VIII. Entrenamiento Para ser una Figura Política Nacional (1842-1854)
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Introducción
EN 1842 Lincoln, en vez de presentarse de nuevo a las elecciones legislativas del Estado de Illinois, se decide a pisar firme en la política y se lanza a conquistar un puesto en el Congreso delaUnión, en Washington. Hace un año apenas que se ha casado. Y todo el mundo, amigos y biógrafos, están de acuerdo en que la ambiciosa y enérgica Mary ha jugado un papel decisivo a la hora de dar este paso. Y lo seguirá jugando de cara a lo que ha de ser la carrera política de «Abe» a escala nacional.
En 1842 comienza, pues, un largo período, cuyo fin podría fijarse doce años después. Durante todo ese tiempo, Lincoln se entrena, por así decirlo, para un alto puesto en la política de su país. Como es lógico, y les ocurre a todos los hombres, Lincoln pasa por muchas pruebas: unas consisten en aprovechar el éxito; otras, en soportar un mal paso. Y aunque su determinación de intervenir en la política americana viene ya de años atrás y es firme, también atraviesa por momentos de desaliento, períodos en los cuales parece haber abandonado ese propósito.
Características de la política en América
Parece necesario insistir, al hablar de este período, en que Lincoln perfecciona el aprendizaje de la mecánica política americana. Cada país tiene sus peculiaridades, sus instituciones políticas, y América tiene las suyas. Figuran, sin duda alguna, en ese momento, entre las más modernas, porque no han de soportar el lastre del pasado. Son también las más abiertas a la negociación, porque no han afrontado, como ocurre en Inglaterra —y en Francia en 1789—, ninguna revolución en la cual haya que convertir un importante sector de la población en enemigos del nuevo estado y crear un nuevo mecanismo político. En América, las instituciones se han ido desarrollando poco a poco durante el período de la colonia. Los fundadores de la Unión, al redactar el texto Constitucional, se han limitado prácticamente a convertir en ley lo que ya era costumbre. Y el único problema, el de la escasa solidez de la Unión, que se manifiesta desde el principio a través del tema de la esclavitud, todavía no ha sido resuelto porque es el único en el cual la tendencia a negociar y encontrar soluciones intermedias no puede ser aplicada, dados los intereses que están en juego. Necesita dolorosamente una guerra. Esto es importante recordarlo. Porque sólo así se comprende que Lincoln, que no quiere la guerra, entre luego en ella con decisión.
Pero veamos primero estos años iniciales en los que «Abe» Lincoln, estrambótico y original abogado en Springfield, hombre de mil oficios, hijo de pioneros y pionero él mismo, se lanza por los senderos de la política nacional con las virtudes y defectos de su complicada personalidad. Con su experiencia de legislador provinciano, con su oratoria carente de brillo pero convincente, con su capacidad de interesarse por los problemas ajenos, con su fama de rudo, con su melancolía. Y con la nueva ayuda de su esposa.
La «imagen pública» del político en EE. UU.
En un principio, el partido liberal de Illinois escoge a otras figuras para el Congreso. En 1842 a un tal Baker y, en la siguiente ocasión, a una figura influyente, con mejores títulos para atraer al elector: Harding, un general. Los dos, junto con Lincoln, son jefes del partido liberal en Illinois. Pero, y ésta es otra de las lecciones que recibe «Abe», sus compañeros parecen tener mejor «imagen pública», es decir, mayor capacidad de atraer a las masas de electores frente a los candidatos rivales del partido demócrata.
Lincoln, pues, ha de plegarse a la decisión de su partido. Y en ambas ocasiones, tras ser apartado, cumple con sus compromisos de cara al partido y apoya con discursos a sus compañeros.
El concepto «mejor imagen pública» nos acerca a una de las peculiaridades de la política americana de entonces, que no sólo pervive hoy, sino que se ha acrecentado. Aunque en todo el territorio de la Unión hay una serie de temas polémicos que enfrentan a la hora de las elecciones —la esclavitud, las relaciones entre los Estados y el poder central federal, la unificación de la moneda, el modo de recaudar los impuestos y el modo de invertirlos—, la verdad es que, tanto entre los demócratas como entre los liberales, existen en la época personalidades que coinciden con los criterios del partido rival. Y en las elecciones al Congreso,, a donde se acude a representar los intereses del Estado frente al poder del gobierno federal, esta confusión es todavía mayor.
Y es que el modo en que se han ido formando los Estados Unidos, paso a paso, incorporando nuevos territorios a medida que la frontera retrocedía —e incluso a veces mediante compras— determina que los habitantes de cada Estado de la Unión se sientan muy independientes en relación con el poder central. La idea «federalista» es algo vivo, con fuerza, en la América de la época y todavía hoy. De manera que los grandes intereses nacionales a veces se ven oscurecidos por otros que sólo preocupan a los habitantes de un Estado.
Y como demócratas y liberales no formaban dos partidos bien definidos, con soluciones totalmente contrarias para cada problema, en las elecciones juegan un papel importante la figura, la fama, los modales, del candidato. Un candidato no sólo ha de ser tenido por honesto, sino también por hombre hábil y bien relacionado en Washington, de manera que sea capaz de proponer textos para nuevas leyes que ayuden al Estado que representa. Ha de ser a la vez capaz de negociar un voto a una ley que, en un determinado momento, favorece a otro Estado para que, en otro momento, los representantes de ese Estado voten como él quiere.
Hay que insistir en que la política americana, como todas las políticas que no se llevan a cabo de modo dictatorial es el resultado de negociaciones, de pactos que se anudan y se desanudan, de decisiones tomadas con velocidad para ganar el favor del elector antes que el rival lo consiga. Se trata de un juego complicado, en el cual hay que convencer a los electores de que se domina el reglamento. Y tiene mayores probabilidades de convencer quien puede presentar hechos. Esa capacidad forma parte muy importante de la «imagen pública» del político.
Naturalmente, antes que a los electores, hay que convencer a los notables del partido, puesto que, decidido el candidato, los inscritos en el partido le apoyan. Unos, los más notorios, haciendo discursos a su favor. Otros, visitando a amigos y convecinos para convencerles de que acudan a un mitin, para responder a sus objeciones o pedir, finalmente, su voto.
Así pues, durante los cuatro años iniciales de este período, Lincoln ha de educarse para conseguir dominar poco a poco los resortes de esta maquinaria de partido.
Finalmente, y en esto su mujer debió ayudarle decisivamente, Lincoln aprende los mecanismos para conseguir apoyos e influencia a su persona dentro del partido. Escribe cartas, organiza reuniones y comidas, acude él mismo a invitaciones similares, hace de mediador entre los personajes enfrentados, encuentra la palabra oportuna para que un juicio suyo suene tal como él quiere.
En resumidas cuentas, estos cuatro años iniciales van consolidando aquellos rasgos pragmáticos de la personalidad de Lincoln. De manera que, después, cuando alcance la Presidencia, tales rasgos funcionarán y lo veremos conciliador pese a la guerra.
Pero al mismo tiempo que trabaja en el interior del partido, actúa políticamente de cara al pueblo, en contacto con los posibles electores, sus conciudadanos. En esto le ayuda su carrera de abogado. Y por supuesto, también, su actitud ante los temas políticos.
Como abogado, Lincoln rompe con el sucesor de Stuart y funda su propio bufete, llevándose con él a un joven que ha tenido que abandonar el Sur por sus ideas antiesclavistas y que será uno de sus grandes amigos: Herndon.
En Illinois este rasgo antiesclavista no tiene, sin embargo, excesivo valor, puesto que, como ya se ha dicho, la mayoría de la gente estaba contra la «Institución». Pero de todas formas, la decisión de Lincoln en este terreno está ya tomada también y no dejará de manifestarla. Hay que abolir la esclavitud, aunque del modo que resulte menos duro para todos.
Su carrera jurídica le ayuda políticamente sobre todo en un aspecto: permitirle seguir practicando y mejorando su oratoria, haciéndola más incisiva, más mordiente para atacar los argumentos del contrario.
A un golpe bajo, una respuesta digna y fría
Cuando la convención del partido reunida en Petersburg le elige candidato, su rival demócrata, un conocido clérigo llamado Cartwright, le acusa de ser ateo. Lincoln acude a la iglesia. El clérigo entonces cree que ha llegado la oportunidad de demostrar a los electores que ese hombre es un oportunista. Pide a los fieles que se levanten los que no quieran ir al infierno; y como no lo hace Lincoln, se encara con él sarcástico y le dice:
—¿Me permite que le pregunte adonde quiere usted ir?
Con estudiado sosiego, Lincoln responde:
—Al Congreso.
La respuesta le valdrá las simpatías y votos de la comunidad de Cartwright, que ha valorado los modales del clérigo como juego sucio y la capacidad de «Abe» para conservar la sangre fría y saber lo que quiere decir. Esto es posible sin duda gracias a la práctica de Lincoln en los juzgados.
En segundo lugar, su carrera de abogado le ayuda considerablemente porque le proporciona una reputación de jurista honesto. Acepta los pleitos que cree su deber aceptar, se lanza a la defensa con ímpetu y va por lo derecho. No le importa ser en ocasiones marrullero y efectista, desdeña someterse a los imperativos formales. Busca sacar a flote una sentencia absolutoria. Y va al grano con las maneras toscas del leñador y el autodidacta. En determinada ocasión, defendiendo a dos jóvenes acusados de robo, acepta desde el primer momento, y ante el estupor del juez, el jurado y el público, que en efecto, sus clientes son culpables. Prueba tras prueba, se limita a asentir desmañadamente que nada puede decir en contra. Pero, al levantarse para exponer su alegato, argumenta con la juventud de sus defendidos y el derecho que tienen a una nueva oportunidad. Condenarles ahora, resume, equivale a marcarles para toda la vida. Entre gentes hechas a buscar siempre otra oportunidad, el argumento es de peso y Lincoln obtiene la absolución.
Las cuentas claras
Pero, además, la honestidad de Lincoln, que llegará a ser proverbial, se manifiesta primordialmente en sus dificultades económicas. Cuando durante su campaña para llegar al Congreso se le acusa de ser un hombre de tendencias aristocráticas porque se ha casado con Mary Todd, emparentada con las gentes ricas de Springfield, se sonríe y apenas si se molesta en responder. Y es que sus apuros económicos son conocidos en toda la ciudad. De manera que cuando aparece por allí un único pariente, sobre quien recae una acusación de robo, Lincoln ni se inmuta. Su reputación en este terreno es demasiado sólida. Y cuando rinda al final de la campaña cuentas al partido, que le entregó doscientos dólares. «Abe» devuelve todo menos setenta y cinco centavos, costo de un barril de sidra «que unos granjeros me obligaron a ofrecerles». Ha viajado en su caballo, se hospedó en casas amigas. Y eso no puede cobrarlo. Una lección más de honradez.
Illinois le da más votos de los que ha dado nunca a un candidato liberal, mucho más que al famoso Clay. y gana holgadamente. y ello a pesar de que un imprevisto suceso nacional, la guerra contra México, se mete por medio y fuerza a tomar una postura muy neta. Actitud difícil para este hombre que como abogado, como abolicionista y como político, presume de pacifismo y moderación. Lincoln hace un discurso defendiendo la guerra e invitando a alistarse, en nombre de la unidad nacional. Es la primera vez que una contradicción así enseña la cara. No será la única.
Lincoln se dibuja como un político incómodo
Pero conseguido el éxito de ir como congresista a Washington, que hace feliz a la ambiciosa Mary Todd, Lincoln perderá el siguiente tramo del recorrido. En medio del bullicio y la cortesanía de la capital federal, sus actitudes no cuadran. Al principio, como hiciera en la legislatura de Illinois en Vandalia, calla, observa, estudia. Se fija en los hombres célebres. Pero, si en Springfield era una notabilidad, aquí es uno entre más. Intenta re¬petir los métodos. Y en vez de lanzarse de inmedia¬to con un discurso para darse a conocer, se dedica a trabar contactos en el guardarropa del Congreso, donde los políticos se reúnen tras las sesiones. Pronto se le llama el «campeón de narradores del Capitolio», dada la innumerable cantidad de historietas que conoce y suelta. Es algo de lo que se ha servido y se servirá siem¬pre, sobre todo para zanjar tensiones enojosas entre personas enfrentadas. Interrumpe la discusión y empieza: «Esto me recuerda una historia...» Pero, naturalmente, aunque se le conoce y se le aprecia como hombre de humor, bondadoso, eso no basta para sobresalir. Su primer discurso versará sobre una insignificante cuestión en torno al servicio de correos. Poco después, y volviéndose atrás de su actitud en Illinois, participa en la polémica sobre si la Unión debe seguir la guerra con México. Lincoln se muestra pacifista, engrosando las filas de quienes proclaman que la Unión ha agredido a México. Pero el idealismo más coherente y con más peso en la personalidad lincolniana tampoco le vale mayores méritos. Ha modificado su actitud de hace unos pocos meses, vuelve a ser coherente con sus ideas morales. Pero son muchos y hay figuras muy notables entre los que se oponen a la idea de que existe «agresión» a México. Sin embargo, es en este momento de su carrera política cuando Lincoln comienza a identificarse con la causa de la abolición. Ocurre que la esclavitud está también presente en la capital de la nación, ya que en el distrito de Columbia, o distrito federal, territorio cedido por los Estados limítrofes para construir allí la capital federal, sigue autorizada la trata. Delante de las ventanas de la oficina del congresista «Abe» Lincoln, está situado el mercado de negros «especie de establo, donde se los almacena como si fueran caballos», como escribe el futuro Presidente. Lincoln decide intervenir. Y este primer paso suyo como político nacional resulta muy típico de él. Se trata de un paso moderado, cauteloso, que intenta conciliar su deseo de perder de vista el «establo», tan contradictorio en la capital de una nación que se autotitula faro de las libertades, con el deseo de no herir al Sur, es decir, de no dañar la Unión. De modo que el oscuro y reciente congresista propone un proyecto de ley por el cual se pide la «abolición de la trata en el distrito de Columbia». Es, pues, un proyecto lleno de tacto, que busca sobre todo no romper con brusquedad, no provocar. Sólo aspira a que en unos cuantos kilómetros cuadrados, precisamente aquellos que son la ventana de la Unión hacia el mundo, pues allí se asientan diplomáticos -todo extranjero que haya de tratar con el gobierno de la Nación-, desaparezca la esclavitud. Sin embargo, el proyecto no cuaja. El propio comisario de Washington, que había prestado al principio su apoyo entusiasta, lo retira presionado por la opinión pública. Lo ocurrido es muy revelador del momento. A la población de la capital de las libertades, como suele ocurrir en todas las ciudades cortesanas, le gusta llevar una vida de lujo y pretensión. Aquí los esclavos no significan mano de obra barata para las cosechas. Pero valen, en cambio, como baratos animales domésticos.
La consecuencia del fracaso del proyecto es hundir la figura del abolicionista de Illinois. Si no gustaban sus rudeza y desmañamiento, si no se le veía en los salones a la moda, si sus inesperados brotes de melancolía y timidez le hacían un personaje de trato difícil y extraño, este gesto ya puramente político sirve para que, en silencio, los grupos esclavistas se pongan en marcha. Se acuerda que el proyecto de ley sea discutido en la próxima legislatura. Y al mismo tiempo se procura que Lincoln no sea reelegido.
La salida de Lincoln de Washington viene determinada por la actitud de los políticos de su partido. Una serie de viajes, entre ellos a Chicago y Baltimore, donde conoce de cerca la industria del Norte, le prueban que, por el momento, no se le considera un político nacional viable. Ha oscilado demasiado entre la guerra y la paz, entre la moderación y el abolicionismo, ha sido excesivamente duro en la cuestión de las recomendaciones para puestos públicos a compañeros del partido. No encaja. Se vería forzado a llevar a cabo alguna maniobra espectacular. Y no vale para eso, no sabe hacerla. De modo que renuncia a presentar su candidatura. El Congreso, de momento, queda para otro tipo de gentes. Uno de ellos es un viejo conocido de «Abe»: el demócrata Stephan Douglas, que llegó allí antes que él. «Abe» le desplazó en el cortejo a Mary Todd y le derrotará años después. Pero en esta carrera cruzada, Douglas gana ahora.
Corre 1850. Va a caldearse el gran tema de los esclavos. Pero Douglas se queda en Washington, cada vez más popular en la capital del país, y Lincoln, retirado al comprobar su poca fuerza, regresa a Springfield. Marcha al ostracismo, mientras el problema de los esclavos negros sigue en pie.