VII. Primer Descalabro, Primera Lección Aprendida
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Introducción
SI bien la participación de Bolívar en estos hechos no fue decisiva, es necesario remarcar que tuvo su importancia. Pocos fueron los hombres, incluso el propio Bolívar, que comprendieron el alcance total de la declaración de la independencia y los escollos que habría que vencer para consolidarla.
Poco tiempo después, la realidad vendría a demostrar que los enemigos internos eran tan peligrosos como los externos. El balance del primer año de gobierno independiente fue calamitoso: la inexperiencia política marchaba del brazo de las discordias entre los grupos del poder, y los grandes proyectos, en general, parecían quimeras irrealizables.
Muy pronto, sectores del ejército comenzaron a sublevarse en algunas regiones del interior. En el sofocamiento de uno de estos movimientos, el que se produce en la ciudad de Valencia, tuvo su bautismo de fuego Simón Bolívar. Tan heroico fue su comportamiento en la toma de una posición, que el propio Miranda le devolvió sus insignias de coronel.
Aparte del levantamiento militar en tres provincias, surgió el problema de la elección del sistema de gobierno y la forma constitucional que a dicho gobierno se le daría. Se decidió finalmente optar por una confederación libre. La experiencia habría de demostrar que dicha elección no pudo ser menos afortunada para la joven República; poco después se manifestó toda su debilidad. La economía se derrumbó. El pueblo se vio enfrentado a problemas que jamás había tenido bajo los españoles y su lealtad osciló.
En cuanto a la constitución, el cuerpo legal fue extraído casi textualmente de la Constitución de Filadelfia. Como es sabido, el orígen de ésta se encuentra en el Contrato Social de Rousseau, y el Espíritu de las Leyes de Montesquieu. Los patriotas venezolanos creían que las leyes podían ser copiadas y trasladadas de un país a otro, y que esto podía modificar la realidad. No podían entender, cegados por su inexperiencia y por su idealismo, que las leyes deben ser el fruto concreto de una realidad nacional y social concreta.
Una prueba terrible
El Jueves Santo de 1812, Caracas se prepara para dormir su larga siesta tropical. La plaza de la ciudad, engalanada con los colores amarillo, azul y rojo, recuerda el festejo del segundo aniversario del movimiento emancipador.
La plaza está desierta, sólo un mendigo y algunas lagartijas se mueven por ella. De pronto un temblor horroroso sacude la ciudad; los edificios se resquebrajan como si estuvieran podridos. Tal es el pánico, que los más creyentes pensaron que se trataba del fin del mundo; las madres corrían a poner a salvo a sus hijos. Una muchedumbre desesperada marchó hacia la iglesia a purgar sus pecados. Las aves volaron tan alto que parecía intentaban oscurecer con sus alas el cielo.
Simón Bolívar trata de poner orden. Corre por las calles de la ciudad devastada por el terremoto. Lleva en su mano la espada. Atrás ha quedado su casa derruida. Los gritos de dolor y los insultos, la gente de rodillas junto a los escombros y los cuerpos aplastados de familiares, el rostro resignado e impenetrable de los indios, es la dantesca visión con la que tiene que enfrentarse Bolívar.
Hay una aglomeración frente a la iglesia: «¡Castigo de Dios! ¡Malditos jacobinos! ¡Es el castigo de Dios! ¡Es la justicia divina que cae sobre los herejes revolucionarios que se sublevan a su rey, único representante del Señor sobre la Tierra!» Las palabras del sacerdote realista enardecen a Bolívar. Lo aparta de un golpe y se dirige a la multitud: «¡Si la naturaleza se opone, si el mismo Dios se opone a nuestra causa, lucharemos contra ella, lucharemos contra él mismo, pero triunfaremos. Yo os lo prometo!»
El terrible terremoto de 1812 precipitó el caos, y se decidió otorgar a Miranda plenos poderes. Fue nombrado dictador y generalísimo de los ejércitos de tierra y mar de Venezuela. A las pocas semanas, la importante plaza de Valencia caía en poder de los españoles. El norte del país, baluarte realista, no se vio afectado por el seismo, y mantenía sus fuerzas intactas y prontas para seguir avanzando.
Miranda comienza a formar un pequeño ejército para hacer frente a las tropas enemigas estacionadas en Valencia. A sus filas se incorpora un joven que años más tarde daría a América el triunfo definitivo logrado en Ayacucho: Antonio José de Sucre.
A Bolívar se le encomendó la custodia del importante Puerto Cabello. Este nombramiento le enfureció, pues su deseo era ser destinado al frente de batalla. No logra comprender la importancia de la tarea asignada: proteger el puerto principal del país. Cree que Miranda le disminuye deliberadamente. No obstante, obedece sus órdenes.
Traición en Puerto Cabello
El 1.° de julio, Simón Bolívar se sentía tan solo cumpliendo una rutinaria misión en aquel islote desierto, que su corazón naufragaba sin rumbo por el calor de la tarde como una nave fantasma en un mar sin orillas. Su mente navegaba indecisamente, entre una niñez y una juventud añoradas y un presente indefinido y arriesgado. El tronar de los cañones de la fortaleza le devolvieron a la realidad. Comprueba que ha sido traicionado, reúne los pocos hombres que le quedan y pide ayuda a Miranda. Sus tropas se han sublevado y luego de resistir unos días, con muchas bajas, debe retirarse. Le escribe a Miranda: «Mi general: un oficial indigno del nombre de venezolano se ha apoderado, con los prisioneros, del Castillo de San Felipe, y está haciendo actualmente un fuego terrible sobre la ciudad. Si V. E. no ataca inmediatamente al enemigo por la retaguardia, esta plaza está perdida. Yo la mantendré entre tanto todo lo posible».
El sacrificio resulta inútil. Los refuerzos no llegan, y debe retirarse abandonando la estratégica posición. A su llegada a la ciudad de Caracas, se recluye en su casa de campo, incapaz de presentarse ante su jefe:
«… Yo hice mi deber, general, y si un soldado me hubiese quedado con ese habría combatido al enemigo; si me abandonaron no fue por mi culpa. Lleno de una especie de vergüenza, me tomo la confianza de dirigir a usted el adjunto parte; apenas es una sombra de lo que realmente ha sucedido. Suplico a usted me permita un intervalo de poquísimos días para ver si logro reponer mi espíritu. Después de haber perdido la última y mejor plaza del Estado, ¿cómo no he de estar alocado, mi general? No me obligue usted a verle la cara. Yo no soy culpable, pero soy desgraciado y basta…».
Si trazamos un retrato psicológico del Libertador, veremos en un primer plano su temprana orfandad, la cual le empuja a proyectar su necesidad de figura paterna en los personajes masculinos que gravitan en su historia. Primero su preceptor, Simón Rodríguez, quien le deja nuevamente huérfano cuando se ve obligado a abandonar el país; luego Napoleón, el gran emperador del mundo, quien le maravilla, pues es la representación viva de los ideales aprendidos de Rodríguez. Este padre todopoderoso pronto ha de darle la espalda, desilusionándole. Invitado a su coronación, no concurrirá. Y ahora, el último padre, el viejo paladín cargado de honores y aventuras, reconocido por los más poderosos gobernantes, anfitrión del mismísimo Napoleón. El hombre al cual trajo de Inglaterra para brindarle el escenario final de la gloria, la concreción de sus ideas, aquel ante quien se humilló y lloró, ha de abandonarle también. El posterior proceder de Bolívar para con Miranda, el cruel desenlace de la relación entre estos dos hombres que representan una época, hay que rastrearlo, seguramente, en esta profunda herida que en la vida de Bolívar dejaron marcada las repetidas orfandades que hubo de sufrir.
No olvidemos que su madre muere siendo él pequeño. Su esposa fallece poco tiempo después de contraer enlace. Hay una sola persona que va a permanecer junto a Bolívar: su nodriza, la negra Hipólita; pero esta figura, amada y fiel, aunque socialmente inferior como perteneciente a una raza de esclavos, no puede significar el consuelo y el apoyo que el Libertador necesita en aquella coyuntura difícil.
La derrota y el destierro
La pérdida de Puerto Cabello desencadenó la catástrofe. Las tropas españolas se dirigen a Nueva Granada. Miranda decide capitular con los españoles y entregar el poder. El general español Monteverde se compromete a permitir la salida de la ciudad a los jefes republicanos.
El gobierno independiente había caído. Bolívar presencia estupefacto la derrota. Busca un responsable. Le comentan que Miranda partirá rumbo a Nueva Granada con tres cofres de oro, que ya han sido depositados a su nombre, en un barco inglés surto en la rada del Puerto de la Guaira.
Bolívar no duda un solo instante. Con un grupo de amigos penetra en la casa de Miranda, lo apresan y lo entregan a los españoles para que sea juzgado por éstos como un vulgar ladrón.
Miranda es enviado a Puerto Cabello en calidad de prisionero. De allí será conducido a Puerto Rico, y finalmente a una mazmorra en Cádiz, en donde terminó sus días en 1816, encadenado a un muro.
Como extraña paradoja, vemos a Bolívar obteniendo del general Monteverde un pasaporte, que le permite abandonar Venezuela rumbo a la isla de Curasao. Aquí comienza otra historia. En esta posesión británica experimentará por primera vez el sabor del destierro.