VI. La Madurez
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Introducción
RESTITUYE al tesoro una parte considerable de los maravedíes de la fracasada empresa en Venezuela, e ingresa en el convento que la orden de Predicadores tienen en la capital de La Española. Según Bataillón y Saint-Lu, «la crisis moral que conoció Las Casas en 1522 no es simplemente el abatimiento de un hombre que ha sufrido un fracaso, ni incluso, únicamente, el remordimiento que puede nacer de un sentimiento de culpabilidad». El Protector cree que Dios «le quiso castigar y afligir por juntarse a hacer compañía con los que él creía que no le ayudaban ni favorecían por Dios ni por celo de ganar las ánimas, que por aquellas provincias parecían, sino por sóla codicia de hacerse ricos, y parece que ofendió a Dios maculando la puridad de su negocio espiritualísimo…» Las Casas cree en el poder del diablo y sus huestes en el mundo. El poder del mal se extendería por todo el universo y se escondería inclusive en los pueblos cristianos. Su balance en ese momento no puede ser más pesimista. Posiblemente se arrepiente de su pragmatismo, se da cuenta de que hizo concesiones sin poder a cambio de ayudar a los indios.
Reflexión en el claustro
Pero no se rinde. Refugiado en el claustro, restaña sus heridas, serena su espíritu. Estudia con esa pasión tan vigorosa que no lo abandona. Para algunos autores es una obsesión, casi patológica. Menéndez Pidal dirá que es «enormista». Ha de escribir cientos de folios, entre ellos los que corresponderían a su Historia de las Indias.
Su compromiso con la causa de los nativos y su compromiso con Dios, él así lo cree, parecen no tener límites. Ninguna otra cosa parece conmoverlo, ni la sublevación de los comuneros ni el drama de los negros. De su refugio volverá al mundo más sólido que nunca, en plena madurez intelectual e ideloógica.
Las Casas debe haber sufrido tremendas presiones. Su objetivo dadas las circunstancias históricas, es utópico. La experiencia dirá, siglos después, que ni las repúblicas independientes del siglo XIX, nacidas en el espíritu de la igualdad, fraternidad y libertad de la Revolución Francesa, considerarán con humanidad el problema indígena. Todos los intentos fracasarán, incluyendo el de los jesuitas en regiones de Paraguay, Brasil, Argentina y Uruguay. La experiencia es comenzada en el siglo XVII y se llegan a establecer 30 reducciones y se calcula que se educa y cristianiza a unos 150 mil indios. Los jesuitas les enseñan diversos trabajos y cultivan con éxito la yerba mate. El poder teocrático de los misioneros y el económico molestarán a Carlos III y a los latifundistas de la zona. El resultado será la expulsión de los jesuitas, en 1767, y la destrucción de las reducciones.
El Protector de los Indios no podrá modificar el curso de la historia, pero constituirá un ejemplo ético de incalculable valor y un antecedente histórico imposible de ignorar. No se da cuenta de que sus propósitos enfrentan los intereses más básicos de la sociedad a la cual pertenece. No se da cuenta de que nunca conseguirá traer colonos españoles a las Indias, pues los señores feudales de la Península no lo pueden permitir; son sus vasallos, los que producen su renta. Para ello habría que revolucionar las estructuras económicas y políticas de España. Pero una España plenamente capitalista, como Inglaterra con su Revolución Industrial, tampoco tendrá consideración para con los indios, y esto nos lo indica el destino de los nativos del norte de América. La guerra con los pieles rojas dura tres siglos, y es a muerte. Los indígenas hacen todo lo posible por exterminar a sus habitantes. En 1837 el gobierno de los Estados Unidos entrega territorios al estado blanco de Oklahoma. En 1907 todos los territorios son incorporados a dicho estado.
Pero si aún a comienzos del siglo XX, por ejemplo, los grandes estancieros de la Patagonia (Argentina) cometen genocidio con los patagones, (así llamados por Magallanes en aquel su histórico viaje, pues dejan enormes huellas ya que envuelven sus pies en cueros por el intenso frío), las tierras americanas conquistadas y colonizadas por España, han corrido mejor suerte que las de Brasil (en donde aún hoy, en el Amazonas, se extermina a los indios), Norteamérica a África, en donde, sólo hace tres décadas, desde la terminación de la segunda guerra mundial, han podido constituirse por fin, naciones independientes, con un atraso en muchos aspectos casi criminal.
Cuando a comienzos del siglo XIX cunde por toda la América hispánica el movimiento independentista, encabezado por Bolívar, San Martín, Morelos, Sucre, Artigas y otros, surgen nuevas naciones y las estadísticas indican que una parte importante de la población nativa se ha salvado, y que en algunos países hasta pudo integrarse.
En once países americanos de origen hispano su actual población en su gran mayoría es mestiza e inclusive india. Estos son Bolivia, Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Paraguay, Perú y Venezuela. En cuatro de ellos los indios forman un gran sector de la población: Bolivia, Guatemala, México y Perú. Estas estadísticas, hechos concretos, evidencian que la labor de Las Casas y de otros muchos no fue inútil. Y que esencialmente el criterio español de conquista y colonización era lo suficientemente progresista, como para permitir un movimiento como el de Las Casas.
Hacemos estas consideraciones en este momento de la vida del Protector de los Indios, pues todo indica que el fracaso lo acompaña permanentemente, y que la cordura, la «sensatez», podían inducirlo a no salir nunca más del convento. Pero su obsesión no logra quemarlo con su fuego y consumirlo. El mismo Las Casas, estudiando y cavilando en la soledad de su celda, debe haber descubierto las posibilidades de su lucha. No es un Quijote. Elaborará nuevos planes, concienciará a unos y a otros, seguirá siendo un escollo visible e imposible de sortear para las pretensiones de los encomenderos y aventureros. la historia tiene sus leyes, y Las Casas intenta violentarlas, llegar a sus límites. Y la América española no extinguirá a sus nativos. La masacre de las Antillas no se repetirá.
Reclamo ante la Audiencia
«Tres años permaneció Bartolomé de Las Casas en silencio dedicado al estudio intenso de la Teología y al perfeccionamiento de sus inconexos conocimientos jurídicos y a la serena meditación sobre sus experiencias vitales» (Giménez Fernández). En diciembre del año 1523, luego de pasado un año de novicio, profesa en la hermandad de Santo Domingo.
En 1526, ante «la criminal tolerancia de las autoridades» (Giménez Fernández) de La Española en relación a los traficantes indios esclavos, pide por ellos al nuevo presidente de la Audiencia, el arzobispo Alonso de Fuenmayor. Pero una vez más no será oído. Además, los superiores del Convento deciden alejarlo del lugar para satisfacer al arzobispo. Es enviado a un nuevo convento dominico, situado en el Puerto de Plata, en la costa norte de la Isla Española. Allí llega en 1527, y permanece tres años dedicado al estudio y la meditación. Prosigue escribiendo su «Historia de las Indias», que veinticinco años más tarde divide en General y Apologética o Natural.
Las Casas no sólo se dedica a tareas de índole intelectual. Trata de cristianizar a los indios que quedan en la región, diezmados por la explotación española, y en cuanto a los colonizadores «para absolverles exigía la restitución de lo extorsionado con el trabajo de los indios» (Giménez Fernández).
Según Bataillon y Saint-Lu, durante este período «el antiguo clérigo secular de modesto saber supo aprovechar su retiro para acumular, en compañía de los predicadores y de sus libros, un extraordinario tesoro de conocimientos teológicos y jurídicos, fundamentos doctrinales sobre los cuales, en adelante, apoyaría sistemáticamente su acción en favor de los indios». No entendemos por qué Las Casas, cuando se refiere a estos años de su vida, dice que «durmió al parecer». Quizá se refiere a que acumuló fuerzas, descansó sin mayores preocupaciones, algo que él desconoce durante años, y que luego de ocho años de este dormir reparador se decide a continuar su obra.
Dos imperios se derrumban
En 1522 comienza Francisco Pizarro (1475?-1541) a organizar la expedición contra el Imperio Inca. Y en 1519 Hernán Cortés (1485-1547) desembarca en la costa de Yucatán. En los años que Las Casas se encuentra en el convento, el reino de Castilla conquista los dos grandes imperios de América. Sus millones de súbditos, afortunadamente, no correrán el triste destino de los nativos de las Antillas, pero la llegada de los hombres blancos será para ellos la llegada de los bárbaros.
La expedición de Cortés tropieza y destruye «dos brillantes civilizaciones» (Pierre Chaunu). «La más antigua, la más refinada, la civilización maya, originaria de los altiplanos de Anahuac, se había plegado, poco a poco, hacia la costa. Cuando Cortés desembarca en México, los aztecas acababan de establecer un dominio militar; por ello nuestra visión ha sido, con frecuencia, falseada por este corte brutal que fijó la hora, quizá sin mañana, de la grandeza azteca.» Su religión es sofisticada, pero sangrienta: sus dioses exigen sacrificios, de lo contrario se mueren. El sol, su origen, para los mexicanos, es el sacrificio de un Dios que, quemándose vivo, ascendió al cielo y se convirtió en la estrella que les da luz y calor. De allí la necesidad de hacer la guerra y ofrecer a los prisioneros y a veces a las doncellas al sacrificio para alimentar el fuego solar. La dirección de este estado militar corresponde a un emperador absolutista, elegido por un consejo de ancianos, un senado, de entre las familias más ricas y capaces desde el punto de vista de la guerra. La tierra, el factor básico de su economía, pertenece a los dioses (a los sacerdotes) y al Estado. Una parte importante de la mano de obra, utilizada en las obras públicas, algunas de gran magnitud, la proporcionaban los esclavos, prisioneros de guerra o condenados por algún delito común.
Cortés toma la ciudad de Tabasco, luego de una fácil batalla; sus armas de fuego y las cabalgaduras producen pánico en los nativos. Allí, los vencidos, ofrecen en señal de amistad veinte doncellas, una de las cuales es Marina, quien servirá de intérprete y será un gran auxiliar por sus conocimientos sobre las costumbres de las distintas tribus, que son enemigas entre sí y la mayoría de ellas odian a los dominadores aztecas. El emperador Moctezuma II (1466-1520) pacta con los españoles, pero sus súbditos se sublevan dándole muerte. «Su regio estandarte de quinientas plumas de quetzal es un trofeo en el fabuloso botín de los conquistadores, que se dicen españoles, tan ávidos de oro y poder en las tierras holladas» (Alfredo Maestre Fernández). En la llanura de Otumba los españoles, con la colaboración de tribus amigas, derrotan a un ejército de cien mil indios. Durante setenta y cinco días los aztecas defienden con heroísmo la ciudad de Tenochtitlán.
Los problemas internos del imperio indio, y su asombro y terror ante las armas europeas y la capacidad militar de los castellanos, son los factores principales que permiten su destrucción. Prescott escribe que «la conquista de México como empresa militar es poco menos que milagrosa, demasiado inverosímil aun para novela…».
Diez años después, Pizarro «con ciento ochenta hombres y treinta y siete caballos, con menos bagaje que Cortés, parte hacia un país más grande y de difícil acceso… Sin embargo, logró en dos años, por la astucia y la violencia, derrumbar el imperio de los incas» (Chaunu). Se calcula que este imperio tiene una población de doce millones de habitantes, y también, como el mexicano, su constitución es teocrática. El emperador es hijo del Sol y nunca usa algo dos veces, ni una copa, ni un vestido, ni una sandalia. Su fastuosa capa de chinchilla pasará a los hombros del jefe de la cristiandad.
La tierra está dividida en tres partes: una, para el Dios Sol; otra, para el Inca, y la tercera, para la población en general. En caso de sequía u otra calamidad, el pueblo recibía gratuitamente alimentos almacenados en los depósitos del Estado y de los sacerdotes. Es un régimen cristalizado, en donde nadie pasa hambre, pero en donde está prohibida cualquier iniciativa. Los incas, al igual que los romanos, van formando su imperio sobre la base de imponerse a los pueblos vecinos, y su apogeo es justamente en el siglo XV, poco antes de la llegada de los españoles.
Desconocen la rueda y la escritura, pero su cultura es realmente notable. Se destacan por sus conocimientos astronómicos y construyen palacios, carreteras de cientos de kilómetros, templos, fortalezas en los lugares estratégicos (pucarás), cultivos en terrazas, acueductos y sistemas de irrigación.
Pizarro desembarca en San Mateo y se interna en el nuevo país. El imperio inca «se hallaba desgarrado por una guerra civil, encendida por los príncipes Huáscar y Atahualpa, y de la cual se aprovechó hábilmente Pizarro… También parece que les favoreció a los españoles la primera erupción, ocurrida por esas fechas, del volcán Cotopaxi, situado en la cordillera oriental de los Andes. Todo fue porque los indígenas tomaron aquel imponente fenómeno como indicio de la cólera de sus dioses por resistir la dominación española» (Répolles Aguilar).
Es aquí en donde los españoles encuentran grandes cantidades de oro. El inca Atahualpa (muerto en 1533) prisionero de Pizarro, ofrece por su rescate llenar de oro, hasta la altura de su brazo, la estancia de la prisión, que tenía 22 pies de largo y 10 de ancho, «2.500 millones de dólares en oro, según estimaciones» (Carlos Machado). Pero acusado de traición por la muerte de su hermano Huéscar, es ajusticiado.
« A la hora undécima de la tarde»
Los obispos de México y de Tlascala, fray Juan de Zumárraga y fray Julián Garcés, determinaron el retorno a la lucha de Bartolomé de Las Casas, al designarlo como reformador de la Orden de los Dominicos en aquellas tierras.
En noviembre de 1531 desembarca en Veracruz en compañía de fray Tomás de Berlanga y del presidente de la Audiencia de La Española, don Sebastián Ramírez de Fuenleal. Sin embargo, no podrá realizar la misión encomendada. Los dominicos de México consiguen la adhesión de las autoridades del Cabildo y lo encarcelan, remitiéndolo de vuelta a La Española.
La humillación sufrida no amilana al Protector de los Indios, que se dedica a preparar una extensa carta, que envía al Consejo Real y Supremo de las Indias. Este organismo, presidido por fray García de Loaysa, constituía la instancia superior de toda la administración colonial y había sido creado en 1524.
La extensa carta constituye, como afirma Giménez Fernández, la «primera formulación del resultado de sus estudios doctrinales aplicados a sus actuaciones posibilistas». Conviene transcribir algunos de sus párrafos sobresalientes. Comienza con un largo exordio donde explica el porqué se ha decidido a elevar su voz de denuncia: «… muévame, por otra parte, la compasión de tan universales tribulaciones de que todos estos reinos de España, e por mejor decir de toda la cristiandad, en estos nuestros tan trabajosos tiempos, con tan encendidas y horribles guerras y otras intolerables angustias abunda; porque quizá que podría ser curado y amelecinado el mundo con aplicar la medecina a las llagas que por esta parte de acá el linaje humano ha rescebido, y la ley de Dios aún hoy, más que nunca, padesce, todo el cuerpo místico que a nuestra parte toca, por ventura, sanaría.»
Luego de estos párrafos solicita la atención del Consejo con estas palabras que reflejan su preocupación por ganar más fieles para la causa de la cristiandad. Las Casas ve a América como el nuevo escenario donde desarrollar la Gran Cruzada, una gesta incruenta de reafirmación religiosa: «… oiga lo que yo aquí dijera, y no miren a mi bajeza de ser y rudeza de decir, sino a la voluntad con que a decirlo soy movido; que no es otra, como Dios (quién conoce la profundidad del corazón humano) me es testigo, sino ver la fe de Jesucristo, tan vituperada y afrentada e corrida en este Nuevo Mundo, y la perdición de tan infinito número de ánimas, cada día más e más, así de los nuestros cristianos, como de esotras gentes, llamadas por Cristo a la hora ya undécima de la tarde para salvarlas eternamente, donde con grandes trabajos, donde no con imposibles gastos de riqueza, antes con infinita ganancia dellas, y con no pensada felicidad, podría ver más encumbrada, más difusa, y Dios por allá más conoscido, adorado y magnificado que en ningún tiempo de los que a los Apóstoles sucedieron jamás fue de gentes infieles.» Después afirma que «ya llegan al cielo los alaridos de tanta sangre humana derramada. La tierra no puede ya sofrir ser tan regada de sangres de hombres. Los ángeles de la paz, y aun el mismo Dios, creo que ya lloran. Los infiernos solo se alegran». A continuación expone su proyecto de colonización «en la acción pacífica de religiosos y de obispos virtuosos protegidos por guarniciones enteramente sometidas a su autoridad; sistema que, sin eliminar las justas ganancias de la Corona, que serán mejor garantizadas, pone netamente en un primer plano la necesaria tarea evangélica» (Bataillon y Saint-Lu).
En este momento aparece un Las Casas más mesurado, que amenaza con el infierno, en el cual cree ciegamente, pero que ha aprendido a desempeñarse con habilidad política y con una táctica más adecuada. Las Casas es cada vez menos idealista. Trata desesperadamente de salvar la mayor cantidad posible de vidas humanas.
De Unico Vocationis Modo
La carta enviada al Consejo de Indias en 1531 fue el ensayo de una obra de mayor envergadura acometida por el Protector. Nos referimos a su tratado latino sobre la conquista evangélica, De Unico Vocationis Modo, o «Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión», en el que con gran erudición teológica -jurídica y desde una evidente perspectiva indiana propone un método pacífico de conversión de los aborígenes: «La Providencia divina ha establecido, para todo el mundo y todos los tiempos, un solo y único medio de enseñar a los hombres la verdadera religión, a saber la persuasión razonada del entendimiento, junto a la invitación, la suave exhortación de la voluntad.»
La persuasión es elevada por Las Casas a la categoría de método evangelizador por excelencia y el propio clérigo tendrá ocasión de experimentarla en los acontecimientos ocurridos en La Española en 1534. Pero historiadores de la importancia de Menéndez Pidal critican con dureza esta proposición. Menéndez Pidal escribirá que «si los caciques, los Moctezumas, los Atahualpas, hubiesen sido conservados inconmovibles a perpetuidad en sus descendientes, según quería Las Casas, y si los ingleses hubiesen seguido las mismas normas jurídicas, América sería hoy un continente de pueblos con numerosas lenguas y religiones paganas, como lo es el Asia, pues los misioneros de las Indias Occidentales no habrían tenido mejores éxitos que los de las Indias Orientales, como lo probaron los muchos fracasos de catequesis pacífica hechos sin la vigilancia o el amparo de las armas».
Equilibrio
En 1533 Las Casas se hallaban en el monasterio que los padres dominicos poseían en Puerto de Plata, y había hecho amistad con un encomendero que en su lecho de muerte y en señal de arrepentimiento, pidió al religioso que pusiera en libertad a sus indios y destinara sus múltiples bienes a resarcir los daños que les hubiera causado.
Así lo hizo Bartolomé de Las Casas, despertando la ira del heredero, Pedro de Vadillo, oidor de la Audiencia de La Española, quien consiguió que ésta dejara sin efecto la resolución del muerto, y el 7 de noviembre de 1533, ordena su encarcelamiento en Santo Domingo. La gestión de los dominicos evitó que la condena se cumpliera, aceptando la Audiencia su reclusión en el monasterio de la orden. Sin embargo, poco duraría este encierro obligatorio, ya que las propias autoridades requirieron en enero de 1543 su ayuda, para pactar un acuerdo con el belicoso cacique del Bahuruco, Enriquillo.
«La rebelión del Cacique del Bahuruco fue por más de diez años auténtica pesadilla para la población y autoridades de La Española. Tuvo por origen una injusticia, y costó vidas, dinero y muchos sobresaltos» (Pando Miranda). «Alto y gentil hombre, de cuerpo bien proporcionado y dispuesto», era un jefe educado por los franciscanos desde niño y había sido bautizado con el nombre de Enrique. Le llamaban «Enriquillo».
Enrique está encomendado a un hidalgo español, de apellido Valenzuela, que tiene haciendas en San Juan de la Maguana. En una oportunidad el español le quita su yegua, «lo que más estimaba de su hacienda», y otro día, le quita su esposa, llamada Lucía. El indio reclama indignado ante su amo, pero este en vez de atenderlo lo hace castigar. Humillado, Enrique se dirige al teniente de gobernador de la villa, Pedro Vadillo, a quien le expone lo sucedido. Pero resulta que éste es amigo de Valenzuela, y lo hace apresar por unos días. Apela a la Audiencia, pero ésta se limita a enviar una carta a la villa. «Cuando terminó el tiempo del servicio, el jefe indígena reunió a sus hombres y se internó con ellos en la sierra. Había en las miradas un misterio negro de rebelión» (Pando Miranda).
La temporada de descanso concluye pero ni Enrique ni sus hombres se presentan ante su encomendadero. Valenzuela, acompañado de once hombres armados, acuciado por la necesidad de la cosecha, sale en su busca. En la selva lo esperan los sublevados y se traban en lucha. Dos castellanos son muertos y Enrique le perdona la vida a su patrón: «Agradece, Valenzuela, que no te mato. Anda y no vuelvas más acá; guárdate…»
Desde Santo Domingo son enviados 80 soldados para someterlos, pero el jefe indio durante muchos días cansa a los españoles en los caminos de la selva. Cuando considera que están agotados, los ataca y derrota. Este triunfo hace que los indios se animen a desobedecer a los españoles y se agrupan alrededor del jefe insurrecto. Enrique ejercita a sus hombres en el manejo de las armas, especialmente de las lanzas. Los españoles que sorprende y que «iban de paz a sus negocios», no son atacados, pero se les quitan las armas. Finalmente, Enrique organiza una república independiente. En una extensión de treinta leguas se construyen aldeas y se cultivan las tierras del lugar. En los contornos de su territorio había centinelas y contaba con un servicio de espías, por lo cual sabía de antemano los movimientos de los hombres blancos. Por las noches recorre las aldeas acompañado de dos lugartenientes.
Siguen el ejemplo de Enrique otros jefes nativos. Ciguallo y Tamayo organizan partidas contra los españoles, y atacan inclusive a gentes sin armas, lo cual deplora Enrique. Pero el odio contenido ha estallado y es difícil poder controlarlo.
Imposible de restablecer el orden por la vía militar, los españoles deciden que fray Remigio, uno de los religiosos que lo crió se dirija a parlamentar con Enrique. Detenido por los centinelas es maltratado, pero finalmente es llevado ante el jefe. Según cuenta Pando Miranda, el indio hizo gala de un gran sentido de argumentación. Pasó dolorida revista a los agravios recibidos; aquellos conquistadores que habían venido de fuera habían sido los que dieron muerte a su padre y a su abuelo… decía que por no ser muerto como lo habían sido sus padres, y por librarse de su encomendero, se había retirado a aquellos montes que le ofrecían refugio y paz.
Años más tarde, ante los reclamos del Emperador para que se le redujera, el presidente de la Audiencia de La Española, Sebastián Ramírez de Fuenleal, le pide a Las Casas que intervenga en el asunto. El Protector se dirige sólo a la región dirigida por Enrique. Ya ante él, éste lo reconoce como un hombre bueno, que quiere a los indios.
Las Casas le convencerá de la inconveniencia de vivir fuera de la ley de los blancos. Le explica que estos son poderosos y que no permitirán que la rebelión continúe. Enrique le pide al sacerdote «seguro de vida y perdón general, conservación de su señorío y hacienda y libertad para sus hombres, que continuarán viviendo en la tierra de sus antepasados sin recibir ninguna molestia» (Pando Miranda). Las Casas vuelve a Santo Domingo con la propuesta del cacique, la cual es aceptada. Tiempo después ambas delegaciones de paz conferenciarán en lo alto de una peña partida en dos mitades, separadas ambas cimas por un precipicio. Allí establecerán la paz.
Nicaragua, «un paraíso del Señor»
El éxito obtenido ante Enriquillo obligó a la Audiencia a levantar la reclusión de Las Casas, posibilitando que este aceptara la invitación de fray Tomás de Berlanga, recientemente nombrado obispo del Perú. Para desplazarse hacia esas tierras, los dos religiosos se embarcaron en junio de 1534 hacia Panamá, desde donde seguirían por tierra a Lima, pero una tempestad hizo perder el rumbo a la nave y esta vagó casi dos meses en el mar, arribando finalmente a Nicaragua.
Las Casas decide no continuar viaje y se instala en el Convento de Granada. De todas las tierras conocidas, Nicaragua parece haber sido lo que más le impresionó y de dicho país escribirá, «Nicaragua es la médula y riñonada de todas las Indias… Es un paraíso del Señor. Es unos deleites y alegría para el linaje humano, dado que la Española isla y todas las otras y otras partes de esta Tierra Firme donde yo he andado, sea tal cual nunca fue oído, éste, empero, me tiene admirado más que ninguna en ver tanta fertilidad, tanta abundancia, tanta amenidad y frescura, tanta sanidad, tantos frutales, ordenado como las huertas de las cibdades de Castilla, y, finalmente, todo cumplimiento y provisión para vivienda y recreación y suavidad de los hombres».
Sin embargo, en contraste con la maravilla pródiga de la naturaleza, el trato a los aborígenes no difería allí del que recibían en zonas menos afortunadas. La comprobación de este estado de cosas mueve a Las Casas, en octubre de 1535, a escribir al Rey y al Consejo de Indias, «ofreciéndose para intentar la penetración pacífica en las tribus aún inexploradas que vivían al sur de Nicaragua hasta Costa Rica» (Giménez Fernández).
Estos eran los términos del ofrecimiento: «Por esta laguna abajo hay gran cuantidad de pueblos y gente que no sirven a Su Majestad, y están capitales enemigos de los cristianos, por las obras que dellos han recibido, como todos los otros. Si vuestra merced (el destinatario es, sin duda, un personaje de la corte) nos envía una cédula de Su Majestad para que, asegurándolos nosotros y reduciéndolos a su imperial servicio, ningún cristiano, chico ni grande, tenga que hacer con ellos, ni sean subjetos a ninguna servidumbre de particular cristianos, yo, con mis compañeros, presumiendo del divinal socorro y ayuda, porque no buscamos sino su gloria y salvación destas ánimas, nos referimos a las asegurar y subjetar al servicio del Rey nuestro señor, y los convertir a que conozcan a su Criador, y al cabo de los hacer tributarios, conforme a las cosas que tovieran de que puedan dar tributo, lo den cada año, y sirvan con ello a Su Majestad. Y podrán salir de aquí muy grandes provechos y servicios al Rey, y a España, y a la tierra…»
Sin embargo, el proyecto de colonización pacífica no podrá llevarse a cabo, a pesar del interés demostrado por los Consejeros de Indias, Bernal Díaz de Luco y Mercado de Peñaloza, pues todavía se hallaba entronizado el clan Fonseca, enemigo inconciliable del Protector de los Indios.
En enero de 1536 el gobernador de Nicaragua, Rodrigo de Contreras, organiza una expedición contra los indios, que es denunciada por Las Casas a la reina emperatriz doña Isabel (1503-1539). La gestión tiene un relativo éxito pues por Real Cédula de Valladolid, expedidas el 7 de julio de 1536, se aplaza por dos años la misma. Las Casas ante la manifiesta hostilidad de las autoridades y el fracaso de sus planes, abandona Nicaragua y parte hacia Guatemala.
Sublimis Deus: el alma de los indios
En noviembre de 1536, Las Casas se instala en Santiago de Guatemala. A los pocos meses, la llamada de su amigo el obispo Juan Garcés le obligará a abandonar su nueva residencia y dirigirse a Tlasca. El obispo era uno de los tantos prelados que desde América comenzaban a elevar su voz en favor de los derechos indígenas, y hacía suyas las prédicas de Las Casas y del obispo de México fray Juan de Zumárraga, que había dicho que «estas conquistas, que son oprobiosas injurias de nuestra Cristiandad y Fe Católica, y, en toda esta tierra no han sino carnicerías cuantas conquistas se han hecho».
También en España soplaban nuevos vientos; el teólogo salmantino, Francisco de Vitoria (1480?-1548), exclamaba: «los cristianos no pueden ocupar por la fuerza las tierras de los infieles, si éstos las poseen como sus dueños verdaderos, es decir si desde siempre han estado bajo su dominio».
La llamada de Garcés se debía a lo siguiente: Desde hacía tiempo el obispo acariciaba la idea de enviar a Roma un enviado que lograra del Papa el reconocimiento de la naturaleza humana de los indios. Con ese propósito había elaborado junto con el dominico fray Bernardino de Minaya, una serie de argumentaciones para presentar a Paulo III (1468-1539); conocedores ambo del tratado lascasiano «De unico vocationis modo» decidieron apoyarse en él, solicitando de su autor la imprescindible ayuda.
El «largo sueño» del Protector comenzaba a dar sus frutos. Las meditaciones del claustro se transformaban en arma de combate, en eficaz herramienta de trabajo. En octubre de 1537 el fraile Minaya obtenía la ayuda de la esposa de Carlos V, doña Isabel, y el 2 de junio de 1538, gracias a su gestión, lograba del Papa Paulo III la bula «sublimis Deus», por la cual la iglesia reconocía calidad humana a los indios: «Considerando que los indios, siendo hombres verdaderos, no solamente son aptos para recibir la fe cristiana sino que, por lo que sabemos, lo desean grandemente… Decidimos y declaramos, no obstante toda opinión contraria, que los mencionados indios no podrán ser de ninguna manera privados de su libertad ni de la posesión de sus bienes… y que deberán ser llamados a la fe de Jesucristo por la predicación de la palabra divina y a través del ejemplo de una virtuosa y santa vida.»
«Sublimis Deus», en gran medida obra de Bartolomé de Las Casas, es un paso de enorme trascendencia en la historia de nuestra civilización, que honra a Francesco Todeschini-Piccolomini, el Papa Paulo III. Que se reconociera a los pueblos del nuevo continente su carácter humano, es un paso realmente revolucionario de la sociedad moderna. Puede decirse que es una conquista de índole democrática sólo comparable a la abolición del vasallaje y a la declaración de los derechos humanos.