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VI. El Primer Vuelo Libre e Indeciso (1831-1834)

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

Ulises Grant.
Ulises Grant.

LA vida en New Salem será el período en que Lincoln prueba mil oficios y encuentra al fin su camino hacia la abogacía, ajustando definitivamente sus mejores facultades a una labor.

De entrada, y como ya se ha dicho, como su patrón Offut se retrasaba, Lincoln inició su actividad en el pueblo realizando pequeñas tareas que ha hecho cientos de veces: cortar leña, cargar.

Inmediatamente después surge otra oportunidad, que le permite ejercitar otra de sus cualidades. Como las elecciones municipales se acercan y el secretario está ausente, «Abe» acepta provisionalmente la tarea de encargarse de establecer las listas de electores. Interviene así desde los inicios en la vida política local.

A continuación, con la llegada de Offut, el joven Lincoln pondrá de manifiesto ante los nuevos convecinos su capacidad de trabajo. Hecho a construir cabanas y almadías, no le cuesta convertirse en albañil y carpintero para levantar el edificio del almacén. Acostumbrado a las duras tareas del campo, con alguna experiencia como improvisado mozo de equipajes en su niñez, tampoco le costará acarrear los fardos y colocarlos en los anaqueles. Y una vez que ha pintado el rótulo: «Dentón Offut, mercaderías», se pondrá a la tarea que ha visto realizar miles de veces a los tenderos: cortar telas, vender clavos, pesar y envolver café o azúcar.

Por otra parte, como la colonia es pequeña, no mucho más de cien personas, tampoco resulta excesivo el trabajo. Y tiene aspectos agradables. «Abe» duerme en una cama en la trastienda, mantiene limpia y ordenada la tienda, y el único problema es el de poder estirar sus piernas. Lo soluciona de una forma tan sencilla como original: pone una almohada en un extremo del mostrador y se tiende sobre él.

¿Y qué más hace? Pues, ¿qué va a hacer? Lee. Y lee en voz alta, porque así retiene mejor en la memoria lo leído. De modo que, una vez más, los aspectos cómicos del larguirucho «Abe» Lincoln se imponen. A la gente le divierte esa manera de ser tan extraña. Porque «Abe» se levanta a servir las mercancías con toda rapidez, pero si el cliente duda y «Abe» está interesado en la lectura, seguirá declamando en voz alta hasta que el cliente se decida.

Mas, como al tiempo que tímido e introvertido, Lincoln es hombre aficionado a hablar, si se encuentra a gusto los clientes no se van de la tienda sin haber conocido una historieta. Y encima han contemplado el espectáculo de un gigante que levanta con una mano un barril de whisky del suelo al mostrador, que presume de poder seguir echado y beber agua ayudándose con los pies. Un tipo tan pintoresco cimenta pronto su fama. Y por si fuera poco, sigue sin fumar, sin mascar tabaco, sin beber. Aunque es fuerte y lo ha demostrado con Armstrong, no es peleador. Y encima se le puede confiar cualquier comisión. Pronto se le empieza a conocer por el «honrado Abe».

Sus rarezas no terminan en la tienda, claro. Y su modo general de comportarse tampoco. De manera que unos le proporcionan libros —la Historia de Roma de Gibbon, el cura; otra Historia de América, uno de los vecinos— y además en las reuniones de la taberna se le invita a hablar sobre los más interesantes temas locales, comarcales y, por supuesto, sin olvidar los grandes tópicos de la política de la Unión.

Lincoln habla sobre la posibilidad de llevar el ferrocarril a la comarca y, como hace unos años, del modo de encauzar el río, que él conoce bien, para que sea una buena vía de comercio fluvial. Pero habla también de la necesidad de crear una moneda unitaria en el país que, mediante un banco nacional, se estabilice de una vez. Es lógico, pues, que uno de los convecinos, llamado Rutledge, propietario de la taberna y uno de los prohombres locales, le aconseje presentarse a la legislatura de Illinois.

Sin embargo, y como ya se anticipó, la vida de Lincoln en New Salem se caracteriza por los cambios de oficio. Y no porque él sea eso que se llama un inquieto, sino porque en estas comunidades, las cosas, como hemos ido viendo, no terminan de asentarse. Todo es muy prometedor al principio, pero después las duras leyes de la oferta y la demanda, de las buenas y malas cosechas, hacen que gentes emprendedoras fracasen pronto y abandonen su propósito.

Lincoln se manifestó desde luego, emprendedor, pero sus movimientos iniciales en el trabajo se los debe al fracaso de su patrón. Offut quiebra antes del año de instalar la tienda. Y su rival en el negocio tampoco tiene las finanzas en buen estado. De modo que «Abe» ha de contratarse como práctico del primer barco de vapor que muy oportunamente aparece en el río. Cobra cuarenta dólares y sale a flote.

Lincoln se inicia en la política

Todo este período inicial de New Salem resulta una mezcla de indecisión, tanteos, medios éxitos y medios fracasos. De momento, Lincoln decide probar fortuna en la política, siguiendo el consejo del tabernero.

Después de mucho dudar entre los dos partidos, demócratas y conservadores o liberales, llamados «whigs» como los ingleses, se decide por estos últimos, abandonando la tradición demócrata familiar. Ciertamente las diferencias entre los partidos no son grandes. Quizá los liberales presenten una imagen de más instruidos. Y quizás esto decida al joven «Abe». Seguramente también influye su aprecio por la oratoria de las dos grandes figuras «wihgs» —Clay y Webster— el primero brillantísimo, el segundo patético. Pero Lincoln, en su primer discurso y su primera proclama electoral, se presenta como lo que será ya siempre: un conservador que gusta del pacto y las soluciones templadas, un hombre que cree que ha de guardarse fidelidad a la Constitución americana porque es la más avanzada del mundo.

Su oratoria ya anticipa lo que será su estilo: entre la sobriedad y la ironía, nacidas ambas de su experiencia de hombre que se ha hecho a sí mismo.

En este año de 1832 prueba también la carrera de las armas. Uno de los jefes indios de la comarca, «Black Hawk» (Halcón Negro), lleva años exigiendo a Washington que se le devuelvan las tierras cedidas tiempo atrás a los blancos. Pero la Unión, que empieza a ser sensible al problema negro, porque evidencia dos modelos distintos de economía y formas de trabajo, trata a los indios sin ninguna consideración. Son demasiado pocos y la solución encontrada —cederles unas «reservas» de tierra— y encerrarles en ellas es la que parece más adecuada a todos. De modo que cuando «Black Hawk» se subleva y exige por la fuerza las antiguas tierras de la tribu, todos los colonos de Illinois, incluido el futuro liberador de los esclavos, encuentran justo y correcto formar una milicia para combatir al indio.

Lincoln tiene además problemas de dinero y se arriesga a endeudarse si se mete de lleno en la campaña electoral, recorriendo el país. De manera que aplica una vez más su espíritu práctico. Piensa que en una campaña victoriosa contra los indios puede ganar más fama y laureles que con cien discursos. Se alista voluntario, y sus compañeros le eligen capitán.

Pero en seguida sobreviene el primer fracaso, aunque ha ganado esta primera elección con la que no contaba. Y es que «Abe», hecho a las penalidades de la frontera, no cuaja en un buen guerrero. Persigue a los indios durante varias semanas sin encontrarlos. Por si fuera poco, un soldado de su compañía le desafía a luchar cuerpo a cuerpo y le vence en tres ocasiones: la del desafío y dos desquites. Por si fuera poco, le vence también otro teniente. La realidad es que la vida del ejército no está hecha para él. No le gusta cazar, pelea más obligado que por afición: la muerte, incluso la de los animales, le repugna. Y no sabe mandar. En vez de dar órdenes, pronuncia fórmulas propias de un parlamento. Su más notable hazaña consiste en salvar la vida a un viejo indio, al que los soldados quieren ahorcar.

El segundo fracaso llega poco después. Aunque obtiene 20 votos contra tres de su rival en New Salem, en el resto de la circunscripción, los «whighs», poco conocidos, son derrotados. Y Lincoln, que apenas se ha ocupado de su campaña y que tras su alistamiento no encontró los arcos triunfales de los militares vencedores, ha perdido el tiempo que sus enemigos políticos invirtieron en discursos. No será, pues, legislador por Illinois en 1832.

Pero estos dos fracasos no le han marcado. Ganó ampliamente en New Salem, donde le conocen, y eso lo tiene por un buen consuelo. En lo que toca a su carrera bajo las armas, le ha servido para saber en qué no consiste un buen militar. Pero sobre todo, íntimamente, ha aprendido que una derrota en público hay que aceptarla con dignidad.

Lincoln comerciante. Fracaso y deudas

A renglón seguido, Lincoln obtiene el puesto de administrador de correos y se decide a iniciar una carrera de comerciante para la que todo muchacho americano —de entonces y de hoy— parece preparado.

Compra la tienda de su viejo patrón con la ayuda de un socio. Este, un tal Berry, es un bebedor empedernido. Y Lincoln no demuestra andar muy a gusto entre los cálculos y los créditos. Prefiere leer, conversar. El negocio no prospera. Berry en la taberna y Lincoln por los caminos, cierran la tienda demasiados días. Y las cosas van de mal en peor, aunque «Abe» echa sobre sus hombros todo el peso del negocio.

De todas formas, el negocio le ayuda, aunque el fracaso comercial resulte cada vez más evidente. Le ayuda porque «Abe» es de los pocos que saben leer y escribir —por eso le dieron el puesto de correos— y resume a sus convecinos el periódico, se lo comenta, les escribe cartas. Se decide también a poner una cantina, aprovechando que la diligencia para ante su establecimiento. Más ocasiones de charlar, más ocasiones para su popularidad, pero, sobre todo, más ocasiones para estar en contacto con la gente, para saber preguntarles y conocer lo que piensan, para escuchar y sopesar las opiniones ajenas.

En estos momentos se instalan en New Salem dos nuevos personajes. Uno es un médico bastante instruido, que ampliará considerablemente la biblioteca de Lincoln. Otro es uno de esos personajes bohemios, medio artistas. Ambos son aficionados a la poesía. Y aunque Lincoln prefiere la historia y el estudio de las leyes, encuentra al menos compañeros para formar una mínima comunidad intelectual.

También la suerte le favorece en una de las múltiples compras que hace a los pioneros para aumentar las mercancías de la tienda. Entre cien artículos heterogéneos, una de las cajas contiene el Tratado de Blackstone sobre las leyes inglesas, el más célebre código jurídico de la época. Al fin dispone de un instrumento de estudio seguro. Las consultas a jueces y abogados seguirán, pero cada vez con más solidez.

En el terreno de los negocios, sin embargo, se produce la quiebra. Lincoln, en un rasgo de honestidad, carga con una deuda de mil cien dólares, a la cual habría podido sustraerse en parte, ya que Berry, el socio, se ha fugado para evitar precisamente el reconocimiento de la deuda. Aunque los amigos le aconsejan ese camino, Lincoln, en uno de sus rasgos de tozudez y honestidad, acepta afrontar el pago. Para completar sus ingresos, vuelve a sus trabajos de leñador y jornalero.

Poco después, y siguiendo los consejos de un agrimensor amigo, marcha a Springfield para conseguir el puesto de agrimensor del Estado. Aunque lo consigue, las cosas seguirán mal durante una temporada. También George Washington fue agrimensor —aunque ganando tres veces más que él, proclama «Abe» con su pizca de ironía— y es su primer trabajo intelectual, no estrictamente manual o administrativo. New Salem crece, hay que medir fincas, levantar planos; el oficio es compatible con la administración de correos, de modo que, muchas veces, mata dos pájaros de un tiro. Y, además, le permite estar en contacto con quienes pueden ser sus electores.

Y no es que Lincoln piense ya a estas alturas en dedicarse a la política por entero. En absoluto. Lo que ocurre es que, dadas sus condiciones, su formación, sus gustos y sus talentos, una mayoría de convecinos le insiste una y otra vez en que no debe desanimarle la derrota anterior. Y en cualquier caso, a Lincoln, se presente o no como candidato, le gusta esta vida de contactos personales. Unicamente lamenta que le falta tiempo para sus ensimismamientos y lecturas.

Es joven, pero es complicado.

Y más complicado por cuanto la vida le sigue tratando duramente. Los acreedores le embargan porque no paga, y terminan quedándose con su caballo, después con las bridas, y finalmente con los instrumentos de agrimensura. Es un trago difícil. Sus amigos le han aconsejado que saque la montura a pública subasta. Pero asoma el rostro melancólico, las rarezas de Lincoln. Se niega porque no quiere estar presente cuando se venda su viejo caballo.

La rareza, muy propia de una persona llena de sensibilidad, le valdrá una de sus mayores alegrías en este período de malos tragos. Un grupo de amigos realizan por él la subasta y le entregan todo el importe.

Pero «Abe» Lincoln ha de abandonar otro oficio más, dejar de recorrer carreteras, no volver durante una temporada a Springfield, la más cercana ciudad, a consultar sus dudas jurídicas con uno de los hombres que tendrá decisiva influencia en su vida: el comandante Stuart, experto en Leyes. Abraham Lincoln ha de resignarse a trabajar de nuevo duramente como leñador o jornalero, aunque llevando consigo los libros.

Su primer amor

Finalmente, en esta primera época de New Salem se fragua otro de los más importantes fracasos de Lincoln: el amoroso, el sentimental. Este joven que no acaba de levantar cabeza, empeñado en hacer cosas raras, excesivamente orgulloso para alguno de sus vecinos —e incluso con fama de ateo—, se refugia en la cabana de su amigo Armstrong para jugar con los niños pequeños. Como todos los tímidos, esconde una enorme necesidad de afecto. Y como todos los tímidos, no sabe expresar esa necesidad directamente.

Lincoln se enamora por vez primera en New Salem. La muchacha es la hija de Rutledge, el tabernero que le animó a presentarse a la legislatura. Sólo que Anna Rutledge está comprometida y vive una curiosa situación. Su novio, un joven de buena cuna de Nueva York, ha partido hacia el Este hace tiempo para arreglar los asuntos de familia, y pretextando siempre diversas cosas, tarda en volver. En el pueblo se murmura. Y Lincoln, naturalmente, lo sabe, puesto que se ha fijado en la muchacha cuando, nombrado administrador de correos, ella iba una y otra vez en busca de la carta de Nueva York. A medida que transcurre el tiempo, las murmuraciones aumentan. Anna es un ejemplo más de lo que le sucede a una muchacha pobre que se cree las promesas de un hombre rico.

Lincoln, cuya timidez con las mujeres es ya proverbial por entonces —no le gustaba servirlas cuando trabajaba de almacenista y siendo fondista dejó de acudir al comedor porque se alojaban allí tres señoras—, pasa unos días amargos. Aunque discreto y hasta hosco para hablar de su intimidad, Abraham siempre recordará a esta muchacha, a la que, para envenenar las cosas, corteja Samuel Hill, uno de sus amigos. Al fin «Abe» se decide a actuar. No abre la boca, pero se muda a la cabana donde Rutledge tiene instalada la taberna. Estará al menos cerca de Anna. Podrá mirarla en silencio. Esta discreta proximidad es lo único que puede ofrecer, ya que, Sam Hill, su amigo, el otro cortejante, es un muchacho acaudalado.

Sin embargo, hay un momento en que Lincoln, con esta tenacidad del tímido, vence la balanza a su favor. El primer paso en firme lo consigue apenas mudado a la taberna. Por la comarca se rumorea que el novio de Anna era un estafador y se servía de un nombre falso. «Abe» imagina lo que el comentario debe herir a la muchacha y sale al paso de la calumnia. Siendo agrimensor, inscribió una finca a nombre del neoyorquino y éste le explicó las causas de que no usara su verdadero nombre. Sin decir nada a Anna, aclara el malentendido. Una cosa es que un hombre rompa un noviazgo y otro que se le acuse de ladrón.

Después, una vez ganadas las elecciones a la legislatura del año siguiente, con el porvenir más afianzado, cuando ya Sam Hill se ha cansado de cortejar inútilmente a la chica, «Abe» da el segundo paso. Quizá con más firmeza, porque Rutledge, en uno de esos cambios de fortuna típicos de la América de la época, se ha arruinado.

Es primavera. Anna le acepta. Se comprometen oficialmente. Lincoln ha tardado tres años en vivir lo que alguna vez denominará los tres meses más dulces de su vida. Y es que este período de serenidad y tranquilos proyectos de un hombre que proyecta el hogar con la mujer que ama, sólo dura tres meses. En el verano de 1835, el paludismo se adueña de la comarca de New Salem. Anna Rutledge fallece. Lincoln se hunde en la desesperación. Tanta, que, como confiesa a un amigo, teme llevar una navaja en su bolsillo. Abraham Lincoln tiene razones sobradas para ser melancólico. Y fuerte.