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VIII. Un Viaje por Europa. Ausencia y Retorno

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

A Fígaro le falta el aire; se ha quedado como flotando en el vacío, sin respirar bien. Poco a poco se le han ido cayendo al suelo los recursos para su soledad victoriosa: la familia es, ahora, el recuerdo de un fracaso. Los hijos, sobre todo, le muestran el duro precio de su matrimonio sin éxito y, por lo que sabemos, irradian hacía él una culpabilidad que no logra evitar nunca. Escribir es cada vez no ya una rutina sino un difícil acto de fe. Y Larra nunca supo disimular. Cuando le falta el entusiasmo, decide callar. No sólo es la censura (o las dificultades para decir la verdad que luego diría Bertolt Brecht), ni aún la autocensura; es algo peor, si se nos apura: la desgana, el cansancio.

La necesidad de salir fuera

Dolores se ha ido de Madrid. Y Larra, tímidamente casi, va tras ella. El punto de encuentro, a lo que parece, va a ser Badajoz. Por de pronto, pues, Larra deja un poco de ser el Fígaro galante e insidioso y abandona el Madrid de sus éxitos y desplantes cotidianos. La amistad del Conde de Campo Alange va a ser decisiva en esta etapa depresiva de Larra. Tal vez tuvo en él nuestro hombre su mejor y aun su único amigo. Con Campo Alange parte hacia Extremadura, y en el campo, con el horizonte inmenso de las tierras extremeñas, seda Larra su pasajera crisis. En el primero de los dos artículos dedicados a «Las antigüedades de Mérida», aparecidos en la Revista Mensajero los días 22 y 30 de mayo de 1835, se pregunta Fígaro:

Qué hago yo en madrid —exclamé una mañana, después de haberla rodado en todas direcciones— en este Madrid, tan limitado como todas nuestras casas, en el cual no puede uno echarse a la calle un día con ánimo de andar sin encontrarse a los cuatro pasos con la puerta de Atocha o la de Alcalá, con el campo de los Moros o la Pradera de los guardias? En este Madrid que sólo se puede comparar en esto con nuestra libertad, dentro de la cual no puede uno aventurarse a moverse sin tropezar con una traba? ¿Qué hago en Madrid?, me dije. Primero es preciso saber si hay alguien que haga algo en Madrid: no quepo en el teatro; no quepo en el café, no quepo en los empleos; todo está lleno, todo obstruido, refugiado, escondido, empotrado en un rincón de la Revista Española... J’étouffe. ¡Fuera, pues, de Madrid!

No Bien lo había dicho, un mozo llevaba ya del brazo el equipaje de Fígaro, más ligero que unas poesías fugitivas. Una lente para observar a los hombres, recado de escribir para bosquejarlos, y un buen o mal humor para reírme de los más de ellos.»

El texto entero de «Las antigüedades de Mérida» revela el amor larriano hacia España, la pasión por su patria. Se trata, claro, de una pasión crítica y de un amor dolorido. Mérida, la Emérita Augusta romana, es para Larra una metáfora excelente: como el país de hoy es, ante todo, pasado, fastuoso pasado. Viajando por la España de 1835, camino de Extremadura, el corazón de Larra se entristece: «¿Ni habitaciones, ni pueblos? ¿Dónde está la España?». Pregunta inmensa que asoma a sus labios desde el paisaje desolado de Castilla, a medida que su carruaje avanza lento hacia el destino extremeño. Cuando divisa, tras «tres días de rodar por el vacío» una magnífica población, vuelve a preguntarse: «¿Hay hombres por fin allí (...)? No, los ha habido». Larra está ante Mérida. Y Mérida, en suma, no es sino una hermosa mina, un bello recuerdo, el esplendor fulgurante del ayer.


Extremadura, un alto en el camino

Aquellos días, Martínez de la Rosa vive sus últimas horas de gobierno. Mientras tanto, Larra, junto a Campo Alange, recupera el pulso perdido. Vive allí momentos de necesario reposo, de silencio, de calma. Pero Extremadura sigue siendo España y Larra decide dar un salto mayor: salir a Europa, abandonar durante un tiempo el provincianismo español. El pretexto para su salida es un viaje de negocios, el arreglo de cierto no bien conocido asunto. Por primera vez desde que regresó del exilio familiar —y siendo ya Fígaro—, Mariano José de Larra deja España. El tiempo le convencerá de que se trata de un respiro. En las «Impresiones de un viaje» — Revista Mensajero, 19 de julio— describe el escritor su sensación cuando ve perderse el paisaje del país en lontananza:

Ra el 27 de mayo; el sol empezaba a dorar la campiña y las altas fortificaciones de badajoz; al salir saludé el pabellón español, que en celebridad del día ondeaba en la torre de palmas. media hora después volví la cabeza: el pabellón ondeaba todavía; el caya, arroyo que divide la españa del portugal, corría mansamente a mis pies; tendí por última

vez la vista sobre la Extremadura española: mil recuerdos personales me asaltaron, una sonrisa de indignación y de desprecio quiso desplegar mis labios, pero sentí oprimirse mi corazón y una lágrima se asomó a mis ojos.

Era minutos después, la patria quedaba atrás y arrebatado con la velocidad del viento, como si hubiera temido que un resto de antiguo afecto mal pagado le detuviera o le hiciera vacilar en su determinación, expatriado corría los campos de portugal. entonces, el escritor de costumbres no observaba: el hombre era sólo el que sentía.»

¡Europa, al fin!

Del escritor al hombre. Larra llegaba a Europa para sentir el tiempo, para curar su irrenunciable patriotismo del espacio con el patriotismo del tiempo que siempre preocupó a Gregorio Marañón: Portugal, primero, Londres, Flandes y, por fin, París será el itinerario de este viaje larriano que dura desde los últimos días de mayo a los también últimos de diciembre, esto es, siete meses. Las impresiones del hombre —el escritor se hallaba ahora en segundo plano, para reaparecer luego con más fuerza que nunca— las conocemos, aunque parcialmente, por las cartas que dirige a sus padres y a Delgado, su editor.

Desde Portugal, con el corazón herido y una cierta aunque aún no desmedida añoranza de España, escribe a Ventura, contertulio de El Parnasillo, amigo y compañero en la redacción de la abigarrada Revista Española: «Lisboa es una capital suntuosa, pero el pueblo más sucio del mundo y de mayores distancias, de suerte que no se puede salir a pie (...). El Teatro portugués es tan despreciable como todo Portugal».

Poco tiempo esperó Fígaro vivir en la capital portuguesa. Su plan de viaje está ya meditado y resuelto. En la carta a Ventura traza con vigor el itinerario: Londres, Amsterdam, Ostende, Bruselas. El rodeo está bien estudiado. No hay prisa y Larra quiere empaparse de Europa. Con todo, su estado de ánimo empieza a renquear desde los inicios del mes de mayo. Apesadumbrado, anota al amigo, mirando hacia dentro de sí mismo: «Si tuviese mi corazón satisfecho sería un viaje delicioso el que voy haciendo, pero como voy lleno de disgustos, te aseguro que viajo como viaja por el monte un corzo que va herido de muerte; como y bebo para distraerme, y aunque tengo abiertas las mejores sociedades, hago en ellas el papel de una estatua. Si toda la vida ha de ser como la que llevo vivida, te aseguro que para mí ya es bastante».

Semejante estado de ánimo se va a acentuar, si cabe, en Londres, a donde arriba a finales de mayo.

Portugal fue tan sólo un paso obligado. Propiamente hablando, la primera escala del viaje fue Londres. Mariano José se había visto en Badajoz con Dolores Armijo y, en virtud de lo que sucedió más tarde, su relación —bien que con sumas dificultades— proseguía. Desde Lisboa le invaden los recuerdos del amor lejano. Pero su necesidad de entrar en paréntesis europeos, incluso, superior a la de soñar de cerca con una Dolores convertida ya en mito. La capital inglesa, donde no llega a estar un mes, produce en Larra una impresión de ciudad monumental:

París—escribe en una carta a sus padres desde Inglaterraes indudablemente al lado de esto un pueblo mezquino: es imposible dar un paso a pie, y en este sentido puedo decir que no he puesto el pie en Inglaterra: ello es un caño de plata para el bolsillo: pero si se paga, se disfruta...»

Fuera de España, Larra sigue preocupado, casi obsesionado por el tema español. En Londres vive entre españoles, y con ellos comparte el pesimismo propio de los exiliados al que él, seguramente, aporta dosis de veracidad. Vive España tal vez más objetivada, pero con la misma tonalidad angustiada de un mes atrás: «Aquí reina la mayor desesperación con respecto a las cosas de España», escribe sin tapujos, añadiendo luego los detalles concretos de una preocupación que no le abandona en absoluto. Desde Londres, Larra se apercibe con fuerza de lo difícil que le es renunciar a su mundo de antes. Y el problema no es ya sólo intelectual, sino personal. En la carta a sus padres antes señalada hay unos párrafos extraordinariamente importantes para medir la experiencia inglesa de Mariano José de Larra:

Confieso que el aspecto de londres entristece más que alegra. ¡se ve uno tan pequeño en él! ¡es uno tan nadie! por otra parte, yo creía que el viajar me distraería de mis disgustos; pero en madrid, donde veía diariamente a mis amigos y amigas, donde era obsequiado y tenido en algo, esto mismo no permitía estar siempre enteramente solo. por el contrario, mientras más me alejo, más objetos veo; pero como ninguno de ellos está ligado a mí, no sirve más que para recordarme que estoy solo, en una palabra, estoy en londres cara a cara conmigo mismo, y este es el mayor trabajo que me podía suceder, porque, a decir verdad, no me gusto gran cosa.»

Es como si Larra no pudiera ser ahora Fígaro y esa imposibilidad le doliese. El escritor se había quedado sin defensas. Más solo que antes, frente a su intimidad. Cara a cara consigo mismo, en sus propias palabras. O, dicho de otro modo, sin máscaras. Larra ha intentado evadirse y encuentra que su deseo se ve truncado. No puede huir de sí mismo. La distancia, el alejamiento, lejos de ser un bálsamo a su deteriorada situación personal, son como un espejo perfecto que le devuelve puntualmente su imagen. En Londres, fuera de su mundo, el «yo de la conversación» de que hablaba Valery desaparece; queda, tan sólo, el yo desnudo. Larra, acostumbrado a estar de cara a los otros, viviendo extravertidamente, definiéndose a favor o en contra, está ahora cara a sí mismo; solitario entre otros, no sabe ser un solitario puro. Y la soledad se vuelve contra él. Poco tardará en huir de su huida o, lo que es lo mismo, en volver a ser Fígaro. Pero el viaje prosigue. Queda, en definitiva, por resolver lo que es su verdadero pretexto, muy explícito en la carta a sus padre, fechada el 27 de mayo: «Saldré el 30 de éste para Calais a bordo de un vapor; llegará la noche del 30 al 31; el 31 tomaré la posta y llegaré a Iprés por la noche; por consiguiente, el primero de junio tendré el honor de comer con nuestro hombre. Sospecho que un par de días bastarán para el negocio; salga bien o salga mal despachado, inmediatamente escribiré a ustedes el resultado, y si habla, su señoría, en plata, recuperaré dignamente mi carta».

Tal era, pues, el motivo del viaje larriano: cobrar en la capital del Sena una deuda contraída por un «nuestro hombre» con su padre. Motivo, como se ve, muy alejado de una larga y pormenorizada estancia. Lo que, hablando con propiedad, era cuestión de unos pocos —y protocolarios— días se convierte, por mor de la necesidad que acusaba Larra de salir a la Europa del tiempo, en muchos meses.

París: Fin de trayecto

Si Londres ha sido dentro de él una escala difícil, cabe pensar que París, su París de la infancia, cambie sustancialmente el desolador panorama. Llega a París Larra, en su segunda estancia, cuando Martínez de la Rosa ha caído ya y el conde de Toreno lleva las riendas españolas en sus manos. ¿Curará París la sensación entre apesadumbrada y nostálgica del escritor? ¿Sabrá encontrar en la ciudad del Sena el calor que le faltaba a Londres? En principio, París parece poseer notorias ventajas para un «afrancesado» como Larra que, además, de haberse educado en Francia está impregnado a fondo de cultura francesa.

Sin embargo, Larra afrancesado en España —al decir de los que sólo ven la superficie de las cosas— es un español de arriba abajo en el París mítico del Romanticismo. De algún modo, la salida al exterior le sirve a Larra para ratificar su españolidad, para sacar a flote esa vocación irrenunciable de España. Y eso que París acaba abriendo sus puertas de par en par al periodista español que tan hondo lleva metido el universo romántico que sirve a todos como bandera. Amigo de los más grandes escritores franceses de la época, la estancia parisina de Larra le fuerza a intentar tutearse con los genios oficiales de movimiento. Poco a poco escala posiciones en las tertulias. Una carta al editor Delgado, fechada el 20 de agosto de 1835, nos clarifica y testimonia la inmejorable posición de Mariano José de Larra en el mundo literario parisino. Nodiér y Taylor, conocidos editores, le han ofrecido una colaboración sistemática. Se trata, escribe, «de una descripción de los principales pueblos de España, sus monumentos antiguos y modernos y el estado de nuestras costumbres; un estudio sobre nuestra literatura y nuestro teatro desde principio de siglo hasta nuestros días. Y, orgulloso, añade: «Puede usted poner esto en conocimiento de Breton, de Vega y demás, por si les puede servir de satisfacción. Ya pueden calcular que como español y como amigo habrétratado de dar todo el realce posible a nuestras cosas y a ellos mismos».


España, desde el Sena

Larra tiene, en cierto modo, el éxito al alcance de la mano. Se halla —conviene no olvidarlo— en la capital literaria del mundo, en el centro desde donde se irradia influencia y notoriedad. Un cierto esfuerzo calculado y el triunfo pudiera ser más que una palabra persuasiva. Mas Larra ha llegado para respirar, tomar oxígeno y regresar. La ausencia de «su» mundo le acerca más a él, le sitúa con mayor énfasis en su retorno. Y en la misma carta que contiene la descripción de su relativo confort, Larra se confiesa con el editor poniéndole sobre la superficie su sensación más auténtica:

Pienso en mi españa ahora más que nunca, y la considero siempre como mi cuartel general.»


¿Qué sucede, entre tanto, en la España que añora tanto Larra? El 7 de junio es aceptada por la Regente la dimisión de Martínez de la Rosa y el conde de Toreno, ministro de Hacienda en el gabinete anterior, se encarga de formar Gobierno. Los inicios de Toreno en el poder son un indicio de que intenta contentar a la facción exaltada que tanto presionaba antes, y así, el 4 de julio dicta un Real Decreto extinguiendo los dominios españoles de la Compañía de Jesús, al que siguió, días después, la supresión de conventos y monasterios que careciesen de al menos 12 profesores. España vive una nueva oleada anticlerical. Pero el conde de Toreno estaba llamado a ser un hombre de transición. La situación económica era desastrosa y la Deuda pública superaba los cuatro millones de reales. El proceso de industrialización apenas si se había iniciado y el estado del agro se aproximaba al caos. Las guerras carlistas y la emancipación de las colonias americanas agravaban al máximo los signos desfavorables de la coyuntura económica. El país necesitaba un cirujano, un mago casi, capaz de revitalizar el pulso de un enfermo crónico y devolver a los progresistas la confianza perdida en el Nuevo Régimen. El hombre se llama Juan Alvarez de Mendizábal que, ministro de Hacienda con Toreno, forma gobierno, al fin, el 15 de septiembre de 1835. Llegaba de Londres, donde se hallaba exiliado, en el mismo junio. Mendizábal, un malagueño cuyas vinculaciones con el mercantilismo inglés eran evidentes, había visto subir su estrella de forma expresiva en muy poco tiempo. Su nombramiento clavaba sobre él las miradas atentas, excepctantes y, de nuevo, confiadas, de una gran cantidad de españoles.

Larra mismo, desde la lejanía, aviva su fe ante el cambio de signo. Escéptico en profundidad, como escribe Umbral, «el encuentro con Europa (...) no ha hecho sino ahondar su nihilismo». Pero en septiembre, con Mendizábal ya en la Presidencia, la idea del retorno parece adquirir, en medio de su hondo pesimismo, perfiles nítidos. En una carta fechada en París el 24 de septiembre que tiene a sus padres como destinatarios, puede advertirse ese amasijo de contradicciones que define el estado de ánimo de nuestro hombre:

Con respecto de la vuelta a españa, vuélvame yo abogado o cosa peor si la hay, no sé cuando será; no he reflexionado en eso seriamente; pero de todos modos suplicaría a ustedes una cosa si mudan de domicilio y van a plasencia: figúrense ustedes que he muerto y no hablen nunca de mi vuelta. conténtense con decir que tienen un hijo en parís y que no saben cuándo volverá; pero nada de Fígaro ni de que hace versos ni de que escribe para el público. Yo me entiendo; hasta para ustedes puede ser útil esto algún día. Por lo demás, el fin de las cosas de España, tan incalculable a los ojos de ustedes está ya calculado; y como la ocasión es calva, pienso recoger el único pelo que presenta. Fíjense ustedes en mi prudencia y en que conociendo el mundo demasiado bien, por desgracia, no será la fe (que no tengo en ninguna opinión política) ni la ceguedad de partido, ni la precipitación, la que me comprometa. Es preciso acostumbrarse a considerar la vida como una partida de ajedrez; ni los hombres tienen más valor que los muñecos de palo ni una desgracia es más que una mala jugada.»

Pero en otro párrafo señala con más claridad: « Vistas las cosas de España, después de haber calculado que hacer fortuna aquí es imposible, porque me falta la fe, es decir, la voluntad de amarrarme a la cadena en París muchos años para lograr o no lograr lo que en España tengo ya conseguido, visto que ha llegado el momento de que mi partido triunfe completamente, no quiero verme detenido aquí por un negocio que debía estar acabado hace mucho tiempo.»


Un retorno indetenible

A finales de septiembre, las ideas de Larra andan confusas y hay algunos párrafos de la carta a sus padres verdaderamente enigmáticos y desconcertantes. Con todo, el retorno a la España de Mendizábal (que, sea dicho en honor a la verdad, aún no ha descubierto las cartas esenciales de su política) aparece como algo más que posible. París no le ofrece al escritor un futuro en exceso halagüeño. ¿Luchar de nuevo, abrirse camino? El espíritu de Larra no se halla demasiado proclive a esa dura prueba aun a pesar de que existen síntomas de poder atravesarla con éxito. En el fondo, Larra desea seguir siendo Fígaro. Y Fígaro es sólo posible del todo en Madrid, en el Madrid mediocre y añorado a un tiempo.

Por todo ello, el final está próximo. Umbral ha visto con lucidez esa doble faz del Larra que regresa de Europa, como el mismo Fígaro dirá luego, con «medio París en la maleta». Escribe Umbral: «El es un afrancesado que necesita pasear todos los días por la calle de la Montera (...). Larra es ciudadano de Madrid. Y ahora lo sabe. Trae de Europa un oscuro y amargo convencimiento de que su puesto está aquí. Esto le conforta tanto como le conforma; le reafirma tanto como le limita».

Una inesperada enfermedad le obliga a permanecer en Francia algún tiempo. Pero, curado ya, emprende el regreso en diciembre de 1835. Viene a ser otra vez Fígaro. Un Fígaro que reaparece con fuerza en el escenario de sus éxitos. Fígaro crecido por Europa, español por vocación y voluntad, romántico por convención racional. De nuevo, Fígaro dado al mundo. Poco más de un año va a mantener en pie sus razones debilitadas por el cansancio, la amargura y el escepticismo. Ahora, de momento, se halla en Madrid. No va a salir nunca más de su ciudad natal. Nos hallamos ante las horas decisivas de la vida de Larra. Por delante, un año en el que cada minuto cuenta con valor excepcional para la historia y la crónica. Un año en el que se condensa toda una vida.


La ausencia y la familia

Hay cosas que desde fuera han adquirido para Larra un valor más real. Alejado de Madrid, en el horizonte de una Europa bulliciosa —Víctor Hugo, Scribe y Casimiro de Vigne como estrellas rutilantes—, Mariano José de Larra ha vivido con objetividad los perfiles de su drama. No es sólo ya que carezca de raíces. Es que, además, tiene a aquellas alturas de su fulgurante biografía, ataduras. Su fracaso con Pepita Wettoret se agiganta en la medida en que ha tenido con ella tres hijos —Luis, Adela, Baldomero—, a cuyo mantenimiento de alguna manera está obligado. Los dos mayores viven a la sazón con sus padres y Larra se desazona de poder enviar dinero para su sostén. En el otoño de 1835 escribe de nuevo Mariano José a sus padres. Y les pregunta, atenazado por la preocupación: «¿Saben ustedes algo de mi difunta? No me interesa mucho, pero quisiera saber si ha incomodado a ustedes. Para mí, nada importa; sólo siento tener hijos y que ustedes no sean ricos y más independientes, en esto soy un buen cristiano, y como estoy viviendo del milagro desde el año veintiséis, me he acostumbrado al día de hoy como al último».

Pepita Wettoret es ya su «difunta», un agrio recuerdo que, sin embargo, le obsesiona irremediablemente. Larra ha pagado muy caro su fracaso matrimonial. Antes de partir para España pone al descubierto el precio de esa derrota que no fue sino el fruto áspero de su inmadurez. No considera a Pepita Wettoret su mujer ni espera bajo ningún pretexto retornar con ella. Pero, temiendo que Pepita no reciba ayuda, le quita el sueño la suerte de sus hijos. Delgado, su editor, recibe confidencias evidentes a este respecto. He ahí una razón más para un regreso necesario al que ya no le caben aplazamientos. Del Sena a la Puerta del Sol, tras siete meses de andanzas por Europa.