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VII. Playa Girón

De Mienciclo E-books

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Che Guevara
de Colección Grandes Biografías


Contenido

Introducción

EL 3 de enero de 1961 se produce la ruptura de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos. El día 20 de aquel mes ha de tomar posesión el nuevo Presidente, John F. Kennedy, cuya tendencia progresista es notoria. Con aquella ruptura de relaciones parece que Eisenhower desea poner a su joven sucesor ante un hecho irreversible.

Pese a que el embajador Bonsal hubiese abandonado su puesto en La Habana, la Cuba revolucionaria seguía pensando que después del inminente relevo en la Casa Blanca podían mejorar las relaciones con Washington; incluso parecía observarse una tácita tregua en la pequeña guerra diplomática y radiofónica sostenida por el pequeño David del Caribe y el colosal Goliath yanqui.

La esperanza Kennedy no está garantizada

Sin embargo, los escasos viajeros que se trasladan desde el aeropuerto de Rancho Boyero a la capital cubana en un autobús de las líneas aéreas, pueden comprobar el clima de tensión que reina en el país. Sin cesar pasan camiones militares con su carga de soldados en uniforme de campaña. Ya en la ciudad, el autobús se cruza con un destacamento de la milicia femenina.

Ricardo Rojo, el viejo camarada de aventuras y amigo del ahora todopoderoso Ernesto «Che» Guevara, es uno de los viajeros a quienes sorprende todo aquel aparato militar. Acaba de llegar de Alemania, vía Nueva York-Miami, después de renunciar al puesto diplomático en la embajada de Argentina en Bonn que para él había conseguido su protector Frondizi. La curiosidad que a Rojo inspiraba la experiencia político-social cubana y la nostalgia del turbulento compañero que en diciembre de 1955 había dejado en Méjico, pudieron más en él que los placeres y tranquilidad de la vida diplomática en el viejo continente.

Rojo había pedido que le reservaran habitación en el Hotel Nacional; precaución innecesaria, pues el hotel está semivacío. En cuanto ha tomado posesión del cuarto que le asignan, extrae su agenda para comprobar un número de teléfono que le facilitó en Bonn cierto periodista argentino; es el de la línea directa que comunica con el despacho del Presidente del Banco Nacional.

Ricardo tiene ya en la mano el auricular del aparato, cuando se acuerda de que su amigo periodista le ha dicho que Guevara no suele acudir a su despacho hasta pasado mediodía. Son las diez de la mañana; tendrá, pues que dejar pasar aquellas horas sobrantes.

Al fin marca el número. En el otro extremo de la línea no contesta la voz impersonal de una secretaria, sino la de alguien que, por el tono impaciente revela ser hombre importante y habituado a mandar:

—¿Quién es?

—«El Francotirador», que visita con carácter oficial a su amigo «El Chancho» —responde Ricardo Rojo.

A través de micrófono llega el eco de una exclamación de sorpresa, seguida luego por una estentórea carcajada. Rojo acababa de exhumar del olvido los motes que se daban los dos amigos en el curso de sus vagabundas correrías.

El despacho de Guevara se hallaba en un edificio enorme, construido en los últimos tiempos de Batista, y cuyo destino, que no llegó a verse cumplido, era dar albergue a las dependencias del Ministerio de la Guerra. Guevara ocupaba una serie de habitaciones comunicadas entre sí en uno de los últimos pisos. La sala de mayor capacidad había sido habilitada como cuerpo de guardia para la escolta personal del «Che», formada por veteranos de Sierra Maestra. Resulta fácil imaginar el efecto que aquellos tipos barbudos, que no habían perdido ninguno de sus hábitos guerrilleros, ni tan siquiera el «olor a miliciano», debían producir en los acicalados funcionarios y potentados banqueros europeos que visitaban a Guevara.

La cálida recepción del «Che» demostró a Rojo que al camarada de aventuras no se le había subido a la cabeza su nueva situación, y que pese a los cinco años transcurridos, conservaba vivos los afectos:

—¡Hombre! Llevaba no sé cuánto tiempo esperándote. ¿Dónde te habías metido?

Cuando Guevara supo que Ricardo había hecho una escala de tres semanas en Nueva York antes de proseguir su viaje hacia La Habana, quiso conocer cuáles habían sido las reacciones del hombre de la calle americano al producirse la ruptura de relaciones diplomáticas con Cuba. Ricardo Rojo le explicó que la opinión pública yanqui estaba convencida de que por parte de Cuba podía esperarse lo peor; incluso que la Isla sirviera como trampolín para un ataque soviético. Guevara escuchaba en silencio, sin dejar por un momento de aspirar el humo de un enorme cigarro.

Ricardo prosiguió explicando que había tenido una larga entrevista con Joseph Newman, periodista del New York Herald Tribune, especializado en asuntos de América Latina. Al enterarse Newman de que Rojo pensaba ir a Cuba, sometió al viajero a un interrogatorio en regla, pese a que las respuestas de Ricardo sólo podían tener el valor de meras hipótesis. Quiso conocer su opinión en cuanto al real entusiasmo de las masas por el régimen castrista; si pensaba que un desembarco parecido al de Playa de las Coloradas, pero de signo contrario, era susceptible de provocar un levantamiento popular contra Fidel. El periodista americano, que acababa de realizar él mismo una gira por Cuba, confesó que tal eventualidad le parecía muy improbable.

Al fin Guevara rompió su prolongado silencio. No compartía el optimismo de aquellos que confiaban en el relevo de Presidente en los Estados Unidos. En La Habana se tenía información muy exacta respecto a cómo andaban los planes de invasión. En Guatemala, por ejemplo, la instrucción del cuerpo «mercenario» —así lo llama el «Che»— iba muy adelantada. Guevara tiene a Kennedy por hombre de buena fe y no le cree partidario de aventuras «imperialistas»; pero el quid de la cuestión está en averiguar hasta qué punto el nuevo Presidente se muestre dispuesto a sacrificar parte de su ascendiente, oponiéndose a una opinión pública removida por las falsedades que difunden los «plutócratas» de Wall Street. Piensa Guevara que si cupiera la esperanza de convencer a los Estados Unidos, por el modo que fuese, antes de que aquellos iniciaran la aventura, ese «modo» tendría que ser intentado por Cuba. Pero las circunstancias que concurrían en el momento no dejaban casi margen a la esperanza.

—Quizá Betancourt lleve razón —prosiguió el «Che»— cuando dice que hay unos Estados Unidos «buenos» y unos Estados Unidos «malos», y que la suerte de América latina depende de cuáles al fin dominen. Pero en tanto la masa obrera del país no adquiera conciencia de la clase y los negros no organicen su rebelión, los intereses económicos yanquis seguirán predominando.

El guerrillero «Che» sigue en activo

Ricardo Rojo no es el único amigo de entre los «viejos» que Guevara reencuentra por aquellos días. Cuando el país entero vive inmerso en un clima de angustiosa espera, cuando la inquietud de los que confían en la revolución y la esperanza de sus adversarios casi toma la forma de dolor físico, el «Che» busca en la amistad de los incondicionales un refugio donde librarse por unas horas de su zozobra y de los quebraderos de cabeza que le suministran las dificultades de un trabajo para el que no está preparado. En la ciudad donde su palabra es ley indiscutida, donde sólo hay un hombre con poderes más amplios que los suyos, reanuda una costumbre de los felices tiempos de bohemia. Al filo de medianoche su gabinete de trabajo se abre para los íntimos; Guevara se quita los andrajos de la púrpura y se siente otra vez «El Chancho» de los años juveniles.

En la sierra de Escambray, provincia de Las Villas, antiguo escenario de las hazañas militares de la cuarta columna guerrillera y de su comandante Guevara, han aparecido unos nuevos guerrilleros, pera de color anticastrista. La prensa estadounidense habla de un verdadero ejército, millares de hombres perfectamente armados, que sólo aguardan el desembarco de los «liberadores» para pasar ellos mismos a la acción. Guevara, experto en la materia —mucho mejor conocida para él, desde luego, que la intrincada economía política— opina que los insurgentes «reaccionarios» no son más de doscientos. ¿Cifra despreciable? De ningún modo... El «Che» recuerda que los iniciadores de Sierra Maestra fueron doce. Primero eran una docena, luego un centenar, y al final, todo el país.

El Gobierno cubano andaba muy lejos de menospreciar aquel peligro todavía en estado latente. Quince mil milicianos gubernamentales rastreaban el país; casi el doble de los que Batista llegó a poner en línea contra la guerrilla revolucionaria. Y sin embargo, los guerrilleros de ahora, igual que los de antes, lograban escapar siempre del cerco.

¿Qué ocurriría cuando llegasen a desembarcar los «lacayos a sueldo de Wall Street»? Nadie podía vaticinarlo. El recuerdo de Arbenz y de Guatemala tenía forzosamente que acudir a la mente de Guevara y de Rojo. Ernesto juraba que, ocurriese lo que ocurriese, aquella vergüenza no se repetiría en Cuba. Con la gente de Arbenz él había perdido inútilmente la voz a fuerza de aconsejar que se constituyesen milicias rurales.

—Si aquellos pobres campesinos guatemaltecos hubieran sido instruidos a tiempo —afirmaba en tono amargo el «Che»—, ni Castillo Armas ni nadie, ni siquiera los yanquis, habrían logrado que su revolución abortase.

En Cuba las milicias campesinas ya se estaban formando e instruyendo. Guevara dirigía personalmente aquella labor. Los milicianos se mostraban aún luchadores deficientes, ni siquiera capaces de acabar con doscientos guerrilleros anticastristas. Pero Guevara les enseñaría. Todos acabarían siendo iguales a un soldadito de la cuarta columna cuyo’ rostro jamás olvidaría su comandante. Le habían quitado el arma como castigo por una falta leve.

Guevara le había dicho:

—Si quieres otro fusil, ve a primera línea y quítaselo al enemigo.

Después del combate, Guevara visitaba un hospital de campaña. De pronto, un brazo surgido de cierto bulto en sábanas ensangrentadas tiró de su manga; unos ojos, ya casi velados por la muerte le miraban, mientras una voz apagada musitaba:

—Comandante... Me habéis mandado a buscar un arma y la he ganado.

Por eso al ser nombrado Ernesto Guevara Presidente del Banco Nacional se había negado rotundamente a dejar su grado y destino en las Fuerzas Armadas. Por eso llegaba tan tarde a su despacho del Banco, casi siempre después de terminar alguna visita de inspección. Por eso había seguido un curso de pilotaje aéreo: en su avioneta «Cessma» podría visitar en menos tiempo más acantonamientos de milicianos.

En ocasiones Guevara deseaba que al fin se produjera el temido desembarco. Una espera prolongada podía resultar más peligrosa que la lucha franca con el enemigo. El «Che» no podía olvidar la desastrosa sicosis de invasión que había hecho presa el año 1954 en el pueblo de Guatemala y lo había dejado moralmente indefenso ante unas fuerzas atacantes irrisorias.

Por otro lado, no debía ni podía descuidar su responsabilidad como dirigente de la economía cubana; y no ignoraba que la tan traída y llevada invasión motivaba un alarmante descenso en los índices de productividad. Muchos obreros agrícolas e industriales habían abandonado su herramienta de labor para empuñar la de guerra: los que seguían trabajando, con tanta historia de invasiones no prestaban atención a lo que hacían.

«Si vamos a seguir en pie de guerra durante un año más —decía Guevara—, la producción habrá caído a nivel de cero. La revolución se habrá ido al garete sin que el enemigo haya tenido que disparar un. solo tiro.»

Luchar contra la sicosis de invasión... Resultaba más fácil proponérselo que lograrlo, cuando todos los ciudadanos de la capital podían distinguir en el horizonte, desde cualquier ventana con vistas al mar, la silueta negra y amenazadora de un acorazado de la Navy, avanzadilla de un poderío capaz de terminar en un abrir y cerrar de ojos con la revolución cubana y con Cuba misma.

Cuba no era Guatemala

Cuando el 16 de abril de 1961 se produjo al fin el acontecimiento tan temido por unos y tan deseado por otros, un «¡Oooh...!» desencantado brotó de todos los pechos ante el desastrado y súbito final de un espectáculo que se había anunciado con tanto alarde publicitario.

Como en una pieza de teatro en la que ninguno de los actores llevase aprendido el papel, apenas comenzada la obra, el escenario se convirtió en un pandemónium de despropósitos, y el empresario del negocio —Kennedy para el caso— hubo de ordenar correr el telón cuando apenas se había llegado a la mitad del primer acto.

No vamos a entrar en los detalles militares de la operación. Baste decir que unos millares de cubanos anticastristas, instruidos en campos de América Central, desembarcaron en la isla, bien provistos de armamento; incluso carros y artillería ligera. El desembarco debía realizarse bajo la protección de cazabombarderos que despegarían de un portaaviones americano, llevando los emblemas de la aviación cubana en las alas, y que debían simular procedían de bases en la isla sublevadas contra Fidel. Pero los aparatos no acudieron a la cita en el momento previsto. El comandante del portaaviones no había tenido en cuenta que el meridiano de Playa Girón y el del punto por el que cruzaba su nave correspondían a distinto huso horario. No previo que su reloj debía ser adelantado sesenta minutos. Cuando sus aviones aparecieron en el campo de lucha, con una hora de retraso, machacaron a los anticastristas que habían podido librarse hasta entonces del violento fuego gubernamental. No hubo «paraguas» aéreo y los desembarcados hubieron de soportar una violentísima reacción de las fuerzas castristas. Ametrallados desde el aire por la caza cubana (esta vez auténtica) y atacados desde tierra por las unidades blindadas y la artillería, los invasores, que apenas habían tenido tiempo de asentar sus plantas en la playa, hallábanse ya en situación desesperada.

Antes decíamos que ninguno de los actores tenía estudiado su papel; ello no puede aplicarse al «Che» y a sus milicias. Al primer atisbo de alarma Guevara ocupa su puesto de combate y lleva la dirección de las operaciones —que no eran simples encuentros de guerrilla— en el sector más peligroso. Su improvisada tropa se portó bizarramente; bien es verdad que disponía de abrumadora superioridad moral y material. De los invasores, apenas llegarían a dos centenares los que lograsen reembarcar y ponerse a salvo. Los otros, más de un millar, murieron o cayeron prisioneros. Las milicias proletarias, cuya real eficacia bélica tanta inquietud causaba en su comandante, demostraron que habían asimilado las lecciones recibidas.

Los fariseos se rasgan las vestiduras

En tanto nadie opone un «pero» al comportamiento militar de Guevara en los días de la crisis, de muchos vituperios ha sido objeto, por el contrario, en relación con el asunto del canje de prisioneros —aunque para ser más precisos habría que decir «de la venta».

De aquella operación de canje, convertida en negocio comercial, aparece Fidel Castro como patrocinador directo. Mas como máximo rector de la economía cubana, Guevara hubo sin duda de intervenir, y quizás incluso aconsejar.

Fidel propuso a los Estados Unidos la entrega de los prisioneros, pero señalando un fuerte precio de rescate por cabeza. El importe de la «operación» podían hacerlo efectivo los «compradores» en artículos que Cuba necesitaba con urgencia; en especial, medicamentos.

Los puristas del Derecho Internacional se rasgaron las vestiduras; aquel cambalache quebrantaba todas las normas del derecho de gentes, era traficar con carne humana, significaba una regresión a la barbarie medieval. Fidel Castro podía, según ellos, fusilar a los prisioneros o condenarlos a trabajos forzados a perpetuidad, puesto que se trataba de subditos cubanos, sometidos a las leyes del país. Considerados desde tal punto de vista, podía tratarse de un delito de alta traición. Pero ¡venderlos!... En pleno siglo XX resultaba inconcebible tamaña ofensa contra la dignidad del hombre.

Nos permitimos discrepar. Nos parece más piadosa la realista oferta de Fidel que todos los vituperios de los «humanitarios» Aristarcos. Si la idea fue de Guevara, piensa que en el balance total de sus aciertos y errores, la posteridad tendrá que llevar el apunte a la columna del «haber». A fin de cuentas, los Estados Unidos pagaron; los prisioneros recobraron la libertad, y Alberto Granados, junto con otros colegas médicos, pudo salvar la vida de muchos niños cubanos con la estreptomicina llegada de Norteamérica.