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VII. Otra vez Asoma el Pesimismo

De Mienciclo E-books

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Introducción

Larra en su escritorio.
Larra en su escritorio.


HAY, así, dos momentos fatales en la vida de Larra. El primero anuncia al segundo y, de algún modo, dibuja sus perfiles como en un boceto que se redondea luego dramática, definitivamente. Los dos momentos coinciden en sus síntomas aunque no en el desenlace. Larra sale del primero y sucumbe, sin fuerzas, en el segundo. Cronológicamente, los dos aparecen bastante bien delimitados: los meses anteriores al viaje de 1835 constituyen el primero; los últimos meses de 1836 y el primero de 1837, el segundo. En ambos, Larra desborda su escepticismo y su amargura aunque en el primero, eso sí, de una forma mucho más contenida. Lo que diferencia ambos momentos no es el país, sino la conciencia de Larra respecto a la salida de su crisis permanente. En 1835, aún no se ha agotado la esperanza; se quiebra, flaquea, pero no se derrumba. Basta una salida provisional, un cambio de aires —Europa, el romanticismo vivo y palpitante a través de sus protagonistas y sus escenarios naturales— para superar por un instante la crisis. Que la superación sea un espejismo sólo se sabrá más tarde, en la hora fatal y final del pistoletazo. Hay, sí, dos diferencias fundamentales, que son dos frustraciones sufridas por Larra como irreversibles: la frustración amorosa y la frustración política. Una y otra no sólo diferenciarán la última etapa larnana —Fígaro y Larra ya unidos en una única personalidad—, sino que, vinculadas al dolor de España, al patriotismo herido y destrozado, explicarán el camino hacia el suicidio.

El pesimismo de Larra tiene su inicio fundamental en los meses últimos de 1834 y va subiendo de tono hasta su abandono del país camino de la Europa del siglo. Léase, si no, con detenimiento la profunda razón contenida en «La vida en Madrid», publicado en El Observador, el 12 de diciembre de 1834. «La vida», define un Fígaro abatido por la monotonía y la ausencia de estímulos motivadores, «es un amasijo de contradicciones, de llanto, de enfermedades, de errores, de culpas y de arrepentimiento». La felicidad, en consonancia, una hermosa palabra: «me inclino a pensar que el hombre variará de vanidades, y se colocará en una escala más alta o más baja, pero en cuanto a su felicidad nada habrá adelantado». Traspasado ya el año 1834, en enero del 35, otro artículo —«La Sociedad»— vuelve a introducirnos con todo lujo de detalles en la visión crecientemente pesimista de Larra. Más que pesimismo histórico empieza ya a invadirle un pesimismo fundamental, metafísico, que, hincando posiblemente sus raíces en el suelo español, se levanta desde ellas a regiones mucho más amplias: «allí donde está el mal, está la verdad. Lo malo es lo cierto; sólo los bienes son ilusión».

Escuchemos con atención el mensaje de Larra en los primeros momentos de 1835.

La sociedad es, pues, un cambio mutuo de perjuicios recíprocos. y el gran lazo que la sostiene es por una incomprensible contradicción aquello mismo que parecería destinado a disolverla; es decir,el egoísmo (...). Esa es la sociedad; una reunión de víctimas y de verdugos. ¡Dichoso aquel que no es verdugo y víctima a un tiempo! ¡Picaros, necios, inocentes! ¡Más dichoso aún si hay excepciones, el que puede ser excepción!»

Larra, autor romántico: Macías

En cierto modo, por aquel entonces se había alcanzado el primer límite: Dolores y Mariano descubiertos, y su amor, a partir de ese instante, más clandestino e incómodo; el país, sin perspectiva. Durante 1834, sin embargo, Mariano José de Larra, ha escrito lo más granado de su producción estrictamente literaria: una novela y un drama, ambos muy vinculados a la obsesión personal que le abruma. El Doncel de don Enrique el Doliente, su única novela, es un relato a la manera de Walter Scott, esto es, en la línea romántica de la novela histórica. Es el amor imposible de Elvira (casada con un hombre al que no quiere por mor de la obediencia al padre), y Macías, el trovador enamorado, también protagonista del drama que estrena, con éxito regular, en el teatro del Príncipe. No es «El Doncel» una gran novela, aunque si una novela correcta en su estilo, que revela, sobre todo, un escritor riguroso, dado al experimento aunque, tal vez, demasiado encorsetado en los límites del género y en la pasión de parecer de su tiempo.

«Macías», el drama, recupera el mismo personaje y la misma problemática. No se trata, tampoco, de un texto extraordinario y, como escribe un crítico teatral contemporáneo, José Monleón, «apenas hay (en él) nada que sobreviva». Aunque Larra pretende con él el logro de una originalidad literaria — «quien busque en él el sello de una escuela, quien le invente un nombre para clasificarlo “se equivocará”»— todo el drama recuerda otros mejores que él. Poco inspirado como versificador, «Macias» está repleto de convencionalismos y concesiones a la moda imperante sin que aliente en él, propiamente, ningún destello especial de genialidad, de talento. Como dramaturgo lo mejor de Larra es su adaptación de «No más mostrador». En esa línea pudo hallar Larra un camino mucho más fecundo que en su monótono deseo de acercamiento a los temas históricos a través del verso huero y ampuloso.

Larra, como Macias, su doble personaje, estaba, en 1835, enfrentado a la necesidad de dar vida a un amor imposible. A medida que avanza 1835, el cansancio se va apoderando de él. Solo ya. Dolores Armijo es para él todavía una esperanza. Pero su hastío es cada día más evidente. El país no cambia y Fígaro se cansa de repetir de mil maneras un único y desolado argumento. Por otro lado, el gabinete Martínez de la Rosa hace agua desde la segunda semana de mayo, cuando la oposición exaltada ha puesto en serias dificultades su continuidad. La guerra prosigue y la negativa francesa a relanzar la Cuádruple Alianza pone definitivamente en entredicho al autor del Estatuto Real.


Larra contra Martínez de la Rosa

Fígaro, en medio de las dificultades, se está viendo obligado a ser, otra vez, un escritor de costumbres. Con todo, su causticidad ante la política del justo medio, no decrece. Días antes de caer para siempre el gobierno de Martínez de la Rosa, escribía Larra en «Un reo de muerte»:

Sonó el primer arcabuz de la facción y todos volvimos la cara a mirar de dónde partía el tiro: en esta nueva representación, semejante a la fantasmagórica de mantilla, donde empieza por verse una bruja, de la cual nace otra y otras, hasta multiplicarse al infinito, vimos un faccioso primero, y luego vimos un faccioso más, y en pos de él poblarse de facciosos el telón. lanzado en mi nuevo terreno esgrimí la pluma contra las balas, y, revolviéndome a una parte y otra, di la cara a dos enemigos: al faccioso de fuera, y al justo medio, a la parsimonia de dentro.»

El justo medio es ya enemigo abierto. Con gracia, comentará un día en uno de sus Rehiletes que aquellos que piensan en el Estatuto como una obra perfecta lo lean, sin duda, en italiano: stá tuto. Larra no perdona a Martínez de la Rosa haber defraudado sus esperanzas con el ritmo cansino del gobierno, haber puesto en cuestión, además, la propia causa liberal. Hay unas frases en el artículo citado verdaderamente expresivas de lo que venimos afirmando:

Es bueno tener entendido que en política se llama orden a lo que existe; y que se llama desorden a este mismo orden cuando le sucede otro orden distinto.»

Todo es, pues, semejante. El liberalismo recién llegado yugula, como el absolutismo de otro tiempo, la libertad de expresión. Ha aparecido otra vez, todopoderosa, la censura. Y otra vez Larra se revela contra ella con todas sus fuerzas. El 11 de junio cae, por fin, Martínez de la Rosa y sube a la presidencia el Conde de Toreno: los exaltados están ya en el poder y un hombre, ahora ministro de Hacienda, Juan Alvarez Mendizábal, va a ser muy pronto su encarnación política más pura.