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VIII. Fracaso de un Economista

De Mienciclo E-books

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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Contenido

Introducción

EL 21 de febrero de 1961, Fidel Castro asienta sobre nuevas bases la estructura gubernamental. Desaparece la banca privada y todas las actividades en ese campo son absorbidas por el Banco Nacional; pero disminuye la importancia de éste, ya que las cuestiones presupuestarias y de financiamiento pasan a depender del Ministerio de Hacienda. Se crea un nuevo departamento ministerial: el de Industria. Guevara es nombrado titular de dicho ministerio el 23 de febrero. En dicho puesto ejercerá las funciones que había desempeñado ya como Jefe del Servicio de Industria del I.N.R.A. y en el Banco Nacional, pero ampliadas y mejor definidas: movilización de la mano de obra, desarrollo industrial derivado de la reforma agraria, y control de todas las industrias nacionalizadas o de nueva creación: instalaciones petrolíferas, minería, etcétera, el Ministro dispondrá de facultades omnímodas.

En su nueva etapa gubernamental, Guevara tropieza con ingentes dificultades: escasez de manos útiles provocada por la movilización militar (el conflicto con Estados Unidos todavía no ha estallado) y carencia de un programa de planificación; por ejemplo: se ha recibido del Japón equipo para sesenta plantas industriales y el Gobierno no sabe qué hacer con él.

El «hombre nuevo» frente al «afán de lucro»

Al emprender su difícil tarea, Guevara se inspirará en una teoría de pura raigambre leninista: la del «hombre nuevo».

Allá por los primeros años 20, Lenin se dio cuenta de que algo fallaba en el andamiaje dialéctico de Carlos Marx. El socialismo era, según su creador, el sistema económicamente óptimo, por tratarse del único que utiliza racionalmente todos los factores que actúan dentro del proceso creativo de riqueza. Sin embargo, los bolcheviques comprobaban que al actuar las empresas de acuerdo con las normas socialistas, los índices de productividad bajaban verticalmente. Los críticos de Marx habían puesto ya de manifiesto la causa de aquella contradicción: Das Kapital omitía uno de los grandes incentivos que aceleran la productividad: el «espíritu de empresa», o por decirlo de una forma más cruda, «el afán de lucro».

Para colmar la laguna, Lenin concibe su teoría «del hombre nuevo»: la «construcción del socialismo» exige que el trabajador a todos los niveles sea movido por un estímulo más fuerte que la esperanza egoísta de una mayor ganancia. El «hombre nuevo» será estimulado sólo por la satisfacción de participar en la labor común. Mientras tal transformación del hombre no se produzca, la dictadura del proletariado no podrá relajar sus medios coercitivos.

Guevara se entusiasma cuando descubre la teoría. Expuesta por el «Che», parece mucho más efusiva y seductora que a través de los fríos esquemas de Lenin:

«El trabajo, y la floración de la juventud en el trabajo; esto es lo fundamental. El trabajo es una recompensa en ciertos casos, un instrumento educativo en otros, pero nunca un castigo. Con la nueva generación aparecerá una revisión radical del concepto de trabajo.»

Naturalmente, Guevara encaja su hallazgo ideológico en el sistema general de su filosofía guerrillera, para la cual más vale un ejemplo práctico que cien teorías abstractas. En cierta ocasión, el «Che» da por terminada prematuramente su tertulia nocturna:

—Vamonos a la cama —dice a Ricardo Rojo—. Mañana te espera un día duro. Está preparado a las cuatro y media.

En efecto: a dicha hora paraba frente al hotel donde Ricardo se alojaba un coche oficial en el que van el Ministro, su mujer Aleida y el médico Alberto Granados.

Cuando Guevara y sus acompañantes llegan a la plaza de la Revolución todavía no son las cinco. En el lugar había más de tres mil personas y la flota de autocares y camiones engalanados con banderas cubanas que debía transportar aquel gentío. Casi todo el mundo, mujeres y hombres, cubría sus cabezas con amplios sombreros de yarey; era un mundo formado por funcionarios y gente de las profesiones liberales, con sus esposas e hijos. La cosecha de caña estaba en plena sazón, había que recogerla y faltaban brazos. Los trabajadores voluntarios tendrían pues, que moverse mucho, para demostrar a los auténticos obreros del campo que todo aquello no era una bambalina propagandística.

A lo largo de los cuarenta kilómetros que separaban La Habana de las plantaciones elegidas, Rojo iba pensando que todo se desarrollaría de acuerdo con el patrón «latinoamericano»: El Presidente de la República o alguno de sus ministros trabaja a pleno sol durante algunos minutos, rodeado de reporteros gráficos. Luego, acompañado por numeroso séquito de funcionarios y periodistas, se refugia en algún lugar umbroso donde aguarda un opíparo refresco.

Con los machetes que sirven para cortar la caña, fueron distribuidos a los neófitos una especie de camisones de grosero lienzo cuyas largas mangas debían abotonarse a la muñeca. Rojo miró extrañado al Ministro:

—Nos asaremos de calor...

Guevara, con una luz de malicia en los ojos, respondió únicamente:

—Se ve que nunca cortaste caña...

En efecto: la caña suelta un polvillo impalpable que se introduce por los poros, levanta ampollas y es un martirio para los no habituados.

Las escépticas previsiones de Ricardo Rojo no se cumplieron: ni periodistas, ni elegante sombrajo, ni refrescos. Desde las seis a las once y media el Ministro cortó caña de azúcar, haciendo el trabajo de tres hombres. Luego, una prolongada siesta, como todos los demás. Y luego, desde las tres hasta las siete de la tarde, otra vez a cortar caña.

El «Che» aparecía radiante, como si al conjuro de su ejemplo hubiera surgido en Cuba el «hombre nuevo». Y en efecto, aquel que no tuviera en cuenta lo efímeros que suelen ser los arrebatos de colectivo entusiasmo, podía suponer que alboreaba una nueva Edad de Oro: jefes de sección y directores, codeándose con modestas secretarias y todavía más modestos ordenanzas; señoras elegantes gastando bromas a humildes mujeres del pueblo. En fin: toda una comunidad unida por el trabajo manual, con la gozosa satisfacción de cumplir un deber que a todos incumbía.

El éxito de aquella experiencia, así como el de otras parecidas, hicieron pensar al nuevo Ministro de Industria que la fórmula guerrillera en su versión laboral podía ser el remedio de todos los males que afectaban a la economía cubana. Fue creada la Orden de los «héroes del trabajo» y Guevara profetizó que cuatro años de masiva labor voluntaria transformarían en gran manera la faz económica del país.

Industrialización y pluricultivo

Durante la permanencia de Guevara en el Ministerio de Industria se observan dos etapas perfectamente definidas: desde 1961 a 1963, y a partir de dicho años hasta 1965. Esas dos etapas se pueden sintetizar en una sola cuestión: ¿Industrialización o caña de azúcar?

En el período 1961-63, la política económica de la isla, impulsada todavía por la euforia que siguió al triunfo revolucionario, se mueve bajo el signo preferencial de la industrialización..., o más bien del optimismo: creación de industrias que antes no j existían, pero sin descuidar el desarrollo agronó¡mico. En fin: el mejor de los mundos... Y unos brutales desengaños.

La primera decepción es motivada por la caña de azúcar. El plan para 1961 era de maravillosa sencillez: En los tiempos de Batista, la superficie cultivada era X; ahora se pondrían en explotación 130.000 hectáreas más de terreno; si a una hectárea corresponde un rendimiento Y, la zafra de 1961 habría de proporcionar (X + 130 000 x Y) toneladas de caña. Una simple regla de tres al alcance de un niño de siete años. Desgraciadamente, Guevara y sus consejeros verde oliva (color del uniforme guerrillero) no habían tenido en cuenta: Primero: un terreno recién roturado no rinde lo que una plantación en plena productividad. Segundo: la condenada ley del «afán de lucro», que mientras el seráfico «hombre nuevo» no surgiera de las lústrales aguas revolucionarias, seguiría ejerciendo su maléfica influencia.

En resumen: la zafra de 1961 fue un desastre, doblemente lamentable, porque por entonces Cuba ya disponía de mercados para el producto: toda el área socialista y el Tercer Mundo.

Mas para la indomable moral guerrillera el grave traspiés era una futesa. Además, tropezando es como se aprende a caminar. De modo que, si el monocultivo azucarero sólo daba quebraderos de cabeza y poco rendimiento, había simplemente que abandonarlo y tomar por caminos menos trillados. ¿Que se exportará menos azúcar? No importa: para cubrir su déficit en el comercio exterior, Cuba producirá lo que necesite. La reforma agraria se inspirará, por lo tanto, en la diversificación agronómica, y sobre la marcha será puesto en ejecución un ambicioso plan de desarrollo industrial.

Tan pronto como lo ha pensado, Guevara pone manos a la obra. El 15 de febrero de 1962 crea una Comisión económica para la reforma industrial y los maravillosos proyectos teóricos comienzan a darse como los hongos en un clima más propicio que el cubano.

La isla del azúcar y del tabaco va camino de convertirse, sobre el papel, en una nueva Bélgica o Checoslovaquia del Hemisferio Occidental. El guerrillero Ministro de Industria predice que ya en 1962 quedarán dobladas las cifras de producción eléctrica, y antes de 1965 las correspondientes al cemento. En la producción de acero (nula de momento) debe llegarse al medio millón de toneladas anuales. Se instalarán fábricas textiles con ayuda de la República Democrática Alemana, y astilleros navales, gracias a los técnicos polacos. Las refinerías de petróleo ya existentes serán ampliadas, y brotará de la nada una industria farmacéutica y otra de electrodomésticos (esta última, para que las amas de casa cubanas no tengan nada en absoluto que envidiar a las norteamericanas).

Si el optimismo guerrillero de Guevara no le permitía darse cuenta de que su frenético proyecto de industrializar el país en dos años era irrealizable, por lo menos le hacía ver que sólo el intento de ponerlo en marcha exigiría una severa política de centralización autoritaria. El 5 de junio de 1961 transcurrido apenas un mes y medio desde la malaventurada intentona de Playa Girón, el «Che» anuncia en un discurso que la lucha contra los solapados enemigos del nuevo orden económico obligará quizás a unificar todas las fuerzas revolucionarias en un partido único.

No se sabe si aquel globo de ensayo lo lanzó Guevara por iniciativa propia o de acuerdo con Fidel Castro. Empleando una terminología tenística, podría decirse que cada uno en su campo, económico y político respectivamente, parecen ambos empeñados en no «dejarse romper el servicio» de sus afirmaciones marxistas. Por fin, es Castro quien se lleva el gato al agua con un saque imposible de restar: su decreto del 3 de julio fusionando todas las organizaciones revolucionarias en un solo partido.

El control del nuevo P.S.P. (Partido Socialista Popular) a través de su apparat, actúa de freno para las alegres improvisaciones guerrilleras del Ministro de Industria; pero se muestra igualmente ineficaz como remedio para los incurables males que derivaban de una industrialización sin sólida base.

En sus relaciones con el Partido, Guevara tenía que tascar el freno, so pena de pasar por «desviacionista» impenitente y ser descalificado políticamente. En alguna de sus declaraciones reafirma, como disciplinado militante, los grandes principios leninistas: centralismo democrático, discusión, crítica y autocrítica, lucha contra la rutina... Así, cuando en cierta ocasión se dirige a los futuros miembros del Partido:

«Somos capaces de analizar fría y objetivamente nuestro trabajo y criticarlo cuando no resuelve los problemas fundamentales, cuando caemos en el automatismo y conformismo, cada vez que deja de ser creador y vivo.»

Los ataques a la burocracia serán una válvula de escape para el inconformismo de Guevara. En sus discursos de la época, los males que al país acarrea el burocratismo aparecen como un fatigoso estribillo:

«(La juventud) debe declarar la guerra a todos los tipos de formalismo. (...) El joven comunista debe revelarse contra todo lo que sea injusto, quienquiera sea el responsable.»

«Hay que retirar (ciertas tareas) de las manos de la burocracia y encomendarlas a la masa trabajadora.»

«(El aparato político) en parte se ha convertido en trampolín para conseguir ascensos y llegar a los cargos burocráticos.»

El florilegio de diatribas podría extenderse hasta el infinito.

La solapada lucha Guevara-Partido sale a la superficie a mediados de 1963, al socaire de la calamitosa situación económica. La gestión del «Che» al frente del Ministerio de Industria es objeto de ataques cada vez más acerbos; justificados, la mayoría de ellos.

En el sector agronómico, el intento de conversión al pluricultivo había llevado a un estrepitoso fracaso, pero no tan grande como el de la planificación industrial.

En 1961 se había previsto la inversión de 850 millones de dólares en la instalación de nuevas industrias. El presupuesto cubría un período de cuatro años; pero en 1963 los créditos estaban prácticamente agotados, y sin embargo, el rendimiento de la producción seguía en continuo descenso. En aquel desequilibrio intervenían factores imputables unos al Ministerio de Industria y otros no: había que tener en cuenta la escasez de mano de obra cualificada y de cuadros técnicos, lo inadecuado que resultaba para las condiciones existentes en Cuba mucho del equipo y utillaje procedente de los países socialistas y las insuficiencias de la colaboración técnica que aportaban aquellos países: muchas veces llegaban las instalaciones, y meses después los que debían montarlas. En ocasiones ocurría de otro modo: llegaba puntualmente la maquinaria con sus montadores, pero los funcionarios cubanos del Ministerio no habían previsto siquiera dónde había que instalarla.

De nuevo el protagonismo del azúcar

Ante la caótica situación, el equipo dirigente acuerda someter a revisión la política económica en su conjunto. Guevara es el primero en reconocer sus errores y en aceptar que no se puede seguir adelante con el experimento de industrialización. Con absoluta sinceridad admite cuatro fallos fundamentales de su gestión: Haber descuidado el cultivo de la caña; no tener previsto que gran parte del equipo procedente de los países socialistas era inadecuado a las condiciones del país y a la idiosincrasia del trabajador cubano; confiar demasiado en las cifras muertas de la estadística; y haber empeñado capitales y esfuerzos en la fabricación de artículos que fácilmente se podían traer del extranjero.

La nueva orientación económica es conocida por el pueblo a través de una comunicación de Fidel Castro. El Jefe del Gobierno destaca que la decisión ha sido tomada por acuerdo unánime de todos los ministros (por lo tanto, también de Guevara). En un período de diez años, la economía cubana tendrá por base la agricultura: la exportación de sus productos servirá para financiar el plan de industrialización. El cultivo de la caña tendrá nuevamente la primacía: en 1970 tiene que llegarse a una cosecha de 10 millones de toneladas. Asimismo, se dará trato preferencial a la ganadería. Hasta 1970 habrá que prescindir de todas aquellas industrias no relacionadas directamente con la actividad agropecuaria.

El «Che» se somete; pero resulta evidente que no consigue dominar su complejo de fracaso. Cada vez irá mostrando menos interés por la economía y por los entresijos de la producción.

Pero el temperamento de Guevara está reñido con la inactividad. En su fuero interno había elegi do ya una misión más acorde con su talante aventurero: la difusión del credo revolucionario-guerrillero por todos los pueblos de la Tierra.

Comienza una nueva etapa trashumante para el incurable nómada. Pero en las próximas correrías no se darán las notas de pintoresca bohemia que fueron la salsa y la sal de su anterior peregrinar por tierras americanas. Antes viajaba «El Chancho»; ahora es el umversalmente célebre «Che»: un public relations de la revolución, injertado en diplomático.