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V. Fluctuaciones y Búsqueda de Nuevos Protectores

De Mienciclo E-books

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Introducción

V Fluctuaciones y Búqueda de Nuevos
V Fluctuaciones y Búqueda de Nuevos


EN 1488 Colón parecía a punto de perder la paciencia. La guerra contra los moros de Granada empezaba a antojársele demasiado larga para calmar su impaciencia. Por otra parte, estaba enamorado y sabía que Beatriz Enríquez se hallaba en estado de gestación. El caso es que volvió de nuevo la vista a Portugal y escribió una carta, quizá de tanteo, al rey don Juan. De la carta de Colón nada sabemos, pero sí de la del rey don Juan, que está fechada el 20 de marzo de 1488. Si Colón temía algo de la justicia portuguesa, el rey le llama afectuosamente «noso amigo» y le da plenas garantías para que regrese si así lo desea. Incluso le incita a que lo haga, halagando su «industria y buen ingenio».

Esta carta la debió recibir Colón durante el viaje que hicieron los Reyes Católicos a Valencia y Murcia a partir del mes de mayo. Parece seguro que iba en su séquito, pues en los libros de la Contaduría Real figura que el 16 de junio de aquel año le fueron entregados tres mil maravedís. Después se pierde su rastro en la mayor oscuridad.

Algunos historiadores incluso afirman que, alentado Colón por la prometedora carta de don Juan de Portugal, y tras el nacimiento de su hijo Fernando, hizo un viaje a Lisboa para entrevistarse con el soberano de aquel país y reiterarle su oferta. Madariaga, sin embargo, lo niega y se pregunta: «¿Quién sabe lo que le hubiera ocurrido a Colón si hubiera aceptado esta invitación que él mismo había solicitado? El rey don Juan tenía la justicia algo pronta. Por haber oído que su cuñado, el duque de Viseu, conspiraba contra él, hizo llamar al joven príncipe y tras cortas palabras en las que su airada elocuencia comprimió alegato y sentencia, le plantó una daga en el corazón. Ocurría esto cuatro años antes de que Colón leyese en Castilla las profesiones de cordial amistad que le hacía el rey. Que lo pensara o no, Colón no fue a Portugal.»

Lo que resulta cierto, fuera o no fuera a Portugal, es que su próyecto de buscar la ruta de Oriente por Occidente, al finalizar aquel año carecía de valor para los portugueses, pues Bartolomé Díaz había encontrado el paso hacia el océano Indico por el extremo de Africa.

En 1489 existen algunos testimonios ciertos de la presencia de Colón en Castilla y Andalucía. Lo afirma Zúñiga en sus Anales: «Estaba este insigne varón en Castilla y Andalucía y lo más del tiempo en Sevilla. Se sabe que viajaba mucho, probablemente vendiendo libros y visitando a los grandes magnates de la región.» Oviedo escribirá a posteriori de este período: «Allí anduuo vn tiempo con mucha necesidad e pobreza sin ser entendido de los que le oyan (...) y aun teniase por vano cuanto dezia. Y durole quasi siete años esta importunation haziendo muchos offrescimientos de grandes riquezas y estados para la corona Real de Castilla. Pero como traya la capa rayda (o pobre) tenianle por fabuloso soñador y que todo cuanto dezia & hablaba, assi por no ser conoscido y extranjero y no tener quien le fauoreciese, como por ser tan grandes y no oydas las cosas que se proferia de dar acabadas.»

En la pgina anterior: Casco de un buque mayor de largo curso
En la pgina anterior: Casco de un buque mayor de largo curso

Sin dudar de que la miseria fuera cierta y de que las ayudas que recibía no estaban a la altura de sus merecimientos, hay que reconocer que en todos aquellos años no le faltó la protección para que pudiera moverse de un lado para otro y viajar constantemente. Una demostración de que los Reyes Católicos no echaban en saco roto su proyecto, por muchas burlas que pudiera inspirar a sus frívolos cortesanos, es el privilegio que le concedieron en aquel 1489 ordenando a los «Concejos, Justicias, Regidores, Caballeros, Escuderos, é Homes-Buenos de todas las Ciudades, é Villas, é Logares de los nuestros Reinos é Señoríos: Cristóbal Colomo ha de venir á esta nuestra Corte, á entender en algunas cosas cumplideras á nuestro servicio. Por ende Nos vos mandamos que cuando dichas Ciudades, é Villas, é Logares ó algunas dellas se acaesciere, le aposentedes é dedes buenas posadas en que pose él é los suyos sin dinero, que non sean mesones; é los mantenimientos á los precios que entre vosotros valieren por sus dineros.»

Aquel año los Reyes Católicos se habían propuesto menguar el Reino moro de Granada, poniendo sitio a la fuerte y estratégica ciudad de Baza. Como siempre, don Fernando mandaba las tropas en el campo de batalla y doña Isabel dirigía la intendencia desde Jaén.

En el campo de Baza volvemos a encontrar a Cristóbal Colón provisto de su valioso documento. Sobre su estancia en Baza durante el largo asedio se ha fantaseado mucho. No faltan los que enaltecen sus hazañas de combatiente o elogian sus valiosos consejos, pero ninguna prueba existe que nos permita sacarle de su papel de observador. Sin embargo, alguna experiencia debió sacar de la obstinación con que los Reyes Católicos mantuvieron el sitio frente a un enemigo bien provisto que combatía sin tregua. Momentos hubo de incertidumbre en que parecía que los cristianos tendrían que levantar el asedio ante la proximidad de las lluvias otoñales y la obstinación de los defensores de la ciudad, pero prevaleció el criterio de doña Isabel de mantener el sitio hasta la rendición. De lo que fue el sitio de Baza nos habla uno de los testigos presenciales, Pedro Mártir: «¿Quién hubiera creído que el gallego, el orgulloso asturiano, y los rudos habitantes de los Pirineos, hombres acostumbrados en su país a las hazañas de más atroz violencia, y a las riñas y pendencias por el motivo más insignificante, habían de alternar amigablemente, no sólo entre sí, sino también con los toledanos, los manchegos y los sagaces y zelosos andaluces, viviendo todos en la mayor armonía y subordinación, como miembros de una misma familia, hablando una misma lengua y sujetos a un régimen común, de modo que el campamento parecía más bien una comunidad modelada por los principios de la república de Platón?»

La ciudad de Baza se rindió el 4 de diciembre de 1489 y de este acto se derivarían consecuencias desastrosas para el Reino de Granada. El defensor de Baza, Cidi Yahye, era pariente de El Zagal, y los Reyes Católicos le encomendaron la misión de convencerle para que se sometiera a su soberanía bajo ciertas condiciones. Las negociaciones tuvieron resultado positivo y El Zagal entregó las plazas de Almería y Guadix a cambio de un simbólico reinado feudal con una gran renta anual.

De esta manera, el bastión granadino quedaba aislado y virtualmente carente de defensas. El fin de la Reconquista ya se veía cercano.

En 1490 se celebraron las bodas de la infanta Isabel con el príncipe Alfonso, heredero de la corona de Portugal. Por este motivo hubo grandes fiestas en ambos países. Cristóbal Colón se hallaba en Sevilla, donde residía la corte, y participó en ellas. Pero fue también allí donde recibió la noticia del dictamen desfavorable de la comisión que estudiaba su proyecto.


Dictamen negativo de la comisión sobre el proyecto de Colón

El porqué la comisión presidida por fray Hernando de Talavera necesitó tanto tiempo para dictaminar sobre el proyecto colombino es algo que pertenece a las aberraciones políticas y administrativas. Sus motivos debía tener para tanta demora, pero éstos no han sido explicitados en ningún sitio. Según nos dice Las Casas: «fueron dellos juzgadas sus promesas y ofertas por imposibles y vanas y de toda repulsa dignas...» porque «no era cosa que a la autoridad de sus personas reales convenía ponerse a favorecer negocio tan flacamente fundado y que tan incierto e imposible cualquier persona letrad(a), por indoct(a) que fuese, podía parecer, porque perderían los dineros que en ello gastasen y derogarían su autoridad real sin algún fruto».

El golpe debió ser brutal para el hombre que había esperado tanto tiempo alternando entre la sobriedad y la miseria. Sin embargo, Las Casas también nos dice que todavía quedaba un resquicio de esperanza: «Finalmente los reyes mandaron dar respuesta a Cristóbal Colón, despidiéndole por aquella sazon aunque no del todo quitandole la esperanza de tornar a la materia, cuando más desocupadas sus Altezas se viesen (de la guerra de Granada) que el tiempo andando se podría ofrecer mas oportuna ocasión.»

Esto ocurría a fines de 1490 o principios de 1491. Desde Sevilla, donde se hallaba la corte, los Reyes Católicos planeaban ya su campaña definitiva contra Granada.

Colón debió sentirse profundamente defraudado en sus ilusiones. Las Casas nos dice que le faltaban ya las cosas para la sustentación necesaria y había perdido toda esperanza de hallar remedio en Castilla. ¿Adónde dirigirse, pues? En Córdoba tenía un hijo de corta edad y una mujer joven que le esperaba. En La Rábida se hallaba su hijo Diego al cuidado de los padres franciscanos del monasterio. ¿Qué camino tomar...? En este punto volvemos a una encrucijada de senderos no muy bien definidos. Unos historiadores dicen que emprendió camino hacia el Puerto de Santa María invitado por el duque de Medinaceli, quien fue el primero que se lo recomendó a la reina Isabel. Y otros que se dirigió a La Rábida. Ambas cosas son posibles y no se contradicen, pues Colón no era hombre que se resignase fácilmente a enterrar sus ilusiones. Además por entonces su hermano Bartolomé se hallaba ya haciendo gestiones en las cortes de Francia e Inglaterra.

Según Rumeu de Armas, Colón había recibido ya carta de Francia y cuando en 1491 se trasladó a La Rábida fue para llevar a su hijo Diego, que ya tenía once años, a Huelva a casa de su concuñado Mulyart, y abandonar España. Pero en La Rábida su destino se las arreglaría para devolverle la confianza. Fray Juan Pérez le acogió con la misma cordialidad que la primera vez. Pero allí se encontraba fray Antonio de Marchena y conocería a Martín Alonso Pinzón, que jugaría un papel tan importante y decisivo en la empresa descubridora.

Del padre Marchena ya sabemos que era un «estrellero» afamado por sus conocimientos y con influencia en la corte. Martín Alonso Pinzón era un navegante tan experimentado o más que el propio Colón y más afortunado en provechos. Poseía carabela propia y otras embarcaciones menores. Había navegado por las rutas conocidas y en las nuevas había llegado a las Canarias y Guinea. Su prestigio en el puerto de Palos era indudable.

Madariaga dice que la guerra con Portugal había puesto a prueba sus talentos militares y su bravura, y añade: «Como todo el mundo en aquellos días, Martín Alonso padecía fiebre de descubrimientos. Unos años antes de encontrarse a Colón había estado en Roma, probablemente en viaje comercial, con uno de sus hijos, Arias Pérez Pinzón, por quien se sabe que Martín Alonso tenía un amigo en la Casa Pontificial de Inocencio VIII, que era un buen cosmógrafo. Ya puede adivinarse lo demás, pues parece haber sido entonces obsesión general en toda Europa. El cosmógrafo papal informó a ambos Pinzones, padre e hijo, que había “tierras todavía por descubrir”, revelación que hizo a Martín Alonso concebir inmediatamente un proyecto de armar dos barcos e irse a descubrirlas.»

Al parecer, se juntaron el hambre con las ganas de comer. ¿Qué mejor remedio para un Colón abatido y desesperado que un Pinzón repleto de energías y con posibilidades de llevar la empresa a cabo...? No sabemos nada de lo que hablaron, pero sí que se hicieron amigos. Con todo, ni Martín Alonso Pinzón ni Cristóbal Colón —dos nombres sonoros para la historia y la leyenda— tenían fuerza suficiente para modificar las decisiones regias. Pero allí estaban los franciscanos, que con los dominicos, podían llegar a lo más alto con suma facilidad. Del papel que desempeñaron Juan Pérez y Antonio de Marchena tanto en la voluntad deprimida de Colón como en la decisión regia, no cabe ni siquiera dudar. Más tarde, ya con la victoria en la mano, Colón escribiría a los Reyes Católicos: «Ya saben Vuestras Altezas que anduve siete años en Su Corte ymportunandoles por esto, nunca en todo este tiempo se halló piloto ni marinero ni philosopho ni de otra sçiençia que todo no dixessen que mi empresa era falsa; que yo hallé ayuda de nadie, salvo de fray Antonio de Marchena, despues de aquella de Dios Eterno.» Y en otro párrafo añade: «Todos los que habian entendido en ello y oido esta plática, todos a una mano lo tenian a burla, salvo dos frailes que siempre fueron constantes.»

El hecho cierto es que cuando Cristóbal Colón parecía ya decidido a salir de España, una noche tuvo una conversación con fray Juan Pérez y éste decidió enviar una carta a la reina Isabel con un mensajero. Algunos historiadores dicen que Juan Pérez había sido en otro tiempo criado de los Contadores Reales y confesor de la reina Isabel; otros lo ponen en tela de juicio. Pero lo cierto es que catorce días después de enviada la carta, doña Isabel mandó llamar al fraile, con instrucciones de que Colón esperase en el monasterio hasta que la reina le escribiese. Poco tiempo después llegó un nuevo mensajero, un tal Diego Prieto, natural de Palos, con la carta de la reina y veinte mil maravedís en florines «para que los diese a Cristóbal Colón para que se vistiese onestamente e mercase una bestezuela e paresciese ante Su Alteza».

El milagro se había consumado. ¿Por la simple intercesión de Juan Pérez? La mayoría de los historiadores así lo aceptan, pero Madariaga lo descarta. Piensa que Juan Pérez aportó alguna nueva prueba decisiva y que ésta no podía ser otra que el mapa y la carta de Toscanelli, con la aseveración de la confidencia que el cosmógrafo del Papa Inocencio VII hizo a Martín Alonso Pinzón de que había «tierras todavía por descubrir». «Esta explicación —escribe Madariaga— satisface todos los índices que poseemos: los Reyes quisieron ver primero a fray Juan, cuya carta probablemente se limitaba a informarles de la mera existencia de un hecho importante y secreto; decidieron después aceptar en principio el aspecto cosmográfico del asunto, en vista de la autoridad del florentino (de quien quizá no tuvieran noticia), de la bendición técnica de fray Antonio de Marchena y de la imposibilidad en que estaban de consultar otros técnicos, puesto que era casi asunto de confesión. Por otra parte, el secreto pertenecía al rey de Portugal; si la empresa fracasaba, no se había perdido nada; si tenía éxito, los reyes de Castilla-Aragón se hacían con un camino de las Indias independiente del camino portugués. El estímulo de la rivalidad compensaría en ánimo los escrúpulos que pudieran quedarles aun las dudas nacidas del hecho de que don Juan no hubiese creído necesario seguir el consejo de Toscanelli.»

Según otra versión muy difundida, en la conversación de la referida noche, Colón habría confesado a Juan Pérez que un piloto desconocido le había contado en su lecho de muerte cómo había descubierto América.

En este terreno existen tantas teorías, hipótesis y leyendas que no se puede entrar en un terreno de tan abundante maleza sin caer en lo farragoso. Que el misterio existe, es evidente, pero también lo es que ni Cristóbal Colón ni su hermano Bartolomé, ni sus primeros cronistas y biógrafos dejaron indicios ciertos del secreto colombino.