VIII. Los Laureles de la Victoria
De Mienciclo E-books
Introducción
EL recibimiento en el puerto de Palos no pudo ser más entusiasta y caluroso, si bien todas las familias no pudieron alegrarse pensando en los cuarenta hombres que habían quedado en Villa Navidad. De las nuevas tierras descubiertas hablaban por los codos los tripulantes, las pepitas y objetos de oro, los indios que Colón pensaba presentar a los Reyes Católicos para que conocieran las características de sus nuevos vasallos, los papagayos, los gallipavos, conejos, batatas, ajíes, maíz y gran cantidad de objetos tóxicos.
La Rábida y la casa de Martín Alonso Pinzón se convirtieron en los centros de mayor atracción para los curiosos y fascinados habitantes de la región. Todos querían ver y hablar con el ya famoso almirante del mar Océano y los héroes que habían hecho posible la singular aventura y que no se cansaban de comentar el paraíso descubierto.
Martín Alonso había llegado gravemente enfermo de sífilis, tanto que moría al mes escaso de su llegada. Esto debió de facilitar las relaciones de Colón con su segundo, pues incluso vivió en su casa, lo cual indica que si entre ellos había diferencias, en ningún momento se produjo la ruptura completa.
Las primeras cartas de Colón a los Reyes Católicos y Santángel rebosan optimismo, euforia y triunfalismo. En ellas no menciona Cipango, pero sí habla de las cercanías con los reinos del Gran Khan y pondera la abundancia de oro y la fertilidad de las tierras descubiertas. La Corte se hallaba entonces en Barcelona y desde allí le escribieron el 30 de marzo los Reyes Católicos llamándole «Don Cristóbal Colón, nuestro almirante del Mar Océano, Visorey y Gobernador de las islas que se han descubierto en las Indias.» El entusiasmo de la pareja regia no era inferior al del descubridor, a quien escriben, según Las Casas: «y porque queremos que lo que habéis comenzado con la ayuda de Dios se continúe y se lleve adelante, y deseamos que vuestra venida fuese luego: por ende, por servicio nuestro, que dedes la mayor prisa que pudieredes en vuestra venida, porque con tiempo se provea todo lo que es menester, y porque como vedes, el verano es entrado, y no se pase el tiempo para la ida allá, ved si algo se puede aderezar en Sevilla o en otras partes para vuestra tornada a la tierra que habeis; y escribidnos luego con ese correo que ha de volver presto porque luego se provea como se haga, en tanto que acá vos venis y tornais: de manera que cuando volvieredes de acá, esté todo aparejado».
La prisa de los Reyes Católicos estaba más que justificada, ya que no ignoraban la pretensión del rey de Portugal y habían puesto su diplomacia en movimiento para que el Papa Alendro VI reconociera sus derechos.
Viaje triunfal a Barcelona
El almirante había proyectado hacer su entrada en Barcelona por mar, como convenía a un almirante y era de su agrado, pero recibió orden de los Reyes Católicos que lo hiciera por tierra. Con un numeroso séquito, los indígenas que había traído de las Indias y los objetos más vistosos y exóticos, se puso en camino hacia Sevilla, para seguir por Córdoba, donde se encontró con su amante Beatriz Enríquez y sus hijos Diego y Fernando, y luego continuar por Murcia, Valencia, Tarragona y Barcelona. En todas las partes fue recibido y homenajeado con arreglo a su rango. Las poblaciones por donde pasaban salían a su paso. Se puede decir que fue un viaje de propaganda. Pero el recibimiento en Barcelona, donde según algunos historiadores llegó del 15 al 20 de abril y, según otros, el 30 del mismo mes, fue muy superior a todos los demás. El Padre Las Casas escribe: «Los Reyes estaban harto solícitos de ver su persona, y sabido que llegaba, mandáronle hacer un solemne recibimiento, para el cual salió toda la gente y toda la ciudad, que no cabían por las calles, admirados todos de ver aquella venerada persona, ser de la que se decía haber descubierto otro mundo, de ver los indios y los papagayos, muchas piezas y joyas y cosas que llevaba, descubiertas, de oro, y que jamás se había visto ni oído.» Y prosigue el entusiasta biógrafo: Colón «entró, pues, a la cuadra donde los Reyes estaban, acompañados de caballeros, y gente nobilísima, entre todos los cuales, como tenían grande y autorizada persona, que parecía un senador romano, señalaba su cara venerada llena de canas y de modesta risa, mostrando bien el gozo gloria con que venía. Hecho grande acatamiento, según a tan grandes príncipes convenía, levantáronse a él, como a uno de los grandes señores, y después acercándose más, hincadas las rodillas, suplícales que le den las manos; rogándose a se la dar, y, besadas con rostros letísimos mandáronle levantar, y, lo que fue suma de honor y mercedes, de lo que sus Altezas solían a pocos grandes hacer, mandáronle traer una silla rasa, y asentar ante sus reales personas».
Colón no sólo acaparó todos los honores, mercedes y beneficios de la expedición, sino que también se apropió de lo que no le pertenecía, como de los diez mil maravedís de renta anual que los reyes habían establecido para el primero que viera tierra. Dicen que el marinero que la descubrió, el llamado Rodrigo de Triana, despechado por la injusticia, se fue a Marruecos y renegó de la fe de Cristo. Mientras tanto, Martín Alonso Pinzón moría con pena y sin gloria y otros esforzados navegantes de aquella empresa pasaban al olvido. Pero también Colón no tardaría en ser desbordado por la misma dinámica histórica de la conquista y colonización del Nuevo Mundo.
Por lo pronto, a los Reyes Católicos lo que más le urgía era garantizar la conquista con el envío de una nueva expedición, de la que Cristóbal Colón sería capitán general, además de conservar el resto de sus títulos, y obtener del Papa la bula correspondiente. La diplomacia fernandina se movió con prontitud para rechazar la reclamación del rey de Portugal, que invocaba el tratado de Alcaçovas, y obtener una primera bula, la ínter Caetera, fechada el 3 de mayo de 1493, por la cual se concedía a los Reyes Católicos las Indias descubiertas o que se descubrieran. Como no fuera suficiente, el 4 del mismo mes aparecía otra que dividía el mundo por descubrir entre las coronas de Castilla-Aragón y Portugal. Por esta bula se otorgaba a la Corona española la posesión de las islas y territorios situados a cien leguas al oeste de «cualquiera de las islas conocidas como Azores y Cabo Verde». Lo portugueses no se arredraron e hicieron valer los derechos que les habían concedido a ellos los Papas Martín V (1418) y Calixto III (1456) sobre la India Oriental. A tal efecto, Juan II se dispuso a enviar una flota a las Indias, pero los Reyes Católicos protestaron enérgicamente y le conminaron a que desistiere de su empeño, alegando que las cuestiones jurídicas que planteaba el caso podían resolverse por vías diplomáticas.
En este pleito, tanto los soberanos de Castilla-Aragón como el de Portugal trataban de ganar tiempo. Mientras se llevaban a cabo las negociaciones sin resultado positivo, la diplomacia fernandina consiguió un éxito decisivo al firmar Alejandro VI la bula Dudum siquidem el 26 de septiembre de 1493, por la que se concedían a los Reyes Católicos todas las islas y tierras no descubiertas y conquistadas por otros príncipes cristianos que, prácticamente, abrogaba los privilegios otorgados a los portugueses sobre las Indias orientales.
La concesión del Sumo Pontífice a la Corona española obligó a Juan II a negociar directamente con los Reyes Católicos la demarcación de las zonas de influencia de los respectivos países. El resultado de las negociaciones fue el Tratado de Tordesillas, firmado el 7 de junio de 1494, por el cual se ratificaba la división territorial este-oeste de la segunda bula Inter Caetera, pero desplazando la línea de demarcación a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. El Tratado de Tordesillas permitiría más tarde a los portugueses instalarse en el Brasil. En todas estas negociaciones los Reyes Católicos tuvieron muy en cuenta los consejos de Cristóbal Colón: «Por la Dudum siquidem —escribe Morales Padrón— se completaba la posibilidad de que los barcos castellanos, yendo hacia poniente, descubriesen islas que pertenecían a la India asiática— — quae Indias fuissent vel essent—. El mundo quedaba abierto para la colonización de Castilla. La Dudum siquidem venía a ser como el broche final a un siglo de litigios, completada por lo que se acordase dentro de poco en Tordesillas. Portugal había sido derrotado y Colón veía asegurado su éxito y confirmados sus privilegios. Lo que en Santa Fe fue problemático y lleno de hipótesis, era ahora una realidad palpable.»
El efecto del descubrimiento produjo honda impresión en toda Europa. De la carta-informe que Colón envió a Santángel, se hizo una primera edición muy defectuosa en Barcelona en 1493. Aunque el hecho tenía visos de fantástico e increíble en los mismos medios científicos, la carta circuló ampliamente en los centros políticos, económicos y culturales de Europa. Fue traducida al latín por Leandro de Coscó con el título De Insulis inventis. Epístola Cristoferi Colom y sólo en el período 1493-94 aparecieron nueve ediciones en Roma, París, Basilea y Amberes. En el norte de Europa tardaron más tiempo en advertir la, trascendencia del acontecimiento.