V. Dos Experiencias Decisivas
De Mienciclo E-books
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Introducción
IGUAL que existe una calma poco antes de que descargue la tormenta, en la tumultuosa infancia de Chaplin se produce al fin un período de tranquilidad. Rescatados del Asilo, los dos hermanos consiguen vivir junto a su madre una pequeña temporada. Sidney consigue trabajo y se embarca buscando una vida mejor como antes se ha dicho. Consiguió un empleo de camarero en un transatlántico que hacía la ruta de Africa; para Charlie se había convertido en un héroe magnífico. Ganaba dos libras esterlinas y diez chelines al mes.
El pequeño Charlie alternaba una trabajosa asistencia a la escuela con las clases que inadvertidamente le daba su madre, cuando, asomada por la ventana, hacía imitaciones de cuantas personas pasaban por la calle. Eran para él unos momentos de intensa felicidad.
Charlie llega al fondo
Pero recién cumplidos los doce años, Charlie debe enfrentarse todavía a una situación que supondrá para él una experiencia decisiva. Empezó así:
Estábamos en la época de las vacaciones escolares, así es que pensé en irme temprano a casa de los mccarthy; cualquier cosa con tal de alejarme de la miseria de nuestra buhardilla. me invitaron a que me quedara a comer; pero yo tenía el presentimiento de que debía volver al lado de mi madre. cuando llegué a pownall terrace, algunos niños de la vecindad me pararon en la puerta.
-Tu madre se ha vuelto loca— dijo una niña pequeña.
Al oír aquellas palabras sentí como una bofetada en la cara.
¿Qué quieres decir?—murmuré, tartamudeando.
-Es verdad—dijo otra —. Ha estado llamando a todas las puertas de nuestras casas repartiendo trozos de carbón y diciendo que eran regalos de cumpleaños para los niños. Se lo puedes preguntar a mi madre.
Sin oír más, eché a correr por la acera, crucé la puerta de la casa, subí volando las escaleras y abrí la puerta de nuestra habitación. me detuve allí para recobrar el aliento, mientras la miraba fijamente. era una tarde de verano de atmósfera opresiva. mi madre estaba sentada a la ventana, como de costumbre. se volvió lentamente y me miró; tenía el rostro pálido y atormentado.
Me precipité hacia ella, caí de rodillas y enterré mi rostro en su regazo llorando inconsolablemente.
-¡Vamos, vamos!—dijo suavemente, acariciándome la cabeza —. ¿Sucede algo malo?
-No estás bien—exclamé entre sollozos.
Habló para tranquilizarme:
-Claro que estoy bien.
Parecía tan absorta, tan preocupada...
-¡No! ¡No! dicen que has ido por todas las casas y... —no pude continuar y volví a sollozar.
-Buscaba a Sidney —musitó débilmente —; quieren alejarlo de mí.
Entonces me di cuenta de que era cierto lo que habían dicho los niños.
Una vez más recorre junto a su madre el camino del manicomio. Pero Charlie sabe que esta recaída es más grave que las demás. La enfermedad ha deteriorado gravemente el cerebro de la actriz, que ha emprendido un largo viaje del que nunca se repondrá totalmente.
Charlie niño decide como hombre
Al atardecer, Chaplin abandona el manicomio de Cane Hill y debe enfrentarse a la gran ciudad, a la vida. Este es el momento en que debemos dejar de llamar pequeño a Charlie; a partir de ese instante en que, volviendo a la miserable buhardilla, fue consciente de su soledad. También en ese instante en el que a la pregunta de uno de los médicos que había recibido a su madre en Cane Hill, había mentido al responder:
—¡Oh! Iré a vivir con mi tía.
Pudo acogerse a la beneficencia e ingresar de nuevo en el asilo. Pero algo se rebeló en su cabeza al mentir al médico. Sabiendo que su madre estaba bien atendida en el hospital, podía concentrar su imaginación en las diversas cosas que podía hacer para ganar un dinero que le permitiera aguantar hasta el regreso de Sidney. Aunque hacía varias semanas que no habían tenido noticias de su hermanastro, Charlie confiaba en él, en su retorno. Y en esa esperanza basó su lucha por la supervivencia.
En estas tres semanas que Charlie tuvo que vivir de su ingenio, de las pillerías que había aprendido o que tuvo que aprender, se esconde probablemente parte del encanto del personaje que más tarde haría mundialmente famoso. La misma soledad agobiante, la misma resistencia a dejarse vencer por ella, idéntica esperanza en algo que nunca llega, que nunca acaba de suceder. Sí: esas tres semanas en Londres fueron para Charlie una experiencia decisiva.
Tuvo que rehuir la presencia de la dueña de la buhardilla, la de los policías que se hubieran extrañado de ver a un niño caminar por las calles a altas horas de la noche. Aferrado a un irrenunciable sentimiento de independencia recién estrenado, Charlie evitaba todas las situaciones que pudieran llevarle de regreso a la Escuela de Hanwell.
Trabajó en una imprenta; después lo hizo en un aserradero, junto a unos leñadores que compartieron con él su trabajo y su comida. A veces dormía en la buhardilla y otras en la calle. Una vida solitaria en una ciudad enorme que intentaba devorarlo. Charlie salió bien de esta prueba. Una noche encontró un telegrama en la buhardilla: «Llegaré mañana, a las diez de la mañana, estación Waterloo. Abrazos. Sidney.»
Ese telegrama fue como la salida del sol después de una noche especialmente negra y tormentosa. Curiosamente fue también el final del descenso al infierno que había comenzado con la laringitis de su madre. Las cosas ya no podían ir peor. De manera que comenzaron a mejorar.
Sidney le compró ropa nueva y le obligó a tirar los harapos que le habían vestido en su experiencia de soledad. Con ellos Charlie se despojó de la infancia y entró en una prematura adolescencia, decidido a ser actor.
El romance de un golfillo
Yo había sido vendedor de periódicos, impresor, fabricante de juguetes, soplador de vidrio, etc.; pero durante estas ocupaciones profesionales no había perdido nunca de vista mi objetivo último, que era llegar a ser actor.
De forma que en sus ratos libres se vestía con sus mejores ropas y visitaba a los agentes teatrales de la ciudad. Había escasez de trabajo para todos; pocos actores conseguían desarrollar una actividad continuada. Papeles para un muchacho de doce años y medio apenas existían. Pero en una de aquellas visitas, un agente, el señor C. E. Hamilton, quedó asombrado por el reducido tamaño de aquel muchacho que aspiraba a ser actor. Entre sus proyectos se encontraba una gira de cuarenta semanas representando la obra Sherlock Holmes; en ella había un pequeño papel para Charlie: el botones del gran detective. Era un proyecto lejano; pero mientras, Charlie podría representar el papel de Sammy en la obra jra, the romance of a cockney (Jim, el romance de un golfillo). Le pagarían dos libras y diez chelines a la semana. Era más dinero del que nunca hubiera ganado Charlie; además, haciendo el trabajo que más le gustaba. Sidney le ayudó a estudiar el papel. Noche tras noche, día a día, los dos hermanos paseaban arriba y abajo el espacio de su buhardilla repitiendo una vez y otra vez las treinta y cinco páginas de texto que comprendían el papel del personaje. Charlie acabó sabiéndose el papel de memoria; incluso en sueños recitaba las palabras de Sammy, el vendedor de periódicos.
La noche del estreno, Charlie paseaba nervioso por entre los bastidores. Arriba y abajo. Temía quizá que se le olvidara el papel tan trabajosamente aprendido. Al fin le dan la entrada en escena. Charlie recompone su aspecto, aspira profundamente aire y entra en el escenario:
CHARLIE: ¡Oiga! ¿No sabe usted que ése es el dormitorio de una señora?
El público ríe a carcajadas. Cada vez que Charlie Chaplin abre la boca, el patio de butacas rompe a reír. Doce años y medio; Charlie sonríe con orgullo. Se mueve en el escenario con comodidad, con gracia. Sabe que no puede fallar. Que no está fallando.
Aplausos y más aplausos para el pequeño Charlie, que ha «robado la función».
No tuvo mucho éxito de crítica la obra Jim, the romance of a cockney, fue un ruidoso fracaso. Sin embargo, en todas las críticas había agazapado, hacia el final de ellas, un elogio para Charlie. El London Topical Times, por ejemplo, decía: «Pero hay en esta obra un elemento redentor. Sammy, un vendedor de periódicos, un golfillo londinense, en el que recae la mayor parte del papel cómico. A pesar de ser un papel muy visto y pasado de moda, este de Sammy lo representó de un modo regocijante el joven Charles Chaplin, un niño actor, inteligente y expresivo. Yo nunca había oído hablar de este muchacho, pero espero grandes cosas de él en un próximo futuro.»
Ahí estaba: su nombre en los periódicos. Charlie los miraba tumbado sobre la cama y no acababa de creérselo. Su nombre en los periódicos. Se miraba al espejo y sonreía. Casi podía adivinar su futuro detrás de sus enormes ojos azules. Charlie Chaplin, doce años: actor.
En gira teatral
Después hubo de recorrer Inglaterra representando el papel de Billie, el botones de Sherlock Holmes. A principios de siglo, Sherlock Holmes era un detective de afilada inteligencia, rara perspicacia y un profundo conocimiento de los seres humanos. De ahí que jamás fallase en la resolución de un enigma. Y de ahí también su enorme popularidad, que ha llegado hasta nuestros días. Representar a su botones supuso para Charlie habituarse a trabajar manejando los resortes que gustan al público. Aprendió en esa larga gira innumerables recursos de actor, la depurada técnica teatral de aquellos intérpretes que recorrían de una punta a otra el país haciendo reír, llorar o temblar de emoción a los públicos más variados. Sus ojos se movían en la oscuridad de los bastidores estudiando las tretas y los recursos de aquellos actores grandilocuentes, exagerados y un poco ridículos tal vez, pero enormemente eficaces.
Charlie Chaplin era por entonces como una enorme esponja insaciable, que absorbía y apuraba cuanto sucediese ante sus ojos. Quería ser actor, era actor. Pero no le bastaba ser un actor cualquiera: quería ser el mejor. Había algo de profético o espe-ranzador en aquella gacetilla del London Topical Times. Charlie no quería defraudar a aquel crítico que le había augurado un futuro de esplendor. Pero más que a aquel crítico, Charlie no quería defraudarse a sí mismo. Tal vez quisiera ser diferente, ser él: Charles Chaplin, u̲n̲ actor distinto de los demás.
¡Ah! Esos sueños dorados de una infancia que empieza a quedar atrás. El sueño de aquellos días, que ya empiezan a parecer lejanos, de los «Ocho muchachos de Lancashire», días de ensoñación y quimeras. Días que revive ahora en los departamentos de tercera de los trenes que le llevan de un extremo a otro de su país. Charlie mira el futuro con desconfianza; sabe que tiene talento, pero también sabe que eso no es bastante. Hay mucho camino por recorrer hasta la realización de esos sueños. Charlie —de un pueblo a otro, de un hotel a otro— sabe que esos sueños son quimeras que tal vez nunca se harán realidad. Pero cada paso que da hacia adelante le hace sentirse mejor, más seguro de sí mismo.
La vocación se templa en la soledad
Sidney escribe a su hermano con regularidad. Ha tenido que permanecer en Londres, cuida de su madre y trabaja de camarero en un club privado. Charlie se muestra perezoso para contestar a sus cartas, contagiado quizá por la indiferencia de esos trenes nocturnos en los que viaja. Pero, un día, Sidney le escribe una carta con el corazón abierto. Charles Chaplin nunca olvidó lo que decía: «Desde la enfermedad de mamá, todo lo que poseemos en el mundo es nuestro mutuo cariño. Así es que debes escribirme regularmente y hacerme saber que tengo un hermano». Las cartas de su hermano eran la única compañía que Chalie tuvo en aquella gira interminable.
Dominado por su timidez, ahogado por la presión de aquellos sueños, había perdido la capacidad de comunicarse. Cuando alguien le hablaba fuera del escenario, tartamudeaba, vacilaba o simplemente se encerraba en un hostil mutismo. Ha perdido aquella inmediata expresividad de sus tiempos en Londres; su mirada ha adquirido densidad, sabiduría. El pequeño Charlie ha quedado definitivamente atrás. Incluso se compró un conejo para que le hiciese compañía en los largos momentos que pasaba en las habitaciones de los hoteles en que vivía.
Trabajo en Londres y primer amor
El duro aprendizaje teatral de Charlie iba a comenzar a dar sus frutos. El autor de Sherlock Holmes, William Gillette, quería actuar en Londres. Había escrito una continuación de la obra titulada La penosa situación de Sherlock Holmes, que deseaba estrenar en un teatro de West End.
Para representar el papel de Billie, el botones del detective, llamaron a Charlie. Esta llamada supuso el fin de la agotadora gira, supuso tambien el regreso a Londres, junto a Sidney y su madre.
Era una obra de tres personajes únicamente. El detective, una mujer loca y el criado de Holmes. El papel de la mujer loca iba a ser representado por Marie Doro, una de las más bellas actrices de la época.
Era tan abrumador amente bella, que le tuve rabia. me mortificaban sus delicados labios fruncidos, sus dientes tan iguales y blancos, su adorable barbilla, su negrísimo pelo y sus oscuros ojos castaños. me sacaban de mí su fingido enojo y el encanto que emanaba con aquella simulación. durante aquella conversación no hizo el menor caso de mi presencia. acababa yo de cumplir dieciséis años, y la proximidad de tan radiante belleza me llevó a tomar la determinación de no dejarme obsesionar por ella. pero, ¡oh dios mío, era tan bonita! fue el auténtico flechazo.
La obra fue un éxito relampagueante. Pero después no hubo nada. Nada para aquel joven actor con experiencia que había trabajado una temporada completa en el Teatro Duque de York, junto a Gillette y Marie Doro; que incluso había tenido el honor de ser aplaudido por la reina Alejandra. No había nada para él que no fuera diez meses de paro.