VI. Fred Karno. Compañía de Variedades
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Introducción
EN aquella época existían en Londres dos grandes compañías de variedades y pantomima. Una de ellas la dirigía el hijo de un artesano y tenía el favor del público. Se llamaba Frederik Wescott, pero era conocido como Fred Karno. Dicen todavía que nadie ha dirigido en Inglaterra una compañía de pantomima tan buena como la de Fred Karno.
La ley que regía los Music-Hall ingleses era muy estricta. Las atracciones podían contener toda la música y todos los bailes que se quisiera, pero los actores apenas podían hablar. Probablemente porque lo que se podía decir en aquellos escenarios no podía ser del agrado del gobierno. Había mucho malestar en Inglaterra por entonces. Los cómicos tenían que expresarse por la mímica.
Las variedades de Karno llevaban la marca de su autor. Un estilo definido y un tema que se repetía una y otra vez haciendo las delicias del público. Ninguno de los protagonistas de Fred Karno conseguía lo que quería: siempre se quedaba con dos palmos de narices, invadido por un sentimiento de furia e impotencia, que hacía reír al público.
Fred Karno era un ídolo para Chaplin, y el destino preparaba entre bastidores un encuentro entre ambos fundamental para el futuro de Charlie.
Mientras este encuentro se produce, seguimos a Charlie trabajando en cafetuchos y pobres teatrillos de arrabales. Podemos imaginarle cosechando sus primeros fracasos, entre los sarcasmos del público y una lluvia de tomates. Sin embargo, Charlie tiene una inaudita capacidad de resistencia. Nada puede hacerle retroceder, porque no tiene ningún lugar a donde hacerlo. Sólo contaba con la realidad de cada día.
Me di cuenta de que no era un cómico de Music-Hall; no tenía ese poder íntimo de atracción, de identificación con el público; me contenté con ser un actor de carácter. sin embargo, tendría que sufrir todavía algunos desengaños, antes de afianzarme profesionalmente sobre mis pies.
Entre otras cosas, la edad mantenía a Charlie retirado de los escenarios. No había papeles para él. Era demasiado mayor para hacer de niño y demasiado joven para otros papeles.
Sidney, que era cuatro años mayor que él, había conseguido trabajar con Fred Karno; de actor secundario y con un sueldo de cuatro libras semanales. Sidney supo aprovechar la oportunidad para su hermano.
Hicieron falta diecisiete largos y duros años
Al fin se produjo ese encuentro decisivo para la vida de Chaplin. Fred Karno quedó encantado con la gracia de movimientos de aquel mozalbete de diecisiete años. Le contrató para trabajar en un Sketch titulado El partido de fútbol, junto a uno de los más grandes actores de pantomimas de la época llamado Harry Weldon.
La primera aparición de Charlie Chaplin en una compañía de Fred Karno fue un éxito memorable, tanto para Charlie como para Weldon. Hacían una buena pareja en el escenario. El recién llegado sabía preparar al público para los chistes de Weldon, que de esta forma multiplicaban su efectividad. Karno estaba encantado con su nueva adquisición. Charlie también:
Aquella noche me fui andando a casa para tranquilizarme. me detuve y me apoyé en el puente da Westminster y contemplé las oscuras y sedosas aguas que discurrían por debajo. sentí deseos de llorar de alegría, pero no podía. estuve esforzándome y haciendo muecas, pero no acudieron las lágrimas: estaba como hueco.
Sin embargo, Harry Weldon no estaba contento. Cuando la compañía salió de gira por provincias, los celos profesionales florecieron y estalló una guerra sorda entre el primer actor y aquel mozalbete que le robaba las simpatías del público.
Pero Charlie sabía que ahora estaba en la cresta de una ola muy fuerte y no debía bajarse de ella. Aguantó como pudo las puntadas y groserías del primer actor y siguió ganándose día a día el favor del público.
Cuando Chaplin relata lo que sintió aquella primera noche de triunfo en las compañías de Karno, lo hace con frialdad y sin apenas emoción: «Estaba hueco», dice, porque a los diecisiete años había vivido lo que a la mayoría de las personas les cuesta toda una vida. A partir de esa noche, Chaplin tiene otro espectador que jamás le ha abandonado: el mismo Charlie Chaplin.
¿Qué es eso que llaman amor?
Los días se suceden en aquel trabajo de tarde y noche, semana tras semana, mes tras mes. Charlie continúa su eterno aprendizaje y cada día que pasa-mejora como actor. El público empieza a ir a los teatros para verle y él ya está enteramente fascinado por esa íntima y secreta relación que se establece entre un actor y sus espectadores. Las luces de las candilejas, la brillante música de las orquestinas que acompañan su actuación, los aplausos, el ruido del telón al abrirse, el crujido de las tablas… Charlie se ha incorporado para siempre al mundo del espectáculo, ya no sabría vivir fuera de él.
Tiene ahora —1907— casi diecinueve años y es un joven atractivo, melancólico y con carácter. Algunas muchachas se fijan en él y Charlie las corteja displicentemente, sin ilusión.
Pero a los diecinueve años siempre hay un tigre agazapado que nos acecha. Charlie lo descubrió en una troupe de bailarinas que precedía a su número, las «Yankee-Doodles-Girls».
Me vi súbitamente avasallado por dos grandes ojos pardos que centelleaban maliciosamente y pertenecían a una esbelta gacela de rostro muy ovalado, con una fascinante boca bien dibujada, y unos bonitos dientes; el efecto fue instantáneo: me enamoré.
Ese tigre se llamaba Hetty y produjo una intensa emoción en Charlie; durante muchos años recordará los momentos que estuvo junto a ella. En las situaciones más difíciles, su imaginación regresará hacia esa esbelta muchacha preguntándose: qué habrá sido de ella, qué hará, y cómo vivirá...
Después de algunos intentos, Charlie consigue una cita. Un domingo de verano, a las cuatro de la tarde en Kennigton Gate. Fue un día extraño y delicioso. Charlie temblaba de emoción junto a ella. Había hecho proyectos para la noche: ir al Trocadero, llevarla a bailar, impresionarla —en definitiva—, con un mundo que tampoco era el suyo. A fin de cuentas, Hetty sólo tenía quince años. Pero es bien sabido que las mujeres, a esa edad, se plantean los asuntos sentimentales con más frialdad que los muchachos que las acompañan. Charlie quería ir de prisa; tenía necesidad de que una bella muchacha le declarase su amor, sentir que alguien estaba próximo a él. Hetty se lo explicó con buenas palabras.
—Tú esperas demasiado —le dijo—. Después de todo, sólo tengo quince años y tú eres cuatro mayor que yo.
Charlie pensó que no existía ninguna razón para que aquella dulce muchacha no le quisiera. Puesto que él estaba enamorado, ella también debéa estarlo. Pero estas cosas no suelen suceder como uno desea; es difícil hacer que cristalice esa cosa extraña que llaman amor.
De hecho, pasó la mayor parte de su vida buscando amor y tardará todavía en encontrarlo. Le aparecerá en ocasiones revestido de los atributos que tanto le atrajeron en Hetty. La última vez que la vio quedó grabada en su memoria. Ella fue quien dijo la última palabra:
Hetty abrió la puerta. se quedó sorprendida e impresionada al verme. acababa de lavarse la cara con un jabón de tocador que olía agradablemente. permaneció de pie en la entrada. en sus grandes ojos había una mirada fría y desapasionada. comprendí que no podía albergar ninguna esperanza.
-Bien dije, he venido a decirte otra vez adiós.
No contestó pero pude ver que estaba deseando desembarazarse de mí. le tendí la mano sonriendo ==
-Adiós, otra vez —dije. -Adiós —contestó ella fríamente.
Di la vuelta y oí cómo la puerta se cerraba con suavidad a mis espaldas. aunque sólo la había visto cinco veces y cada entrevista apenas duró más de veinte minutos, aquel breve encuentro me afectó durante muchos años.
París, otoño de 1909
En el umbral de sus veinte años, Charlie abandona por primera vez Inglaterra. El señor Burnell — director del Folies-Bergéres— había contratado la compañía de Karno por una temporada. París era la capital de Europa.
En París encontró Charlie chicas bonitas y lugares alegres que conocer. De esta manera consiguió aliviar el peso que había dejado en su corazón el primer percance amoroso.
Afortunadamente Charlie tenía una visión práctica de la existencia y —ni por un momento— consintió que su naufragio sentimental condicionara la calidad de su trabajo. Sobre el escenario del Folies-Bergère fue mejor de lo que había sido en los teatros londinenses.
Una noche fue llamado a la mesa de un cliente. Era Debussy, un célebre músico del que Chaplin jamás había oído hablar, que se había entusiasmado con la actuación del joven inglés. Charlie agradeció la felicitación del músico con una sonrisa. Tardó algún tiempo en apreciar en su verdadero valor la felicitación de Debussy.
El año que pasó Charlie en París le enseñó a divertirse y también a tratar con las mujeres.
Aprendió a beber, a vestir, a comportarse con naturalidad incluso en los ambientes más hostiles. Fue una buena época para Charlie. Sobre todo su estancia en París le permitió distanciarse, estudiar desde lejos los difíciles veinte años que había vivido en Londres y que ya empezaba a dejar atrás. Está a punto de dar el gran salto, de caer en el centro del torbellino que le ha de llevar irremisiblemente a la fortuna.
Dejémosle de momento en París.