VI. Entre la Espera y la Esperanza. Larra, en la España del Estatuto Real
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Introducción
MIL ochocientos treinta y cuatro es para Larra un año febril: en él, efectivamente, nace su tercera hija y se separa, al fin, de su mujer, la desdichada Pepita Wettoret; en él, además, se lanza al espacio de la creación literaria y lo invade con sus dos obras más logradas: un drama, «Macías», y una novela, «El Doncel de Don Enrique el Doliente». Frutos del romanticismo literario, ambas obras responden a una temática común que es en el atormentado Fígaro de aquella hora una tremenda obsesión: los amores imposibles, la tragedia del amor prohibido.
En 1834, Fígaro es ya un personaje singular de aquel Madrid que tan bien criticará él mismo por tan bien conocerle y mucho vivirle en todas y cada una de sus peculiaridades sociales. Pero el personaje está empezando ya a moverse contra la persona: Dolores Armijo se enamora de Fígaro y Larra se separa de Pepita Wettoret, su mujer. Por ello, en suma, 1834 es el inicio del drama personal de Mariano José de Larra que, a aquella altura de su meteórica biografía, ha conseguido ser todo lo que en los sueños de adolescente anhelaba.
España, 1834: Las tres comparsas
¿Y qué sucede en la España de 1834? La España de 1834 nace con Martínez de la Rosa encaramado en las alturas del poder y muere con él todavía en la Presidencia del Consejo. ¿Qué representa Martínez de la Rosa y cómo lo vive Larra? ¿En qué medida se identifica Fígaro con el proyecto del dramaturgo metido a político, con aquel escritor romántico — «Aben-Humeya», «La Conjuración de Venecia»— introducido en las difíciles tareas del hombre de Estado? ¿Cómo es la posición figariana ante la persona y la política del autor del Estatuto Real?
Un mes después de subir al poder Martínez de la Rosa, Larra pasa revista a la clase política del país, en el momento inaugural de la gestión del nuevo Primer Ministro. La esperanza de 1833 parece ahora difuminada. Nuestro hombre se halla en el inicio de un proceso de decepción fatal: apenas nada se ha hecho desde la muerte del monarca. El liberalismo no sabe encontrar la salida, entusiasmar al país, lograr la adhesión popular. Mariano José de Larra saca a flote su frustración más íntima ante el espectáculo español. En un artículo magistral fechado el 18 de febrero de 1834 —«Los tres no son más que dos y el que no es nada vale por tres»—. Mascarada política, Larra retrata las tres grandes facciones que constituyen el mapa ideológico del momento: la reacción, los exaltados y los moderados; derecha, izquierda y centro, para decirlo en otros términos. Ninguna fotografía mejor de los tres grupos que la descripción larriana de febrero de 1834. Empecemos por la derecha, la primera de las tres comparsas:
La menos numerosa era compuesta toda de viejos (¡rara aprensión!), pero gordos y robustos; para hacer gente y engruesarse iba derramando su dinero con tanto sigilo, como si fuese mal adquirido y peor conservado; pero a cada moneda que daban, ¡cosa rara!, perdían carnes y fuerzas. Toda esta comparsa andaba hacia atrás, más como quien huye que como quien anda; para lo cual traían la cabeza y los pies vueltos del revés, que hacían rara figura. Andaban desbandados a causa de hallarse su jefe ausente a diligencias propias; pero en cambio presumían serlo todos. Seguía a esta comparsa una porción de pobres, rotos y malparados, con una venda en los ojos como pintan a la fe, creyendo a pie juntillas cuanto aquéllos les decían, y tomando varios dijes de poco valor a cambio de sus servicios...»
Tal era la derecha de 1834 en la visión puntual de Larra. Una derecha que mira hacia atrás y hacia atrás anda; caótica y engañada en sí misma, cerrada a la realidad y al progreso, anclada en el pasado y en plena desbandada. Cabe decir, pues, que sin ningún proyecto, en plena vida vegetativa. Estamos frente a los retratos mordaces del faccioso de los artículos de 1833.
Al lado de la derecha —segunda comparsa—, la izquierda. ¿Cómo son sus rasgos, cuál sus facciones? Veámoslo:
La segunda traía jefe, o por mejor decir, representante; gente nueva, y la más barbilampiña; terca aún como muchacho que está creciendo, conocíase a legua que no habían tenido tantas ocasiones de comer como los otros. no andaban, sino corrían; todo eran piernas; encogíanse los altos, empinábanse los bajos; todos su prurito era andar iguales; al menor desnivel había gira y algazara. pedían la palabra, y tomaban lo demás. venían vestidos de telas de institución, color de garantía: el disfraz era lo mejor que traían; si bien a muchos se les traslucían por abajo juboncillos de ambición, con tal mal cenefilla de empleo, y se conocían que no estaban hechos a usarlo, porque a lo más les venían anchos. estos no == repartían dinero, sino periódicos; dábanlos con audacia y a venga lo que venga: si alguno se perdía o se interceptaba malamente, otro al puerto, como quién tenía el mal de en cara. Por el contrario de los otros, a cada periódico que daban ganaban carnes y razón. Las caretas eran discursos históricos de sucesión. Iban encendiendo las luces que la primera comparsa apagaba siempre que podía; pero el salón estaba iluminado de donde era fuerza inferior que la encendían más deprisa que la apagaban. Seguía a éstos una turba desigual hambrienta de felicidad: nunca la habían catado.»
He ahí la izquierda: joven, barbilampiña, apresurada, verbal, corre más que anda y habla más que hace. Larra está distante de ellos en buena parte; les ve, con frialdad objetiva, también sin proyecto. A pesar de su juventud —tiene Larra veinticinco años—, Fígaro se halla bastante alejado de aquella turba de ilusionados habladores, ruidosos. Aquí empieza el escritor a vivir su desarraigo de lo que, teóricamente, en el fondo estaba condenado a defender. Si la derecha le repugna, la izquierda le produce un profundo escepticismo, un desasosiego evidente. Tal vez hubiera deseado sentirse con ellos; ser, incluso, uno más de ellos. Pero su fría lucidez, su objetividad, su razón se lo impide, les ve tal y como son y no se ve en ellos. ¿Y el centro? Leamos despacio su acerada descripción:
Era el resto de la concurrencia la mayoría; pero se conservaba a cierta distancia del que parecía su jefe. era el color de éste un atornasolado claro, que visto de distintos puntos lejanos parecía siempre un color diferente, pero en llegando a él no se le podía llamar color. este y los suyos no andaban aunque lo parecía, porque marcaba el paso: conociendo que no había para qué, unos no tenían pies, y los otros los traían de plomo. de medio cuerpo arriba venía vestido == a la antigua española; de medio cuerpo abajo, a la moderna francesa, y en él no era disfraz, sino su traje propio y natural. Ni era alto ni bajo, ni gordo ni flaco: sutil como cuerpo glorioso, y máscara, en fin, racional, ni las hubo nunca (...). Era su comparsa gente pasiva y estacionaria, de esta que tiene y no quiere perder, que no tiene por qué moverse, miedosa, que teme pierniquebrarse a cada paso, escarmentada ya y paralítica, envilecida con el sufrimiento y bien avenida a todo, o despreocupada, que se ríe de los hombres y sus partidos. Estos no decían nada; ni aplaudían ni censuraban; traían caretas de yeso; miraban a una comparsa, miraban a otra, y ora temblaban, ora reían».
¿Cabe encontrar mejor finura para describir aquel fantasmagórico escenario? A una derecha que camina al revés de la Historia y una izquierda sin horizonte real, les corresponde un centro artificial que se beneficia de la situación sin ser propiamente nada, sin proponer tampoco nada, sin ser ni lo uno ni lo otro, mezcla sin vida de ambos. ¿Cómo podía identificarse Larra con ese tropel de sujetos cuya sola razón de ser es la inercia? El problema, con todo, era mucho más práctico a la altura de 1834 y Larra lo sabía muy bien: había que salir de la guerra y había que apuntalar sobre bases sólidas el nuevo Estado desmontando los cimientos de la sociedad tradicional y creando, sobre los escombros de su demolición, las raíces de una sociedad nueva, moderna, a la altura de los tiempos. Y ambas cosas, bien mirado, no eran realidades separadas, sino las dos facetas de una misma realidad: poner término feliz a la contienda civil era el primer paso imprescindible para plantearse la posibilidad de otra sociedad, de otro discurso colectivo en un país que comenzaba tímidamente el proceso de industrialización capaz de conducirle a la modernidad.
Una brizna de esperanza
Así se hallaba Larra a un mes de la estancia en el poder de Martínez de la Rosa. ¿Va a cambiar con el tiempo su postura? Sí, ciertamente, Larra recuperará al cabo de los meses un relativo optimismo, prueba de que estaba bien predispuesto a que la esperanza contagiara sus sentimientos a pesar de que su razón le obligase a mantener erguida la cautela. En 1834, Larra, que había abandonado su colaboración en el Correo de las Damas, sostiene sus artículos cotidianos tanto en la Revista Española como en El Observador. Nueve meses se mantuvo en pie este último, pilotado por Antonio Alcalá Galiano, que aún acrisolaba por aquel entonces posiciones cercanas a los exaltados. A él envía Fígaro doce artículos, de los cuales cuatro no ven la luz hasta 1835 por mor de la censura, contra la que él mismo arremetió con todas sus fuerzas.
Por otro lado, durante todo 1834, Larra mantiene como puede su doble vida amorosa: los encuentros furtivos y difíciles con Dolores Armijo y la desmayada vida familiar con Pepita, que es ya una rutina sin sentido. La aventura amorosa, subterránea (y tal vez por ello más apasionante para los amantes) coincide con el apogeo de la aventura literaria. Asusta pensar en los frutos que el ingenio de Larra produce aquel año: amén del «Macías» y el «Doncel», traduce «El arte de conspirar», «Felipe» y otras piezas de Scribe, cuyas adaptaciones larrianas se sucedían con éxito creciente en los escenarios madrileños. Diríase que Mariano José vive sumergido durante 1834 en su universo interior, amando a Dolores en la dificultad misma de formalizar su amor. Porque Larra, de quien se conocen otras aventuras, no vive con Dolores como una aventura más, sino como la gran aventura. Dolores Armijo es para aquel Fígaro triunfador cuyo ingenio se teme en las tertulias y cuyos artículos se aplauden en los periódicos, la gran salida a su fracaso, el amor romántico encarnado en una mujer concreta. Dolores sitúa a Fígaro no sólo frente al mundo y sus convenciones sociales, sino también frente a sí mismo, esto es, frente a su misma existencia. El problema por el momento no está planteado en toda su terrible autenticidad personal, pero se halla ya inscrito en el propio círculo que lleva a nuestro hombre a soñar con Dolores sin poseerla del todo. Dolores Armijo se enamora de Fígaro cuando éste desea a Dolores como Mariano José de Larra. He ahí una contradicción en la que se dibuja un trágico final.
Entender el Estatuto: oxígeno para la España tradicional
Pero no nos adelantemos a los acontecimientos. El día 10 de abril de 1834, María Cristina firma, al fin, el Estatuto Real. ¿Qué es el Estatuto Real? Las palabras de Vicens Vives, que se repiten de libro en libro, resumen a la perfección su contenido, y sus intenciones: «especie de carta otorgada que, salvaguardando el principio monárquico, permitía la intervención de las clases adineradas en el gobierno del país». Era, pues, el modo institucional para que la nobleza, más o menos ilustrada, mantuviera la hegemonía en la estructuración del Estado. Desde él se llamaba a Cortes dividiendo éstas en dos Cámaras: la de procuradores y la de próceres o notables. Los primeros se elegían mediante voto indirecto, siendo condición para el nombramiento un mínimo de renta anual de 12.000 reales. Los segundos —próceres— se decidían entre los grandes de España, con acceso directo, y algunos propietarios y nobles con rentas anuales superiores a 60.000 reales nombrados por el monarca. Lo que Martínez de la Rosa pretendía era, pues, bien evidente: defender los intereses de las capas altas del país regularizando, desde ellas, la vida política de la comunidad.
Larra, sin embargo, se deja seducir en principio por el Estatuto, cuyo moderantismo no niega, pero frente al cual se siente relativamente conformista. Recién alumbrado el Estatuto, estrena su autor, Francisco Martínez de la Rosa, la que habrá de ser su mejor obra: «La Conjuración de Venecia». Fígaro publica su crítica del drama el 25 de abril de 1834, en la Revista Española. Palabras elogiosas las suyas que van más allá de las calidades literarias de la obra:
No acabaremos este juicio sin hacer una reflexión ventajosísima para el autor: ésta es la primera vez que vemos en españa a un ministro honrándose con el cultivo de las letras, con la inspiración de las musas. un estatuto real, la primera piedra que ha de servir al edificio de la regeneración de españa, y un drama lleno de mérito, y esto lo hemos visto todo en una semana: no sabemos si aún fuera de españa se ha repetido esta circunstancia similar.»
El Estatuto, al que más tarde dedicará frases irónicas y agresivas, es ahora, en esta primera época, nada menos que «la primera piedra que ha de servir al edificio de la regeneración de España». El optimismo de Fígaro no puede ser más patente y cristalino.
¿Cuánto le dura a Larra aquella esperanza y en qué medida se arropaba ésta en cimientos sólidos? La postura larriana ante Francisco Martínez de la Rosa a lo largo del año en que éste mantiene la presidencia del Consejo en sus manos va desde el optimismo hasta la decepción, a través de un itinerario rodeado de no pocas arbitrariedades. Ciertamente, el país no experimentó durante aquel año inicial el giro que algunos —Larra entre ellos— esperaban. Pero no es menos cierto que un análisis frío de lo que sucedía llevaba a poner la atención en el mismo liberalismo como problema esencial.
El liberalismo, escindido
Antes que las dos Españas a Larra le consumen los dos liberalismos. La presencia y permanencia de Martínez de la Rosa en el poder con su tibia política del justo medio ha acabado por provocar algo que en el verano de 1834 es ya inevitable: la escisión del ala liberal en dos facciones, cuya pugna va a ser la verdadera protagonista de los días venideros. Si a ello unimos el hecho de que la guerra carlista, a pesar de los felices augurios que presagiaba la firma de la Cuádruple Alianza (España, Portugal, Francia e Inglaterra) y el pésimo, desastroso, estado de la economía nacional, tendremos un cuadro fiel —y nada optimista— del contexto en que se desenvuelve la vida española hasta la caída del Gabinete.
En efecto, la guerra carlista prosigue ensangrentando el suelo español. Firmado el tratado de la Cuádruple Alianza el 22 de abril de 1834, Martínez de la Rosa entendió que la ayuda de los voluntarios —10.000 se dice que llegaron— obraría como un milagro para reducir la causa carlista. No fue así, sin embargo. Establecido en Londres, a donde llegó los últimos días de junio, el pretendiente escapa el 1 de julio de la vigilancia inglesa y llega a España el 12 de julio. Su súbita e inesperada presencia en el teatro de operaciones norteño levanta el entusiasmo de sus partidarios afianzando hasta extremos increíbles su postura. La guerra entra de nuevo en una fase de equilibrio tras el triunfal recorrido de don Carlos por los valles navarros de Araquil y Borunda. Un faccioso más, le llama entonces, con la pretensión de restar importancia a su llegada, el Presidente del Consejo.
Pero aquellos momentos, por un cúmulo adverso de circunstancias, ponen en serio peligro la suerte del Gabinete. La epidemia de cólera ha invadido la parte meridional de la península y amenaza con llegar a Madrid. Al fin, a mediados del mes de julio, su presencia en la villa y Corte es una irrefutable realidad. La capital queda asolada por la epidemia, y el Gobierno, como denuncia Larra, cierra los ojos ante la evidencia. En la Carta de Fígaro a un bachiller, su corresponsal, Larra ironiza sobre el incesante rumor de la llegada del cólera a Madrid, rumor que ya no es tal porque crecen día a día sus víctimas, pero ante el mal el Gobierno vive ciego.
Tal vez habrán dicho en ese villorrio que está el cólera en madrid. lo que es aquí, nadie lo sabe de oficio; lo que hay aquí no es el cólera, sino una enfermedad reinante y sospechosa, tanto que esas malditas sospechas han llevado a muchos al cementerio, en fuerza sin duda de los cavilosos. pero si dicen a vuestra merced que mueren tantas y cuantas gentes al día no lo crea; al día no muere nadie, porque si así fuere habría parte sanitario, si es que no le dan por no haber sanidad maldita de que darle. en consecuencia, si el mal está en madrid, la autoridad lo tiene callado y así que nadie lo sabe.»
Madrid es un hervidero de descontento. Y ante el mal, una vez más, aflora como mecanismo defensivo el anticlericalismo. Las fuentes públicas, se rumorea por doquier, han sido envenenadas por los religiosos; ellos son los culpables, pues, de la desolación que invade la capital. Las turbas, enfurecidas y alentadas por los provocadores, acaban por encontrar en los frailes el chivo expiatorio de sus males. El día 17 se asaltan implacablemente los conventos de San Isidro, San Francisco, Santo Tomás y la Merced. Quince jesuítas mueren en el de San Isidro de la calle de Toledo. Otra vez la España Negra de la tragedia callejera. Larra es, a estas alturas, el Fígaro temido, el periodista triunfal, la pluma restallante, el escritor admirado, el hombre joven al que se abren todas las puertas en señal de su éxito fulgurante y sostenido. Pero todo ello no obsta para una realidad: nuestro hombre se siente cualquier cosa menos un ser feliz. Su matrimonio naufraga sin remedio y Dolores Armijo, la dama de sus sueños, es, no lo olvidemos, una mujer casada. Sin desearlo Larra está contra la sociedad en que ha nacido. Y lo que ahora es una especie de secreto celosamente conservado en su intimidad no tardará en ser vox populi en un Madrid que ve alejarse con lentitud la epidemia de colera y la esperanza de un final cercano de la dolorosa guerra carlista.
A vueltas con la censura
Durante aquellos meses —tercera parte de 1834– – Larra vive profundamente en sus sentimientos el desgarrón del liberalismo escindido. ¿Con quién estar? ¿A favor de los progresistas que tienden a una oposición sistemática o de los liberales partidarios de las reformas paso a paso? La Revista Española se ha convertido en el periódico de la oposición, según relata Fígaro al bachiller, su corresponsal desconocido. Y con los nuevos tiempos ha aparecido de nuevo la censura, la puerta cerrada a la libertad de expresión por la que Larra luchó siempre con denuedo. Irónico y agresivo se pregunta Fígaro, en 1834, cuál es la diferencia sustancial entre el cercano ayer y la actualidad «liberal» de hoy.
Ha leído vuesa merced El pobrecito hablador. Yo le publicaba en tiempo de Calomarde y de Zea: ahora como ya tenemos libertad racional, probablemente, no se podría publicar.»
Gravitan sobre Larra, pues, los fantasmas del pasado y se desazona ante el lento ritmo de las reformas. «El cólera, escribe, sigue haciendo en algunas provincias más estragos que un reglamento de censura». Pero ¿qué hacer? Le asoma el pesimismo y, sin embargo, fue él y no ningún otro quien tiempo atrás proclamaba la necesidad de ir paso a paso, de no sacar las cosas de quicio. Nada más ilustrativo del comienzo de lo que será poco después el último drama de Larra que las cartas de los dos liberales dirigiéndose a él con razones para adoptar sendas posturas antagónicas. «Dos liberales o lo que es entenderse», se titulan. Ahí está, condensada y tensa el origen de la mayúscula frustración liberal de Mariano José de Larra.
El primero de ellos —liberal escarmentado con competente destino— le argumenta a Figaro:
...Los artículos de usted que tienden a una oposición directa, los artículos de usted que quieren poner en ridículo nuestra lentitud, sólo pueden dar armas a nuestros enemigos. aquí no hay más divisa que isabel ii. y en cuanto a escribir, escribir nuestros mismos defectos para que los corrijamos, es disparate porque no por eso los hemos de corregir: debe acabarse todo lo que hagamos, siquiera para no dar que reír a nuestra costa a los carlistas, y le advierto caritativamente que si persiste en el camino de esa oposición que ha manifestado, haremos correr la voz de que todos los que hacen esa oposición nos quieren precipitar de nuevo y quieren reproducir el año 23».
Y el segundo liberal —el liberal progresivo y sin destino— en la otra carta apunta en esta dirección al buen Fígaro:
Suplico a usted que se sirva no dejar dormir su pluma en ese camino de la oposición, en que ha marchado con tanta gloria; en la inteligencia de que si usted afloja, yo y los míos, haremos correr por todas partes la voz de que se ha vendido usted al ministerio. Esto no marcha y sólo una oposición sostenida puede salvarnos. A ellos, pues, señor Fígaro y dóbleles usted a sátiras si quiere conservar el aprecio de su seguro servidor.»
Una ojeada sobre las clases sociales
Esas son las dos cartas, las dos posturas, las dos peticiones a Fígaro. El mismo intuye con lucidez la raíz del dilema: «Si escribo en liberal dirán unos que estoy vendido a don Carlos. Si escribo en ministerial, dirán otros que estoy vendido al ministerio». El problema para Larra es que no quiere venderse a nadie, que se presta tan sólo a sí mismo. Unos y otros le argumentan razones de peso y ambas, en su mutuo desacuerdo, provocan en Larra hostilidad. Fígaro sabe ya muy bien las dificultades de ser independiente, de no estar ni con unos ni con otros. Pero la realidad es así, inevitablemente. ¿Dónde está la razón? ¿A quién se la da Larra? El parlanchín Fígaro, que es riguroso a pesar de la apariencia festiva y risueña, sabe muy bien que la razón esta fuera, que lo que se debe hacer es, de algún modo, lo que se puede hacer. En un extraordinario artículo fechado algunos días atrás —junio de 1834— con el título de «Jardines públicos», Larra lleva a cabo un análisis muy fino de la sociedad española. En él ahonda con una lucidez restallante los problemas de la división social existentes en el país:
Apenas tenemos una clase media, numerosa y resignada con su verdadera posición; si hay en españa clase media, industrial, fabril y comercial, no se busque en madrid, sino en barcelona, en cádiz, etcétera, aquí no hay más que clase alta y clase baja (...). la clase media, compuesta de empleados o proletarios decentes, sacada de su quicio y lanzada en medio de la aristocracia por la confusión de clases, a la merced de un frac, nivelador universal de los hombres del siglo XX, se cree en la clase alta, precisamente como aquel que se creyere en una habitación, sólo porque metiese en ella la cabeza por una alta ventana a fuerza de elevarse de puntillas.»
En estas palabras se halla, asumido por Larra, lo que podemos llamar «el drama español del siglo XIX» a saber: la ausencia de una verdadera revolución burguesa que trastocara el antiguo orden —la sociedad estamental— en el marco o sociedad de clases del capitalismo productivista. En aquellos años, el problema era aún salvable y a lo que alude es, básicamente, a la inexistencia de las condiciones de posibilidad de esa «salvación». Larra ataca a la burguesía por no serlo, por no aceptarse a sí misma en su verdadero papel histórico, por imitar a una aristocracia decadente que lleva aún las riendas del Estado. Es esa creencia falsa (vivir como el aristócrata, pensar como él, acabar sintiendo como él) de la burguesía lo que desazona a Larra. No es una reflexión nueva. Ya en su drama «No más mostrador» afloró a la superficie mediante la vía teatral. Y a ella volverá, como veremos, en sus reflexiones sobre «Antony», el famoso drama de Alejandro Dumas.
Ve Fígaro, además, con gran clarividencia cómo los focos de la burguesía hispana están en Barcelona —una Cataluña que va agrandando su importancia económica en el conjunto peninsular— y Cádiz, la ciudad bastión del liberalismo, cuna de la Constitución, donde florece el comercio. La capital, Madrid, está alejada de esa tendencia, entre la burocracia desmayada del «vuelva usted mañana» y el reflejo permanente de las clases altas que, todo lo más, se consienten a sí mismas el lujo de achulapar sus hábitos.
El Madrid de Larra
Madrid, capital de la burocracia centralista en un país preindustrial, agrario y analfabeto; Madrid, centro del poder político cuando el poder económico en el sentido más avanzado se desplaza —como muy bien ve Larra— a la periferia. Madrid sin burguesía en un país de débil e incipiente burguesía sin «densidad numérica, ni bastante riqueza, ni tampoco ideología firme y clara para triunfar» (Vicens Vives). Aquel es, empero, el Madrid de Larra, del que será a la postre despiadado cronista. Madrid es para Larra una insufrible y monótona ciudad de la que, con todo, cuesta estar alejado. Larra ama a Madrid como a España: porque no le gusta. Nadie como él ha descrito la mediocridad de la vida ciudadana, el sello sin distintivo de un discurso vital. Nadie como él, tampoco, ha sabido descubrir los vicios de una administración sin aliento, de una cultura sin creatividad, de la vida cansada de los cafés y la aventura gris de los teatros. Pero cuando Larra deja Madrid, le añora; le invade la nostalgia inevitablemente: es esa una paradoja, sin duda, explicable en ese ciudadano sin raíces ni arraigo que fue Mariano José de Larra.
Sea como fuere, muchas de las mejores páginas larrianas tienen a Madrid como protagonista indiscutible. ¿Cómo era, en verdad, el Madrid de Larra que es también el de Mesonero, su cronista más apasionado? El propio Mesonero Romanos proporciona los datos necesarios para conocer la realidad madrileña de los años 30 del siglo XIX. Cuenta a la sazón la capital de España, según el censo de 1831, 49.400 vecinos y 211.127 habitantes; 8.000 casas, distribuidas en 540 manzanas con 17 parroquias, 70 conventos de religiosos y religiosas (38 y 32), 18 hospitales, 16 colegios, tres hospicios, etc. La vida de la ciudad se realiza en torno a la actual Puerta del Sol: calles de Mayor, Arenal, San Jerónimo y Alcalá. Allí están los principales restaurantes —la mítica Fontana de Oro galdosiana, en la Carrera de San Jerónimo; Europa, en Arenal; el Dos Amigos, en Alcalá; la Gran Cruz de Malta, en Caballero de Gracia, etc., y los mejores cafés: Santa Catalina, Venecia, el del Teatro del Príncipe.
En un trabajo de finales de 1834 —«La vida de Madrid»—, Larra recorre, junto al joven de su relato, la vida cotidiana de la ciudad. La mañana para el ocio tiene sus lugares habituales: Carrera de San Jerónimo, calle de Carretas, del Príncipe y de la Montera. En aquel espacio «encuentro en un palmo de terreno a todos los amigos. ¿La comida? Igualmente habitual: Genyes o el Comercio, «alguna vez en mi casa; casi más fuera de ella». ¿Tras la comida? A Sólito. «Allí, dos horas, dos cigarros y dos amigos.» Calle de la Montera, luego; nuevos encuentros, nuevas charlas. ¿Y más tarde? Al Teatro. ¿Qué ponen en el teatro? La misma monotonía de siempre: una sinfonía, una pieza del inevitable Scribe... De cuando en cuando —rara vez—, una agradable sorpresa: el estreno de un autor novel que ilumina con su talento un escenario definido por la penumbra casi permanente. ¿Actores? Pocos, según Fígaro, que merezcan propiamente el nombre: Carlos Latorre, Concepción Rodríguez, el famoso Luna o la prometedora Matilde Díez y... Julián Romea, alumno de Latorre en el conservatorio, gran esperanza en ciernes que no tardó mucho en cuajar casi en un mito.
El centro del Madrid literario tiene entonces un nombre: el café del Teatro del Príncipe (hoy teatro Español). Carretero y Delgado, los dos grandes editores de la época, dialogan en él con «sus»escritores: Larra, el más cotidiano; Mesonero y Bretón, entre los consagrados; Espronceda, que retorna a Madrid en 1834; García Gutiérrrez, la gran promesa que no tardará en destapar el brillo de su ingenio dramático. Y las comparsas, los escritores mediocres buscando con ansiedad un puesto entre los grandes, aplaudiendo más que otra cosa en busca del reconocimiento de su gloria.
Y tras el teatro, de nuevo el café si no es noche de sociedad. Y si es, a vestirse a casa para la gran noche a casa del rico de turno. Fígaro vive abrumado su contacto con el diario Madrid. Una sociedad que repite día a día sus diversiones hasta la saciedad y el cansancio.
Bonita sociedad, muy bonita. ello sí, las mismas de la sociedad de la víspera, y del lunes, y de... y las mismas de la visita de la mañana, del prado y del teatro y...»
La teoría del calavera
Larra existe inmerso en esa diaria monotomía en la que representa con elegancia su papel de dandy, como con propiedad le define Francisco Umbral. Un dandy que pasea su difícil dandismo en un Madrid de señoritos y calaveras. El mismo Fígaro nos ha trazado una curiosa (y no demasiado difundida) teoría del calavera, entre el relato y el elogio, que merece la pena comentarse en cuanto puede servir como espejo en el que ver reflejada su figura. Distingue Fígaro varios tipos de calaveras, aunque todas, para serlo, deben participar de una serie de notas peculiares: «El talento natural, pues, y la poca aprensión, son las dos cualidades distintas de la especie; sin ellas no se da calavera, un tonto, un timorato del que dirán, no lo será jamás».
Calaveras hay silvestres y domésticos; el primero pertenece a la plebe; en el segundo hay varios grados sobre los que conviene recabar. Cronológicamente, se da en principio el calavera-lampiño, entre los catorce y los dieciocho años. En él hay un embrión tan solo del calavera genuino que es el calavera-temerón del que, una vez constituido, se derivan modalidades curiosas: el calavera-langosta; el calavera-plaga, el calavera-cura y la mujer-calavera. Junto al calavera-temerón está el seudo-calavera, un producto de imitación sin vivez ni ingenio propios, una copia burda. Y, por fin, la gama más delicada y exquisita de la especie el calavera de buen tono. De él traza Larra un retrato magnífico:
El calavera de buen tono es el tipo de la civilización, el emblema del siglo xix. perteneciendo a la primera clase de la sociedad, o debiendo a su mérito y a su carácter la introdución en ella, ha recibido una educación esmerada; dibuja con primor y toca un instrumento: filarmónico nato, dirige el aplauso en la ópera, y le dirige siempre a la más graciosa, o a la más sentimental: más de una mala cantatriz le es deudora de su boga; se ríe de los actores españoles y acaudilla las sílabas contra el verso; sus carcajadas se oyen en el teatro a larga distancia; por el sonido se le encuentra, reside en la cuneta al principio del espectáculo, donde entra más tarde en el paso más crítico y del cual se va temprano; reconoce los palcos, donde habla muy alto, y rara noche se olvida de aparecer un momento por la tertulia a asertar su doble anteojo a la banda opuesta (...). cuenta anécdotas picantes, le suceden cosas raras, habla de prisa, y tiene salidas. todo el mundo sabe lo que es tener salidas. las suyas se cuentan por todas partes; siempre son originales; en los casos en que él se ha visto, sólo él hubiera hecho, hubiera respondido aquello. cuando ha dicho una gracia tiene el singular tino de marcharse inmediatamente; esto prueba gran conocimiento: la última impresión es la mejor de esta suerte y todos pueden quedar riendo y diciendo además de él: ¡qué cabeza! ¡es mucho fulano!»
Retrato enjundioso al que sigue esta reflexión:
Dichoso aquel al que llaman las mujeres calavera, porque el bello sexo gusta sobremanera de toda especie de fama; es preciso conocerle, fijarle, probar a sentarle es una obra de caridad. el calavera de buen tono es, pues, el adorno primero del siglo, el que anima un círculo, el cupido de las damas, lenfant gaté de la sociedad y de las hermosas (...). el hombre no calavera, el hombre de talento y juicio se enamora, y por consiguiente, es víctima de las mujeres, por el contrario, las mujeres son las víctimas del calavera. dígasenos ahora si el hombre de talento y juicio no es un necio a su lado.»
Mariano José de Larra ha hecho todo lo posible por ser el calavera-temerón de su tipología. Hombre de estatura más bien mediana (1,61 al parecer) ha llegado a sacar de sí mismo un partido máximo. Cuida su vestido con verdadera atención y Utrilla, su sastre, le hace con puntualidad las últimas novedades y modelos, de París y Londres, elegantes. Larra hace de la distinción una filosofía. Ser distinto es, en cierto modo, parecerlo, alejarse de la mediocridad. Ese es, en definitiva, el hombre admirado, sobre todo... por las damas. El calavera — Fígaro lo sabe y lo atestigua— es tan terrible para los otros hombres, a los que eclipsa, como deseable para las mujeres, ansiosas de ser las que le conviertan en un sujeto de juicio normal. Por eso el calavera no se enamora, o cuando lo hace, deja en buena medida de serlo. Larra ve y vive ese destino con lucidez: el hombre juicioso es víctima de las mujeres en la medida que, enamorado, está a su merced; el calavera, por el contrario, tiene junto a él a las mujeres en calidad de víctimas de su propia personalidad sin ataduras. Por debajo del calavera no hay así sólo un dandy, paradigma de la brillantez y la elegancia, sino también una nueva suerte de Don Juan moderno. En eso Larra, desde luego, no fue ningún adelantado a su tiempo. La idea que de las féminas tiene Larra, correctamente analizada, podría incluirse en cualquier antología del machismo bien que, en su caso, se teñirá de cierto refinamiento y sutileza.
Junto al retrato, pues, el diagnóstico. ¿Y Larra? ¿Es Fígaro un calavera de buen tono en el que se reflejan fielmente los rasgos de la descripción larriana? Fígaro, tal vez, pero no Larra. Fígaro ha nacido desde Larra en la intención de ver su calavera culto, reflexivo, irónico, despreocupado, mordaz y triunfador. Al cabo de un año de vida, de correteos por las tertulias, los cafés, los saraos y las fiestas galantes, Fígaro parece un perfecto calavera. Tal vez, incluso, los demás, con cierta envidia, le vivan como tal, le crean el calavera que las mujeres desean y los hombres temen. Pero detrás de Fígaro sigue Larra, un afrancesado riguroso en España, un español atormentado en Francia, un sujeto al que le duelen demasiado las cosas, su país, el siglo endiablado que le ha tocado en suerte, una sociedad que no acaba de gustarle. Fígaro no puede enterrar nunca a Larra. Y aunque Fígaro desea ser un calavera de buen tono, Mariano José de Larra es ese hombre de talento y juicio que sirve de oponente imprescindible al calavera mismo. Lo es, tal vez, incluso sin quererlo. O, dicho de otro modo: lo es porque no se puede ser lo que uno desea a veces en la más profunda intimidad. Hay como un nudo que ata a Larra a ese hombre juicioso. Por eso los acontecimientos le viven a él a partir de un determinado momento.
La separación y el matrimonio roto
En virtud de las pocas noticias que tenemos, Dolores Armijo se ha enamorado de Fígaro en la medida que, siguiendo la teoría de Larra, ha intentado, desafiándose a sí misma (y a la sociedad) conquistar al calavera que Fígaro parece ser. Pero detrás de la apariencia de fachada hay una realidad más profunda: Fígaro —ya Larra— se ha enamorado de ella trocándose, también según la teoría larriana, de verdugo en víctima. Y con el tiempo —dramática paradoja— a Dolores no le va a interesar ese seudocalavera en que se ha convertido Larra. Es un juego dramático en el que ahora la imposible pareja no ha hecho, sino dar los primeros pasos.
A Larra, al fin, se le descubre el juego, esto es, Pepita, su mujer, accede al conocimiento de la aventura de su marido con Dolores. Por una carta de Luis Sanclemente a su hermano, el marqués de Montesa, sabemos cómo se desarrolló el embrollo y sus fatídicos resultados: «Hace más de un año que estando celosa la mujer de Larra, notó que éste recibió un billete, y que lo metió en su pupitre. Resuelta a aclarar sus sospechas, encontró modo de abrir el pupitre. Y leyó el papel, que era en efecto una cita que la de Cambronero daba a Larra para fuera de puertas en un coche simón. La celosa determinó vengarse, y remitió el billete de la citadora a su marido Cambronero. Este se fue con él a consultar a una querida que tenía. Esta tal, prudente y juiciosa, quiso evitar un lance y le dijo: “Mira tú estás faltando a tu mujer no des escándalo porque ella te pague en la misma manera”. No obstante, el señor Cambronero acudió al punto de cita, y encontró a su mujer y a su amante Larra, et... il éclata. Larra, de retour chez lui, éclata contre sa femme. Larra se separó de su mujer y no vivió más con ella. Cambronero se separó de la suya y se fue a Manila. La de Cambronero se fue a viajar, y Larra viajó tras ella».
Sin certeza exacta de cuándo sucedió todo el complicado asunto, no debió ser muy lejano al viaje de Larra en 1835. ¿Finales de 1834 como piensan algunos? ¿Primavera de 1835, como creen otros? Da un poco lo mismo. Lo cierto es que, a partir de un momento, a Mariano José de Larra le fallan sus resortes, se le vienen abajo sus cimientos. A la frustración poética, se le une ahora la frustración amorosa, que, sin embargo, va a resistirse a aceptar.
¿Qué ha ido pasando, entre tanto, en el país y cómo ha ido encajando Fígaro los acontecimientos? El Estatuto ha revelado su ineficacia, y con ella, la división del liberalismo no ha hecho otra cosa que ahondarse. La guerra carlista continúa. Y la reflexión de Larra se va tiñendo día a día de pesimismo, de escepticismo cada vez más profundo, de una extraña conciencia de derrota.