X. El Gran Periplo Africano
De Mienciclo E-books
Introducción
COMO afirmamos en el capítulo anterior, a partir de mediado el año 1963 Ernesto «Che» Guevara llevará una doble vida. Sigue siendo Ministro del Gabinete cubano y, como tal, desempeña las misiones que le son confiadas. Pero en su fuero interno ya nunca cesará el bulle-bulle de sus inquietudes revolucionarias. A espaldas de sus colegas, incluso de sus colaboradores inmediatos, va forjando planes, mantiene secretas entrevistas con algunos personajes de poco relieve y actúa, en definitiva, como Don Quijote, cuando, tranquilo en apariencia, preparaba en su casa y a la vista del Ama y la Sobrina, su Tercera Salida. En el relato cervantino, los que ayudan a Don Quijote son el bueno de Sancho Panza y el travieso bachiller Sansón Carrasco. En la vida del «Che», los ayudantes se llaman Jorge Masetti, Hermes Peña o Raúl Dávila... Más adelante habrá ocasión de volver a mencionar estas figuras secundarias.
Por el momento, en la vida pública del «Che» no aparece síntoma tangible de cambio alguno. Como Ministro de Industria establece, a finales de 1963, un sistema de normas nacionales de trabajo y una escala de salarios en el sector industrial. En enero del siguiente año, firma el acuerdo de asistencia técnica entre Cuba y la URSS que Fidel Castro había negociado en Moscú.
Diplomático en Ginebra, Moscú y la ONU
Pero las actividades públicas más destacadas de Guevara siguen teniendo lugar en el campo diplomático. En marzo de 1964 acude a Ginebra como delegado de Cuba en la Conferencia Mundial para el Comercio y Desarrollo que se celebra bajo los auspicios de la O.N.U. En sus intervenciones pondrá de relieve los peligros que para el comercio mundial y la paz significan las inversiones de capitales extranjeros cuando éstas llegan a dominar la economía interna de un país. Como medida de salud pública propone que, cuando un país subdesarrollado vea disminuidos sus ingresos al estar controlados los precios internacionales por las mismas potencias que le han adelantado los capitales, el deudor sea eximido de satisfacer cualquier dividendo, interés o cuota de amortización.
En Ginebra, por lo demás, Guevara insistirá en el peculiar concepto cubano de la coexistencia pacífica: un diálogo entre países de sistema político diferente, pero sin merma del derecho de los pueblos a luchar por su propia libertad. Lo que viene a significar que los países capitalistas tienen que dialogar con los regímenes revolucionarios y además aguantar con paciencia las acciones subversivas que promueva su interlocutor.
Después de la Conferencia, el «Che» hizo una escala de dos días en París, que aprovechó para firmar un acuerdo comercial. A continuación se dirigió a la capital argelina. El entonces Presidente Ben Bella le prometió mediar con vistas a una normalización de las relaciones Estados Unidos-Cuba.
En noviembre de 1964, Guevara vuelve a ponerse en camino. Esta vez su destino vuelve a ser Moscú. Pretexto de aquella tercera y última visita del «Che» a la capital soviética son las fiestas conmemorativas de la Revolución bolchevique. Pero había otro motivo menos protocolario: la preocupación de los gobernantes cubanos, y en especial de Guevara, ante los progresos de la política de acercamiento entre rusos y yanquis. En sus conversaciones con los dirigentes soviéticos el «Che» debió convencerse de que para Rusia la coexistencia pacífica no era una simple táctica oportunista y sólo aceptada en tanto resultase provechosa para el movimiento revolucionario mundial. Los soviéticos aceptaban gustosos la nueva política y parecían dispuestos a respetar honradamente las reglas del juego, por cuanto significaba la división del mundo en dos grandes esferas de influencia, una de las mismas dominada por la URSS a cambio de no incitar movimientos revolucionarios en la otra zona. Ello podía hacer temer a Cuba que, de llegar sus relaciones con los Estados Unidos a otro punto crítico, Rusia traicionara sus deberes de primogénita en la gran familia socialista y se mantuviese neutral.
Al igual que solía ocurrir en las juveniles expediciones vagabundas del «Chancho», que se sabía cómo empezaban pero nunca dónde y cómo terminarían, aquel viaje, último que Guevara realizaría con carácter oficial, tuvo impensadas derivaciones. De acuerdo con el programa previsto, el «Che» tenía que hacer un alto en Nueva York y luego volver a La Habana. Pero lo que ocurrió luego hace suponer que Guevara no sentía grandes deseos de volver a sus lares ni sus colegas cubanos se mostraban impacientes por verle regresar. Así, en diciembre- de 1964 comienza desde Manhattan (hay que suponer que con el beneplácito de Fidel Castro) un largo recorrido por los países africanos y no vuelve a Cuba sino a mediados de marzo del año siguiente.
El 11 de diciembre, en Nueva York, Guevara participa en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Su intervención oratoria demuestra que su estancia en Moscú le ha servido para reafirmar sus conclusiones: el régimen cubano ya no puede confiar en las garantías soviéticas y para sobrevivir tendrá que montar su propio sistema de coexistencia. Por otra parte, la revolución en Sudamérica es cuestión que habrán de resolver los propios iberoamericanos y sin contar con ayudas ajenas.
He aquí la parte de su discurso dedicada a los Estados Unidos y, de modo implícito, a Rusia:
«El imperialismo norteamericano pretende hacernos creer que la coexistencia pacífica interesa solamente a las grandes potencias mundiales. Pero si se pretende asegurar la paz del mundo, la coexistencia pacífica no puede limitarse a los Grandes. La coexistencia pacífica debe afectar a todos los países, al margen de su tamaño, de cuáles hayan sido anteriormente sus relaciones históricas y de los problemas que hayan surgido en un momento dado entre tal y cual.»
A los pueblos iberoamericanos les dedica una proclama que se haría célebre:
«Soy cubano, y argentino también, y si los muy ilustres dominios de América latina no han de tomarlo a ofensa (Guevara se refiere a Puerto Rico, las Guayanas y demás comarcas no independientes) diré que también me siento patriota de América latina por entero, tan patriota como el que más lo sea en cualquier país de América Latina. Llegado el momento, estaré dispuesto a dar mi vida por la liberación de un país cualquiera de América latina, sin pedir a nadie nada, sin exigir nada, sin explotar a nadie.»
Pocos días después, en una entrevista televisada por la cadena de la C.B.S., Guevara insiste en la necesidad de restablecer la relaciones con los Estados Unidos, sobre la base de que éstos acepten a Cuba tal como es:
«Todo lo que Cuba pide a los Estados Unidos es que olviden el pasado, tanto lo bueno como lo malo.»
El tercer mundo espolea al guerrillero
Desde Nueva York, el 17 de diciembre, Guevara se dirige a la capital argelina, pasando por Canadá. Comienza su largo periplo africano.
En Argel Guevara trató con Ben Bella, el exsargento de las fuerzas coloniales francesas convertido en Presidente de la nueva Nación, de la creación de un frente socialista independiente de Moscú o de Pekín. Otro punto de apoyo en aquella «tercera fuerza» marxista emancipada de unas tutelas que se revelaban excesivamente onerosas, sería el Congo-Brazzaville (ex Congo francés) que, después de la moderada gestión de su primer Presidente Fulbert Youlou, bajo la dirección de Alphonse Massemba-Debat, había tomado, con la ayuda de consejeros técnicos, políticos y militares llegados de Cuba, una orientación francamente socialista.
Desde Argel, Guevara pasó a Bamako, capital de la República de Mali, donde los moderados del Parti Progressiste Sondaríais habían sido desplazados del poder por un golpe subversivo de la extremista Union Soudanaise;ésta confirmó su predominio copando todos los escaños de la Asamblea legislativa en unas elecciones tan sinceras como pueden ser las consultas electorales en un país donde apenas el ocho por ciento de los electores saben leer.
Al igual que haría durante el resto de su viaje, el «Che» procuró en Bamako cargar el acento sobre el carácter «antiimperialista» de la revolución cubana, dejándose de sutilezas doctrinarias que, para los ingenuos auditorios africanos, hubieran significado lo mismo que un párrafo de la Iliada en su versión griega original. Conviene aquí puntualizar que durante su periplo por tierras africanas Guevara pudo hacerse entender sin ayuda de intérpretes, ya que aquel fanático y tosco guerrillero inventado por el mito hablaba francés e inglés, y todos los países visitados pertenecían a las áreas franco y anglófona.
El día de Año Nuevo llega el «Che» a Brazzaville, donde convence al Presidente Massemba de que, para el éxito en la lucha contra los imperialistas, los países africanos deben adoptar una política común y aceptar la dirección de Argel. Cosa difícil de conseguir en un continente inmerso todavía en las disensiones tribales, y tanto más, cuando el dirigente propuesto, Ben Bella, pertenece a la odiada raza blanca.
A continuación, Guevara visita Konakry, capital de Guinea, donde permanece desde el 7 al 13 de enero. Allí conoce a Séku Turé, el más auténticamente procomunista entre todos los noveles gobernantes africanos. Luego, desde el 14 al 20 de enero, se detiene en Accra, capital de Ghana. Allí pronuncia una conferencia sobre el tema «La acción neo-colonialista en América Latina y la necesidad de una acción conjunta entre Africa, Asia y América Latina». Pero en Accra, además de presentar, como en los otros puntos del recorrido, su muestrario político-revolucionario, se permite un brevísimo asueto para visitar el maravilloso jardín botánico de Aburi, a treinta kilómetros de la capital; rodeado por la sorprendente flora tropical, vuelve a ser, por unas horas, aquel «Chancho» juvenil enamorado de la naturaleza.
Desde Accra, el «Che» se dirige a Porto Novo, capital del Dahomey. Pero allí sólo permanece dos días. Una llamada perentoria de Fidel Castro interrumpe su vaivén de lanzadera por las Repúblicas africanas: debe abandonar lo que tenga entre manos y tomar el camino de París por la vía más rápida; en la capital francesa le aguarda Osmani Cienfuegos con nuevas instrucciones.
Pensado y hecho: un avión de «Air France» pone a Guevara en Argel, y desde allí, tras corta escala, otro le sitúa en la Ville Lumiére.
¿Qué terremoto político exigía la intervención personal de Guevara? Osmani Cienfuegos se lo explica: más que de un cataclismo, se trata de una posibilidad amenazadora. La otra «guerra fría», aquella que sostienen Moscú y Pekín, está entrando en una fase de peligroso recalentamiento. Puesto que desde el Africa Occidental a Pekín apenas la distancia sobrepasa los diez mil kilómetros (¡una insignificancia!), Fidel había pensado que Guevara se diese una vuelta por la capital china para intervenir allí como amigable componedor entre los dos colosos rojos que se enseñaban los dientes allá en la línea fronteriza del Sinkiang con el Kirguiztán.
Ordenes son órdenes y hay que cumplirlas: Guevara y Cienfuegos toman el avión de Pekín, llegan a la capital del Celeste Imperio, permanecen en ella desde el 2 al 10 de febrero, sueltan su embajada y vuelven como se habían ido: con nada entre dos platos. A pesar de las buenas intenciones cubanas, el inquilino del antiguo Palacio Imperial de Pekín seguiría gruñendo a los del Kremlin, y viceversa, hasta Dios sabe cuando...
Al margen de la fracasada mediación diplomática, cuyo nulo éxito el propio Guevara debía dar por descontado, su fugaz paso por la capital francesa es importante por otra clase de motivos, relacionados con el «Che» Guevara de doble vida que mencionábamos al comienzo de este capítulo: con el luchador nato, eterno inconformista que, poco a poco, iba recuperando su identidad oculta desde 1959 tras la envoltura ficticia de «personaje importante».
En París aguardaba su llegada, además de Cienfuegos, unos de sus fieles: el abogado Gustavo Roca, camarada de días más felices allá en el colegio «Deán Funes» y en la pandilla de «La Malagueña». Roca trae malas noticias. La guerrilla que Masetti, el periodista argentino, trataba de implantar en los confines norteños del país, había sido aniquilada. El propio Masetti, al igual que su segundo Hermes Peña, no habían sobrevivido.
Guevara siente que un doloroso nudo le corta la respiración. Aquellos hombres se habían lanzado al azaroso juego de la guerrilla animados por su ejemplo y murieron aguardando inútilmente que viniera el legendario «Che» a ponerse a su cabeza.
Posiblemente aquel día, en París, se reafirmó la decisión de Guevara. Tenía que volver a la guerrilla; no ya porque sintiese la llamada ineluctable de su destino, sino porque, además, había contraído un compromiso de honor con un puñado de precursores que a sí mismos se denominaban pomposamente «ejército guerrillero popular».
Aún habría de pasar algún tiempo, porque no resulta fácil dejar de ser Ministro en un gobierno socialista, cuando se ha llegado a tener fe absoluta en el socialismo, y más difícil resulta todavía separarse de unos camaradas con los que tantos sinsabores e ilusiones se han compartido. Pero no importa: el «Che» no pondrá oídos sordos al llamamiento de aquellos que habían muerto considerándole su jefe nato.
Entretanto, prosigue la vida «oficial» del «Che» y su interrumpido viaje por tierras africanas. Al regresar de China su primera visita es para Tanzania, Estado socialista que mantiene cordialísimas relaciones con Cuba. En su capital, Dar-el-Salaam, bañada por las aguas del Océano Indico, pronuncia un discurso que puede considerarse como resumen epilogal de su vertiginosa excursión por tierras de Africa:
«... Después de mis entrevistas con los dirigentes de siete países africanos, estoy convencido de que será posible crear un frente común de lucha contra el colonialismo, el imperialismo y el neocolonialism.»
El 19 de febrero, Guevara deja Tanzania, camino nuevamente de Argel. Pero antes hace una corta parada en El Cairo. En la capital egipcia tiene ocasión de hablar con Gastón Soumialot, quien, cuatro meses antes, en septiembre de 1964, cuando el Congo exbelga vivía en plena fiebre de secesión, había proclamado en Stanleyville una República popular del Congo que a los dos meses sería triturada por un cuerpo de tropas anglo-americano-belgas al servicio del Gobierno central de Léopoldville (la actual Kinshasha). Aquella intervención fue provocada por las inenarrables tropelías perpetradas por los hombres de Soumialot, los temibles «simbas», con la población blanca y con los indígenas no afectos a la flamante «República popular».
Después de su derrota, Gastón Soumialot se había refugiado en El Cairo, donde la Administración de Nasser puso a su disposición una residencia en Zamalek, el distinguido barrio diplomático de la capital egipcia.
Guevara no podía ignorar el cariz de barbarie que tomaba la lucha clandestina en tierras del Africa negra. Pero ello no era obstáculo para la simpatía que le inspiraban aquellos movimientos. Debía suponer, y con razón, que los blancos carecían de autoridad moral para protestar: el europeo refinado y culto no había intentado, en siglos de colonialismo, sacar a las poblaciones autóctonas de su salvajismo ancestral; no tenía derecho a quejarse, por lo tanto, si unas pobres criaturas salvajes se portaban como tales.
El «Che» sentíase atraído especialmente por Gastón Soumialot y su movimiento congoleño de resistencia. Primitivismos al margen, los métodos de Soumialot coincidían con los principios tácticos de Guevara: acción guerrillera en terreno selvático, a la espera de que las ciudades, más fácilmente defendibles por las fuerzas regulares, caigan por sí mismas como fruto maduro.
Soumialot propuso al «Che» que fuese al Congo para poner su experiencia de combatiente al servicio de aquella revolución primitiva. Más adelante se verá que Guevara tuvo en cuenta la invitación.
Amarga referencia al imperialismo socialista durante su segunda estancia, Guevara permanecerá en Argel desde el 20 de febrero al 1.° de marzo. El discurso que pronuncia en un simposio de estudios económicos para los países afroasiáticos marca su definitiva elección entre los Grandes del socialismo y el Tercer Mundo. Según el orador, «el desarrollo de, los países que se han empeñado en la vía de su liberación debe ser financiado por los países socialistas».
Sin embargo, los poderosos del mundo socialista tienen que descartar toda idea de beneficio egoísta cuando ayuden a un pueblo subdesarrollado:
«No se trata de un intercambio comercial basado en los precios, puesto que la ley del valor y las relaciones económicas internacionales fundamentadas en ella redundan en perjuicio de los países subdesarrollados ».
El frío marxismo ortodoxo podría tachar a Guevara de no haber olvidado sus resabios «decanden-tista-filantrópicos»: ¡Un Estado socialista no es un asilo para pobres! A su vez el «Che» puede replicar, y efectivamente lo hace así en su discurso, que resulta mucho más imperdonable que la filantropía, el hecho de que un país marxista industrializado actúe como explotador imperialista. Porque, según él, esos países, «en cierta medida, se hacen cómplices de la explotación imperialista... Los países socialistas tienen el deber moral de liquidar su tácita complicidad con los países explotadores del universo».
Guevara exige que desaparezca la discriminación mercantil en las relaciones comerciales entre países socialistas, no sólo para los bienes de consumo y de equipo, sino también para las armas que necesitan los movimientos revolucionarios:
«Si resulta absurdo suponer que un director de empresa en un país socialista en guerra pudiera demorar el envío de los tanques que produce a un frente de combate hasta no recibir garantías de pago, no es menos absurdo el que quiera verificar la solvencia de un pueblo que lucha por su liberación o que necesita de armas para defender su libertad.»
No cabe la menor duda: El inconformista «Che» ha llegado al convencimiento de que la verdad revolucionaria está en el Tercer Mundo y ha desbordado el comunismo oficial por el ala izquierda.
Desde Argel, Guevara vuelve a la capital cairota donde permanecerá desde el 2 al 10 de marzo. En aquellos días debió dedicarse a perfilar futuros planes con los revolucionarios congoleños.
El 14 de marzo de 1965, Ernesto «Che» Guevara está de regreso en La Habana.