VI. Guerra y Conquista de Granada
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Introducción
EL 26 de abril de 1491 el poderoso ejército cristiano que se proponía arruinar definitivamente el imperio musulmán español, acampó junto a la fuente de los Ojos de Huéscar, en plena vega granadina y a dos leguas de la ciudad. Era voluntad de los Reyes Católicos no levantar el sitio hasta su rendición, y para ello tomaron todas las medidas necesarias. El ejército preparado aquella primavera unos lo cifran en cincuenta mil hombres y otros en ochenta mil. La plaza sería rendida a fuego y hambre. Para que los habitantes de la metrópoli morisca no pudieran abastecerse de alimentos, fueron arrasadas las vegas de los valles de las Alpujarras y talados los árboles. El sitio se hizo en toda regla. Es más, para que los moriscos no creyeran que el ejército se retiraría y disolvería a la llegada del invierno, como había ocurrido siempre, se levantó la ciudad de Santa Fe construida a base de ladrillo y mampostería, con lo cual las tropas podían invernar perfectamente sin perder de vista las murallas de Granada y las torres de la Alhambra. «La erección de Santa Fe —escribe Prescott- por los españoles produjo más sombríos terrores en los habitantes de Granada, que los que causaron sus más brillantes triunfos militares; porque veían a sus enemigos estableciéndose en su mismo suelo, resueltos a no abandonarlo nunca.»
Llegada de Colón a Santa Fe
De la llegada de Cristóbal Colón al Real de Santa Fe sólo sabemos que ocurrió pocos días antes de la rendición de Granada. Debió ser en el mes de diciembre de 1491, cuando ya se veía el final de la contienda y en las huestes cristianas reinaba la mayor euforia y exaltación.
Por la situación interior de Granada, en la que existían manifestaciones de rebelión contra el rey Abdallah, o Boabdil el Chico, como era conocido entre los españoles, las negociaciones de rendición se llevaron muy en secreto. La plaza se rindió el 2 de enero de 1492 y Colón pudo presenciar el espectáculo único y lleno de colorido de ver cómo se rendía el último baluarte del reino nazarí. Con este acontecimiento se cerraban los casi ocho siglos que había durado la Reconquista.
En este ambiente triunfal, Colón, casi ignorado y empequeñecido por los acontecimientos que habían tenido lugar en Santa Fe, se puso a negociar con otra comisión las capitulaciones para llevar a cabo su empresa. Tan desapercibido pasó este asunto para los brillantes cronistas que rodeaban a los Reyes Católicos que apenas si han dejado noticia. La única explicación posible es que en la corte de los Reyes Católicos ocurrían demasiadas cosas de acción inmediata y de la mayor importancia para que se prestase atención a proyectos más o menos futuribles. Por ejemplo, entre bastidores se estaba gestando el edicto de expulsión de los judíos, el cual fue firmado el 30 de marzo de 1492. Un hecho tan importante por fuerza tendría que afectar al presunto descubridor, si, como afirma Madariaga, Colón pertenecía a una familia de judíos conversos catalanes emigrados a Génova.
Las Capitulaciones
Las negociaciones, al parecer, fueron lentas por las exigencias de Colón. Nadie nunca pidió tanto por llevar a cabo una empresa que algunos de los consejeros reales calificaban de quimérica y fantástica. Las Casas nos ofrece un retrato perfecto del carácter de este hombre concentrado, duro y exigente consigo mismo y con los demás: «Viendose con tan tanta repulsa y contradiccion afligido y apretado de tan gran necesidad, que quizá aflojando en las mercedes que pedia, contentandose con menos (y que parece que con cualquier cosa debiera contentarse), los Reyes se movieran a darle lo que era menester para su viaje y en lo demás lo que buenamente pareciera que debiera darsele, se le diera, no quiso blandear en cosa alguna, sino con toda entereza perseverar en lo que una vez habia pedido.» Tanto pedía, que, según el mismo autor, sus demandas fueron rechazadas, «mandando los Reyes que le dijesen que se fuese en hora buena».
Colón no tenía más que el día y la noche, pero no necesitó apremio para abandonar el Real de Santa Fe. Su hermano Bartolomé había estado en Inglaterra y a la sazón se hallaba en Francia, de donde había recibido una carta invitándole a exponer su proyecto. El problema es que seguía siendo pobre y necesitaba medios para viaje tan largo.
Aquí la historia y la leyenda se mezclan en un bosque tan enmarañado que resulta difícil descubrir la verdad. Sin embargo, parece cierto que tres personajes tan influyentes como Deza, Cabrero y Santángel, los tres judíos conversos, intercedieron cerca de la reina Isabel para que fueran aceptadas las condiciones de Colón. La historia atribuye a mosén Luis de Santángel, escribano de ración del rey Fernando, un papel decisivo. Según Prescott, Santángel habló con la reina y «le dijo con toda franqueza que las pretensiones de Colón, si bien eran excesivas, dependían al menos del resultado de su expedición; y que si ésta fracasaba o era estéril, nada pedía. Habló, además, largamente acerca de sus buenas dotes para tamaña empresa, que eran tan señaladas que podía con toda probabilidad asegurarse que le granjearían el patrocinio de algún otro monarca, que se aprovecharía del fruto de sus descubrimientos: y concluyó por hacer presente a la reina que su política en esta ocasión no estaba de acuerdo con aquel espíritu magnánimo que siempre, hasta entonces, le había impulsado a declarar protectora de toda empresa heroica y atrevida».
Prescott también recoge la leyenda que atribuye a doña Isabel el propósito de empeñar sus joyas para atender los gastos de la expedición. No es que no fuera capaz de hacerlo, pues sus empeños ya eran grandes y se sabe que el tesoro estaba exhausto, pero no era necesario tamaño sacrificio, pues el opulento recaudador y banquero Santángel muy bien podía adelantar la suma requerida.
Tras esta conversación, un alguacil de la reina salió en busca de Colón para que regresara al Real de Santa Fe. El mensajero lo alcanzó cuando cruzaba el Puente de los Pinos, a unos seis kilómetros de Santa Fe, y regresó con él al Real. La victoria se había hecho desear, pero al final podían mirar con orgullo a los cortesanos que le sonreían entre burlones y compasivos.
La negociación de las famosas Capitulaciones fue ardua y difícil. Casi tres meses tardaron fray Juan Pérez, en representación de Colón, y Juan de Coloma en representación de los Reyes Católicos, en redactarlas y ponerlas en limpio.
Aunque la financiación de la empresa corría a cargo de Castilla, resulta curioso que fueran hombres de la casa del rey don Fernando los que más influyeran para que la empresa colombina saliera a flote. Pues Juan de Coloma, al igual que Santángel y Cabrero, pertenecían a la Administración de Aragón.
Fray Juan Pérez presentó a Juan de Coloma un memorial o minuta con las existencias de Colón, que él llamaba «cosas suplicadas». Todas sus peticiones fueron trasladas al documento oficial por Juan de Coloma con ligeras correcciones. No se trataba, por supuesto, de un documento jurídico, sino de un acuerdo mutuo que condicionaba a ambas partes solamente en el caso de que se produjera el descubrimiento.
Con todo, es forzoso reconocer que los «honores y favores» que Colón exigía a los reyes y que éstos se obligaban a concederle, pues cada párrafo está rubricado por Juan de Coloma con el «plaze a sus altezas», son tan desorbitados que nos dan la medida del orgullo, la soberbia y la ambición del gran descubridor.
Colón está tan seguro de su empresa que en el Memorial escrito o redactado por él, comienza así: «Las cosas suplicadas é que vuestras Altezas dan y otorgan a D. Cristóbal Colon, en alguna satisfacion de lo que ha descubierto en las mares Oceanas, y del viaje que agora, con la ayuda de Dios, ha de hacer por ellas en servicio de vuestras Altezas...» Con el imperio del Gran Khan ya en la mano y Cipango y Catay a la vista, se hace Don, se calza la espuela de oro de caballero y exige el título de almirante sobre todas las Islas y Tierras Firmes «que por su mano e yndustria se descubrieran o ganaran», según las prerrogativas de los almirantes de Castilla, vitalicio hereditario y perpetuamente. Si tenemos en cuenta que el almirante mayor de Castilla era uno de los títulos de mayor prepotencia y abolengo, y el que lo ostentaba a la sazón era don Alonso Henríquez, pariente del rey don Fernando, comprobaremos que el bocado no era chico.
Pero el segundo tampoco le va a la zaga. Pide y se le otorga el título de Visorrey y Gobernador general en las Islas y Tierras Firmes, con la facultad de poder proponer tres personas a los reyes para que elijan uno. También se abrogaba el derecho a participar por sí o por sus tenientes en los pleitos originados a causa de las mercancías y riquezas que llegaran de las tierras descubiertas. Este concepto fue de los más discutidos, pues estaba en pugna con la política de los Reyes Católicos tendente a menguar o suprimir el derecho feudal de los grandes de la nobleza y el clero.
En otro punto se le concedía el derecho a participar con la octava parte en los barcos que fueran a tratar y negociar en las tierras descubiertas, lo cual le daba también derecho a participar en la octava parte de los beneficios.
Las Capitulaciones quedaron concertadas el 17 de abril y el 30 del mismo mes se redactó el acta jurídica por Juan de Coloma. Según Madariaga, en este nuevo documento el descubridor vuelve a ser «Cristóbal Colón» a secas; va a descubrir «ciertas islas e Tierra Firme» que todavía no ha descubierto y que «se espera que, con el ayuda de Dios, se descubrirán e ganarán» y los títulos, incluso el Don y demás privilegios se aplazan implícitamente hasta «después que hayades descubierto e ganado las dichas Islas e Tierra Firme en la dicha mar oceana o cualesquier dellas».
El historiador Morales Padrón nos da una versión diferente: «De los documentos firmados en Santa Fe no son éstos, precisamente, los más importantes. Días más tarde, ya en Granada y a 30 de abril, doña Isabel y don Fernando firmaron una carta-merced en que conferían al extranjero Colón —sobre lo otorgado en las Capitulaciones— la ampliación a vitalicio, hereditario y perpetuo, el título de virrey y gobernador, además del permiso para usar el Don... El mismo día 30 se le dio a Colón —desde ahora deja de llamarse Colomo, como se venía llamando— una carta credencial para los monarcas extranjeros asiáticos: una especie de pasaporte sin fecha y varias órdenes para la organización de la armada.»
Un presunto almirante en busca de su destino
El 12 de mayo de 1492 salía de Granada Cristóbal Colón con las alforjas llenas de promesas, el alma henchida de esperanza y una orden para el alcalde mayor de Palos, Diego Rodríguez Prieto, para que pusiera a disposición de Colón dos carabelas. Esta orden era un castigo a los vecinos de Palos «por algunas cosas fechas e cometidas» por ellos. Por esta razón el Consejo les castigaba a servir a los reyes con dos carabelas armadas a su costa durante dos años, y que las pusieran a disposición de Cristóbal Colón para viajar «a ciertas partes de la mar Océana sobre algunas cosas que cumplen a nuestro servicio».
El 23 de mayo, Colón convocó a las autoridades y ciudadanos de Palos en la iglesia de San Jorge para leerles las cartas de los reyes y requerir su cumplimiento. El hombre debía rebosar autoridad, convencido sin duda de que con aquellos documentos las autoridades y vecinos se pondrían inmediatamente a su disposición, pero los reunidos le escucharon respetuosamente y le respondieron con la conocida fórmula: «se obedece, pero no se cumple».
Este fue su primer traspiés. Pero allí estaban los hermanos Pinzón que, de alguna manera, se consideraban ya partícipes de la empresa colombina. Madariaga incluso sugiere que antes del último viaje de Colón a la corte, «debió recaer un acuerdo, ya verbal, ya escrito, entre los dos navegantes». Sin embargo, una vez conseguidos en la corte manga ancha y plenos poderes para organizar la expedición a su gusto, Colón empezó a mostrar cierta reserva hacia Martín Alonso Pinzón, que era todo un carácter, como él, un navegante que no le cedía en ambición y experiencia y prepotente en aquella comarca.
Por otra parte, los marineros de Palos no eran tontos. Conocían el Atlántico, sabían los riesgos que corrían y no parecían muy dispuestos a jugarse la vida en una aventura que atemorizaba a los más audaces. En previsión de no obtener marineros voluntarios suficientes para la expedición, había obtenido de Coloma una orden para poder sacar de la cárcel a todos los procesados y condenados que quisieran librarse de la justicia.
La misma orden fue leída en Moguer, con auditorio similar y con los mismos resultados. Todos cumplían la orden, pero nadie la obedecía. El derecho feudal predominante daba lugar frecuentemente a estos conflictos de competencia. Para comprenderlo es necesario no olvidar —como dice Manzano— que todos los puertos andaluces eran de particulares: Cádiz y Rota, de los Ponce de León; Sanlúcar de Barrameda, Chipiona y Huelva, de los Medina Sidonia; Moguer, de los Portocarrero. El único puerto que pertenecía a la Corona era el de Sevilla y los conquistados al Reino de Granada; Málaga, Almería y todos los del litoral granadino. Incluso el puerto Palos pertenecía cuarenta días antes de zarpar Colón a los duques de Medina Sidonia, conde de Miranda y hermanos Silva. A estos últimos les compraron los reyes la mitad de la villa en 16.400.000 maravedís para que la expedición saliera de un puerto realengo.
La negativa de los paleños a embarcarse con un extranjero desconocido debió ser para el orgulloso Colón un duro golpe. El ya casi almirante se albergaba en La Rábida. Sus consejeros más inmediatos eran fray Juan Pérez y fray Antonio de Marchena, y ambos debieron influir en su ánimo para que se pusiera en manos de Martín Alonso Pinzón y le dejara a él el trato con los tripulantes. Así lo confirma García Fernández, despensero de la Pinta: «Si no fuera porque el dicho Martín Alonso le dio los dichos navíos al dicho almirante, que no fuera donde fue ny menos fallara gente, y la cabsa hera porque ninguna persona conocía el dicho almirante a que por respeto del dicho Martín Alonso e por darle los dichos navios, el dicho almirante al dicho viaje.»
Se sabe que Colón, impulsado por la prepotencia que le concedían las cartas regias, embargó en Moguer algunos navíos que no llegó a utilizar. Igualmente parece que estaba decidido a vaciar las prisiones de la costa andaluza para hacerse con una tripulación, ya que los marineros libres rechazaban con burla sus ofertas. En aquellos días en que se sentía tan poseído de autoridad y tan resuelto a colmar su ambición fuera como fuera, estaba dispuesto a todo antes que renunciar a su aventura. Pero los franciscanos de La Rábida y los Pinzón debieron convencerle de que lanzarse a la mar con los navíos embargados, seguramente pocos aptos, y con una tripulación de presos era tanto como ir a la catástrofe.