VI. El Estadista che Guevara
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Introducción
VARIAS explicaciones han sido dadas a posteriori al hecho de que un movimiento insurreccional cuyas fuerzas se reclutaban entre la juventud intelectual y burguesa terminara tomando una dirección paladinamente marxista. Se ha dicho que Fidel Castro era desde siempre un cripto-comunista que sólo con fines tácticos disimulaba sus convicciones; que siendo un mero reformador nacionalista se dejó dominar por Guevara, acérrimo comunista de siempre introducido en la insurrección mediante la clásica maniobra del caballo de Troya...; y por fin, que el régimen cubano evolucionó por la fuerza de las circunstancias, y en especial, a causa de la ruptura de Castro con los Estados Unidos, hábilmente aprovechada por la Rusia soviética.
Radicales y moderados
A nuestro entender, esta última versión es la que mejor se ajusta a los condicionamientos históricos del momento. Antes de que cayera Batista, sin duda hubieron de producirse roces entre los elementos integrados en la rebelión; conflictos entre los guerrilleros y los sectores ciudadanos del Movimiento del 26 de julio, y luego con los comunistas, aliados de última hora. Después del triunfo es cuando aquellas diferencias, mantenidas hasta entonces en tono menor, adquieren virulencia. La cuestión estribaba no en saber «lo que debía hacerse» sino en «quién lo haría». En definitiva: surge la inevitable lucha por el poder.
No creemos que Fidel Castro fuese un cripto-comunista que disimulaba su condición de tal; tampoco que se dejara seducir por Guevara, el «marxista de siempre». Pese a lo improbable de tal veteranía marxista, el examen de los hechos parece venir a demostrar que Guevara precedió a Castro en su evolución hacia la doctrina marxista —si bien muy «personalmente» interpretada.
Allá por 1964, Ernesto Guevara escribe un prólogo para el libro de Castro El partido marxista leninista. Hablando de las tendencias que se oponían dentro del campo insurrecional, dice:
«El ejército rebelde —es decir, los guerrilleros— ya es ideológicamente proletario y piensa en función de clase desposeída; el Llano —dicho en otras palabras: los que luchaban en las ciudades— todavía sigue siendo pequeño-burgués, con futuros traidores en su dirección, influenciados por el medio en que se desenvuelven.»
Dejando a un lado la consideración de que allá por 1964, tanto Guevara como Fidel, cerrada su fase de evolución, necesitaban «hacerse» un historial marxista, si se considera el proceder de uno y otro en los meses que siguieron al triunfo de la revolución, Guevara sería el «guerrillero ideológicamente proletario» y Castro el exponente del «llano pequeñoburgués».
A lo largo de 1959 y gran parte del 60, Fidel Castro, ya Primer Ministro, reitera sus declaraciones de fidelidad al liberalismo y a la democracia. En su actitud templada, sin duda recela de aquel a quien todos consideran como «el más a la izquierda de sus colaboradores». Es por ello probablemente que decide tenerlo por algún tiempo alejado de La Habana, enviándolo a visitar países en misión de propaganda.
El 9 de febrero de 1959, Urrutia, jefe provisional del nuevo Estado, reconoce públicamente los méritos contraídos por el luchador argentino concediéndole la nacionalidad cubana. Entretanto, Guevara no ha sido designado para ningún puesto dentro de la Administración civil; sus funciones siguen limitadas a las de un comandante de las Fuerzas Armadas.
Fidel Castro desarrolla una política contemporizadora, procurando atraerse a la opinión templada, tanto en el interior como fuera del país; el Gabinete incluye a cinco representantes de los partidos centristas, y su presidente procura no imponer ninguna reforma que pueda irritar al todopoderoso vecino yanqui, de cuyas compras de azúcar depende toda la economía cubana.
En abril de 1959 las relaciones con los Estados Unidos parecían medianamente satisfactorias; Castro es invitado a visitar el país por la Sociedad de editores de periódicos de los Estados Unidos. Aquella visita es origen de los primeros roces: En las conferencias públicas que pronuncia, en sus entrevistas con el vicepresidente Nixon y con el secretario de Estado Christian Herter, Castro revela ciertos aspectos de la orientación que piensa dar a la economía cubana. La opinión y los gobernantes americanos sienten que una grave amenaza se cierne sobre los intereses yanquis en la isla. La situación se hace tensa.
El 2 de mayo siguiente, Fidel acude a Buenos Aires y ante la Comisión Interamericana para la Lucha contra el Subdesarrollo, propone que los Estados Unidos aporten una ayuda de treinta mil millones de dólares. El subsecretario de Estado Douglas Dillon responde que ni se debe pensar en tal colosal cifra. Los demás gobiernos latinoamericanos no apoyan a Castro y éste se retira ofendido con todos ellos.
Fidel toma la revancha dos semanas después: el 17 de mayo promulga en Sierra Maestra la ley de reforma agraria. En ésta se fija un límite de cuatrocientas hectáreas a los propietarios agrícolas.
Surge la crisis; en el Stock Exchange de Nueva York se desploma la cotización de los valores azucareros cubanos y en las grandes cadenas de periódicos aparece por primera vez el nombre de Castro con el sambenito de «agente del comunismo internacional». En Cuba dimiten los cinco ministros que representan a los partidos moderados.
USA arroja a Cuba en manos de la URSS
En medio de tan alarmante situación, Ernesto Guevara contrae un segundo matrimonio. Esta vez la esposa se llama Aleida March y es cubana. Ningún biógrafo del «Che» aclara si había fallecido su primera mujer legítima, Hilda Gadea, o bien había sido disuelto el matrimonio en el que interviniera Raúl Castro como padrino. Resulta lícito el suponerlo así, dadas las facilidades existentes en Méjico para la disolución del vínculo matrimonial.
El día 13 del mismo mes inicia un largo periplo propagandístico a través de los países afroasiáticos. Visitará la R.A.U., el Japón, Indonesia, Ceilán, el Paquistán, Marruecos y Yugoslavia.
El hecho de que haya transcurrido tan poco tiempo desde la boda, es generalmente interpretado como prueba de que Fidel haya impuesto el viaje temeroso, al parecer, de la presencia en Cuba de un colaborador «demasiado izquierdista», y por lo mismo, competidor cualificado cuando el propio Castro ha iniciado su «giro hacia la izquierda».
Durante la ausencia de Guevara se van ahondando las diferencias entre Fidel y los elementos moderados que hasta entonces le apoyaron. El 30 de junio deserta y huye a los Estados Unidos el comandante Díaz-Lanz, jefe de las Fuerzas Aéreas de Cuba. En Washington comparece ante la Subcomisión de Seguridad Interior del Senado y es escuchado por los altos dirigentes de la C.I.A. Díaz-Lanz afirma que Castro se halla dominado por los comunistas.
En el mes de julio, la oposición derechista cubana desencadena una violenta campaña contra Fidel Castro. Este decide jugarse el todo por el todo en un lance arriesgado: presenta la dimisión y acusa públicamente al presidente Urrutia de torpedear los planes del Gobierno. Gracias a sus ahora fieles aliados comunistas, la jugada sale a Fidel perfecta; estalla una huelga general en apoyo del dimitido presidente del consejo. Es Urrutia quien abandona su puesto: le sustituye en la presidencia de la república Osvaldo Dorticós, un abogado que simpatiza con el marxismo. El 26 de julio, Fidel, ante más de 600.000 obreros y campesinos, pronuncia una de sus interminables peroratas. Alardes oratorios y diatribas aparte, lo importante del discurso es la parte donde Castro declara que «se somete a la unánime voluntad expresada de modo tan inequívoco por el pueblo»: retirará la dimisión y se mostrará «muy resignado» a seguir al frente del Gobierno.
Cuando el 7 de septiembre, después de tres meses de ausencia, Guevara vuelve a Cuba, la posición de Fidel Castro se halla sólidamente asentada. La revolución ha encontrado a su jefe indiscutible.
En el campo internacional también era firme la posición de Castro.
Los Estados Unidos habían declarado con excesiva premura el boicot económico de la isla. Cuba,, país de monocultivo, depende casi en absoluto (más bien sin casi), de sus exportaciones de azúcar. Hasta entonces, los Estados Unidos venían sosteniendo la economía del país comprando todos los excedentes, aunque no tuvieran necesidad de la mercancía. Con un criterio excesivamente simplista, los gobernantes de Washington pensaron que bastaría con interrumpir las compras para conseguir la rendición de Cuba por hambre. Pero a ocho mil kilómetros de distancia surge una mano amiga que hará salir a Castro del atolladero. No en vano los soviéticos han convertido la palabra drujchba (amistad) en uno de sus «slogans» favoritos; aunque, naturalmente, se cuidan mucho de precisar que no todos los amigos son desinteresados.
De cualquier forma, el 30 de septiembre de 1959, Fidel Castro puede anunciar en tono, triunfal que la Unión Soviética comprará trescientas treinta mil toneladas de azúcar cubana; lo suficiente para endulzar todo el inmenso ex imperio de los zares.
Fidel Castro puede respirar tranquilo. Se ha disipado el peligro de muerte por asfixia económica con que le amenazaba Washington. Pero hay favores que se pagan, y a muy alto precio por cierto. Tan alto, como el importe de la factura que presentan los soviéticos a su nuevo protegido.
Fidel quería liberar a su país del monopolio económico ejercido por su poderoso vecino yanqui. Pero, a fin de cuentas, sólo conseguiría sustituir la vieja servidumbre por otra de nuevo cuño. El dirigente de la revolución cubana pensará quizá que los amigos y la familia, cuanto más lejos, mejor. Por otra parte, si hay un adversario que amenaza y un aliado que ofrece ayuda, la elección es bien sencilla. Ante igual opción, cualquier estadista digno de tal nombre hubiese obrado como Fidel Castro.
Bien puede decirse que éste es el momento, en que la revolución cubana pierde su carácter de rebelión nacional. Este es el momento en que sus dirigentes: Fidel Castro, «Che» Guevara, Dorticós, Roa y tantos otros, descubren su vocación por el marxismo. A partir de entonces, todos y cada uno de los protagonistas descubrirán en sí mismos una veta de teorizante doctrinario. Todos resultarán marxistas tan convencidos como el propio Lenin, o más aún. Pero se da un hecho incontrovertible: toda la literatura doctrinal salida de aquellas plumas es posterior a la «volte face» del régimen cubano al romper con los Estados Unidos y aparecer en escena el nuevo aliado soviético. Ello es aplicable tanto a Guevara y a Fidel Castro, como a cualquiera de los dirigentes surgidos de la revolución, salvo aquellos que, incorporados a ella en el último instante, pertenecían ya de antes al PSP.
Al frente del Banco Nacional
Cuando Guevara vuelve a Cuba en septiembre de 1959, afianzado Castro en el poder y disipado todo peligro de competencia, el jefe, ahora indiscutible, no piensa por un momento en prescindir de su valioso colaborador. El 7 de octubre Fidel anuncia que Guevara se hace cargo del departamento industrial del I.N.R.A. (Instituto Nacional de la Reforma Agraria). Apenas transcurrido mes y medio, Castro le confía un puesto de mayor responsabilidad aún: la dirección del Banco Nacional de Cuba.
Resultaría interesantísimo saber cómo se las manejaba Ernesto Guevara durante su fase de aprendiz en un sector tan complicado y árido como es el de la economía. No habrían de faltar anécdotas sabrosas, puesto que las características humanas de nuestro personaje, opuestas en absoluto a todo lo que pueda significar burocracia u ordenancismo, debieron llevarle a dar un enfoque original a sus métodos de trabajo y a sus relaciones con los subordinados. Por desgracia, el rico material biográfico relativo a esta época, que sin duda existe, seguirá siempre bajo el secreto del sumario, puesto que la propaganda oficial habrá cuidado de no tenerlo al alcance de la pública curiosidad.
Sin embargo, Luis Simón destaca un rasgo muy singular del Guevara tecnócrata en ciernes: El violento golpe de timón aplicado por Fidel a la revolución cubana no logró disipar del todo el recelo que ya en Sierra Maestra inspiraba al «Che» los miembros del PSP. Nos dice Simón que a comienzos de 1960 Guevara le otorgó facultades especiales como «delegado personal» suyo, «para que eliminase a determinados comunistas de algunos centros...» El recién nombrado Presidente del Banco Nacional atribuye a los comunistas la intención de «poner a la administración revolucionaria en contra de la masa obrera, y a la masa obrera en contra de la administración». En otra ocasión, «calificó a los comunistas de “oportunistas de izquierda” y les increpó diciéndoles que el procedimiento que estaban empleando no era el más adecuado para apoyar la revolución».
Parece como si Guevara y Fidel hubieran cambiado sus respectivos papeles. El antes moderado Castro confía de modo pleno en los comunistas, en tanto que «su colaborador más extremista» se muestra reacio a colaborar con ellos.
Salvo la natural desconfianza que puedan inspirar las aseveraciones de un testigo, el hecho en sí sólo demostraría que Fidel Castro era más fino maniobrero que Guevara, más «político».
Cuando Ernesto Guevara es llamado a desempeñar importantes funciones en el campo económico, no se llama a engaño: su ignorancia en materia de economía es enciclopédica y él no disimula. Cuando ya llevaba cierto tiempo en el desempeño de sus funciones técnicas, un periodista latinoamericano le preguntaba por los errores que podía haber cometido. Guevara le responde:
«Habrán de ser solamente algunos (...). Si cuento todos los errores, tenemos para diez días.»
Guevara penetra en el desconocido terreno con su proverbial intrepidez. Pero también cuida de colmar las lagunas, o por mejor decir, la inmensa laguna de su ignorancia. «A comienzos de 1960 —nos dice Simón— estudiaba teoría combinatoria, cálculo de probabilidades y análisis matemático aplicado a la economía. Estudiaba la economía cubana intensamente, y tenía al alcance de la mano el texto de Alienes Urosa y los informes de la “Foreign Policy Academy” y la Misión Truslow...»
Los problemas que ha de afrontar Guevara hubieran arredrado a un consumado estadista. Con auténtico espíritu guerrillero, el «Che» arremete contra ellos cual si se tratara, según la expresión puesta de moda por Mao Tse Tung, de inofensivos «tigres de papel». El decreto nombrándole Presidente del Banco Nacional le hacía virtualmente responsable de toda la actividad económica cubana. En un piélago de cotidianas dificultades, he aquí los tres escollos mayores que Guevara tendrá que sortear en el curso del año 1960 que comienza.
Ante la noticia de que el azúcar cubano tiene, por voluntad de Eisenhower, definitivamente perdido el mercado americano, todo lo que hace Guevara es decir que así los campos quedan mejor delimitados, y más completa la independencia de Cuba frente a los Estados Unidos.
Frente a las empresas propietarias de las refinerías reacias a trabajar para el Gobierno, el contragolpe del «Che» resulta demoledor. El 17 de junio anuncia un plan de promoción industrial para la isla, y dentro del mismo, la nacionalización de las instalaciones petrolíferas.
Con respecto a la retirada cubana del Banco Mundial, Guevara le quita importancia: si bien admite que será necesario restringir las importaciones para conservar las reservas en divisas, añade que los cubanos están acostumbrados a mayores sacrificios y que en ningún caso —esto lo afirma en presencia del embajador americano Bonsal— se hallan dispuestos a ceder en lo más insignificante con el fin de atraer capital extranjero.
Coincidiendo con el acuerdo de Eisenhower cortando en seco las importaciones de azúcar cubano, se presenta en La Habana el enviado soviético Anastasii Mikoyan. Trae muchas promesas de ayuda para el programa de «industrialización» al que por entonces Guevara está dando vueltas en su mente y cuya producción «algún día» —un día que se pierde en las brumas del futuro— podrá sustituir a lo que antes venía del extranjero (léase Estados Unidos). Pero Mikoyan también trae algo positivo en sus alforjas de viajante político: un préstamo de cien millones de dólares, a largo plazo y con bajo interés.
Habida cuenta de las ingentes necesidades cubanas, la cifra prestada resulta casi ridicula (recuérdese que Fidel exigía de los Estados Unidos treinta mil millones, a repartir entre los países iberoamericanos más necesitados). Por otra parte, ni Fidel ni su ejecutivo Guevara debieran ignorar en lo que suelen consistir tales préstamos, cuando el prestamista es la Rusia soviética. Cuba necesita por encima de todo bienes de equipo; pero de dichos bienes también precisan los soviéticos, para satisfacer sus propias necesidades y la creciente demanda de los países afroasiáticos. Por lo tanto, Cuba recibirá, de modo preferente, lo que a Rusia le sobra en cantidad: armamento pesado; cazas «Mig», tanques y artillería..., que maldita la falta que le hacen a Cuba, puesto que de poco iba a servirle si acaso surgía un conflicto de verdad con el poderoso vecino yanqui. Petróleo, sí; alguno llegará, pero muy tasado y medido, porque la producción rusa no admite parangón con la americana.
Es evidente que los Estados Unidos, en los tiempos de «inicua explotación», cuando cargaban con el santo y la limosna de la economía cubana, llegada la hora de las compensaciones mostrábanse más generosos. Pero el modestísimo crédito soviético es mejor que nada, y sobre todo, tiene el valor de un símbolo: el régimen castrista «ya no se siente solo».
Aquel primer empréstito de gobierno a gobierno tendrá grandes consecuencias en todos los campos de la política oficial cubana. Cuando en septiembre de 1960 se reúna la Asamblea General de las Naciones Unidas, Cuba se alineará en el área de los países socialistas. Aquel mismo mes, Castro establece relaciones diplomáticas con la China Popular y con el gobierno de Corea del Norte.
Las repercusiones dentro de la propia isla serán de igual trascendencia. En un famoso discurso Fidel declara, ya sin circunloquios y empleando términos absolutamente ortodoxos, que Cuba es una «democracia popular» que se propone «construir el socialismo» por las vías del marxismo-leninismo.
Entre el modelo ruso y el chino
Guevara no será menos. El 21 de octubre abandona el país en misión comercial. Al frente de la delegación que le acompaña, visita Checoslovaquia, la Unión Soviética, la China Popular, Corea del Norte y Alemania Oriental. Muy en su papel, en todas partes discute y firma tratados. En Praga, suscribe con Novontny un pacto de comercio y de intercambio cultural. En Moscú logra «colocar» a Mikoyan tres millones de toneladas de azúcar; la cantidad decuplica las trescientas mil toneladas pregonadas con tanto bombo por Fidel un año antes; además consigue arrancar al estadista ruso la promesa de que los soviéticos «asegurarán la entrega de aquellas mercancías vitales para el país, que Cuba no puede conseguir en otra parte». En Pekín, donde permanece dos semanas, Guevara mantiene varias conversaciones con Mao y firma un tratado de cooperación económica y un acuerdo de asistencia científica y técnica.
A la vuelta del fructífero viaje, se observa que Guevara, después de haber visto de cerca los experimentos y logros de tantos países socialistas, no parece haber sacado una conclusión definitiva. Según Simón, «los cambios de actitud y conducta del “Che” tomaron un sesgo contradictorio e inseguro».
Sin duda le ha impresionado el enorme potencial de la URSS, conseguido, según los dirigentes soviéticos, gracias a que el país pudo laborar en paz dentro del sistema de «coexistencia» con los Estados no-socialistas inaugurado por Kruschev. Aquella favorable impresión debía dictar las palabras que pronunciaba Guevara el 11 de diciembre de 1960:
«Cuba debe seguir el ejemplo de desarrollo pacífico dado por la URSS.»
Pero en la China Popular había podido contemplar otra versión del comunismo, que también estaba consiguiendo la transformación interna desde unas condiciones iniciales que, salvadas las inconmensurables diferencias de espacio territorial y volumen de población, eran semejantes a las de Cuba, país agrícola y aislado internacionalmente:
«China vive actualmente la misma parte de su historia revolucionaria que Cuba: todo el mundo se muestra pleno de entusiasmo, todo el mundo trabaja horas suplementarias, todo el mundo se interesa en la producción, en elevar la producción.»
Por lo demás, China mantiene una tesis revolucionaria que se opone a la doctrina teórica y a las tácticas preconizadas por la URSS: la revolución marxista no es cosa de sociedades industrializadas sino de pueblos subdesarrollados. Además, la revolución no aparecerá por generación espontánea mientras se «coexiste» pacíficamente con los países no-socialistas. Por el contrario, la simiente revolucionaria debe ser introducida fraudulentamente y por la violencia en todos los terrenos sociales que hagan propicia su fructificación.
Aquellas opuestas impresiones determinarán el carácter «contradictorio e inseguro» de la postura que adopta el «Che» a partir de 1961 y que destaca su biógrafo Simón. Comunista se mostrará, y de los más acérrimos, tanto en sus escritos como en sus actos. Pero comunista «contradictorio»:
Guevara intentará transformar la economía cubana de acuerdo con los módulos soviéticos, y después de muchas indecisiones y cambios de frente acabará fracasando en su empeño. Lo cual probablemente hubiera ocurrido también de haber seguido el patrón chino. Por el contrario, sus ideas en cuanto a la misión mundial de la revolución han sido tomadas de Mao y Chu En Lai.