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X. Aún Queda Mucho Por Hacer

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

AHORA le esperan otras tareas. Había prometido a Colombia crear una Federación. Los españoles se hallaban concentrados en Puerto Cabello, y la población campesina ofrecía un cuadro tumultuoso pero incierto. Las fuerzas revolucionarias que se hallaban en el Este bajo la dirección de Nariño, general venezolano, rehusaron apoyar a Bolívar e instituyeron en cambio un gobierno independiente. La victoria de Bolívar debe atribuirse en parte a defecciones y en parte a los errores de Monteverde, que si no le habían resultado fatales es porque tenía a sus órdenes un fuerte ejército y estaba apoyado por un notable favor popular.

Bolívar decide no atacar a los españoles de Puerto Cabello, porque el ejército que comandaba no era el suyo, y deseaba crear primero una única fuente de autoridad. Por lo tanto, se convirtió en promotor de un convenio para discutir la forma de gobierno y manifestó su convencimiento de que sería necesario proclamar un dictador hasta tanto el país fuera liberado completamente y se restableciera el orden. Además, expuso su plan de unión con Nueva Granada y su intención de liberar a toda la América latina. En la primera asamblea constituyente (1814), integrada por notables y eclesiásticos, expone sus planes. Explica que un soldado victorioso no adquiere derecho para mandar a su patria. Después, les invita a elegir los representantes y que éstos sepan que cuentan con «las armas que han salvado la república.»

Trató de ganar el favor de la Iglesia y de los otros grupos que disentían, y de conquistar a la masa de los indiferentes. Envía al exterior delegaciones con la esperanza de obtener ayuda o al menos solidaridad moral. Por otra parte, instituyó una economía de guerra que le permitirá la movilización de un número mayor de fuerzas y un mejor abastecimiento. Trata de concretar la unificación de varios territorios de la República. Instituye la Orden de los Libertadores y distribuye tierras para asegurarse la fidelidad de los soldados.

Puede realizar la mayoría de estos proyectos porque, a pesar de que no desea ocupar la presidencia, cuenta con el apoyo de sectores decisivos. En ese momento su popularidad es indiscutible. Muchos de los fines que se había propuesto se consiguen. Llegan ayuda y voluntarios de Europa y de los Estados Unidos. Reduce el presupuesto y combate eficazmente la corrupción. Sin embargo, todo esto tuvo poca resonancia por motivos que no dependieron de Bolívar y que él mismo no logra comprender.

No tenía adictos fuera de los límites de la ciudad. El resto del país sufre más de lo que había padecido bajo los españoles. Los patriotas de las provincias orientales rehusan toda colaboración atricherados en un localismo intransigente.

Una difícil situación

Bolívar llama a las armas a los ciudadanos de 12 a 60 años de edad. Pero este desesperado llamamiento sólo le permite agrupar a unos pocos miles de soldados, para los cuales no se tiene el armamento necesario. El comandante del puerto de La Guaira le escribe que tiene bajo su custodia a 870 enemigos y no cuenta con fuerzas para asegurar que no suceda lo de Puerto Cabello, cuando por una traición Bolívar perdió la plaza. Luego de intentar siete veces el canje de prisioneros, a lo que Monterverde se niega; el Libertador le ordenará al jefe de La Guaira lo que será la más difícil misión de su vida: «Me impongo de las críticas circunstancias en se encuentra esa plaza, con poca guarnición y un crecido número de presos. En su consecuencia, ordeno a vuestra señoría que inmediatamente se pasen por las armas todos los españoles presos en esas bóvedas y en el hospital, sin excepción alguna.»

Este fusilamiento masivo determinó que muchos acabaran por temerle y considerarle un tirano, mientras las diversas facciones se afirmaban en sus respectivas posiciones. Los monárquicos tenían cada vez más motivos para oponérsele. Mientras tanto, los franceses han sido expulsados de España, y ya es cuestión de tiempo que la metrópoli enviase refuerzos.

Bolívar instala su cuartel general en la ciudad de Valencia, a 160 kilómetros de Caracas. Su plan es atacar a Monteverde, que sigue siendo fuerte en Puerto Cabello, a sólo 50 kilómetros de Valencia. En esta ciudad convocará a sus jefes militares y decidirá sitiar la fortaleza realista.

La responsabilidad de llevar a término la operación recae en el general neogranadino Anastasio Girardot (1791–1814); pero Bolívar, que también está presente en el escenario de la lucha, siente que Puerto Cabello es una cuestión suya, que es el lugar de su primer fracaso, y representa la imagen de Miranda y el exilio.

Es un campeonato de crueldad y sangre. Son veinte días de horror. Los prisioneros criollos son fusilados ante los ojos de las tropas sitiadoras. Los prisioneros españoles son puestos de blanco entre los dos fuegos. La situación mejora para las tropas sitiadas al llegar una goleta española con refuerzos militares. Bolívar se ve obligado a replegarse hacia Venezuela donde organiza una nueva ofensiva. Las tropas realistas y criollas se enfrentan en Barbula y Trincheras. Monteverde es herido de gravedad y Girardot muere. Los españoles de Puerto Cabello han sido derrotados; en un solemne funeral se brindaron honores a Girardot. Se reúne el Ayuntamiento y se nombra a Bolívar «Capitán General de los ejércitos de Venezuela, vivo y efectivo y con el sobrenombre de Libertador. Es un don que le consagra la patria a un hijo tan benemérito».

La revuelta de los llaneros realistas señaló el principio del fin. Estos hombres, que venían de las grandes llanuras del interior, eran rudos y violentos. Combatían guiados no por una ideología, sino por el afán mercenario del botín de guerra. Su jefe era el general Boves (1783–1814), quien durante la República fue condenado por sus andanzas de cuatrero. Este hombre de notable resistencia física era ya en vida una leyenda, violador de doncellas, capaz de batirse con decenas de hombres y vencerlos. Al golpe de sus caballos atravesaba los llanos con sus huestes. De las roncas gargantas de sus hombres surgía el canto como una declaración de principios:

Sobre la yerba la palma,
 sobre la palma los cielos
 sobre mi caballo yo
y sobre yo mi sombrero.

La Legión del Diablo, como los llamaban, secundaba a un jefe y no a una idea: consideraba el saqueo como la recompensa justa. En su mayor parte se trata de hombres procedentes de sectores rurales marginados tanto por los españoles como por los patricios. En Uruguay, estos mismos sectores defienden la independencia, pero allí hay un líder, Gervasio José de Artigas (1764–1850), que los representa cabalmente y considera sus reivindicaciones, especialmente las que se refieren a la necesidad de una reforma agraria, que terminaría con el sistema de explotados y explotadores. No es este el caso de Venezuela, por lo cual resultaría incorrecto analizar el comportamiento social de estos hombres como una simple banda de facinerosos.

La Legión del Diablo comienza la más sanguinaria guerra civil que conocerá el país. Una guerra que Bolívar no podía ganar, ya que todas las desventajas las tenía de su lado: circundado completamente por la Legión, obligado a operar a menudo en un terreno desconocido, con sus bases en la lejana Caracas, no puede oponerse a estos fantásticos jinetes de la llanura. Además, Bolívar tiene la responsabilidad de gobernar, una tarea de por sí casi imposible, sin tener la seguridad de la ayuda militar de Nariño.

José Tomás Boves, asturiano, de la misma edad de Bolívar, tiene su cuartel general en una población a orillas del Guarico llamada Calabozo, a 200 kilómetros al sur de Caracas; Monteverde le había nombrado comandante e impartido la orden de sublevar los llanos, los extremos llanos verdes del Guarico que pronto habrán de teñirse de rojo.

Hemos visto que mientras Bolívar toma Caracas y forma su Gobierno, otra expedición acaudillada por Nariño avanzaba por el oriente logrando importantes triunfos y dominando las ciudades de Cumaná y Barcelona.

Entre ambos ejércitos compatriotas se extendían unos quinientos kilómetros de llanos por donde las guerrillas de Boves se desplazaban veloces. Venezuela, dividida en dos, se desangraba. Bolívar propone a Nariño la unión de ambos ejércitos y la unificación de Venezuela bajo un gobierno central. Por toda respuesta Nariño dirá: «Que haya dos Venezuelas y que cada uno de nosotros mande en cada una de ellas».

Se abre el juego

La ciudad de Caracas se halla amenazada por las tropas de Boves. Bolívar abandona Valencia, donde se encuentra instalado su cuartel general, y marcha a proteger su ciudad natal. El destino hará que sean sus campos, la enorme heredad de San Mateo, el escenario de una de las más decisivas batallas de la cual saldrá triunfador.

Los senderos que ayer transitó junto a su preceptor, hoy le ven correr, organizando sus fuerzas, preparando la estrategia. La noche cae sobre San Mateo; ahora, sobre la vieja mesa se hallan extendidos los mapas de la guerra. Boves aguarda tras el río y las sombras empiezan a diluirse. Nadie puede recoger el instante en que empieza la lucha; la memoria retoca, mejora, rescata un tiempo. Supondremos que el alba surgió sin transiciones. Existe un personaje, que es el que hace la historia. Dirige y le obedecen otros hombres como él, que jamás dirigirán ni serán obedecidos. Sólo figurarán en cifras y es bien sabido que las cifras no lloran, ni aman ni ríen.

En el río de la estancia de San Mateo, la crónica registra 1.300 muertos de ambos bandos.

Boves, herido en una pierna, se aleja a su campamento sumido en la derrota. Pronto llegará la hora de su revancha. En un sangriento tablero de ajedrez los dos hombres juegan la partida.

El 25 de marzo de 1814, tras más de veinte días durante los cuales se sucedieron unas escaramuzas sin importancia, el jefe llanero inicia un nuevo asalto que es desbaratado por Bolívar al precio de numerosas bajas que diezman sus tropas. En esta segunda batalla de San Mateo resaltan gestos de heroísmo suicida. El capitán neogranadino Antonio Ricaurte (1786–1814), se vuela junto con el polvorín amenazado por los llaneros de Boves, decidiendo de esta trágica manera la suerte de la batalla.

Santiago Nariño, convencido finalmente de la imposibilidad de triunfar por separado, decide unir sus tropas a las de Simón Bolívar. Boves se repliega levantando el sitio de Valencia y se dirige hacia los llanos, su refugio natural, el sitio que conoce y que le permitirá reorganizar sus fuerzas.

El encuentro de los dos jefes patriotas es receloso, los dos hombres se miden y estudian. En cambio, las tropas de los dos ejércitos se abrazan en un marco de gritos de alegría: es un abrazo de menesterosos, de sufridos y hambrientos hombres con ropas destrozadas que alrededor de los fogones evocan el amor de sus mujeres lejanas, cantando las canciones de la tierra, al son de una guitarra española.

Bolívar entrega el grueso de las tropas al general Nariño, y éste marcha al sur en busca de batalla. En Aroa se enfrenta con el General Cevallos, el avezado estratega español, quien destruirá gran parte de la caballería patriota poniendo en fuga a las fuerzas de Nariño.

Es el comienzo del fin: Bolívar se entrevista con Nariño y le ordena que aporte el resto de hombres que le quedan en Oriente como único recurso que permitiría salvar Valencia y Caracas. Nariño se niega y permanece en su cuartel de Valencia.

Con el ánimo destrozado, el Libertador desandará los caminos penetrando en su ciudad natal. Caracas le escucha:

La guerra se hace más cruel y están disipadas las esperanzas de pronta victoria. terribles días estamos atravesando; la sangre corre a torrentes; han desaparecido tres siglos de cultura, de ilustración y de industria; por todas partes aparecen ruinas de la naturaleza o de la guerra. parece que todos los males se han desencantado sobre nuestros desgraciados pueblos.

En un último recurso desesperado, decide atacar a los españoles desde Valencia. En la ciudad se halla Nariño con el resto de los hombres. La miseria reina por todas partes. Los civiles se ven obligados a empuñar las armas; muchos soldados desertan y son apresados; doscientos son capturados y formados en una larga fila en la calle de tierra. Son los que no han podido cumplir con el mandato de Simón Bolívar: «un último esfuerzo, venezolanos».

En medio del horror hay tiempo para rituales. Uno de cada cinco desertores será fusilado para ejemplo de los demás; algunos se arrojan al suelo y son levantados por sus compañeros; el azar determina quién debe morir y quién debe vivir.

En la calle de tierra de la ciudad de Valencia, cuarenta cuerpos permanecen sobre el polvo militarmente alineados. De los restantes 160, pocos lograrían salvarse de la muerte en esos días de mayo de 1814.

Boves avanza con sus tres mil hombres, Valencia tiembra: en las puertas de la ciudad comienzan los enfrentamientos. Cuatro horas son suficientes para decidir la batalla. Boves es dueño de la plaza. Simón Bolívar dirá años después: «La pérdida de aquella acción fue causa de la pérdida de la República de Venezuela».

Mientras Bolívar y Nariño huyen con las pocas tropas que les han quedado, el coronel Jalón, del ejército criollo, almuerza con Boves en una suntuosa residencia. El militar ignora que a los postres su cabeza rodará sobre el piso de rojas baldosas, como broche final de la jornada.

El éxodo

A su llegada a Caracas, recibe la noticia de que Cartagena ha decidido unirse a Venezuela y le ha nombrado hijo benemérito de aquel Estado. En la ciudad se impone la ley marcial, y el pánico hace presa de la población. Se convoca una asamblea popular. Durante las deliberaciones, los ánimos de los notables se caldean y abundan los reproches e insultos. En medio de la agitación surge la orden: «Todos los ciudadanos se presentarán antes de tres horas cumplidas después de esta publicación, con sus armas y todas las bestias y monturas que posean, en la Plaza Mayor, donde se les dará destino».

A doce kilómetros de Caracas, Boves amenaza la ciudad; muchos huyen, ya que sólo se cuenta con mil hombres para resistir. Bolívar elige el camino del éxodo.

De la derrota se saca el partido de la reacción, y de la capitulación no se saca otra cosa que entregar hasta los dispersos y perder hasta el derecho de defenderse.

Casi veinte mil personas se ponen en marcha. Son veinte mil desesperados buscando el Oriente, la ciudad de Barcelona donde aún resisten Nariño y Piar. La larga marcha de derrotados deberá afrontar los rigores de la naturaleza. Nadie vuelve la vista atrás. Caracas ha sido perdida.

Los fugitivos llegan a Barcelona. Bolívar se transforma en el subordinado de Nariño; la prueba es dolorosa para el hombre acostumbrado al mando absoluto, pero más dolorosa es esa espera, la incertidumbre de cuánto habrá de producirse el ataque final.

Ha llegado el día. Las tropas llaneras se enfrentan con las criollas. Nariño al frente de las mismas sufre una feroz derrota. La ciudad tiene que ser abandonada. Ahora la meta es Cumaná.

La pequeña ciudad, cuna de Sucre, recibe el aluvión de refugiados. ¡Qué distinta es en esta hora la imagen de la misma! ¡Cuánta diferencia con aquel paisaje que Humboldt pintaba en 1799! «Al pie de una colina sin verdor, la ciudad está dominada por un castillo. Ningún campanario, ninguna cúpula que pueda atraer de lejos la mirada del viajero, sino más bien algunos troncos de tamarindos, cocoteros y datileros que se elevan por sobre las casas, cuyos techos son de azoteas. Las llanuras circundantes, principalmente las del lado del mar, tienen un aspecto triste, polvoriento y árido, al paso que una vegetación fresca y vigorosa manifiesta desde lejos las sinuosidades del río que separa la ciudad de los arrabales. Cuando hacía una bella claridad de luna, colocábamos sillas casi en el agua, vestidos ligeramente hombre y mujeres, como en algunos balnearios del norte de Europa, y reunidos en el río la familia y los extranjeros gastábamos algunas horas fumando cigarros y conversando… Los delfines, que a veces remontaban el río, asustaban a los bañistas… Los niños pasan una parte de su vida en el agua…».

El general Nariño proclama la ley marcial, y se encomienda al general Rivas al mando de las tropas.

Una extraña aventura

En este momento surge un episodio aún no aclarado por los historiadores y que es motivo de hondas controversias. Nariño ordena embarcar en una nave capitaneada por un pirata italiano llamado Bianchi, veinticuatro cajones conteniendo plata y oro, requisado de las iglesias y cuyo fin era el de financiar los gastos de la revolución. Lo cierto es que el mencionado pirata se hizo a la mar con intenciones de apropiarse el tesoro. Los historiadores bolivaristas dan una versión muy poco creíble sobre la participación de Bolívar y Nariño en este lamentable suceso. Según dicha fuente, al descubrir Nariño y Bolívar el propósito de Bianchi, abordaron el buque que, no obstante, partió hacia la isla Margarita; en el transcurso del viaje, siguiendo siempre esta versión, ambos generales lograron dominar la situación y dirigir el barco a tierra.

Mientras tanto, en Cumaná, el general Rivas y el general Piar, ante la ausencia de sus jefes naturales, asumen enteramente la representación de los patriotas y convocan un Congreso que declara traidores a Bolívar y Nariño y por decreto los expulsa de la patria.

A su llegada a la isla Margarita, Bolívar y Nariño se ven imposibilitados de desembarcar y deben dirigirse al puerto continental más cercano. Allí son detenidos por sus propios subalternos. Bolívar se defiende con el siguiente argumento: «Logramos conducir a Margarita a este infame pirata para hacernos justicia, la fatalidad quiso que se hallase el general Piar en Margarita… El general Nariño y yo, jefes de la República, no pudimos desembarcar porque el facioso Piar se había apoderado de la fuerza y nos obligó a ponernos a merced de un pirata».

Los cronistas aseguran que el Libertador logró desarmar a sus custodios y a punta de pistola liberar a Nariño. Esta argumentación nos parece ingenua e interesada; la palabra soborno suele aplicarse a hechos similares.

Los dos altos militares se refugiaron en Cartagena. Bolívar dirá: «Vuestros hermanos y no los españoles han desgarrado vuestro seno».

Mientras tanto, los generales Rivas y Piar resisten durante cinco meses de sangrientas luchas al ataque de Boves y sus llaneros. Precisamente en uno de esos combates, el de Úrica, hallará la muerte el jefe asturiano Boves el día 5 de diciembre de 1814.

Su lugarteniente Morales apresará a Rivas y, luego de ajusticiarle, enviará su cabeza frita en aceite para que sea contemplada en la plaza de Caracas durante dos años.

La suerte de Piar, el otro protagonista de la brutal historia, será sellada años más tarde por el propio Bolívar.

En 1815, Venezuela, deshecha y desangrada por la guerra, estaba nuevamente en manos de los españoles. Bolívar juró que retornaría, pero pasarían muchos años antes de que pudiera hacerlo, y muchos más antes de que Venezuela fuese libre.