V. La Hora del Triunfo
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Introducción
EL 3 de enero, Camilo Cienfuegos y Ernesto Guevara llegan a La Habana por vía marítima, e inmediatamente toman posesión de las fortalezas de Columbia y La Cabaña. Al siguiente día, jura su cargo de Presidente Provisional de Cuba el juez de la Corte Suprema Manuel Urrutia.
Entretanto, Fidel Castro recorre la isla de un extremo a otro, desde Santiago a la capital, parándose a discursear en cada localidad medianamente importante. Los soldados del ejército regular se rinden a millares. Otros miles de voluntarios se incorporan a la columna de Castro; son los que al triunfar una revolución se suben al carro del vencedor cuando ya no hay peligro de darse un batacazo y el sitio resulta muy seguro..., y muy prometedor como manantial de futuras prebendas.
El día 5, son cinco (coincidencia de las cifras) los países iberoamericanos, a comenzar por Venezuela, que han reconocido el nuevo Gobierno. Dos fechas más tarde lo hacen los Estados Unidos. El 10, bajo el apremio de la opinión pública cubana tiene que dimitir el antiguo embajador Earl Smith, acusado de haber apoyado a Batista.
El 8 de enero, Castro había hecho su entrada triunfal en La Habana. Sin apenas concederse un respiro, anunciará sus iniciales medidas de gobierno. Entre las primerísimas está la de pedir que los Estados Unidos retiren su misión militar permanente. El 16, Washington designa como nuevo embajador a Philip Bonsal. Aquel mismo día Castro asume las funciones de Primer Ministro.
Esta es, a grandes rasgos, la película de la vida oficial cubana en las primeras quince jornadas de régimen castrista. Comenzaba para los revolucionarios aquello que Guevara denominó, en un discurso pronunciado tres meses antes, la fatigosa tarea política. Una fatigosa tarea que para los bisónos estadistas tiene dos caras: la internacional y la doméstica, entreveradas una en la otra, puesto que los gobernantes cubanos siempre habrán de considerar la reacción que sus decisiones puedan provocar en el exterior; durante los primeros meses de régimen castrista, Washington será el foco principal de aquellas reacciones; luego, cuando Castro pase definitivamente al comunismo, habrá de tener en cuenta, tanto las reacciones americanas como las de Moscú.
Convencimientos antes que ideas
Para Ernesto Guevara comienza la etapa más difícil de su existencia, precisamente porque habrá de llevar una vida parecida o igual a la del procomún de los mortales, tanto si ocupan una elevada posición como si en la escala social les corresponde un lugar modesto. Tendrá que levantarse todas las mañanas a la misma hora después de haber dormido en una cama normal, ver gente aburrida, resolver sobre la marcha problemas grandes o pequeños, y acostarse al fin, convencido en lo íntimo de que desperdició un precioso día que ya nunca jamás podrá recuperar.
| Canto a Fidel |
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Vámonos |
La fatigosa tarea política tiene que resultar doblemente abrumadora en un hombre habituado desde su infancia feliz, desde los días venturosos de Alta Gracia, el villorrio colgado en los contrafuertes andinos, a los panoramas inmensos y siempre cambiantes, a contemplar la lenta mutación de las constelaciones australes en el azul terciopelo de la bóveda celeste, y a esperar que cada jornada le aporte una nueva carga de sorpresas.
Como comienzo de su nueva vida, si Guevara quiere representar por lo menos con mediano éxito el papel que le ha tocado en suerte, tendrá que hacerse, o improvisar, una personalidad política con el material doctrinario de que dispone y con las deducciones teórico-prácticas que pueda colegir de sus experiencias pasadas. La empresa no ha de resultarle fácil, ya que si es inmensamente rico en experiencias vitales de toda suerte, su acervo doctrinario resulta más bien flaco.
Theodore Draper, más avispado que otros investigadores, ante una cosecha tan pobre como la obtenida por sus compañeros de búsqueda, elude la contradicción mediante un donoso escape por la tangente: «Hasta la toma del poder (Guevara) prefirió pasar por un hombre de hechos y no de palabras.»
Dando en parte razón a Theodore Draper, puede afirmarse que hasta enero de 1959, precisamente hasta el día 27 de aquel mes, Ernesto Guevara nunca expuso, en forma extensa y concreta, su pensamiento político. Si acaso, alguna que otra frase suelta, dejada caer en el contexto de una charla entre amigos, y nada más.
La conferencia tiene lugar en los locales de «Nuestro Tiempo», una de las organizaciones integradas en el «frente unido» que controlaban los comunistas. Las palabras de Guevara demuestran la verdad de nuestro anterior aserto: su experiencia vital era mucha, y escasas, por el contrario, sus ideas librescas.
En su discurso, el «Che» promete una reforma agraria de rápida ejecución, auténtica y profunda, porque los campesinos se han ganado el derecho a la libertad con su acción revolucionaria; presagia que habrá disgustos con los que monopolizan la riqueza; propone «la estrategia de la guerrilla» como único medio eficaz para el logro y posterior conservación de los avances sociales. Finalmente, lanza la idea de que «la revolución no está limitada a la nación cubana» y en consecuencia, es susceptible de ser exportada.
La palabra «socialismo» no es pronunciada por Guevara, si bien la promesa de «un futuro socialismo» emana de todo el contexto: Un socialismo sin enunciados teóricos ni zarandajas dogmáticas. Se limita el orador a enunciar un programa de realizaciones empíricas en favor de la clase más necesitada: el campesino sin tierra, cuya miseria conoció ya en sus correrías de vagabundo y de la que pudo empaparse durante su aventura en Sierra Maestra. ¿El único aporte original del discurso? El espíritu y la estrategia de la guerrilla como panacea para todos los males sociales.
El debut sociopolítico del «Che» después de haber preferido disimular durante tanto tiempo su sólida preparación ideológica, resulta decepcionante para los que tenían derecho a esperar una magistral exposición de principios teórico-tácticos, con ajuste a cualquiera de las tendencias, ortodoxas o «desviacionistas», del marxismo. En este aspecto, el discurso encuéntrase a la altura de cualquier recién afiliado a la sindical marxista cubana o de cualquier otro país.
No defraudaría, en cambio, a los que admiran, quieren, o detestan en el «Che» los rasgos más sobresalientes de su carácter: la sinceridad, el aliento vital y la espontánea entrega a la causa de los que sufren y a la lucha contra la injusticia.
Mientras Fidel Castro, con una visión más ajustada del juego político, cubiletea por entonces con los posibilismos, multiplica sus declaraciones emolientes y hace protestas de anticomunismo para tranquilizar a la opinión moderna del país y de fuera, Guevara toma el toro por los cuernos y proclama sin rebozos que el remedio de los más desvalidos no admite espera. «Hay que hacer algo» si bien el propio Guevara no tiene idea cabal de cómo hacerlo. Es decir: sí cree saberlo: mediante la llave maestra de la «estrategia guerrillera».
Estrategia guerrillera. Esta será la fórmula mágica para el «Che» a partir del momento en que su gran aventura vital se politiza. Dos palabras grabadas a sangre y fuego en su espíritu, que determinarán todas sus ideas y acciones en los ocho años que le quedan por vivir, precisamente porque las ha descubierto en la más emocionante de sus aventuras: en Sierra Maestra.
¿Su postura ideológica? No puede ser más sencilla; tan sin complicaciones ni recovecos como su alma generosa de niño grande. Y ello, pese a los esfuerzos que por «hinchar el perro» han despilfarrado, mano a mano, los incondicionales entusiastas y los enemigos acérrimos: «Nuestra posición —nos dice—, cuando se nos pregunta si somos marxistas o no, es la que tendría un físico al que se le pregunta si es “newtoniano”, o a un biólogo si es “pasteuriano”. Se debe ser marxista con la misma naturalidad que se es “newtoniano” en Física o “pasteuriano” en Biología.» En espíritus sensibilizados ante la opresión y la injusticia de los actos al impulso primigenio es anterior a cualquier adjetivación; en este sentido, tanto vale marxista como cristiano, utópico como realista o posibilista.
La guerrilla, palanca de la revolución
En 1960 Guevara publica un manual, La guerra de guerrillas, en el que fija las conclusiones a que le han llevado sus experiencias como luchador en campo abierto. Son esas conclusiones que nosotros hemos sintetizado en la fórmula: Táctica guerrillera, panacea universal. En posteriores escritos, Guevara modifica ciertos aspectos de su tesis, pero en lo esencial La guerra de guerrillas mantiene su validez como texto fundamental para los que quieran conocer al Guevara que ya no es aquel de los años de bohemia, pero que mucho menos es el ideólogo que algunos han inventado. No parece arriesgado suponer que la figura del auténtico Guevara politizado que surge de Sierra Maestra presenta los perfiles políticos de la imagen que uno se forja después de leer las páginas del manual. Tanto es así, que cuando en 1965 el «Che» abandona su privilegiada situación en Cuba para sumergirse otra vez en los avatares de la lucha insurreccional preconizada en su libro, actúa como el apóstata que por cobardía o comodidad claudicó y vuelve luego arrepentido al credo que traicionó.
Uno de los más grandes teóricos militares de todos los tiempos, Clausewitz, formuló, a comienzos del siglo XIX, el principio de que la guerra es una forma de la política, que se impone cuando falla la política normal. En La guerra de guerrillas, el «Che» aplica dicho principio a la sola política que admite: la revolucionaria. Pero va mucho más allá que el maestro de estrategas prusiano.
La política de corte clásico, no importa cuan progresista pueda ser, a los ojos de Guevara significa tan sólo un mal que debe ser extirpado de la superficie terráquea. El único medio de conseguirlo es la revolución. Aplicando a ésta el principio de Clausewitz, y aún rebasándolo, en La guerra de guerillas nos dice su autor que la guerrilla es más que una forma de revolución: es la revolución misma. Y puesto que todos los males que actualmente aquejan a la humanidad tienen en la revolución su remedio, la guerrilla es la panacea universal.
En los párrafos preliminares del manual afirma Guevara que la victoria del pueblo cubano sobre la dictadura trastroca todos los viejos dogmas relativos a la conducción de las masas populares en su lucha por la libertad; por lo menos, en América Latina.
Gran parte del manual trata, naturalmente, de cuestiones militares: instrucción física y moral del combatiente, tácticas de maniobra, utilización del material, etcétera. Pero lo que realmente presta interés al opúsculo es la serie de principios político-sociales que Guevara expone. En especial, dos ideas que sirven de base a un nuevo concepto del proceso revolucionario: las teorías del foco de guerrilla y de la misión social del guerrillero.
La teoría del foco de guerrilla se apoya en tres postulados fundamentales:
1.° Las fuerzas populares pueden ganar una guerra contra el ejército regular.
2.° Para desencadenar la revolución es innecesario aguardar a que el proceso histórico llegue al cumplimiento de las premisas necesarias: el foco insurreccional puede hacer surgir las condiciones favorables.
3.° En la lucha revolucionaria tiene tanta importancia la participación de las masas rurales como la del proletariado urbano. Aunque debe ser estimada en su justo valor la aportación de la clase obrera urbana, en los países subdesarrollados de Iberoamérica, la masa campesina es numéricamente mucho más importante, y en consecuencia, su intervención en la lucha insurreccional resulta decisiva. Por otra parte, los combatientes de la ciudad corren gravísimo peligro; en el campo, por el contrario, las condiciones son mucho más favorables porque la población se ve apoyada por los guerrilleros, y en situaciones difíciles puede buscar amparo en lugares inaccesibles a las fuerzas represoras.
Como puede verse, Guevara no hace sino plasmar en el papel sus propias vivencias de guerrillero. Que sus conclusiones aparezcan como graves herejías contra el dogma marxista, es un hecho del que no tiene la culpa Guevara, sino aquellos dogmáticos que no hubieron de luchar, como él, en Sierra Maestra, y no consiguieron, por añadidura, un éxito fabuloso con aquella forma de combatir.
El combatiente revolucionario por excelencia, es decir: el guerrillero, actúa en el medio rural; precisamente donde las reivindicaciones del pueblo toman la forma más radical y pura, encaminadas casi exclusivamente al cambio de la estructura social en la propiedad de la tierra. En consecuencia, el guerrillero «...ha de interpretar el deseo de los campesinos: ser los propietarios de la tierra»...
Un poco más adelante, Guevara confirma el postulado: «Cualquiera que sea la estructura ideológica que anima la lucha, la aspiración a la propiedad de la tierra constituye la base económica.»
Este corto párrafo tiene una importancia excepcional. Considérese bien: los fundamentos ideológicos de la revolución tienen una importancia relativa, si es que tienen alguna; incluso parece quedar implícita la idea de que tales fundamentos no tienen por qué ser forzosamente los del marxismo. Lo importante es el fin perseguido por la revolución, que no es otro sino la transformación agraria.
Marxista por propia deducción
En octubre de 1960, habiendo transcurrido casi dos años desde el triunfo de la revolución, la revista Verde Olivo publica un artículo del «Che» titulado Notas para el estudio de la ideología de la revolución cubana. Este texto marca el paso definitivo de su autor al campo del marxismo. Aunque se trate, quede bien entendido, de un socialismo con muchas notas que le diferencian de la dogmática ortodoxa.
Desde el comienzo del trabajo adopta Guevara una posición ecléctica cuando dice que la cubana es «una revolución singular», que muchos entienden «no se ajusta a una de las premisas de lo más ortodoxo del movimiento revolucionario, expresada por Lenin así: “Sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario”». Guevara niega de modo puro y simple dicho principio leninista; entre teoría y empirismo se queda con el segundo:
«... La revolución puede hacerse si se interpreta correctamente la realidad histórica y se utilizan correctamente las fuerzas históricas que intervienen en ella, aún sin conocer la teoría.»
El afortunado experimento cubano demuestra, según Guevara, cuan innecesaria es la teoría como fundamento necesario de la revolución, puesto que en Cuba «los actores principales no eran exactamente teóricos». Es más: aquellos «actores principales» —por supuesto, los guerrilleros— de acuerdo con el contexto del artículo que comentamos, sólo tomaron conciencia del fenómenos social en que se hallaban inmersos después de muchos meses de lucha en la Sierra. De ahí, que la revolución cubana presente dos etapas perfectamente definidas: antes de 1959 y después de dicho año; es decir, antes y después del triunfo. Pero una y otra etapa, la de la lucha armada sin objetivos político-sociales concretos, y la de la transformación social decidida a posteriori, que se suceden cronológicamente, son partes inseparables del fenómeno total revolucionario.
A continuación, Guevara formula su declaración de fe marxista; pero de un marxismo podría decirse que genérico; es aquel párrafo del símil físicobiológico mencionado ya, en el que viene a decir que es marxista porque un revolucionario no tiene más remedio que serlo, al igual que los peces deben saber nadar entre dos aguas, so pena de no ser peces. Pero, según Guevara, un marxista, para serlo auténtico, debe saber elegir su camino revolucionario en la intrincada selva de los hechos sociales que le rodean, sin confiar en que dogmas y teorías puedan servirle de guía:
«(Marx) interpreta la historia, prevé el futuro; pero además de preverlo, donde acabaría su obligación científica, expresa un concepto revolucionario: no sólo hay que interpretar la Naturaleza, es preciso transformarla.»
¿Cómo llegar a esta transformación? Del modo más eficaz posible. Ahora bien: Guevara cree que la forma más eficaz es lanzarse al campo, metralleta en ristre, para luchar contra la tiranía. Por lo menos, será un camino más entre los muchos que conducen a Marx:
«Nosotros, revolucionarios prácticos, iniciando nuestra lucha, simplemente cumplimos leyes previstas por Marx el científico, y por ese camino de rebeldía, al luchar contra la vieja estructura del poder, al apoyarnos en el pueblo para destruir esa estructura, y al tener como base de nuestra lucha la felicidad de este pueblo, estamos simplemente ajustándonos a las predicciones del científico Marx.» Eso, aunque los guerrilleros no se hayan propuesto un fin social concreto.
Resulta extraño que los pontífices del dogma ortodoxo hayan llevado al índice de las herejías ese principio táctico del «Che», cuando del mismo tantísimo provecho hubieran podido sacar: Con lo que afirma Guevara, el acomodaticio método de los «compañeros de viaje» queda elevado al rango de precepto; los aliados temporales en la lucha por el asalto al poder quedan elevados al rango de auténticos seguidores de Marx, pese a que ellos mismos lo ignoren. Cuando en el proceso revolucionario, la fase de la transformación económica y social suceda a la estrictamente militar, los «compañeros» habrán de adaptarse a las nuevas exigencias, y quedará justificada la eliminación de los refractarios, puesto que su oposición a los nuevos objetivos significa que traicionan su anterior inconsciente marxismo.
El Guevara de Sierra Maestra combate la tiranía sin pensar gran cosa en el sistema que haya de sustituirla.
Después del triunfo, se va paulatinamente deslizando hacia el marxismo; hacia un marxismo desde luego muy sui generis. En su evolución, el «Che» sigue la misma marcha que el propio régimen cubano: Fidel Castro sólo declarará sus convicciones comunistas a finales de 1960; prácticamente al mismo tiempo que «Che» Guevara.
Queda por ver hasta qué punto la evolución político-social de los hombres que conducían la revolución cubana fue determinada por un proceso de reflexión anímica o forzada por las circunstancias.