V. El Protector de las Indias
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Introducción
LUEGO de una travesía tranquila, Las Casas desembarca en Sanlúcar de Barrameda. En Sevilla visita el Convento de San Pablo, y Montesinos le presenta a sus superiores, los cuales se muestran deseosos de ayudarle, y le recomiendan al arzobispo de Sevilla, fray Diego de Deza. Este fraile era el mismo que había ayudado a Cristóbal Colón. Luego de ser maestro de Teología en Salamanca, se desempeñó como preceptor del príncipe Don Juan, y finalmente, fue nombrado arzobispo de Sevilla; tenía en la corte muchas relaciones importantes y era amigo personal del rey.
Fray Diego de Deza recibe la visita de Las Casas y le pregunta:
—«¿Y decís, Padre, que pasan graves cosas en aquella tierra de Indias»?
—«Tantas —contesta el sacerdote— que, sin verlas, no se podrían creer. Yo referiré a vuestra excelencia».
Durante un largo rato Las Casas cuenta al arzobispo los sucesos que ha presenciado en las islas. A su término, Deza se ha convertido en su aliado y está dispuesto a ayudarlo. Le aconseja que se entreviste con el rey y le entrega una carta de recomendación. Se encamina hacia la Corte que en ese momento se hallaba en Plasencia, y gracias a la gestión del fraile Tomás Matienzo, religioso de la orden de Santo Domingo y confesor del rey, logra entrevistarse con Fernando V.
Entrevista con el Rey
El rey está muy enfermo y lo recibe en sus aposentos. Manuel Giménez Fernández, dice al respecto: «Bartolomé de Las Casas nada consiguió, porque el rey, embotado por la hidropesía y casi moribundo, apenas le prestó atención, aplazando la decisión como entonces solía hacer».
El Padre Matienzo reconforta al desilusionado Las Casas y le promete conseguir una nueva entrevista con el monarca. Mientras tanto le aconseja que vea al secretario Conchillos y al obispo Fonseca, las dos personalidades que al lado del rey, gobernaban los asuntos del Estado.
¿Qué se me da a mí y qué se le da al Rey?
Las Casas fue recibido en primer lugar por Lope Conchillos, quien se mostró muy cortés y al decir de Giménez Fernández, «quiso hacerle desistir de su empeño ofreciéndole medros personales». El encuentro con el obispo Fonseca discurrió por caminos aún más ásperos. María Rosa Pando Miranda nos brinda la siguiente semblanza del prelado: «Don Juan Rodríguez de Fonseca, Obispo de Burgos, tiene más de soldado que de eclesiástico. Fina estampa de una época que termina, es una figura interesante, y, quizás, el último de aquellos prelados de la Edad Media que tomaban parte activa y preponderante en la vida política del Reino, sabían vestir la armadura militar y, acaudillando huestes, marchaban hacia el campo de batalla provistos de lanza y escudo. Entraban como capitanes y peleaban como campeones. Los Reyes habían confiado a su pericia la organización de todas las armadas que por la mar se hicieran. Y al descubrirse el Nuevo Mundo, fue también encargado del aparejo de las flotas, del número de navíos que habían de llevar y de todo el suministro de hombres, armas y bastimentos. Todos los asuntos transoceánicos habían ido pasando a sus manos hasta constituirse en árbitro casi supremo de ellos: era el que todas las cosas de Indias meneaba y gobernaba».
El encuentro de los dos hombres no pudo ser más frío. Sin amilanarse ante la evidente hostilidad del Obispo, Las Casas comenzó a leer el documento que había preparado y en el cual se hacía un análisis minucioso de la lamentable vida de los aborígenes. Visiblemente molesto, Fonseca le interrumpe diciendo: «¡Mirad que donoso necio! ¿Qué se me da a mí y que se le da al rey?».
Las duras palabras demostraban la falta de interés de Fonseca por el problema indio. Bartolomé de Las Casas contestó con igual énfasis: «¿Qué ni a Vuestra Señoría ni al Rey que se mueran aquellas ánimas no se da nada? ¡Oh gran Dios eterno! ¿Y a quién se le ha de dar algo?». Dicho esto se retiró dejando al obispo indignado, rodeado de sus colaboradores.
El Regente Cisneros
Ahora sólo quedaba una esperanza para Las Casas: entrevistarse nuevamente con Fernando V. Con esa intención se dirigió a Sevilla donde era esperado el monarca. Intentaba además informar al arzobispo de Deza de lo ocurrido «y disponerlo para que cuando el Rey llegase le suplicara le oyese muy a la larga, y que estuviesen el Obispo y Conchillos presentes.» Sin embargo, sus propósitos no se cumplieron. El Rey no alcanzó a llegar a Sevilla. Murió en el pequeño pueblo andaluz de Madrigalejo.
Ahora el trono de Castilla quedaba en manos de su hija, Doña Juana, pero el estado mental de ésta le impedía hacerse cargo de sus obligaciones y la dirección del Estado recayó entonces en el cardenal fray Francisco Jiménez de Cisneros (1437-1517), el cual habría de gobernar en calidad de regente hasta la venida al país de Don Carlos de Gante que se hallaba en Flandes. Las Casas decide «ir a Flandes a informar al príncipe Don Carlos y a pedirle remedio de tantos males».
Con acierto, pocas horas antes de morir, Fernando ha confiado la regencia de Castilla a Cisneros, de quien se dice que «ha nacido hidalgo pobre y encumbrado por sus propios méritos, reunía, en combinación insuperable, admirables dotes de energía, actividad, talento y virtud, que le hicieron ser el Regente sabio y vigoroso que exigían las circunstancias… Bajo la púrpura cardenalicia viste siempre el hábito de la Orden de San Francisco, y en la intimidad es austero como un simple fraile» (Pando Miranda).
Las Casas, antes de ir a Flandes, decide pasar por Madrid, en donde se ha instalado la Corte. Piensa en la conveniencia de informar al Regente sobre los asuntos de Indias, como así también a Adriano de Utrecht, tutor del príncipe Carlos; es embajador y co-regente. Adriano, años después, será elegido Papa.
Ya en Madrid, Las Casas prepara un informe en latín para Adriano y en romance para Cisneros. El más sorprendido de los dos, es el embajador. Se dirije a las habitaciones del Cardenal con el escrito, asombrado y apenado. El Cardenal, más conocedor de los problemas de los indios, le dice que aquello es cierto. «Ambos decidieron tomar muy en cuenta las reclamaciones… Las Casas recibió orden de no seguir adelante en su camino. El Regente le prometía darle en Madrid el remedio que iba a buscar a Flandes.» (Pando Miranda.) El llamado partido fernandino ha perdido poder, y esta situación es aprovechada por Las Casas con sabiduría.
Según Giménez Fernández, «Adriano, hombre bondadoso, concienzudo y culto, dio inmediata cuenta a su corregente, el austero y enérgico Cardenal de España y Arzobispo de Toledo, Don Francisco Ximénez de Cisneros, quien, interesado en depurar los abusos de la camarilla fernandina, prestó oídos a Las Casas».
Una libra de carne
Las Casas se siente lleno de esperanzas. El Regente oyó «muchas veces todo lo que le quiso decir». Reúne a Adriano, al doctor Carbajal, al Obispo de Avila y al doctor Palacios Rubios, para que el sacerdote les informe sobre las Indias. Este describe con detalles el despoblamiento de regiones enteras, el trabajo agotador que imponen muchos encomenderos, haciendo que los indios enfermen, degraden, huyan o se suiciden. «Aquel tiránico sistema de encomiendas era para los indios como una máquina infernal que pulverizaba sus vidas, sus familias, sus tradiciones, todas las cosas que les eran amadas» (Pando Miranda).
Fernandinos
están inquietos. Saben que Las Casas es implacable en sus opiniones y ven con angustia que el Regente siente mucho afecto por él. Un episodio vendría a perjudicarlos. Son leídas ante el Cardenal las leyes de Indias sancionadas por la Junta de Burgos, debido a que el sacerdote sevillano afirma que son incompetentes. El encargado de leerlas es un partidario de Conchillos, y cuando llega al párrafo que mandaba dar cada ocho días y en las fiestas una libra de carne a los indios que trabajaban en las granjas, decide no leerlo. Pero Las Casas se da cuenta del ardid y lo denuncia. El lector es obligado a volver a leer el texto pero vuelve a ignorar el derecho de los indios a la libra de carne. Las Casas vuelve a interrumpirlo. Molesto el Cardenal, ante su insistencia, éste le dice que mande su «Señoría Reverendísima cortar la cabeza si aquello que refiere el escribano es verdad que lo diga aquella ley». El Regente entonces pide a otra persona que lea el controvertido texto y se descubre el engaño. Este episodio pone aún más en evidencia los métodos inmorales a los que recurren Fonseca y Conchillos, para defender sus intereses.
Agravios, remedios, denuncias
En marzo de 1516, y hasta mayo, Las Casas presenta sucesivamente sus Memoriales de los Agravios, de los Remedios y de las Denuncias. Una de las consecuencias de ello es la destitución de Fonseca y Conchillos, que son reemplazados, respectivamente, por el Obispo de Avila, Francisco Ruiz y el secretario Jorge de Baracaldo.
El Regente decide encargar a Las Casas la preparación de un plan de reformas, que incluya la constitución de comunidades indias libres, otras intervenidas por funcionarios reales, y la reforma de las Leyes de Burgos. Debe colaborar en el asunto Palacios Rubios, pero éste deja que Las Casas se ocupe de la redacción del plan y se limita sólo a revisarlo una vez que está terminado. Aduce que el sacerdote es la persona más indicada y no él. Montesinos, que viaja a Madrid, rechaza el ofrecimiento en el mismo sentido. Presentado a la Junta, presidida por el Cardenal, aprobó ésta lo redactado, y aún la mejoró con algunas enmiendas de carácter general.
Las Casas plantea que debe cesar inmediatamente el trabajo forzado al cual se ven sometidos los indios: «…que en ninguna cosa sirvan ni trabajen que de trabajo sea; lo uno, porque siguiendo la mala e pestífera costumbre que los españoles en servirse de los indios tienen, matarán y darán causa a matar y a morir en poco tiempo muchos dellos…»
Una reforma propuesta por Las Casas es la transformación de las encomiendas individuales en comunidades autónomas o bajo la dirección de funcionarios fieles a las nuevas leyes: «…que vuestra señoría mande hacer una comunidad en cada villa y ciudad de los españoles, en que ningún vecino tenga indios conocidos ni señalados, sino que todos los repartimentos estén juntos y que hagan labranzas juntos, y los que hobieren de coger oro lo cojan juntos. Y para esto que haya mayordomos, los que fueren menester, y otros ministros necesarios para la dicha comunidad, que abajo se nombrarán, los cuales no tendrán en ella ni en el provecho della parte alguna, así en las labranzas que hicieren con los indios, como en el oro que con ellos cogieren, salvo ciertos salarios y partido que se les dé en dinero a las fundiciones, cuando todos los gastos se pagaren, como más largo se dirá…»
Otra iniciativa del sacerdote es el envío desde la Península de «cuarenta labradores, más o menos, según la disposición de cada lugar, con sus mujeres y hijos, de cuantos en estos reinos hay sobrados y por ventura necesitados para siempre allá permanezcan. Y que den a cada uno cinco indios con sus mujeres e hijos en compañía, para que sean compañeros y trabajen de por medio; y sacada la parte de S.A., lo otro lo partan hermanablemente el tal labrador y los cinco indios. Y poseyendo dineros y tratándolos y lo demás en que entenderán, avisarse han y hacerse han ostiles y aguzárseles han los ingenios… Porque los compañeros que tuvieren serán como sus ayos, que los inducirán al trabajo, y ellos viendo que los cristianos trabajan tendrán mejor ganas de hacer lo que vieren, y asimismo se mezclarán casándose los hijos de los unos con las hijas de los otros…» En 1516, cuando Las Casas está redactando las normas para un mundo casi ideal, basado en normas fraternales, Tomás Moro (1478-1525), escribe Utopía, una república imaginaria, perfecta, emplazada en una isla. También Las Casas desea plasmar en el papel una organización social perfecta para sus islas: Cuba, Jamaica, Santo Domingo, Puerto Rico. La vida le demostrará la ingenuidad de sus propósitos.
También le preocupa la cristianización de los indios y se apoya en las bulas alejandrinas para insistir en el asunto. Pide entonces el envío de sacerdotes letrados, capaces de concienciar a los españoles en cuanto a sus deberes en relación con los nativos y en las tareas de incorporar a la iglesia a los mismos. «…Que no esté en una villa de los españoles un cura solo, sino dos, porque se puedan confesar cuando de celebrar hobieren; porque acaece estar un clérigo dos y tres años sin confesarse, diciendo misa por ventura cada día, que no sin alguna conciencia creo que se hace.»
En esta oportunidad Las Casas propone algo de lo cual se arrepentirá más tarde: «No fue discreto remedio el que aconsejó que se trujesen negros para que se libertasen los indios, aunque él suponía que eran justamente captivos, aunque no estuvo cierto que la ignorancia que en este tubo y buena voluntad lo escusase delante el juicio divino» (Las Casas, Historia de las Indias).
Esta proposición no tiene mayor consecuencia. Sugiere que cada comunidad pudiera mantener algunos negros. La trata de negros es conocida en las Indias españolas desde 1505, cuando diecisiete negros son enviados a La Española para extraer cobre de las minas. Llegará a plantear que se le permitiera a cada vecino «llevar francamente dos negros y dos negras».
Al respecto dice Manuel González Calzada: «Afortunadamente para su personalidad de luchador social y defensor de la justicia humana, ni Cisneros ni Adriano pusieron atención a tal sugerencia; esto dio tiempo a Las Casas, como veremos más adelante, para arrepentirse y estampar un mea culpa en algunas páginas de sus obras. Por estas fechas comienza a merecer atención la idea de cubrir con negros la falta de aborígenes, idea que llegó a cobrar tal fuerza de necesidad económica y social, que actualmente se observa en las Antillas, Estados Unidos de Norteamérica y otros lugares del Continente la total ausencia de aborígenes a cambio de una considerable población de color, que a pesar de considerarse legalmente libre continúa soportando el peso de sus tradiciones y la esclavitud moral a que los blancos la tienen sometida».
Las Casas y sus amigos obtienen algunos triunfos significativos. El Regente ordena que se supriman todos los repartimientos de indios que tenían los Consejeros del Rey y otros personajes residentes en Castilla. Y, desde entonces, nunca más los Oficiales de la Corona volvieron a poseer encomiendas. Otra medida es proceder a investigar el trato que los jueces de La Española habían permitido dar a los nativos.
Las propuestas de Las Casas le acarrean innumerables enemigos. Algunos jerónimos, inclusive, exponen en público sus opiniones opuestas. «Su amor a los indígenas aparecía como extravagancia; su desinterés era fanatismo; su campaña de liberación, envidia y aborrecimiento injustificando a los conquistadores» (Pando Miranda).
Algunas de sus iniciativas son consideradas excesivas: los niños menores de nueve años deberán ser alfabetizados, «y que se trabaje con todos los Cacique e indios, cuando fuere posible, que hablen castellano», tendrán que construirse hospitales para los enfermos, los ancianos y para los niños huérfanos, las mujeres no deberán trabajar en las minas, se enseñarán oficios a los nativos como carpintería, sastrería, herrería y otros. Las Casas plantea una legislación social que para la época puede parecer utópica. En cuanto a las minas se fijan turnos y descansos adecuados. La arbitraria explotación queda prohibida y la riqueza de muchos encomenderos comprometida. Es comprensible que Las Casas encuentre más enemigos que amigos. Representa a los vasallos de piel cobriza del otro lado del océano.
Protector Universal de los Indios
El Regente, en nombre del rey y la reina, confía a tres Padres Jerónimos, con un juez ejecutor, el segoviano licenciado Alonso de Zuazo, y el propio Bartolomé de Las Casas como Procurador de los Indios. «Desgraciadamente —escribe Giménez Fernández—, el franciscano Cisneros no quiso encargar de la implantación del Plan a sus primeros propugnadores los Dominicos reformados, ni contaba en España con franciscanos aptos para ello…»
Se le encomienda al ahora Protector Universal de los Indios pasar a «las Indias, así de las islas Española, Cuba, San Juan y Jamaica, como tierra firme», para informar y dar parecer a los Padres Jerónimos y «otras personas que con ellos entendieron en ello, de todas las cosas que tocaren a la libertad e buen tractamiento e salud de las ánimas e cuerpos de los dichos indios de las dichas islas y tierra firme, y para que nos escribáis e informéis y vengáis a informar de todas las cosas que se hicieren y convinieron hacerse en las dichas islas, y para que en todo hagáis lo que conviniere al servicio de Nuestro Señor e nuestro, que para ello vos damos poder cumplido, con todas sus incidencias y dependencias, emergencias anexidades y conexidades; y mandamos al nuestro Almirante e Jueces de apelación e otras cualesquier justicias de las dichas islas y tierra firme, que vos guarden e hagan guardar este Poder, e contra el tenor y forma dél vos no vayan, ni pasen, ni consientan ir ni pasar en tiempo alguno, ni por alguna manera, so pena de la nuestra merced e de 10.000 maravedís a cada uno que lo contrario hiciere». El despacho fue firmado el 17 de septiembre de 1516.
Triunfo y fracaso
El 11 de noviembre de 1516 Bartolomé de Las Casas y los tres Padres Jerónimos se embarcaron en Sanlúcar de Barrameda rumbo a La Española; lo hicieron en naves distintas, pues los jerónimos no consistieron que el Protector viajara con ellos, aludiendo problemas de plazas.
Al llegar a San Juan de Puerto Rico, la expedición hizo una escala de cinco días. El barco en que viajaba Las Casas sufrió una avería y debía prolongar su estadía en puerto dos semanas. El clérigo solicitó entonces a los comisionados que le permitieran viajar en su nave, pero estos volvieron a negarse diciendo que así lo hacían «porque sabían que (Las Casas) era odioso a los seglares y por no ser tenidos por parciales».
Con un atraso de trece días llegó el Protector a La Española y muy pronto comprobó que los encomenderos habían conseguido ganar para sí la voluntad de los enviados. La llegada de los Jerónimos fue festejada por las autoridades y vecinos de La Española con bombo y platillos. Al puerto de la pequeña ciudad acudieron los Oficiales del Rey, los Oidores de la Audiencia y todos los «señores principales de la isla». Colmaron de honores a los visitentes y les hicieron comprender las ventajas que podían obtener de tan distinguidas amistades. Hablaron a los tres jerónimos de las costumbres sanguinarias de los indios: «Pueden estar seguros vuestras paternidades que, si no tuviéramos a los indios bien vigilados y repartidos en encomiendas, se echarían a traición sobre nosotros, matándonos sin piedad».
Los argumentos convencieron a los comisionados, que se limitaron a suprimir las encomiendas de los españoles que no vivieran en la isla. En cuanto a los otros, ordenaron «que se sirviesen de los indios como antes poniendo mucho cuidado en que los tratasen bien».
Manuel González Calzada dice refiriéndose a la gestión de los jerónimos en La Española: «…todo fue en vano; inútiles el celo y la diligencia puestos en los trabajos de quienes fueron encargados de redactarlas; inútiles los esfuerzos puestos al servicio de una idea con la que se creyó, ingenuamente y por segunda vez, proteger los intereses de España defendiendo el bienestar y la libertad de su nuevos súbditos. Preparados desde la metrópoli en contra de lo que de ellos se pedía, los Jerónimos llegaron a las Indias llenos de precauciones, muy lógicas en principio, pero favorables a los intereses creados y al orden de cosas establecido por los colonos.»
«Como se les intruía en las Ordenanzas, los frailes comenzaron por observar las formas en que se desarrollaba la vida en su nueva residencia, y al temor que en ellos despertó en España la ignorancia de lo que deberían hacer para cumplir su comisión, se unieron los relatos de los indianos y la realidad que encontraron en las islas: odio general hacia Las Casas y los dominicos que lo apoyaban. No tuvieron que investigar mucho para resolver cómo deberían proceder para evitarse malos ratos; a las primeras de cambio se dieron cuenta de la vida tan amarga que les esperaba si se colocaban en un plano de lealtad a los soberanos españoles, y concluyeron por emplear la prudencia, para tranquilidad de ellos y de quienes, si se veían afectados en sus intereses, podían privarlos hasta de lo más indispensable para subsistir… Y realmente, sólo se concretaron a ejecutar la mínima parte de las Ordenanzas, en lo que se refería a la libertad de los aborígenes encomendados a jueces y oficiales del rey. En la historia, podemos considerar el viaje de los jerónimos como un gran triunfo de Las Casas en la Corte española, pero también como el primero y rotundo fracaso del Procurador Universal de los Indios al otro lado del océano.»
Batolomé de Las Casas, apenado, decide retornar a Castilla y poner al tanto de lo ocurrido a Cisneros y Adriano. Los jerónimos, enterados de su proyecto, tratan de disuadirlo y ante la negativa de éste, escriben al Regente intentando indisponerlo con el Protector. Las consecuencias de estas cartas las sufrirá a su llegada a la Península.
La muerte de Cisneros
Ya en Sevilla, Las Casas se entera de que Cisneros se halla gravemente enfermo en Aranda de Duero; hacia allí se dirige para entrevistarse con él. Las cartas de los jerónimos habían minado la simpatía que le brindaba Cisneros. El Regente no está dispuesto a enfrentarse con los colonos españoles en Indias. Pocos minutos de conversación demuestran a Las Casas los profundos cambios operados. Dado el estado de salud del Prelado, decide postergar su propia versión de los hechos. La muerte impedirá que esa ocasión se concrete. En septiembre de 1517 moría el Cardenal Cisneros, «el más poderoso de los humildes y el más humilde de los poderosos». El pesar fue enorme: «toda la gente de la villa (Roa), mezclada con los nobles de la Corte, le fueron a ver como a cuerpo de santo y a besarle todos las manos y los pies, que no había, con la muchedumbre de gente, quien pudiera llegar, con tantas lágrimas y tan universal llanto, y no había hombre que le viese según estaba, que no allegase a él, que nunca tan hermoso le vio ninguno.»
Castellanos contra flamencos
Luego de la muerte de Cisneros, Las Casas decide viajar a Flandes a solicitar la ayuda y protección de Carlos V; sin embargo, por segunda vez, un acontecimiento inesperado evitó el largo viaje. Pocos días antes del fallecimiento del Cardenal el joven monarca había desembarcado en Villaviciosa de Asturias, y se dirigía rumbo a Valladolid a donde llegó escoltado por un impresionante séquito. Muy pronto se formaron dos bandos que pugnaban por lograr el control del poder público; sin relación a las Indias, estaban encabezados por el Obispo Fonseca y Lope Conchillos, por el bando castellano, y el Gran Canciller, Juan Sauvage, el camarero mayor monsieur de Xevres y el camarero privado monsieur de Laxao, por el de los flamencos.
El protector pronto comprendió que «no había necesidad de negociar con el Rey cosa ninguna», sino con el Gran Canciller de Castilla, magnate flamenco, «docto en derechos», varón prudente, «capacísimo para negocios y de gran autoridad». Es el presidente de todos los Consejos, y en él «puso el Rey toda la justicia y gobernación de Castilla y de las Indias». Las Casas «comenzó a trabajar de infomarle y dióle algunas cartas de las que traía de crédito». Algunas de ellas están firmadas por franciscanos de Picardía, a los cuales conoce el Canciller, y esto favoreció los propósitos de Las Casas.
Las Casas, dadas como están las cosas, se apoya en los flamencos. Estos no tienen intereses creados en las Indias. «Tendremos que aceptar —escribe González Calzada— que al recurrir a los flamencos interpretó perfectamente la situación política de Castilla y llamó a las puertas para obtener lo que necesitaba. No corresponde aclarar aquí si fue o no la actitud del clérigo deslealtad hacia su propio país, como algunos han argumentado, pero sí es justo admitir en él un paso inteligente contra sus enemigos y en favor de sus representados.»
El Gran Canciller desconocía el idioma castellano y Las Casas se ocupa de la correspondencia y demás documentos procedentes de las Indias. Sin ocupar ningún cargo oficial, se convierte en el hombre de confianza de la mano derecha del rey. Se ocupa de traducir lo esencial de cada documento al latín y agrega notas con su opinión sobre el asunto, «por este modo desengañó en muchas cosas al Gran Canciller, que le pedían y con falsedad le informaban, y dio claridad de mucho en lo tocante a estas partes». Conchillos no se resigna y presenta al Gran Canciller para que firme «una libranza de muchas cédulas y provisiones», pero esta acción colmó su paciencia, y provocó su expulsión de la Corte: «Andá, íos de aquí, que vos y el Obispo habéis destruído las Indias». «Salióse tristísimo, y, viendo que todo el gran favor que del Rey Católico tuvo se le había del todo acabado, acordó dejar para siempre la Corte e irse a Toledo, donde tenía su casa.»
«Las Casas quedaba, pues —escribe González Calzada— con un enemigo menos en la Corte… Habiendo ganado la primera partida dentro del nuevo régimen, obtuvo para sí la buena voluntad oficial, que le infundió nuevos bríos para insistir en la realización de sus planes. Por tercera vez, Castilla habría de recoger en su historia otro intento real para establecer el orden, la ley y la buena administración en sus dominios del mundo encontrado al azar por Cristobal Colón.»
La vuelta al mundo
Fernando de Magallanes (1480?-1521) se presentaba en la Corte castellana, proponiendo llegar a las Molucas por el oeste. El Gran Canciller es un hombre prudente, pero Las Casas simpatiza rápidamente con el proyecto del portugués, e insiste en la conveniencia de que tal viaje se realice. «Siete años ha permanecido en el Oriente y ha visitado muchas islas que caen bajo la línea Equinoccial. Tan lejos ha ido que no sabe a ciencia cierta dónde ha estado, pero ha traído de allí dos esclavos que le siguen a todas partes: un indígena de Sumatra que tiene la piel de color de canela y el indio Enrique, que es fiel y sumiso como un can. Los dos pueden dar fe de sus palabras… Su ruta es segura: le llevará a descubrir muchas tierras ignoradas, y al paso para un nuevo camino a las Molucas, donde aguardan a los Monarcas castellanos grandes lucros que hasta entonces sólo usufructaría Portugal» (Pando Miranda).
Ninguno de los presentes imagina que la expedición de Magallanes dará la vuelta al mundo por primera vez en la historia de la humanidad. El viaje durará tres años y sus integrantes afrontarán toda clase de adversidades. Magallanes mismo morirá a manos de los indios en la isla de Mactá. Sólo su amigo Ruy Faleiro, avezado cosmógrafo, presiente trágicas consecuencias. Se niega a marchar «y desde aquel momento todos le tuvieron por loco».
La expedición, cinco naves, recorre las costas brasileñas, uruguayas y argentinas, y descubre el paso que permite viajar hacia el Pacífico. Filipinas será descubierta por los expedicionarios. El Nuevo Mundo comienza a aparecer en su enorme dimensión. En cada uno de estos lugares, se encuentran indios, y su Protector sigue incansable buscando la mejor solución para ellos.
Planes posibilistas de reformas de 1519
La Corte parte para Aragón. El Gran Canciller le encarga a Las Casas que redacte memoriales para reformar la legislación de las Indias; éste no puede abocarse el trabajo con la premura que desea, pues enferma y guarda cama en Aranda. Cuando se reincorpora al séquito del Gran Canciller, en Calatayud, ya es tarde. Sauvage muere poco después. Las Casas ha perdido a un gran amigo y al hombre que tenía el poder necesario para llevar a la práctica sus planes. La gobernación de las Indias se confía a «Fonseca y Cobos, que la ejercieron despóticamente destituyendo a los Comisarios Jerónimos, residenciando al juez Zuazo y saqueando los recursos de la Casa de la Contratación» (Giménez Fernández). La muerte de Sauvage, víctima de una de tantas epidemias habidas por estas épocas, cierra por segunda vez las puertas a Las Casas, «pues con el clan fonsequista en el poder era imposible cualquier acción en favor del buen trato hacia los indios» (Queraltó Moreno).
En 1519 comienza una etapa en la vida de Las Casas que Giménez Fernández califica de posibilista. «Su etapa doctrinaria se basaba en dos aspiraciones básicas: la fundación de pueblos de indios libres, y la instauración de comunidades hispanoindias en torno a familias castellanas, sobre todo en esto último. El paso de las tesis doctrinarias a las tesis posibilistas, según Giménez Fernández… viene dado esencialmente por el abandono de la obligación y exigencia de la restitución a los indios injuriados o explotados…» (Queraltó Moreno).
En esta etapa Las Casas trata de llevar a la práctica algunos aspectos de su política en favor de los indios. Sabe que los fonsequistas están dispuestos a sabotearlo. Por otra parte, está cansado de leyes generales que no van más allá de su promulgación. Debe apurarse. La conquista y la colonización se siguen extendiendo, llevando en su seno los elementos de opresión y exterminio de los nativos: «Parecían fuertes, pero no lo eran. Resultaban tan flojos, tan endebles que hasta parecían morirse por un soplo de aire» (Pando Miranda).
Queraltó Moreno escribe que se decide a obrar con «prudencia política». Considera que es mejor alcanzar algo que no alcanzar absolutamente nada.
«Los dominicos de Indias, Las Casas y demás colaboradores, veían que la única posibilidad de hacer ver a la corte la injusticia y, sobre todo, la posibilidad de que los indios fueran tratados como verdaderos seres humanos, era la de intentar una experiencia colonizadora pacífica en territorios aún no hallados por soldados ni aventureros o encomenderos» (Queraltó Moreno). Las Casas presenta, sucesivamente, cuatro planes, y el último, por fin, es aceptado. En él Las Casas favorece más a la Corona, y este aspecto de su propuesta, y su «triunfo dialéctico» sobre el Obispo Juan de Quevedo, son los factores que deciden la aprobación. Las Casas consigue la autorización el 12 de diciembre de 1519.
Conviene reproducir parte del discurso de Las Casas ante Carlos I, cuando su «triunfo dialéctico». El Rey, ante el Consejo reunido, le pide al Protector de los Indios que le presente un informe: «Muy alto y poderoso Rey y señor, yo soy de los más antiguos que a las Indias pasaron y ha muchos años que estoy allá, en los cuales he visto por mis ojos, no leído en historias que pudieran ser mentirosas, sino palpado, porque así lo diga, por mis manos, cometer en aquellas gentes mansas y pacíficas las mayores crueldades.» Pando Miranda dice que «palpitante de emoción va revelando los inadecuados medios con que se pretende sojuzgar a los pueblos indígenas, que se revuelven contra los invasores en odio tumultuoso porque se sienten vejados con exceso, y también ellos tienen derecho a defender su vida, su libertad y sus tradiciones. Afirma que los indios pueden ser civilizados con procedimientos pacíficos. Dios les había conferido los mismos talentos que al hombre blanco, y, en contra de lo que aseguraban sus enemigos, la falta de cualidades era sólo aparente, debida a la desgraciada situación en que vivían y habían sido criados. Cuando estas tribus se sientan atraídas con amor, tendrán una esperanza nueva y amarán a los que hoy aborrecen. Refuta la opinión que, fundándose en la doctrina de Aristóteles sobre las gentes rudas y bárbaras, acaba de exponer el Obispo asegurando ser los indígenas siervos por naturaleza. El filósofo era gentil —dice— y, por tanto, se ha de usar de su doctrina, cuanto con nuestra santa fe y costumbres de la religión cristiana conviniere. Nuestra religión cristiana es igual y se adapta a todas las naciones del mundo, y a todas igualmente recibe, y a ninguna quita su libertad, ni sus señores, ni mete debajo de servidumbre, so color, ni achaques de que son siervos a natura».
Las Casas ha obtenido del Rey cien leguas de territorio en Tierra Firme. Se compromete a pacificar a los indios, proporcionando a la Corona a los dos años, veinte mil de los tales como súbditos y una renta a los diez años de doscientos mil ducados. Se compromete también a fundar diez pueblos de cristianos con cincuenta vecinos cada uno en un plazo de cinco años. Los misioneros serían acompañados por cincuenta pobladores castellanos y diez indios intérpretes. Las heredades que hallasen estos pobladores les pertenecerán a perpetuidad, y estos pueden tener hasta tres esclavos negros.
Pero esta victoria se transformará en derrota desde su comienzo. La sublevación de Toledo, Segovia, Avila, Zamora, Salamanca y Valladolid, contra Carlos V, dificulta el despacho de las Reales Cédulas complementarias, y esto hace que Las Casas llegue a Sevilla luego del motín de Don Juan de Figueroa y su aplastamiento al día siguiente por sus rivales Guzmanes, «por lo que no pudo encontrar ni socios ni capitales para su empresa y hubo de contentarse con llevar a los amotinados, condenados y proscritos que aprovecharon su enrolamiento para lograr su fuga» (Giménez Fernández).
La «Compañía» no llega a funcionar. A sus miembros se les ha prometido un título, el de «caballeros de espuela dorada», de lo cual nadie se acordará. Con setenta labradores partirá el incansable Protector de los Indios.
Hacia tierra firme
El 14 de diciembre de 1520 parten rumbo a Puerto Rico, adonde arribaron el 10 de enero de 1521. Malas noticias aguardaban a los viajeros. En la costa firme los indios chiribichi y maracapana se habían levantado en armas dando muerte a los dominicos que vivían en la región desde hacía cinco años. Al parecer la rebelión se debió a la acción de un particular llamado Ojeda, quien organizó junto con otros socios una cacería de esclavos que provocó la indignación de los aborígenes.
El Virrey de La Española ordenó a Gonzalo de Ocampo que se dirigiera a tierra firme y diera un escarmiento a los indios. La expedición de Ocampo, compuesta por trescientos soldados llegó al Puerto de San Juan, donde se hallaba Bartolomé de Las Casas y allí pudo este conocer los planes del Virrey. Decidido el clérigo a evitar los funestos resultados de una acción violenta contra los indios, se entrevistó con Ocampo, indicándole que no podía sin su autorización llevar a cabo la orden de Diego Colón, ya que por Cédula Real esas tierras le habían sido concedidas. Ocampo comprobó la validez de los documentos mostrados por Las Casas, pero se negó a acatar sus órdenes. Viendo la imposibilidad de hacer valer sus derechos, Las Casas se embarcó rumbo a Santo Domingo, para lograr del Virrey y los Oidores el reconocimiento pleno de sus títulos. Los labradores emigrantes quedaron en San Juan a la espera de su vuelta.
Mientras tanto los setenta «socios» que Las Casas había alistado con tantas dificultades, viendo el cariz que tomaba la situación, decidieron apartarse de la empresa y se alistaron en la expedición que Juan Ponce de León (1460?-1521), preparaba para dirigirse hacia Florida en busca de la mítica fuente de juvencia.
El recibimiento en La Española, como era de esperar fue frío. Pronto comprendió Las Casas que si no negociaba con las autoridades, sus proyectos tan minuciosamente planeados, y esta vez pragmáticos, se derrumbarían como un castillo de naipes. Queraltó Moreno dice al respecto: «Ante la coyuntura de la expedición de castigo, Las Casas no tuvo más remedio que avenirse con la Consulta de Santo Domingo, pues de nada valía la prerrogativa que él traía prohibiendo la esclavización de la Costa de las Perlas. Tuvo que ceder con este castigo a fin de que se le proporcionasen dos carabelas para llegar a Cumaná, territorio en el que debía asentarse, porque de lo contrario sólo le hubiera quedado la posibilidad de… ¡ir a nado hasta Venezuela! Hasta tal punto llegaban las oposiciones a Las Casas en Indias, pues ni con la provisión real que portaba se le permitía actuar.»
Un nuevo dolor vino a sumarse al alicaído ánimo de Las Casas. Muere su amigo y colaborador fray Pedro de Córdoba. Luego de participar en las honras fúnebres, se embarca rumbo a San Juan de Puerto Rico.
Cumaná
El 30 de julio de 1521 sale hacia Puerto Rico la pequeña flota compuesta de dos carabelas, La Concepción y Sancti Spiritu. Junto con Las Casas viajan su segundo, Francisco de Soto, su capellán Blas Hernández y su auxiliar Juan de Zamora. Al llegar a destino se enfrentan con una desagradable novedad: los labriegos rechazan acompañarles. Escribe Pando Miranda: «Fue una magnífica treta de los enemigos del clérigo para quitarle los hombres que había traído. Los convencieron de que habían sido engañados por un iluso embaucador, el cual los había sacado de sus pueblos para matarlos de hambre y de trabajo. Quedándose allí acertarían mejor; serían propietarios y tendrían indios que cultivasen para ellos las labranzas».
La deserción de los campesinos amarga profundamente al clérigo. Durante unos minutos piensa en abandonar la empresa, pero renace en él su característico ímpetu y las naves enfilan hacia su destino. Parece casi increíble que los inconvenientes due se suceden en su vida, uno tras otro, no logren debilitar su carácter.
El recibimiento brindado por los misioneros franciscanos picardos, encabezados por su prior fray Juan Garceto, fue caluroso. Muy distinta en cambio fue la reacción de los soldados de Ocampo, instalados en las cercanías, en una aldea a la que denominaron «Nueva Toledo», ya que «con Las Casas allí en Cumaná la captura de esclavos había terminado» (Queraltó Moreno).
Los soldados, viendo menguar el negocio, abandonaron a Ocampo y se embarcaron hacia La Española, «desde donde siguieron haciendo incursiones para esclavizar los posibles catecúmenos de Las Casas, provocando la revuelta de éstos, antes pacíficos Guayqueríes, que llamaron en su auxilio a los caribes para exterminar a todos los cristianos» (Giménez Fernández).
Las Casas, enterado por una india llamada María, del peligro que acechaba a la comunidad cristiana, decide ir a buscar auxilio a Santo Domingo. Se embarca a fines de diciembre de 1521, pero una tormenta desvía la nave que va a dar a Yaquimo en el extremo opuesto de la isla.
Aprovechando su ausencia, su segundo, Francisco de Soto, organiza una expedición de captura de esclavos dejando desprotegida la misión, que es atacada e incendiada por los indios el 10 de enero de 1522, «matando a Francisco de Soto que regresaba a la sazón, al lego franciscano fray Dionisio, al artillero Artieda y a un indio intérprete, pudiendo los demás escapar difícilmente a la península de Araya y de allí a Cubagua y a Santo Domingo» (Giménez Fernández).
A todo esto, Las Casas recorría el camino de Villanueva de Yaquimo a Santo Domingo, ignorante de lo sucedido. Al llegar a la capital se enteró del desastre y fue objeto de las burlas y críticas de sus compatriotas, para quienes el fracaso era la ratificación de sus opiniones. Sumido en una profunda crisis de conciencia, Las Casas busca consuelo en fray Domingo de Betanzos, quien le aconseja que ingrese en el convento que la orden de los dominicos tiene en La Española.