X. Colon Vuelve a Ganarse la Confianza de los Reyes Catolicos
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Introducción
LAS dos primeras carabelas construidas en América entraron en el puerto de Cádiz el 11 de junio de 1496. La exhausta y maltrecha tripulación, al frente de la cual marchaba el magnífico y poderoso virrey de las Indias vestido con sayal de franciscano, produjo cierto desencanto. La imagen del Colón triunfador del primero y segundo viaje se había esfumado. La leyenda negra que le habían tejido Margarit, fray Boyl y otros empezaba a dar sus frutos. En lo sucesivo ya no sería el único protagonista y héroe de los descubrimientos. Incluso no eran pocos los que pensaban que el soberbio almirante había pasado a mejor vida
Andrés Bernáldez, el cura de Los Palacios, que le hospedó en su casa, nos pinta un Colón tan ajetreado y marchito y «vestido de unas ropas de color de hábito de fraile de San Francisco, de la observancia y en la hechura poco menos que hábito, e un cordón de San Francisco por devoción» que era el reverso del triunfador vestido de oros y sedas. A Bernáldez le refirió sus experiencias en el gobierno de la Española y le confió el Diario de su segundo viaje, lo cual aprovecharía el cura cuando escribió su Historia o Memorial del reinado de los Reyes Católicos.
Don Fernando y doña Isabel se hallaban en aquel momento muy atareados en la preparación de la doble boda del príncipe heredero don Juan y la infanta doña Juana con dos príncipes de la casa de Austria, y los problemas fronterizos con Francia. Al mes de su llegada, Colón recibió una carta muy cordial de los reyes, pero hasta finales de octubre no lo recibirían en la Corte. Si su estrella no se había eclipsado, pues los soberanos le acogieron con afectuosidad y simpatía, por lo menos ya no brillaba con el mismo magnetismo. El partido anticolombino que ya existía en la Corte y el informe adverso de Juan de Aguado, actuaban en contra de las tentativas monopolizadoras del descubridor.
Sin negarle ninguno de los privilegios otorgados hasta entonces, Colón tardaría casi tres años en conseguir una escuadra para retornar a las Indias. Parar armar una escuadra de seis barcos se tardó casi un año. El desprestigio de la empresa colonizadora era tal que no se encontraban marineros, soldados y campesinos para completar las dotaciones. En estas condiciones, los reyes ordenaron por carta que todos los delincuentes condenados a muerte y a penas de destierro fueran entregados a Colón. Así se reclutó más de la mitad de la expedición y el resto lo fue por medio de amenazas y secuestros. Los únicos excluidos fueron los asesinos, herejes, judíos, mahometanos y sodomitas.
Tercer viaje colombino
El 30 de mayo de 1498 partía del puerto de Sevilla la tercera expedición colombina con abundantes pertrechos y 330 hombres. Cada una de las expediciones tiene un sentido distinto y todas ellas van completando un vasto plan de exploración. En este viaje la primera escala de Colón se sitúa en Puerto Santo, en las islas Madeira. Después se dirige a las Canarias y en la isla Gomera completa el aprovisionamiento de los barcos y divide la flota en dos cuerpos: tres barcos se dirigirán a la Española para llevar provisiones a la colonia, y otros tres, al mando del almirante, tomarán rumbo hacia las islas de Cabo Verde, a donde arriban el 27 de junio, para desde allí iniciar un nuevo periplo descubridor.
En la nueva ruta los vientos no le favorecieron y sufrieron un calor tan fuerte que reventaron los toneles del vino y del agua y se corrompieron los alimentos. Colón había prometido a los reyes descubrir la tierra firme y mantener la dominación sobre lo descubierto. En este empeño el 31 de julio llegaba a la isla Trinidad próxima a las costas de Venezuela. La exploración de la isla y de las costas inmediatas le llevaron al descubrimiento de las bocas del Orinoco. El 15 de agosto escribía en su Diario: «Yo creo que éste es un gran continente hasta ahora desconocido, pues se mueven grandes masas de agua dulce en sus cercanías.»
La exploración de la península de Paria le hizo pensar que había descubierto el Paraíso Terrenal y que el Orinoco descendía del mismo Paraíso. Razón tenía en sentirse maravillado ante aquel bellísimo paisaje y la dulzura del clima. Pero Colón seguía aferrado a la idea de Asia. Su creencia, como dice Las Casas, se basaba en los textos de Pierre D’Ailly, el Génesis, Tolomeo y Séneca. Ni siquiera se daba cuenta, como escribe Morales Padrón, «que había entrado en contacto con nuevas culturas; los indios estaban dotados de una mejor civilización que los antillanos, expresada en grandes canoas con cabina, en tejidos de algodón, en metalurgia (guanin mezcla de oro y cobre), flechas envenenadas y en el uso de chicha».
Las Casas nos dirá después, que al abandonar la costa venezolana, para dirigirse a la Española, el almirante «vino ya en conocimiento que tierra tan grande no era isla, sino tierra firme». En la fabulosa mente colombina la incertidumbre le iba acercando cada vez más a la verdad.
Los conflictos de la Española
Siendo Cristóbal Colón por naturaleza egocéntrico y aficionado a rodearse de subordinados fieles a su persona por encima de todo, debió sorprenderle mucho al llegar a la Española encontrarse con la abierta rebelión de Francisco Roldán contra sus hermanos. Pero así era. El hombre elevado por el almirante a la alcaldía general sin más méritos que la devoción a su persona, se había puesto a la cabeza del levantamiento contra Bartolomé y Diego, que ocupaban la primera jerarquía en el gobierno de la isla.
Durante la larga ausencia de Cristóbal, Bartolomé, primer adelantado de las Indias, había transferido la capitalidad de la colonia a Santo Domingo, fundada por él teniendo en cuenta que la zona de explotación aurífera se hallaba en la zona austral.
La flotilla colombina alcanzó la Española a finales de agosto de 1499, a 100 leguas al Oeste de Santo Domingo. En la nueva capital se encontró con una población depauperada en la que abundaban los enfermos de sífilis. Pero lo más grave era el estado de guerra civil entre sus hermanos y Francisco Roldán, quien poco después de partir el virrey hacia la Corte, se puso al frente de los enemigos de los Colón, que eran la mayoría de los pobladores de la isla. Esta rebelión, que algunos historiadores han calificado de «democrática», se polarizó entre los hidalgos y caballeros, que permanecieron fieles a los Colón, y los hombres de filas que se alistaron en el bando de Roldán. Este, a quien Pedro Mártir califica de «facineroso», se alió con el cacique Guarionex, se apropió de las tres carabelas enviadas por el almirante desde las Canarias, conquistando a buena parte de los hombres que venían en ellas con la promesa de oro, esclavos y mujeres, y declaró la guerra al adelantado Bartolomé Colón.
Al desembarcar el almirante se encontró con la rebelión en pleno auge. Como no contaba con fuerzas suficientes para enfrentarse con los sublevados, el virrey eligió la vía de la avenencia. Su pacto con Roldán fue verdaderamente claudicante: accedió a reponerle en su cargo de alcalde mayor de Santo Domingo y la isla, además de concederle a él y a los sublevados que deseasen permanecer en la isla tierras gratis, y pasaje también gratis a los que quisieran volver a España. Al conceder a Roldán y a los suyos tierras y plena jurisdicción sobre vasallos indígenas esclavizados, Colón afincaba en el Nuevo Mundo el derecho feudal, que en España estaba siendo quebrantado por los Reyes Católicos, y establecía de hecho el funesto sistema de repartimiento de tierras y encomienda de indios en América.
La situación no tardó en complicarse con la llegada de Alonso de Ojeda con cuatro carabelas procedentes de España. Ojeda desembarcó en el puerto de Yáquimo. El objetivo de Ojeda era establecer un dominio propio, esclavizar a los nativos y obtener oro. Para conseguirlo intentó atraerse a los roldanistas que no habían aceptado el pacto con Colón. Pero en esta ocasión Roldán y los Colones lucharon juntos y Ojeda tuvo que abandonar la isla en marzo de 1500. Llevó consigo un cargamento de esclavos que fueron vendidos en el puerto de Cádiz.
Una segunda rebelión fue protagonizada por Ladrón de Guevara y Adrián de Múxica. La sustancia de todas estas rebeliones es la misma: el ansia de poder y la obtención de privilegios patrimoniales. Pero en esta ocasión, el almirante y su hermano, el adelantado, no se anduvieron por las ramas y asfixiaron la rebelión ahorcando a algunos de los sublevados, encarcelando a otros muchos y desterrando a los restantes.
Paralelamente a los conflictos de la Española, se estaba produciendo una situación que desbordaba la autoridad de Colón y ponía en entredicho sus privilegios: Alonso de Ojeda, Juan de la Cosa y Américo Vespucio iniciaron por su cuenta la búsqueda de perlas en las costas venezolanas y descubrieron las islas de Curaçao, Arubay y Bonaire. Vicente Yáñez Pinzón, por su parte, se lanzó a la exploración de la costa oeste de América del Sur y descubrió la desembocadura del Amazonas en 1500.
Ante esta situación que mermaba su autoridad, Colón escribió a los reyes desde la Española una carta alegato justificándose de los fallos y errores que le atribuían los que regresaban a España con nuevas noticias sobre descubrimientos, y solicitando un letrado que administrase justicia, comprometiéndose él a pagarle el sueldo. En la misma carta solicitaba de los reyes «que le hiciesen la merced le mandar (a su hijo Diego) que viniese acá a ayudarle para que él descansase algo y sus Altezas fuesen mejor servidos». Y curándose en salud por lo que en la Corte pudiera decirse de él, añade: «Yo no sé si yerro, mas mi parecer es que los Príncipes deben hacer mucho favor a sus gobernadores en cuanto los tienen en el cargo, porque con disfavor todo se pierde.»
Detención de Cristóbal y Bartolomé Colón
Al decidir la elección del magistrado solicitado por Cristóbal Colón, los reyes debieron sopesar muchos informes contradictorios, pero todos ellos abundantes en pruebas de que los Colón carecían de aptitudes para el gobierno de gente aventurera y díscola, como era la mayoría de los que se habían lanzado a la conquista de las Indias. Pedro Mártir, tan cercano a la reina Isabel, confiesa que en la Corte se a acusaba a los Colón de ser «injustos, impíos, enemigos y malversadores de la sangre española». Quizá por eso los Reyes Católicos eligieron, al decir de Oviedo, a «un caballero, antiguo criado de la casa real, hombre muy honesto y religioso llamado Francisco de Bobadilla, caballero de la orden militar de Calatrava», y le otorgaron poderes para ejercer la «Gobernación e oficio de Juzgado de esas dichas islas y tierra firme». ¿No era esto contrario a los privilegios que detentaban el virrey, almirante y gobernador de las Indias...?
El 23 de agosto de 1500 Diego Colón presenció la llegada de las dos carabelas en las que viajaba el comendador Bobadilla. A la sazón se hallaba solo en Santo Domingo, pues el almirante estaba en la Concepción reduciendo a sus enemigos cristianos y el adelantado se encontraba con Francisco Roldán haciendo lo propio en Xaraguá. «De vez en cuando —escribe Madariaga—, uno u otro de sus belicosos hermanos enviaba a don Diego un racimo de prisioneros con órdenes terminantes de ahorcarlos sin pérdida de tiempo, y el pobre don Diego, viendo que no bastaba con una horca, había tenido que alzar otra, una a cada punta de la ciudad.»
Como los vientos no eran favorable para entrar en puerto, Bobadilla se mantuvo a la expectativa del viento terral. El gobernador interino envió una canoa a los navíos a informarse de quién mandaba la expedición y el objeto de la misma. Pero fue el comendador de Calatrava quien obtuvo una información directa de lo que pasaba en la isla. Así se enteró el pesquisidor regio que aquella misma semana habían ahorcado a siete españoles y otros cinco, entre los que se encontraban Hernando de Guevara y Pedro Riquelme, esperaban turno.
Bobadilla iba a proceder con suma cautela y tacto. Al día siguiente asistió a misa con todo su séquito y a la salida de la iglesia, en el pórtico, hizo leer a su escribano ante la mayor parte de los habitantes de la ciudad, su nombramiento de Pesquisidor General. Sin mostrar todas sus cartas, que eran muchas, pidió a Diego Colón que le entregase a los prisioneros, pero éste alegó que aguardase la llegada del almirante, ya que él carecía de poderes. Al día siguiente, también a la salida de misa, Bobadilla repitió la ceremonia, pero esta vez el escribano público leyó una carta real nombrando al comendador de Calatrava gobernador. Tras prestar juramento del cargo, volvió a la carga para que Diego Colón y el alcalde mayor Rodrigo Pérez le entregasen a los prisioneros y el proceso que se les seguía. Diego Colón rechazó las pretensiones de Bobadilla con los mismos argumentos que el día anterior. Pero entonces el comendador puso todas sus cartas al descubierto ante la multitud que asistía a la escena. El escribano público leyó dos cartas reales más. Por la primera, los reyes ordenaban que le fueran entregadas las fortalezas, armas y bastimentos; por la segunda, se le autorizaba a pagar los sueldos devengados con cargo a la cuenta real o a la del almirante, según los casos. Este último documento fue el colofón, ya que puso de parte del pesquisidor regio a la mayoría de los habitantes de la colonia.
Como Diego Colón rechazase de nuevo las conminaciones de Bobadilla, éste se dirigió con sus propias tropas y los numerosos voluntarios que se le unieron a la fortaleza y la tomó por las bravas en nombre de los reyes.
A partir de entonces se inicia entre el gobernador Bobadilla y Cristóbal Colón, como virrey y gobernador general una serie de negociaciones por intermedio de fray Juan de Trasierra y el tesorero real Velázquez que culminaron en la detención y procesamiento de Cristóbal Colón y sus hermanos. Honradamente hay que decir que Bobadilla se comportó como un político oportunista, pues hizo pregonar que se podía acaparar oro libremente entregando la undécima parte al Tesoro, con lo cual la mayor parte de los colonos se pusieron de su parte y se volcaron en acusaciones contra los vencidos.
Cuando después de muchas idas y venidas de los intermediarios, Colón se presentó en Santo Domingo para concretar la autoridad judicial de Bobadilla, se enteró de que su hermano Diego estaba detenido y que a él y a Bartolomé les esperaba la misma suerte.
Por otra parte, la conducta del almirante tampoco está muy clara. El proceso que Bobadilla abrió a Colón desapareció misteriosamente, de tal manera que cuando se iniciaron «Los pleitos colombinos» el fiscal lo reclamó reiteradamente y no le puso ser entregado. Sin embargo, Pedro Mártir escribe sobre este particular: «Dicen que el nuevo gobernador ha enviado a los Reyes cartas escritas por el almirante en caracteres desconocidos, en las que avisa y aconseja a su hermano el Adelantado, que estaba ausente, que venga con fuerzas armadas a defenderle contra todo ataque por si el gobernador intentase venir contra él con violencia.» Y Las Casas dice que los Colón «no mostraron modestia ni discreción al gobernar a los españoles como debieron hacerlo».
Poco después se presentaba Bartolomé Colón en Santo Domingo, llamado por carta de su hermano el almirante, por petición de Bobadilla, y los tres soberbios miembros de la dinastía quedaron en la fortaleza cargados de grillos, mientras Bobadilla engordaba el proceso con todos los chismes y maledicencias recogidos entre los enemigos de los Colón. Sin duda existían razones para relevar a Cristóbal Colón y a sus hermanos en el gobierno de las Indias, pero no para humillar a su descubridor con emponzoñados criterios leguyelescos y cargarle de grillos como si se tratara del peor de los criminales.