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VI. Las Colonias Toman Partido Frente a la Crisis de la Metrópoli

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

BOLÍVAR retorna a Venezuela en junio de 1807 y se entera rápidamente del fracaso de Miranda y de las causas que lo motivaron. Un amplio sector del patriciado criollo considera el frustrado desembarco como un equivalente venezolano de la invasión inglesa en el Río de la Plata, producida en junio de 1806. En efecto, en esa fecha una escuadra inglesa procedente del Cabo de Buena Esperanza, en Africa, se apodera de la ciudad de Buenos Aires. El virrey Sobremonte huye, dejando desguarnecida la plaza, y sir Home Popham se instala en el fuerte izando la enseña británica y arriando la española. La patriótica y valiente reacción de los criollos consigue la reconquista de la plaza y obliga a los invasores ingleses a capitular y marcharse.

Este triunfo se debió exclusivamente al poder organizado por los criollos, que se movilizan con rapidez formando regimientos, uno de ellos el de Patricios. Esta derrota de tropas selectas, capaces de enfrentarse con éxito a Napoleón, convence a las clases patricias de que la posibilidad de autodeterminación no era tan sólo una quimera elaborada en los salones literarios de los jóvenes intelectuales afrancesados.

Algo está pasando en Europa

La llegada a Caracas del joven viajero fue recibida con regocijo por la sociedad venezolana que, ávida de novedades provenientes del viejo mundo, se disputaba su presencia en los salones. Bolívar frecuenta las residencias de los notables y reanuda la amistad con su antiguo profesor Andrés Bello, convertido ya en un prestigioso poeta.

Un acontecimiento similar al de su visita al papa le obligará a confinarse por un breve tiempo en su estancia de San Mateo. El suceso en cuestión es el siguiente: invitado por el gobernador a una fiesta en su residencia, inesperadamente se levanta y brinda por la independencia de América. El rango social que ostenta Bolívar le da cierta inmunidad; de lo contrario, hubiera sido represaliado incluso con el destierro.

Mientras en Caracas reducidos grupos de intelectuales entreveían la posibilidad de un cambio, Europa asistía al apogeo de Napoleón, quien había sometido a Prusia, depuesto al rey de Nápoles, arrestado al papa en Roma y echado de Lisboa a los Braganzas, golpeando a su vez el emporio principal del comercio británico que utilizaba los puertos portugueses para introducir por medio del contrabando sus productos en Francia. Con la caída de Portugal, el 30 de noviembre de 1807, Bonaparte considera la oportunidad de utilizar el derecho de tránsito para eliminar a los Borbones en España, aunque éstos le habían apoyado con servilismo. Un conflicto dinástico entre Carlos IV y el príncipe heredero, Fernando, permitió al emperador, en mayo de 1808, inducir a ambos a encontrarse en Bayona para que renunciaran al trono, designando sucesor a su hermano José. Pero ocurrió un hecho imprevisto: Madrid se levanta el 2 de mayo y España se pone en pie de guerra. El 6 de junio, reunida en Sevilla la Junta Central, declara la guerra a Francia y pone en difícil situación al disperso cuerpo militar galo. El 22 de julio, Dupont se rinde a tropas españolas en Bailén. En esta batalla, primera derrota napoleónica en España, tuvo un destacado papel un joven militar americano, quien se convertirá con el tiempo en uno de los dos libertadores: José de San Martín.

Inglaterra comienza a colaborar con los rebeldes españoles —la necesidad ante el enemigo común les obliga— y es así como el 30 de agosto el general francés Junot pierde Cintra ante los ingleses desembarcados a las órdenes de Wellesley, duque de Wellington.

Napoleón, entusiasmado ante los triunfos conseguidos en Europa, interpreta mal el alcance de lo ocurrido en la península. ¿Qué importancia podían tener estos guerrilleros populares, irregulares, o ese cuerpo expedicionario para un imperio que, desde los Pirineos hasta el Mar Ochotsk, sólo conocía subditos o aliados? Recientemente, en el Congreso de Eyut, había desplegado su impresionante esplendor el nuevo amo de Europa.

El ejército francés avanza en territorio español y el 4 de diciembre estaba en Madrid. Cuatro años después, en Rusia, la historia se repetirá. También tomará la capital del Estado. Moscú será suya, pero deberá retirarse en medio de un ejército diezmado y consumido. El retrato de Palafox, defensor de Zaragoza, adorna las paredes de las habitaciones de muchas personalidades europeas que desean la derrota del corso. La guerra en Europa llega a un punto muerto, pero tiene consecuencias de gran significado para América. Los criollos aprovecharán las circunstancias para rebelarse, y nacerán los nuevos estados independientes. Algunos patriotas inclusive se sublevan en nombre de Fernando VII, que está confinado en Valengçay, los mismos que en 1813, cuando Fernando recupera la corona de manos de Napoleón, se niegan a reconocerle.

Moderados y jacobinos

La situación en España se reproducía en sus colonias de ultramar. Algunos funcionarios se inclinaban a la fidelidad absoluta del rey, otros aceptaban a Bonaparte, y un tercer grupo sufría el desconcierto total. Además, desde el año anterior muchos criollos ricos comenzaron a transformar su insatisfacción en demandas precisas, considerando que había llegado el momento de pasar a la acción. La ciudad de Caracas estaba lejos de la armonía y la fidelidad a la Corona. La clase patricia se dividía a su vez en dos grupos que intentaban imponer su respectiva tendencia. Históricamente serán conocidos como conservadores y reformadores, o bien, como moderados y jacobinos.

Sobre esta diferencia hablaba Bolívar diciendo:

Seguramente la unión es la que nos falta para completar la obra de nuestra generación. sin embargo, nuestra división no es extraña, porque tal es el distintivo de las guerras civiles formadas generalmente entre dos partidos, conservador y reformador. los primeros son, por lo común, más numerosos porque el imperio de la costumbre produce el efecto de la obediencia a las potencias establecidas; los últimos son siempre menos numerosos, aunque más vehementes e ilustrados.

Hay que dejar en claro que este enfrentamiento atañe exclusivamente a los blancos poderosos, ya que los demás grupos criollos, pobres, negros e indios pesaban poco o nada en el plano de las decisiones importantes.

Las colonias se sublevan

En 1809 llegan noticias de los nuevos triunfos de Napoleón y se asegura que una gigantesca flota francesa se dirige a Jamaica, para expulsar de allí a los ingleses, y luego a la costa oriental de América. En medio de estos presagios se produce la llegada a Caracas del gobernador y capitán general enviado por la nueva Junta española. El funcionario, de apellido Emperán, era viejo conocido de Bolívar; les unía una sólida amistad entablada en Europa. Este personaje indulgente y de principios liberales, no desea ser severo con los insurgentes ni tomar en serio la revuelta. Inclusive permite que la situación por la que atraviesa España, de difícil crisis, sea conocida por todos.

En marzo de 1810, un grupo revolucionario, uno de los más radicales, se reúne en la casa de campo de Bolívar. El gobernador se entera y decide el arresto de los conspiradores, pero con la particularidad de que dicha sanción deberá cumplirse en las residencias personales de los castigados.

Finalmente, bajo la presión popular, Vicente Emperán se retira y la Junta de la ciudad se ve libre para formar un gobierno. El Jueves Santo, al repique de las campanas, los notables de la ciudad se reunieron en el Cabildo y formaron la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII, primera asamblea que se pronuncia con independencia en la América del Sur. A las cinco semanas, el 25 de mayo de 1810, en el Río de la Plata se repite el episodio, estableciéndose la primera Junta de gobierno que, como la de Caracas, ha de gobernar en nombre del rey cautivo. Estos dos pronunciamientos tienen mejor suerte que el de Charcas. Allí, el 25 de mayo de 1809, los profesores de la universidad se oponen al presidente de la audiencia, García Pizarro. Los criollos, en nombre de Fernando VII, detienen a Pizarro. A su vez estalla una conspiración en La Paz, dirigida por Pedro Domingo Murillo, siendo depuestas las autoridades españolas. El virrey Abascal reduce a los sublevados y los condena a la pena capital.

La junta de Caracas

El juramento prestado por los revolucionarios fue el siguiente: «Juro al pueblo soberano verter mi sangre, hasta la última gota, por nuestra santa religión católica apostólica romana, por nuestro querido rey Fernando VII y por la libertad de la patria». El mismo juramento es contradictorio y pone al descubierto el verdadero móvil de la sublevación. Se jura fidelidad al rey, pero al mismo tiempo se afirma que el pueblo es soberano y que la patria es libre. De todas maneras, la Junta de Caracas fue moderada, formada por ricos criollos partidarios de libertades muy limitadas. En conjunto se trató de una facción dispuesta a producir algunos cambios, como el libre comercio, ya que el estricto monopolio español les perjudicaba. Si bien la Junta independiente se consolida en Caracas, no logra imponer el nuevo orden en la campiña que rodea a la ciudad. En las zonas rurales la gente estaba dividida entre realistas, partidarios de España y grupos de patriotas. Las gentes pobres, dedicadas a tareas agrícolas o ganaderas, en su mayoría, eran espectadores mudos ante acontecimientos, que si bien les preocupaban, no llegaban a entender en profundidad, ya que sus patronos, criollos y españoles, no se diferencian en el trato con ellos.

Bolívar no estuvo presente en el Cabildo la noche del Jueves Santo; es evidente su poca simpatía para con los que dominan la situación. Acepta el cargo de coronel, pero no figura entre los miembros del Consejo del Estado.

Así comienza la historia independiente de Venezuela: con una Junta débil y temerosa, y con grandes sectores de la población ausentes del hecho. Pero las ideas progresistas de la época están arraigadas en grupos jacobinos, y empiezan a difundirse los beneficios que reportan las transformaciones que plantea el sistema republicano.

Ante la urgencia de ayuda exterior, la Junta se ve en la necesidad de enviar un representante a Gran Bretaña. La designación recae en Bolívar, quien afronta personalmente los gastos de la misión; esta decisión le asegura cierta independencia en sus gestiones en Londres. Así da comienzo su carrera política. Su gestión no fue precisamente un éxito, ya que Inglaterra no podía reconocer la independencia de Venezuela, aunque la viera con simpatía, por su alianza con España en contra de Napoleón. Bolívar en vez de limitarse a acreditar ante el gobierno británico «en nombre de Fernando VII y de la Junta Conservadora de sus Derechos en Venezuela», pronunció un duro discurso, reclamando el reconocimiento de la independencia de su patria. El ministro inglés, ante esta actitud, aconsejó a Bolívar que su gobierno permaneciera leal a Fernando, pues Gran Bretaña se había comprometido a defender sus derechos.

Durante su permanencia en Londres, Bolívar estudia la constitución inglesa y queda impresionado por los derechos que establece. Su texto, lo mismoque la constitución norteamericana, le servirá como guía en lo que él considera el cuerpo legislativo de los nacientes estados americanos.

La Junta le había recomendado también evitar los encuentros con Miranda. Sin embargo, Bolívar se entrevista con éste y no sólo en privado. Además, le invita a retornar a Venezuela para encabezar la revolución. Este hecho significativo demuestra que no se veía todavía como el jefe del movimiento independentista.

En la casa que el veterano guerrero poseía en Picadilly, se desarrollaron largas conversaciones en las cuales el destino de Venezuela y la América del Sur estuvieron siempre presentes.

La conexión con las logias masónicas y la iniciación de Bolívar en las mismas se produce durante su estancia en Londres, y habrá de tener una incidencia fundamental en todo el activismo político militar de los años venideros. Ambos hombres deciden regresar al país por separado, a fin de evitar roces estériles con los miembros de la Junta. El primero en partir sería Bolívar y dos semanas después lo haría Miranda.

Las tendencias se enfrentan

Mientras tanto, la Junta se niega a reconocer al Consejo Regente de España, y España responde con el bloqueo. El marqués de Toro, amigo de Bolívar, había sufrido la primera derrota ante las tropas españolas del interior del país.

Apenas llegado a Caracas, donde es recibido con frialdad, Bolívar propone concretar la rebelión contra España. La Junta se opone. En el país, especialmente en las provincias, había aún demasiados partidarios de la Corona, y la Junta deseaba evitar por todos los medios el desenlace temido: la guerra civil. La agresividad de los proyectos radicales de Bolívar le llevan al enfrentamiento con la Junta y sus miembros. La verdad es que la mayor parte de sus integrantes no son verdaderos revolucionarios, sino más bien elementos conservadores y monárquicos, favorables a cambios muy limitados en las relaciones con España. Pero los ataques de los realistas, tanto del interior como del exterior, prestan un servicio inestimable a la causa revolucionaria, pues pronto comenzó la agitación hasta en las clases más humildes, que lamentaban la debilidad de la Junta. De esta manera comienza un conflicto de carácter social que separa a la mayor parte de los criollos de las masas populares, lo que fue en gran parte causa del caos político y de la guerra civil que siguieron. Hombres como Bolívar, sin embargo, tomaron partido por los más pobres, fundando la Asociación de los Patriotas, un grupo del que formaban parte los más encarnizados nacionalistas.

Un acontecimiento personal vino a sumarse a la angustia de Simón Bolívar, en momentos realmente críticos. Su hermano, Juan Vicente, embajador en Washington, resulta muerto en el naufragio de la nave que le traía a la patria.

En enero de 1811 se produce la llegada de Miranda a Caracas. Su presencia agravó más aún el clima político. Muchos elementos moderados le temían y se le oponían, mientras que los radicales veían en él su única esperanza.

Se le recibió oficialmente y una noche se le brindó un banquete de honor en la residencia de Bolívar.

Miranda, con casi cuarenta años, avezado en la vida militar, se encontró con que el denominado ejército que venía a dirigir casi no existía y se hallaba constituido por un grupo de hombres sin cohesión alguna, ignorantes de la disciplina militar. El viejo guerrero que se había formado en las filas del ejército norteamericano, en el napoleónico y en el ruso, contempla con angustia a estos grupos ineptos que ya habían conocido la derrota ante las disciplinadas tropas españolas.

Este decepción puede ser la causa que le llevó a menospreciar públicamente a Bolívar, refiriéndose con ironía a su grado de coronel, obtenido por concesión gratuita más que por sus antecedentes militares. Bolívar reacciona aceptando las observaciones de Miranda y se ofrece a servir bajo sus órdenes como soldado raso. Este hecho se registra como el primer enfrentamiento entre los dos hombres, que si bien tenían puntos de coincidencia en lo referente al rumbo político que debía imprimirse a la revolución, discrepaban en cuanto a los modos operativos de la misma.

Para ese entonces se constituye en Venezuela un Congreso de todas las Juntas del país. Este organismo, de carácter conservador, es atacado duramente por Miranda y Bolívar, así como también por los grupos más radicalizados. Se conserva un discurso del futuro Libertador, que puede ser considerado como el primer signo, la primera manifestación de sus proyectos políticos:

Se discute en el congreso nacional lo que debiera estar decidido. ¿y qué dicen que debemos comenzar por una confederación, como si todos no estuviéramos confederados contra la tiranía extranjera. que debemos atender a los resultados de la política de España. ¿qué nos importa que España venda a bonaparte sus esclavos o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad sudamericana: vacilar es perdernos.

Finalmente, la Asociación de los Patriotas, a la cual pertenecían los dos proceres, decidió que no se podía seguir esperando y presentó una Carta de los Derechos y una petición de independencia: la Junta se tambaleó y, bajo la presión popular, terminó por dimitir. El 5 de julio de 1811 se votó la separación de España. Los progresistas habían vencido finalmente.