V. Fígaro en el Mundo
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Introducción
DESDE noviembre de 1832, Larra colabora en la Revista Española, entonces bisemanal y más tarde diario. El editor de la misma, Carnerero, había sido objeto de una viva polémica con el Larra joven de El Duende. Pero ahora se abre y se rinde ante el indiscutible talento, mucho más ya que una promesa, del escritor. Cuenta a la sazón Mariano José veintitrés años y es, por primera vez, un periodista profesional, un trabajador de la pluma con compromisos concretos y fijos. Entre el 7 de noviembre de 1833 y el 19 de febrero de 1835, aparecen en la Revista Española un total de 111 artículos con su firma, cifra que viene a suponer un trabajo semanal. Naturalmente, su actividad literaria en la Revista no es excluyente: así, a partir del segundo semestre del 32, colabora con asiduidad durante un tiempo en El Correo de las Damas; luego, ya en el 34, inicia su colaboración en El Observador, donde su firma aparece desde el 7 de octubre hasta el 17 de diciembre de aquel año.
La mayor parte de los trabajos larrianos en la Revista Española están dedicados a la crítica teatral, crítica que va más allá de los simples estrenos de la capital para incidir sobre los males del teatro en España, desde todas las posibles perspectivas de análisis: los actores, los autores, la dirección, la escenografía... Pero a medida que va avanzando el tiempo, Larra se lanza al ensayo político, al análisis de la coyuntura española en aquellas horas difíciles que constituyen la salida al absolutismo fernandino. Poco a poco, pues, Fígaro dejará de ser un escritor costumbrista —aun cuando lo fue siempre «sui géneris»— para ser un escritor político. Ese proceso, lento, va coincidiendo con una profunda crisis personal en cuyo origen, como habremos de ver, está la frustración larriana ante la esperanza liberal y la amargura creciente por una guerra civil en la que, como siempre dirá Larra, no se ha sabido integrar ni interesar al pueblo en la causa del liberalismo.
Teoría del periódico
Estamos ya ante Fígaro, un periodista y, al final, el periodista por excelencia, el periodismo en lo que éste tiene de crítica diaria, de libertad para la creación y observación. Larra, un hombre moderno, hace periodismo porque para él el periódico es la expresión de la misma modernidad. El periodismo destila la vida; la recoge con su pulso actual, cuando está siendo. Sale a ella y la capta en el mismo instante en que se produce, sin esperar pasivamente a que la Historia elucide su verdad o su error. Larra vive en el presente aunque desde él proyecte el futuro. Y el presente es la hoja fugaz, efímera del periódico. En 1835, propondrá Fígaro su teoría del diario, su elogio de la prensa a la que dedicó su corta vida.
En todos los países cultos y despreocupados, la literatura entera, con todas sus ramas y sus diferentes géneros ha venido a clasificarse, a encerrarse modestamente en las columnas de los periódicos.»
Hay que trasladar la literatura al periódico como el gran espacio nuevo desde donde proyectarla al público. No se trata, pues, de renunciar a la literatura, sino de elevarla hasta las páginas efímeras de la prensa. Algo más adelante explicará con una comparación feliz la ventaja del nuevo medio:
Un libro es, pues, a un periódico, lo que un carromato a una diligencia. el libro lleva las ideas a las extremidades del cuerpo social con la misma lentitud, tan a pequeñas jornadas, como éste lleva a la gente a las provincias.»
Larra, partidario del progreso —sus versos son un claro testimonio de ello— lo es del periódico como de la diligencia. Fígaro nace como un testigo implacable poniéndose al servicio de esa pasión de Larra. En «Ya soy redactor» (19-III-1833), cuenta Fígaro con gracia extraordinaria cómo, al fin, se cumplen sus sueños de siempre: «no bien me había tentado el enemigo malo y sentí los primeros flujos de escritor público, cuando dieron en írseme los ojos tras cada periódico que veía y era mi pío por mañana y noche: ¿Cuándo seré redactor de periódico?». Ya lo es: «... me acosté una noche autor de folletos y de comedias ajenas y me levanté periodista».
¿Quién es fígaro?
El 15 de enero de 1833, en la Revista Española, Fígaro explica a los lectores, que no van a tardar en ser entusiasmados seguidores, el porqué del nombre y la razón que anima sus propósitos. Fígaro, el personaje famoso de Beaumarchais, proviene de una sugerencia de un amigo de Larra, Grimaldi: es, dirá Larra, un nombre «a la par sonoro y significativo de mis mañas». Y como de héroe literario, el Fígaro que nace para ser temido, habrá de ser «charlatán, enredador y curioso». Los perfiles quedan perfectamente dibujados en la siguiente descripción:
Me llamo, pues,Fígaro; suelo hallarme en todas partes, tirando siempre de la manta y sacando a la luz del día defectillos leves de ignorantes y maliciosos; y por haber dado en la gracia de ser ingenuo y decir a todo trance mi sentir, me reclaman por todas partes mordaz y satírico; todo porque no quiero imitar al vulgo de las gentes, que, o no dicen lo que piensan, o piensan demasiado lo que dicen.»
Decir lo que piensa: salir a la realidad y captarla. Pero no pensar demasiado, esto es, no amilanarse ante los riesgos, ante los peligros. Fígaro, curioso, como el héroe de Beaumarchais, debe ser también arriesgado. No debe temer a la verdad, sino, por el contrario, ponerse a su servicio. Las palabras de Larra están escritas en una época difícil para la serenidad y la reflexión. España se despeña irreversiblemente en la división, y las intrigas de la familia de don Carlos, ante la aprobación fernandina de la gestión de la reina provocan suspicacias y temores. El liberalismo —que luego se dividirá profundamente, se halla, por el momento apiñado en torno a un futuro que ve teñido de esperanzas. Fígaro, en este contexto, se muestra como un reformador que desea transformar la realidad que se abre ante sus ojos. Su declaración de fe no puede ser más evidente:
Así que me iré muy a la mano en éstas y en todas las materias, y antes de pronunciar que hay una cosa reprensible, veré cómo y cuándo y a quién lo digo y de qué suerte he de conjurar la tormenta que ha de fomentarse, asegurando desde ahora que no se qué ángel malo me inspira esta maldita tentación de reformar, y que entro en esta obligación con la misma disposición de ánimo que tiene el soldado que va a tomar una batería.»
Fígaro está, en sus primeros pasos por el mundo de la prensa, a la expectativa. Cultiva el artículo de costumbres y la crónica de los teatros. La política, en sentido estricto, es aún un camino sin demasiado tránsito. Hay en aquel Fígaro que antecede a la muerte de Fernando VII un deje abierto de esperanzas, como la conciencia ilusionada de un mañana cercano que se presenta venturoso. Su gran preocupación es entonces el papanatismo que ya ve por muchas partes; la denuncia sin lucidez que se agota en su misma facilidad; el patriotismo gesticulante y rancio o el pesimismo sin norte ni propósito. A Fígaro le da miedo —un miedo leve, silencioso, que teme de su propia expresión— este país que no sabe bien lo que quiere. Un artículo famoso y magistral de esta época retrata la situación del cambio que se avecina con palabras certeras: España es como un cuerpo social que comienza a salir de las tinieblas, brillando en sus ojos esperanzados un ligero resplandor. No sabe muy bien a donde marcha, pero conoce con rara perfección el mal que debe abandonar.
Cuando se halla un país en aquel crítico momento en que se acerca a una transición, y en que saliendo de las tinieblas comienza a brillar a sus ojos un ligero resplandor, no conoce todavía el bien, empero ya conoce el mal de donde pretende salir para probar cualquier otra cosa que no sea lo que hasta entonces ha tenido.»
La primera esperanza: 1833
Tales palabras están escritas el 30 de abril de 1833, cuando Carlos María Isidro de Borbón y su familia han trasladado su residencia a Lisboa y el drama de la sucesión ha despejado su incógnita irremediablemente en favor de los destinos de la pequeña Isabel. Larra es un hombre que lleva, para entendernos, una confortable doble vida. En 1832 ha nacido Adela, la primera de sus hijas y Mariano José se mantiene en el domicilio conyugal, aunque su pasión esté ya en Dolores Armijo y su entorno sea la calle madrileña, los teatros y las tertulias, la sociedad mundana. El hogar no es apenas otra cosa que una costumbre o una responsabilidad asumida en el silencio y con cierta desgana. Pero la doble vida es por aquellas fechas —lo hemos dicho antes–– confortable y Larra mira mucho más hacia fuera que hacia dentro. La esperanza del pais que vibra en él con fuerza, aunque, como siempre, con equilibrio, le alimenta. Está volcado en el mundo, dado al mundo. Fígaro, en aquellos días, se pertenece poco a sí mismo. Y ve el futuro con buenos ojos: la regeneración del país se le presenta como algo real, no como un sueño eternamente incumplido. Naturalmente, queda mucho por hacer, un largo camino por recorrer, pero la actitud y los artículos larrianos en aquellas fechas retratan como en pocas ocasiones el meteoro de esperanza que pasa por la mente de Larra. Invitación al trabajo, al esfuerzo de todos, al ánimo para el gran proyecto de una España nueva y renovada. Hay que desterrar, pues, el vicio de la crítica inoperante y pasar a la acción reformadora. Menos quejas y más confianza en nosotros mismos y en nuestras propias fuerzas. Miremos al extranjero no para entristecer la cara del mucho adelanto que nos llevan y de lo poco capaces que somos, sino para «prepararnos para un porvenir mejor que el presente» y para «rivalizar en adelantos con los de nuestros vecinos». Cada uno en su sitio a cumplir con su deber inexcusable. He ahí el proyecto larriano de la primavera de 1833, su actitud vital, su honda fe en el inmediato futuro. ¡Qué poco quedará de todo ello en los días finales de 1836! ¡Qué diferencia entre ambas actitudes! Menos de cuatro años separan estas frases llenas de esperanza de «En este país» con las lúgubres de, por poner un ejemplo, «El día de Difuntos de 1836». Sin embargo, ¡qué abismo va de unas a otras! En ese sombrío proceso de decepción, que Larra nos ha dejado desparramado en las páginas de la prensa, se mezclan razones biográficas e históricas; pero unas y otras son, a la postre, la misma cosa: nuestra clave para la comprensión del pistoletazo, del acabamiento elegido como punto final a una crisis profunda a la que se concluye por no ver salida.
De momento, quedémonos con el Fígaro ilusionado de aquella primavera de 1833. Aún le durará cierto tiempo esa actitud confiada. El 20 de junio de aquel año tiene lugar la jura solemne de Isabel como Princesa de Asturias a la que, obviamente, no asiste como acto de silenciosa protesta el infante Carlos María Isidro. Y con el verano se reproduce el endémico malestar que aqueja al monarca. Durante los últimos días de septiembre, Fernando VII entra en una profunda y al parecer incurable dolencia y el 29 del mismo mes expira. El tapón de la botella del que hablaba el propio monarca había saltado para siempre y el líquido, contenido hasta entonces con dificultad, se derramaba. Vísperas trágicas de la guerra civil, los días de octubre de 1833 son testigos de las primeras sublevaciones carlistas. Las dos Españas están a punto de enfrentarse sobre el escenario tantas veces ensangrentado de la piel de toro. Ante el desgarrón de la guerra no caben absentismos: Larra, liberal, ha de tomar partido y su pluma sale al paso del carlismo en una serie de artículos que son el inicio de una actitud política en aquel momento insoslayable y a la que ya nunca renunciará el afamado Fígaro.
Larra ante el carlismo
El carlismo es para Larra, tal como ha señalado el profesor Seco Serrano, «pura negación frente a las exigencias y los procesos del siglo». A los pocos días de iniciarse el estallido carlista que luego se transformará en prolongada contienda civil, Larra publica en la Revista Española —18 octubre— un artículo de una causticidad e ironía extremas donde, en medio de un diálogo lleno de ingenio, destapa su actitud ante la causa de don Carlos:
-Repase usted, padre secretario, que estos pasaportes traen la fecha del año 1833. ¡qué de prisa han vivido estas gentes! ==
¿pues no es el año en que estamos ¡pesia mi!
—dijo Fernández que estaba ya a punto de volverse loco.
En historia —dijo enfadado el padre, dando un porrazo en la mesa — estamos en el año 1.° de la Cristiandad y cuidado con pasarme de aquí.
¡santo dios!, en el año 1.° ¿con qué todavía no hemos nacido ninguno de los que aquí estamos — exclamó para sí el español— ¡Pues vive Dios que esto va largo!
Larra ironizaba aquí la figura del nuevo clérigo guerrillero y tradicionalista que, pensando en un pasado de siglos, se lanzaba a los montes navarros para difundir la causa carlista. Una causa en la que política y religión se entremezclaban, como el artículo citado refleja con intención satírica. Sin apenas esperar a que los tiempos aclaren la situación, Fígaro, el curioso y en apariencia frivolo Fígaro, ha tomado partido. Su crítica al carlismo, lejos de decrecer en un tono áspero y satírico, va a ir aumentando en agresividad desde aquel primer artículo. Dos más, igualmente famosos, va a dedicar al asunto antes de que el año 1833 finalice. En el segundo —«El hombre menguado o el carlista en la proclamación», 27 de octubre— hace Larra una descripción grotesca del carlista-tipo, el hombre menguado, como se llama; descripción física que, como todas las suyas, está cargada de contenido.
..la cabeza chica y achatada por delante y por detrás, más a guisa de plato que de cabeza podría caber en ella todo lo más una idea; los ojos, como la intención, atravesados y hundidos; la nariz, aplastada, señal de respiración difícil; gran patilla, entre portugués y guerrillero; los pies como de persona que no anda muy derecha, las manos de ave de rapiña, vivo encarnado en pantalón azul, capa no de estas que se roban, sino con las cuales se roba, y el traje todo de moda atrasada, porque las gentes de ese partido nunca están muy al corriente. corto de vista si los hay, como aquel que está acostumbrado a poca luz y le ofende la de un día claro.»
Un tercer artículo «La Planta nueva o el faccioso natural», publicado en la misma revista el 10 de noviembre de 1833, resume y amplía la mordacidad larriana ante el fenómeno carlista. El retrato de días atrás tiene aquí dosis de agresividad irreprimible. Observemos la ironía sin límites del texto:
En cuanto a su figura y organización, el faccioso es en el reino vegetal la línea divisoria con el animal y así como la mona es en esto el ser que más se parece al hombre, así el faccioso es aquel que más se parece a la persona; en una palabra, es al hombre y a la planta lo que el murciélago al ave y al bruto; no siendo, pues, muy experto, cualquiera lo confunde; pondré un ejemplo: cuando el viento pasa por entre las cañas, nieva; pues cuando pasa por entre facciosos, habla: he aquí el origen del órgano de la voz entre aquella especie. el faccioso echa también, a manera de ramas, dos piernas y dos brazos, uno a cada lado, que tienen sus manojos de dedos, como púas una espiga; presenta faz y rostro y, de verle, cualquiera diría que tiene ojos en la cara, pero sería grave error; distínguese enormemente de los demás seres en estar dotado de sinrazón».
La misma postura de Larra —aún más agresiva si cabe— tuvo ante el carlismo Espronceda, el gran poeta de su generación, amigo de Fígaro y compañero de aventura política. En 1835, efectivamente, el autor de «El Diablo Mundo» —paradigma del romanticismo rebelde al estilo de Byron— lanza a la calle estos versos incendiarios, que son una buena muestra de la iracundia de la generación puente del romanticismo español y de su airado liberalismo:
¡al arma, al arma! ¡mueran los carlistas
y al mar se lancen con bramido horrendo
de la infiel sangre
y atónito contemple el océano
sus olas combatidas
con la traidora sangre enrojecidas
Cae cea
La guerra es ya el escenario dramático en que se desenvuelve la vida política española en el momento preciso en que el liberalismo intenta su consolidación en el apoyo a la pequeña Isabel, proclamada reina el 24 de octubre. Noviembre es mes decisivo en la contienda bélica y en cuatro días (21 y 25), las tropas cristinas toman Vitoria y Bilbao sucesivamente. La figura de Zumalacárregui, héroe carlista por excelencia, brilla entonces con todo su resplandeciente esplendor.
Pero el tímido liberalismo de Cea Bermúdez, hombre de confianza de la reina desde las horas difíciles de la primera postración fernandina, vive desde la muerte del monarca una situación de interinidad, porque es más un recuerdo del ayer que la plataforma en que asentar los nuevos tiempos. Tras unos meses de tránsito no demasiado feliz, el 15 de enero de 1834, el gabinete de Cea Bermúdez presenta su dimisión. Ha llegado la hora de los «eclécticos», de los moderados que años atrás arriaron la bandera de la Constitución gaditana y que hoy intentan separarse de los radicalismos en defensa de los básicos intereses de la aristocracia. Es la hora, en suma, de Francisco Martínez de la Rosa y la política del «justo medio» que tendrá su expresión en el Estatuto Real. Para Larra —1834— será, como no vamos a tardar en ver, un año decisorio desde el punto de vista de la creación literaria y el comienzo de su lento y áspero proceso de decepción personal.