VII. Una Personalidad Madura (1834-1842)
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Introducción
RESULTA muy difícil afirmar cuándo comienza la madurez de una persona. En el caso de Lincoln esa dificultad se agrava. Los datos de su primera época se limitan a anécdotas muchas veces exageradas por sus convecinos cuando llega a Presidente. No obstante, mucho de lo que se ha contado de él lo muestra precozmente maduro en ciertos aspectos e inmaduro en otros: un ejemplo es su timidez extrema con la muchacha de la que acaba de hablarse.
En cualquier caso, vistas las cosas con la perspectiva que da el tiempo, puede afirmarse que una personalidad ya está madura cuando definitivamente la vemos poner en acción aquellas cualidades de que está mejor dotada.
El destino avanza: Lincoln se hace abogado
En Lincoln esto se produce de una manera clara al abandonar New Salem, cuando se orienta definitivamente hacia la abogacía.
En 1834 gana un puesto de legislador en el parlamentó estatal de Vandalia, entonces capital del Estado de Illinois, en su segundo intento. Tras su triunfo, alterna sus trabajos de legislador con los de administrador de Correos y lo que hoy sería en España algo parecido a procurador de los tribunales, pero que en la época se definía como «practicón» de abogado. Es decir, un hombre que domina las leyes y procedimientos jurídicos pero no tiene título o experiencia y ha de ocuparse de acciones subalternas. Todavía en los Estados Unidos hay sitios donde para ejercer la abogacía, no se exige un título. Es el caso de Illinois. Pero se exige experiencia. Lincoln no la tiene. Para abrirse camino le ayuda Mentor Graham, al cual comienza sirviendo como amanuense. «Abe» distribuye su tiempo entre New Salem y las visitas a sus electores.
En 1836, poco antes de las elecciones, «Abe» Lincoln toma una decisión importante. Apoya en el Parlamento el traslado de la capitalidad de Vandalia a Springfield, cruce de caminos, ciudad activa, dinámica. Y se traslada allí, sin esperar la decisión parlamentaria, que aún tardará unos meses en llegar.
Con el traslado a Springfield la suerte está echada. Fracasado en los negocios, dedicado ya a las actividades prácticas de la abogacía, progresivamente más dueño de su palabra merced a sus tareas como legislador, Lincoln ha decidido. Ha estudiado sistemáticamente. Poco antes recibió clases de gramática y ortografía. Sus lecturas no son variadas, pero sí bien seleccionadas. Así que se instala como abogado en Springfield. En aquellos tiempos no hacían falta exámenes sino clientes.
No quiere casarse por conveniencias
En 1837 toma otra decisión importante. Rechazar un matrimonio de conveniencia que le propone la mujer de un amigo en New Salem. La muchacha en cuestión, a la que «Abe» ya ha conocido años antes, se llama Mary Owens. Es robusta, simpática, agradable, amiga del bullicio. Para los amigos de «Abe» se trata de que un hombre ya con 27 años siente la cabeza y se case, solucionando de paso problemas económicos. Lincoln, a pesar de que está todavía próxima la muerte de Anna Rutledge, ha dominado su melancolía y se lo piensa.
Se trata evidentemente de un matrimonio en el que un hombre como él puede encontrar ventajas. Sin embargo, puede más la veta sentimental. Surgen discrepancias con esta medio novia. Ella le encuentra poco galante. El, demasiado gruesa y algo bobalicona. Sin embargo, se compromete. Y el compromiso le mantendrá atado algún tiempo, durante el cual ella viene a visitarlo a menudo y le anuncia planes: vender una finca para instalar debidamente el bufete, por ejemplo. Al fin quien soluciona el problema es ese Lincoln recién surgido, el Lincoln abogado y conciliador. Una serie de cartas llenas de tacto y sutilezas consiguen que cuando, al fin se decida «Abe» a formalizar el noviazgo, ella rechace la petición de mano. Lincoln se burlará de sí mismo por este éxito, pero se deprimirá al mismo tiempo. Teme haber sido injusto.
En 1842, finalmente, Lincoln contrae matrimonio. Ya es un hombre conocido como político en todo el Estado de Illinois y su fama de abogado también va en aumento. Tiene 33 años y ha recorrido un largo sendero desde sus comienzos en la vieja cabana de Kentucky.
Su mujer, una joven de 21 años, cultivada y brillante. Mary Todd, perteneciente a una de las más ricas familias de Springfield, habla francés y deslumbra a los jóvenes de la ciudad, a la que acaba de llegar.
Y no puede decirse que sea Abraham Lincoln quien la elige. Es ella la que, mirando alrededor, se ha fijado en este joven abogado y político, todavía rudo y decididamente falto del sentido de las formas y la elegancia, que lleva los pantalones demasiado altos y no sabe bailar.
Pues bien, a este hombre es al que elige Mary Todd, de carácter enérgico, ambiciosa, prefiriéndole incluso a otro rival en apariencia mejor situado y con el cual, a partir de ahora, se entrecruzará la vida de Lincoln: Stephan Douglas.
Y Douglas sí la corteja, mientras Lincoln, en cambio, permanece tan pasivo que protagonizará una de esas escenas cómicas, a las que tan dado fue en su adolescencia y que parecen de chiste: el novio que va forzado al matrimonio y del que todo el mundo espera que diga: No.
La forja del político
El Estado de Illinois está todavía en formación, como se ha ido viendo, hasta el punto de que traslada su capital. Es, pues, un Estado donde la vida inestable de la frontera ha desaparecido, pero donde aún quedan posibilidades para el desarrollo del espíritu de iniciativa, propio del temple de los pioneros. Están convergiendo sobre él fuerzas y apoyos que lo convertirán muy pronto en uno de los grandes Estados industriales de la Unión. Pero la vida es allí aún lo bastante sencilla como para que se aprecien las cualidades de honestidad personal por encima de otros méritos, para que las gentes valoren más lo conseguido por el propio trabajo que un apellido brillante. De los industriales y comerciantes se espera empuje, osadía para los negocios, pero también un trato cordial; de los funcionarios públicos, disponibilidad; de los políticos, sencillez; de los abogados, habilidad.
Las gentes de Illinois representan en esa época un tipo de personas a mitad de camino entre las rudas praderas que en el interior y el Oeste se están ahora colonizando y las gentes más rebuscadas de las ciudades del Norte y el Este. Ya hemos visto que las diferencias con el Sur son abismales. De esta manera, Lincoln, que se ha manifestado ante sus electores de New Salem y el Estado tal y como es, no ha de cambiar sustancialmente cuando acude primero a Vandalia y luego a Springfield.
Aquí sus modales resultan demasiado rústicos para el gusto de algunos, pero hay el suficiente número de personas capaces de apreciar directamente, sin mediaciones de ningún tipo, la valía de un hombre como «Abe». Por otra parte, su pertenencia al partido liberal, que en la primera elección fue inconveniente, pronto se convierte en una ventaja. En efecto, los «whigs» son débiles en Illinois, donde los demócratas están muy arraigados. De modo que el éxito de Lincoln en sus elecciones posteriores le transformará con rapidez en una figura estatal de cierto relieve. Será nombrado muy pronto jefe de los liberales en el Parlamento.
Cuando gana su primera elección, la de 1834, Lincoln es todavía un hombre sin demasiada experiencia. Pero ha aprendido mucho en los años anteriores, sobre la forma de hacer un discurso, de redactar una carta a los electores o un pasquín electoral, de ganar amigos en los condados y demarcaciones.
El jefe político de Lincoln, el jefe de los liberales en todo el territorio de la Unión, es Clay. Es el hombre que, en 1820, atajó el primer intento de secesión del Sur, proponiendo el acuerdo del Missouri: una raya en el mapa que, a partir del Missouri, dividía a los Estados de la Unión en abolicionistas y esclavistas. Era un compromiso anticonstitucional, pero evitaba la fragmentación, la posible guerra civil. Así pues, como bien se ve, el tema de los negros acompaña a Lincoln desde el inicio de su carrera política. En 1831 Garrison había iniciado en el Liberator de Boston una campaña antiesclavista que, como era lógico, afectaba a todos los políticos americanos de la época.
Se señala el hecho de que Clay fuera el jefe político de Lincoln para poner de relieve un rasgo característico de la personalidad política de éste desde sus comienzos: su gusto por la moderación y el pacto.
Lincoln era ya conservador. Pero la palabra conservador, en la América del siglo XIX, tenía un sentido distinto al que ahora le damos.
Lincoln admira y toma como modelo a Thomas Jefferson, el padre de la Constitución americana. Y Jefferson es uno de los primeros políticos americanos en manifestar las contradicciones que entraña la esclavitud para el pueblo americano. Jefferson es, por otra parte, el prototipo del defensor de las libertades individuales. Así que el conservadurismo de Lincoln hay que entenderlo como una actitud que tiende a salvaguardar lo conquistado: independencia, unión, libertad.
Se perfila el estilo de Lincoln
En la Asamblea de Illinois en Vandalia —ochenta y un hombres repartidos en dos cámaras dentro de un pequeño edificio de estilo colonial con pupitres y paredes de madera—, Abraham Lincoln se ha estrenado lleno de deudas; incluso pidió dinero prestado para poder comprarse un traje. Y calla al principio.
Seguramente ha visto y ha vivido y leído más que todos sus compañeros, por lo menos más que muchos de ellos; pero estudia procedimientos, el momento oportuno para atraer la atención e imponer un proyecto. Sus discursos, cuando al fin se decide a romper el silencio, son los que cabía esperar de un autodidacta; poco notables, demasiado sobrios. Sin embargo, se da a conocer en seguida; roto el hielo y la relativa solemnidad de las sesiones, baja al bar. Allí cuenta sus anécdotas y chistes con la mezcla de rudeza, cazurrería y estilo cómico que le distinguieron siempre. Se hace popular y sus compañeros legisladores le llaman el «caudillo de Sangamo», el río que está presente en todos sus primeros tiempos.
Pero sabemos que uno de estos compañeros no sólo le observa, sino que le estudia. Es Stephan Douglas, el hombre a quien Mary Todd rechazara y que es radicalmente opuesto a Lincoln: en su figura, baja y rechoncha, en su cultivada formación, en la agudeza. Lincoln sigue siendo irónico, pero rudo y hasta paleto, silencioso y súbitamente expansivo, lento en el pensar, sobrio en el decir. El ambicioso Douglas, que estudia a «Abe» como a cualquier político que se cruce en su camino, pues se ha propuesto llegar a la Casa Blanca, le desdeña en este primer momento. Se considera más inteligente que él. Después, las vidas de los dos hombres se cruzarán una y otra vez. Y será «Abe» el que gane la carrera.
Moralidad intachable
Al celebrarse la segunda elección del Estado, la de 1836, Lincoln ha ganado ya muchos puntos en oratoria, en capacidad de lucha y agresividad verbal, tan necesarias en las peleas electorales por conseguir votos. Sigue conservando una rara capacidad para conectar con las gentes convenciéndolas de su integridad moral. Y esto no sale a relucir sólo en las palabras. Es una actitud permanente de la que el público no se entera en algunas ocasiones.
En esta campaña, por ejemplo, un candidato demócrata lanza la insinuación de que conoce asuntos que podrían arruinar la campaña de Lincoln y que si no lo hace es por amistad personal. Ante estas insinuaciones calumniosas, Lincoln reacciona con una prontitud y una decisión que ponen de manifiesto su solidez moral: «Prefiero que revele usted las cosas —le escribe—. Por mucho que me perjudicasen, nunca arruinarían nuestra amistad». Así se comporta un hombre que es honrado a carta cabal.
Cuando llega a Springfield en 1836, sigue estando escaso de dinero. Y acude a buscar a un compañero de aquella incruenta guerra de seis semanas contra «Blak Hawk». Se trata de Josué Speed, que tiene tienda y posada. Le pregunta si dispone de alguna habitación al alcance de sus modestas posibilidades. El comerciante no acaba de entender bien a qué viene aquello. Responde con un lacónico: «puede ser». Al fin, ante la pregunta de Lincoln sobre el precio concreto, Speed advierte que son diecisiete dólares, en los que se incluyen algunos objetos comprados ya. Lincoln no dice nada y se dispone a salir. Entonces Speed, ante su gesto de profunda desolación, le llama. Tiene una habitación mucho más barata; lo había olvidado. Años después Speed contará que reaccionó así porque jamás había visto una cara tan triste y melancólica.
Pues bien, esta cara, capaz de infundir tan rápida compasión, cambia de golpe. Muy pocos días después de la escena con Speed, Lincoln se asocia como abogado al comandante Stuart, que quiere hacer carrera política en Washington y que ya conoce a «Abe», al que prestó libros y dio consejos jurídicos cuando éste empezó a estudiar leyes en New Salem.
Al principio, naturalmente, los pasos son lentos. Stuart se reserva los casos más brillantes y el joven legislador sigue haciendo de practicón, aunque figure en el rótulo como asociado al bufete. Más adelante, y poco a poco, los encargos mejoran. Y, de súbito, un caso le permite darse a conocer, confirmando en Springfield el público convencimiento de que se hallan ante un ser poco común. El asunto se adapta como un guante al estilo y facultades lincolnianas. Las que en todo momento le han llevado a ir al cogollo de los problemas, despreciando sutilezas, buscando siempre la verdad y la justicia, sin preocuparse de las formas.
En sustancia, se trata de una reclamación de una viuda que ha venido a Springfield para tomar posesión de la herencia del marido muerto: diez acres de tierra. Cuando la mujer llega, la encuentra ocupada por un viejo general también procedente del Este, con buena reputación y que pretende ser juez de paz. Stuart y Lincoln investigan y descubren que el documento de propiedad del militar es falso. El general comprende que el descubrimiento puede echar por tierra su carrera y se apresura a declarar que la parte contraria introdujo malignamente la falsificación entre sus papeles. Lincoln se enfurece, faltan días para las elecciones de juez de paz y no lo piensa más. Redacta un panfleto anónimo donde cuenta los detalles del caso.
A pesar de todo, el viejo general es elegido y pasa al contraataque. Acusa a Lincoln de dos cosas que las apariencias presentan como posibles: Primero, haber aceptado la defensa de una ladrona. Segundo, cobrar sin importarle que su defendida haya sido condenada. Lincoln no se inmuta. Redacta otro breve panfleto, ahora firmado. Tiene una reputación que defender, pero no armará tanto ruido. Los hechos hablarán por sí mismos. Meses después, el Tribunal Supremo del Estado casa la sentencia y condena al recién nombrado juez de paz. La popularidad y el estilo de Lincoln como abogado se imponen de un solo golpe. Y es que, en la abogacía, «Abe» ha encontrado la primera y real plataforma de acción.
Una etapa de indecisión
En la política estatal, en cambio, no acaba de encontrarse a gusto. Es nombrado jefe del Partido en el Estado y forma también, en 1836, un trío de liberales al que se denomina «los nueve largos», porque los tres sobrepasan un cierto peso y estatura, un grupo agresivo, propenso a las reformas. Pero no acaba de encontrarse satisfecho ni de acertar con el tono justo. Se le va la mano en las chuflas, de tal modo que sus adversarios le acusan de ser un clown.
Lo que sucede es que en Illinois no hay un gran tema ético, moral, que le impulse. Illinois es antiesclavista y el tema de la «institución», aunque sigue «caliente» en todo el país, aunque periódicamente surgen brotes y ocasiones de manifestarse en torno a él, no tiene en Illinois fuerza polémica. Entonces, lo que quedan son menudencias, imprescindibles para que el Estado de Illinois siga su marcha, pero en las cuales el modo de ser fundamental de Lincoln —su fuerza, su violencia, su capacidad para la negociación y sobre todo su voluntad ética— no encuentra terreno apropiado para manifestarse. Destaca mucho más Stephan Douglas, el brillante demócrata, en este ambiente sin grandes preocupaciones.
Con todo, y como queda dicho, Lincoln se convierte pronto en una notabilidad local. Le gustan las tertulias con sus compañeros de legislatura. Forma parte de un club donde no se permite la entrada a las mujeres y donde se pone de manifiesto su timidez característica y una cierta misoginia: escribe sátiras y poemas sobre las virtudes femeninas y las prácticas seductoras de los hombres.
Le gusta meterse en pleitos que los compañeros de abogacía estiman estrambóticos, como defender a unos «cómicos de la legua» para que puedan actuar. Sigue encantándole improvisar modales extemporáneos, hacer imitaciones de un clérigo, entrar a votar por la ventana. También la melancolía se adueña súbitamente de él cuando siente la derrota: un día porque no hay auditorio bastante, otro porque Douglas, su rival soterrado, en una discusión, le ha vencido ante la cámara del Congreso.
Pero el hecho es que cuando en 1841 le conoce la joven, brillante y ambiciosa Mary Todd, todos estos rasgos positivos y negativos componen una personalidad magnética y extraña. Una especie de paleto tosco con inesperados rasgos de grandeza. Y Mary, ambiciosa, que quiere unir su destino a alguien capaz de realizar algo grande, desdeña por él a los pretendientes pisaverdes de su Kentucky natal, algunos jovenzuelos de buena familia de Springfield, y hasta a un hombre como el «pequeño gigante» —Stephan Douglas— de quien todos dicen, y con razón, que será una gran figura política. A Mary Todd, Lincoln le parece más sólido. Hay que pensar que la intuición femenina es algo muy cierto.