincoln ha machacado tanto sobre la idea de abolir la esclavitud, que eliminarlo equivaldría a eliminar la idea. Hay que hacerlo de tal manera que la Unión no se quiebre, argumenta Lincoln, pero la única forma de que los americanos rompamos para siempre será que no se solucione el problema. Y liga esta lucha con la de los humildes, el mundo del trabajo. Lo que las gentes que le vota¬rán escuchan detrás de su forma de razonar es que «elleñadop> está decidido a enfrentarse con el tema de la crisis del país de un modo nuevo.

En la convención republicana de Chicago, en mayo de 1860, sus partidarios llevan dos raíl es de tren en cuya fundición, dicen, trabajó el joven «Abe». Lincoln se burla. No cree que sea verdad. Y, en cualquier caso, podría hacerla mejor ahora, añade. En el Sur, su nombre se pronuncia con odio. Se le llama, como a sus partidarios, «republicano negro». Se advierte que una victoria suya llevará consigo la separación, la secesión. No importa, Lincoln es elegido. Lincoln recibe en Springfield el nombramiento como candidato jugando una partida de bolos. Lee el telegrama: «Hay una dama en la calle octava que se va a alegrar al leerlo», comenta.

Y tiene razón. Mary Todd está radiante. Las posibilidades de Lincoln son inesperadamente enormes. Ha saltado a la fama casi de golpe, catapultado por tantos y tantos años de esfuerzos. El New York Times, el Chicago Tribune, los grandes periódicos le apoyan ahora, aunque con reservas. Le apoya el Oeste, le apoyan los trabajadores del Norte. Frente a él tiene a Douglas de nuevo como candidato a la presidencia. Pero esta vez ya no se ve tan seguro que Douglas gane la partida. Lincoln es el único candidato republicano. Dentro de su partido, los radicales no lo consideran muy seguro, pero le apoyan; a los moderados no acaban de gustarles sus modales, pero le apoyan también. Día a día se va convirtiendo en un símbolo. Douglas, en cambio, es sólo el candidato del ala moderada del partido demócrata. Los extremistas sureños presentan a un tal Breckenridge.