VIII. Ultimas Batallas
De Mienciclo E-books
Contenido |
Introducción
EN 1547 Bartolomé de Las Casas llega a la Península donde permanecerá hasta su muerte, «dedicándose a aquellas actividades donde había logrado más eficaces resultados: el envío a Indias de obispos celosos como el grupo de religiosos dominicos formados en el Colegio de San Esteban de Salamanca a las sedes neogranadinas o peruanas, y de misioneros semejantes a los llevados por él a su diócesis de Chiapas; y la clasificación doctrinal, mediante la elaboración de tratados monográficos sobre los temas más debatidos: encomiendas, predicación, conquistas, restitución, libertad personal y política de los indios, títulos de soberanía de los reyes de Castilla» (Giménez Fernández).
En esta última etapa, siendo ya un anciano, ha de redoblar sus esfuerzos, aclarando su inteligencia, neutralizando su proverbial agresividad, para reforzar con eficacia sus argumentaciones. Una serenidad de pensamiento, desconocida hasta entonces, se ha apoderado de él. José Martí (1853-1895), el poeta cubano, lo recuerda así: «No se puede ver un lirio sin pensar en el padre Las Casas, porque con la bondad se le fue poniendo de lirio el color, y dicen que era hermoso verlo escribir, con su túnica blanca, sentado en un sillón de tachuelas, peleando con la pluma de ave porque no escribía de prisa. Y otras veces se levantaba del sillón, como si le quemase: se apretaba las sienes con las dos manos, andaba a pasos grandes por la celda, y parecía como si tuviera un gran dolor… Así pasó la vida, defendiendo a los indios…»
Sepúlveda: la gran polémica
Con el fallecimiento de su adversario Cobos y la buena disposición que en ese momento tienen la Corte y el Consejo de Indias, para sus reformas, el camino de Las Casas se presenta mucho más libre. Se dirige entonces a Aranda del Duero, sede del Consejo, y luego a Monzón y Alcalá de Henares, donde el 1 de diciembre de 1547, obtiene catorce Reales Cédulas en apoyo a su misión evangelizadora en Indias, ese continente que el propuso —sin éxito— se llamara Columba.
Muy pronto deberá dedicarse por entero a defender sus tesis contra Sepúlveda en las famosas jornadas conocidas como Las Controversias de Valladolid. Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573) era un eminente latinista preceptor del príncipe Felipe, que había alcanzado amplio reconocimiento por sus traducciones de Aristóteles y sus escritos en contra de Erasmo y Lutero. En 1546 escribió la obra «Democrates Alter» o «Sobre las causas de una guerra justa», base de la extensa disputa con Las Casas.
Tito livio
español escribe en «Demócrates segundo» que las guerras hechas por los españoles contra los indios son legítimas y que la esclavitud de esos nativos es correcta. Sepúlveda ataca duramente las instrucciones escritas por Las Casas, tituladas El Confesionario, y «por orden real, todos los ejemplares del mismo» (Queraltó Moreno) son retirados de la circulación pública. Los partidarios de Las Casas habían impedido a su vez en 1546 la publicación de «Democrates alter», con la ayuda de fray Melchor Cano, teólogo dominico que desempeñaba la cátedra de teología en la Universidad de Salamanca, y también con la del obispo de Segovia, don Antonio Rodríguez de Haro.
Durante dos años se enfrentan Las Casas y Sepúlveda; «la opinión de la gente culta se dividió en dos bandos» (Pando Miranda). En 1550, tras dos años de polémicas, Las Casas acusa a su contricante de que sus publicaciones son «funestas y venenosas»; algunas de ellas han sido enviadas a Roma para ser publicadas allí. Carlos V decide convocar en Valladolid a letrados, teólogos y jurisconsultos para que «platicasen y determinasen si contra las gentes de aquellos Reinos se podían lícitamente, y salva justicia, sin haber cometido nuevas culpas más de las en su infidelidad cometidas, mover guerras que llaman conquistas». La primera se celebró del 15 de julio al 15 de noviembre de 1550. Conviene señalar que tres meses antes el emperador ha suspendido los proyectos conquistadores en América.
Sepúlveda debe hablar en primer lugar, y lo hará durante «dos o tres horas», ante «catorce graves varones reunidos allí por orden imperial; han sido elegidos entre los mejores de aquella España cumbre del siglo XVI» (Pando Miranda). La opinión de Sepúlveda es la siguiente: «La gravedad de los delitos “contra natura” de los indígenas y la idolatría; la rudeza de sus inteligencias incapaces de regirse por sí mismas, fundamentado ello en Aristóteles; por el mismo fin de la predicación, porque conquistados serán más fáciles de adoctrinar; por sus delitos de antropofagia» (Queraltó Moreno), autorizaría a la Corona de Castilla a reducir por la fuerza a los nativos y a gobernarlos como si fueran perpetuos «menores de edad».
Las Casas se presenta ante el Tribunal con un documento que se extiende a través de 560 folios. Según Bataillon y Saint-Lu «exalta animosamente, y no sin audacia a veces, los valores superiores de su idealismo humanitario». El Apostol de los Indios recuerda que Isabel y Fernando aceptaron con lealtad las obligaciones a que les obligaba la Bula del Papa Alejandro VI cuando les concedió el señorío de las Indias. Y que la bula Sublimis Deus expedida por el Papa Pablo III aclara sin lugar a dudas que los indios son seres inteligentes y que pueden auto-gobernarse. «¡Nada de señores y de siervos —exclama—. Dos estirpes humanas hijas del mismo Dios y regidas por el mismo cetro, que debían convivir amistosamente en el país descubierto, que es ancho y grande…»
«La segunda sesión —Queraltó Moreno— se celebró en abril de 1551… Sepúlveda y Las Casas creyeron ambos que habían triunfado el uno sobre el otro, pero el hecho es que los jueces no dieron por escrito —como se acordó—su parecer acerca de las razones presentadas por uno y otro bando… Pero sí podemos decir con Giménez Fernández, que la política regia posterior se inspiró en la tesis de libertad y racionalidad de los indios de Las Casas ordenando además que se detuvieran de nuevo las conquistas.»
Treinta proposiciones muy jurídicas
Mientras se desarrollaba la polémica con Sepúlveda, Las Casas hubo de hacer frente a una grave acusación: sus enemigos de Indias emprendieron contra él una campaña, y el nudo de la misma fue el tratado con instrucciones para la confesión escrito en Chiapas y conocido como El Confesionario.
Como se recordará, esta obra negaba la absolución a todos aquellos que no dieran la libertad a sus indios y les restituyeran lo obtenido bajo el régimen de la encomienda. María Rosa Pando Miranda nos dice al respecto: «Los usufructuarios de encomiendas protestaron clamorosamente contra la severidad de unas doctrinas que les obligaban a restituir lo mal ganado. Seguros de que no resultaría eficaz combatir de frente al pequeño libro, decidieron presentar a su autor como delincuente político; le acusaron de que negaba en el escrito los derechos de la Corona de Castilla al mando supremo del Imperio de las Indias. Bajo este falso celo por el real servicio, lo que realmente ellos defendían era su amor por las propiedades adquiridas que veían en peligro y no querían perder.»
La Corona respondió a las acusaciones, enviando a recoger todos los ejemplares que hubiera en la Península del polémico libro, sometiéndolo a un exhaustivo análisis por una comisión de juristas y teólogos designada por el Real Consejo de Indias. En virtud de su derecho a la defensa, Las Casas elabora un trabajo llamado «Treinta proposiciones muy jurídicas», en el cual deja en claro la potestad de la Iglesia y de la Corona de Castilla en tierras de Indias: «Los reyes de Castilla y León son verdaderos príncipes soberanos y universales señores y emperadores sobre muchos reyes, y a quién pertenece de derecho todo aquel Imperio alto, e universal jurisdicción sobre todas las Indias, por la auctoridad, concesión y donación de la dicha Santa Sede Apostólica, y así, por auctoridad divina. Y éste es y no otro el fundamento jurídico y sustancial donde está fundado y asentado todo un título.»
La réplica del obispo de Chiapas fue aceptada, reconociendo el Tribunal, públicamente, la lealtad de Las Casas para con el rey.
Recluta de misioneros
Luego de la batalla con Sepúlveda y el cambio radical operado en la política del Consejo de Indias al prohibir las conquistas y la esclavitud de los indios, Las Casas se dedicó a reclutar misioneros que continuarán su obra en el Nuevo Mundo. Había comprendido finalmente que el lugar más efectivo de su accionar se hallaba cerca de la Corte, donde podía influir, presionar, para que se llevasen a cabo sus reformas. Las Casas al fin de su vida se transforma en un hombre político, que no abandona sus principios, pero que adecua su táctica a las posibilidades, a la realidad del momento.
En este momento debía recordar las palabras que el oidor Juan Rogel le dijera en su despacho de Chiapas en el año 1546: «Bien sabe Vuestra Señoría que, aunque estas Nuevas Leyes y Ordenanzas se hicieron en Valladolid, con acuerdo de tan graves personajes como Vuestra Señoría y yo vimos, una de las razones que las han hecho aborrecidas en las Indias ha sido haber Vuestra Señoría puesto la mano en ellas, solicitándolas y ordenando algunas: que como los conquistadores tienen a Vuestra Señoría por tan apasionado contra ellos, entienden que lo que procura por los naturales no es tanto por el amor de los indios cuanto por el aborrecimiento de los españoles.»
Si las reformas molestaban a los españoles residentes en Indias, la presencia de Las Casas, su promotor, les resultaba insoportable. En agosto de 1550 presenta su renuncia indeclinable como obispo de Chiapas, consiguiendo que se nombre en su reemplazo a uno de sus discípulos, fray Tomás Casillas.
El 10 de marzo de 1551 el Protector es nombrado beneficiario del importante legado de don Juan de Ecija, y lo utiliza para asegurarse contractualmente para sí y su amigo y confesor, Rodrigo de Ladrada, el alojamiento por el resto de sus días en el colegio dominicano de San Gregorio, en Valladolid.
Las Casas viaja a Sevilla, acompañado por veinte misioneros que ha podido reclutar, los cuales se embarcan en la expedición de la armada que parte para Puerto de Caballos. Estos continuadores del Protector son portadores de siete tratados que puden ser calificados de acuerdo sólido de su doctrina proindigenista.
Los siete tratados
Estos siete tratados son los instrumentos de trabajo de los lascasianos. Ellos son la «Brevísima relación de la Destrucción de las Indias», el «Octavo Remedio», que amplía un memorial presentado al Consejo de Indias, «Avisos y reglas para confesores», «Treinta proposiciones muy jurídicas», «Disputa o controversia» (con Sepúlveda), «Tratado de los indios que se ha hecho esclavos», «Principia ad defendendam justitiam indiorum».
Los tratados son editados en varias imprentas de Sevilla, de una manera privada, casi clandestina. Dos de las imprentas utilizadas son las de Sebastián Trujillo y Jácome Cromberger. Así logra aprovisionar convenientemente a sus misioneros, «a sus discípulos que estaban allí, y a sus amigos esparcidos desde Chile hasta Texas de un cuerpo somero de su doctrina» (Giménez Fernández).
Los últimos años
Las Casas retorna a la Corte, en Valladolid, y no se separa de ella. En 1557 se encuentra en la misma cuando Carlos V, el que fuera el «más rey que otro cualquiera, porque no sólo es hijo de reyes, sino nieto de setenta y tantos reyes» (Menéndez Pidal), abdica en favor de su hijo, en quien tanto confía, Felipe II (1527–1598). El nuevo monarca conoce la labor de Las Casas; éste en 1543 le entregó la «Brevísima relación de la Destrucción de las Indias». Entre otras cosas conseguirá que se reinstaure la Audiencia de Guatemala, pues los indios de la región se veían obligados a viajar hasta la de México. Elabora también el «Memorial sumario a Felipe II».
Incansable, escribe «De imperatoria seu regia potestate», en donde analiza las atribuciones del monarca y los derechos de los súbditos. También trataba en «Los tesoros del Perú» y en el «Tratado de las doce dudas», donde el Protector condena a los españoles que detuvieron y ejecutaron a Atahualpa en 1533, el último emperador de los Incas, planteando que le sean devueltos a este pueblo sus riquezas y que se respete su organización social.
«Por último —escribe Giménez Fernández—, entre 1562 y 1564, le quedó tiempo para una última y detenida lectura y revisión de su Historia General, probablemente con vista a las disposiciones de su testamento, hoy perdido, otorgado en Madrid el 17 de marzo de 1564, donde legaba aquélla con sus demás libros y papeles al Colegio de San Gregorio, de Valladolid.»
La muerte y el juicio
Los últimos dos años de la vida de Las Casas transcurrieron en Madrid, primero en el convento de San Pedro Mártir y por último en el de Atocha, en las afueras de la ciudad. Sus últimos días los pasa en compañía de fray Labrada. Su único pesar es no haber hecho aún más en favor de los indios, «porque la bondad y misericordia de Dios tuvo por bien de elegirme por su ministro, sin yo lo merecer, para procurar y volver por aquellas universas gentes de las que llamamos Indias». Uno de sus últimos actos fue escribirle una carta al recién elegido Papa Pío V a quien le pide que excomulgue a los esclavizadores y explotadores de los indios.
Muere —posiblemente—, el 20 de julio de 1566, siendo enterrado en la capilla mayor de Atocha. Años después, cumpliendo disposiciones testamentarias, sus restos serán trasladados a Valladolid.
El Protector de los Indios moría, luego de consagrarse hasta sus últimos días a la causa en favor de los nativos. Tras él quedaba una larga historia de luchas y de sacrificios, de triunfos y fracasos, de violencias y de bondad. Fue una vida apasionada, aún hoy se lo discute. Algunos como Menéndez Pidal lo tildan de «patológico», otros, en cambio lo consideran un santo. Gabriela Mistral (1889–1957), dirá: «Si la Iglesia hubiese canonizado a fray Bartolomé, pasando por alto sus violencias, como hizo con otros santos en exceso turbulentos, entonces la hornacina, la nave, la capital rural o la catedral de santo patrón cubrirían nuestro continente, ya que en todas partes se habrían levantado edificios en su honor…»
Un año después de su muerte, el 6 de mayo de 1567, Bartolomé de Las Casas gana otra batalla: el Consejo de Indias declara libres a los indios de Cobán y siete años más tarde, en 1573, se publican las Ordenanzas de Ovando que recogen la inspiración lascasiana condenando definitivamente la conquista armada.
Después de quinientos años, los pueblos de Latinoamérica siguen levantando la figura de este ilustre español como símbolo reivindicatorio. Pablo Neruda (1904–1973), en su Canto General le brindará este homenaje:
Pocas vidas da el hombre como la tuya, pocas sombras hay en el árbol como tu sombra, en ella todas las ascuas vivas del continente acuden, todas las arrasadas condiciones, la herida del mutilado, las aldeas exterminadas, todo bajo tu sombra renace, desde el límite de la agonía fundas la esperanza.
Hoy a esta casa, Padre, entra conmigo. Te mostraré las cartas, el tormento de mi pueblo, del hombre perseguido. Te mostraré los antiguos dolores. Y para no caer, para afirmarme sobre la tierra, continuar luchando, deja en mi corazón el vino errante y el implacable pan de tu dulzura.