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V. Abraham Lincoln se Emancipa de su Padre (1829-1831)

De Mienciclo E-books

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Contenido

Introducción

EN Illinois, tierra casi virgen cuando los Lincoln llegan en 1829, «Abe» Lincoln dejará de ser campesino. Le va a facilitar la elección un factor que no es, como muchos rasgos en su vida, estrictamente personal, sino común a la vida americana. Cuando los Lincoln llegan a Illinois, Abraham está en el límite de la dependencia del padre. Es costumbre que al alcanzar un joven su mayoría de edad se considere desligado de la dependencia paterna y, por consiguiente, capaz ya para volar por cuenta propia. Parece seguro, aunque los datos sobre estos primeros tiempos son muy contradictorios, que Abraham tenía ya algo previsto, puesto que invierte sus ganancias del primer viaje a Nueva Orleáns cuando la familia inicia el viaje a Decatur. Pero aún ha de ceñirse a la tradición antes de ser dueño de sí mismo. Los Lincoln han de instalarse y «Abe», sean cuales fueren sus planes íntimos, no se escabulle. El viaje de Indiana a Illinois —unas 200 millas— ha durado quince días. Ha sido duro. En él, «Abe», en una noche glacial, ha tenido que vadear el río con las piernas desnudas para rescatar uno de los perros de la familia que se quedó en la otra orilla. Los comienzos en la región de Decatur serán igualmente duros. Por de pronto, los recién llegados se alojan en la casa de los parientes que les indujeron a venir con sus informaciones sobre el «nuevo paraíso». Es una cabana más y hay que hacinarse en ella porque pronto llega la nieve. Después, en primavera, hay que ponerse al trabajo de construcción de la cabana propia, donde los brazos de leñador de «Abe» resultan imprescindibles. Le ayuda su primo John Hanks. Durante meses «Abe» se olvida de todo lo que no sea construir la nueva cabana, la empalizada, la preparación de la tierra. Y, eso sí, algo le favorece. Su fama se extiende pronto por la comarca, pues nada más llegar ha vencido en un desafío al campeón local. Si bien hay que añadir de inmediato que será derrotado otras veces. Pero estas cosas cuentan en la vida de un muchacho que se sabe a punto de ser hombre, libre y dueño de sí. De manera que este hijo de pionero, pionero a la fuerza él, puesto que ha conocido cuatro regiones distintas ya a estas alturas de su vida, se encuentra con que esta nueva tierra le recibe con buenos augurios y seguramente ello pesará en su cariño a Illinois.

Lincoln pronuncia su primer discurso

Por de pronto aquí encuentra también, gracias a un vecino, antiguo comandante que ganara sus grados en la guerra de Independencia, una ampliación de sus lecturas. Y aquí, y es acaso decisivo, pronuncia su primer discurso: durante una de las reuniones, uno de los labradores de la comarca se opone a las obras de reforma del río Sangamo que la colonia quiere proponer al Congreso del Estado, Lincoln, que casi naufragó en el Mississipí, que ha navegado por el viejo y gran río de América en un viaje de mil millas hasta el mar, cree que hay que canalizar el que pasa por su comarca. Y uno de sus primos le decide a intervenir en una asamblea no oficial de campesinos.

El muchacho gigante se sube a una caja, empieza a hablar y pulveriza los argumentos de su opositor. Hasta ahora sólo había sido narrador de historias, declamador de libros e incluso lector de propios textos, imitador de los modales de otro orador, pero no orador él mismo. En esta ocasión se estrena. Se enfrenta con esa situación peculiar que consiste en tener que decir algo de tal manera que un auditorio quede pronto y durante tiempo prendido de la palabra que va surgiendo fiel a una idea central, pero imprevisible al tiempo, ajustada también a la expresión de aburrimiento o cansancio de un rostro o de todo el auditorio.

Naturalmente, en esto tampoco cabe decir que Lincoln constituya una excepción entre sus conciudadanos de la época. Son miles los muchachos y los no tan muchachos que se suben a un cajón en la América de los años treinta del pasado siglo. Unos para proponer reformas políticas. Otros, para convencer a una multitud de que linche o no linche a un ladrón de ganado; otros para vender una mercancía. Los niños de América entera están hechos a introducirse en un corro y escuchar. Todavía no ocurre, como sucederá más tarde, que se les enseñe la práctica para una intervención en las asambleas, en las escuelas. Es todavía algo espontáneo. Esas asambleas y esos discursos surgen por cualquier motivo. Y siempre hay motivos: juicios, disputas vecinales, sin contar los mítines estrictamente políticos o los sermones religiosos.

Obligados a vivir en cabanas aisladas, a las gentes del Oeste que avanza les gusta reunirse para discutir los pros y los contras de todo: construir una iglesia, dotarla de una campana, abrir un canal de riego común, luchar contra unos salteadores, discutir una nueva peregrinación hacia la frontera...

Por otro lado, la tradición americana necesita la oratoria. América, lo que fue originariamente la Nueva Inglaterra, se ha formado con gentes que huyeron por no poder expresar en voz alta sus opiniones religiosas y han transmitido de generación en generación el gusto por afirmar en voz alta sus opiniones. Esas gentes, además, creían en el derecho a interpretar libremente el libro sagrado, luego, en consecuencia, llegado el momento, querían expresar en voz alta lo que pensaban. Y finalmente, esa gente no estaba en América como colonos del rey, había pagado su viaje, había negociado su independencia, se dedica al comercio. Se ve muy lógico que la oratoria fluyese sola. Podía ocurrir, como ocurrió, que las comunidades se encerrasen en sí mismas negándose a comunicar con los demás :los cuáqueros con los puritanos, y éstos con los mormones; o, desde el punto de vista racial: alemanes con polacos; pero todos practicaban con intensidad la oratoria.

En Europa, por esa misma época, con la excepción de Inglaterra, los oradores se limitaban a muy escasos parlamentos. En América, calles, esquinas, explanadas de las iglesias, tabernas, eran pequeños parlamentos.

Pero seguramente lo que tiene más importancia en estos primeros tiempos de la estancia de Lincoln en Illinois no es que pronuncie su primer discurso, sino que, como ya se ha dicho, abandone definitivamente su condición de campesino.

La fama de su fuerza sigue siendo mayor que la de sus conocimientos. Y basándose en ella, un campesino llamado Offut, que sin duda sabía ya de aquel primer viaje a Nueva Orleáns, y que desde luego debe haber asistido a alguna proeza física de «Abe», a alguna demostración de su habilidad manual, le contrata junto con su primo Hanks y le envía al Sur con un cargamento mayor que el del primer viaje y un sueldo de dieciséis dólares mensuales. Estamos en 1831.

Como es de rigor, el padre no ve con buena cara el proyecto. Pierde al más fuerte, y al mismo tiempo al más barato jornalero de su pequeña finca. Pero tiene que resignarse. «Abe» está ya en edad de emanciparse. De modo que el joven Lincoln se pone a construir una gran almadía, y después, bien trajeado, vistiendo sombrero por primera vez en su vida, se marcha río abajo. Es primavera y acaba de cumplir veintidós años.

Esta segunda estancia en el Sur va a tener todavía más importancia que la primera. O, para ser exactos, otro tipo de importancia. En el primer viaje contó el deslumbramiento, la sorpresa y también el apocamiento, la timidez ante el brillante y profundo Sur. En esta ocasión, todo irá más despacio y va a haber tiempo de meditar.

Hombre del Norte, reflexiona y observa en el profundo Sur

Todavía el tema de la esclavitud no ha cobrado la virulencia que tendrá 20 años después. Pero es ya el tema polémico de la nación que se está haciendo.

Entre el Norte y el Oeste —o la Frontera— hay muchas diferencias de vida. En el Norte dominan las ciudades, los campesinos viven para ellas. Dominan, pues, el comercio y una industria cada vez más poderosa. En el Sur todo gira en torno a las plantaciones de algodón, donde los propietarios, como los antiguos señores de la tierra en la Europa feudal, viven ostentosamente, rodeados de lujos y rutinarias dulzuras, sostenidos por los esclavos negros descendientes de los traídos de Africa hace años, y todavía ahora, aunque la trata esté prohibida. En el Norte y la frontera, pues, los hombres se sienten libres. Más libres, quizá, cuantas más veces han podido escapar a su mala suerte, ya que esos viajes en busca de la fortuna son una prueba de su libertad. No acaban de entender, pues, que en el Sur haya esclavos. En el Norte, además, hay gentes que opinan que los negros serían una mano de obra mucho más barata que las gentes que periódicamente llegan de Europa tras cada oleada de persecución, tras cada revolución frustrada o cada crisis económica que provoca miseria. Los negros, al fin y al cabo, ya hablan inglés. Mientras que en los barcos llegan gentes de todas las nacionalidades. Y eso plantea problemas.

El Sur replica con argumentos. En primer lugar, el negro no es capaz de trabajar duramente. Sólo sirve para las ligeras labores de las plantaciones, donde la riqueza de la tierra y la bondad del clima hacen todo el trabajo. En segundo lugar, los únicos hombres libres, los únicos descendientes dignos de tal nombre de los que liberaron América son ellos y no esos obreros, empleados y campesinos mal pagados del Norte o la Frontera, que se pasan horas y horas al día trabajando con mucha mayor dureza que sus esclavos. Por otra parte, si no hubiese esclavos, ya contarían los cuáqueros y puritanos cómo iban a obtener el algodón para sus factorías; ¿de dónde saldría? Y, finalmente, los padres de la patria, los libertadores, Washington y Jefferson, por ejemplo, tenían esclavos.

Son, pues, dos mundos que no se entienden y que se necesitan. Entre otras cosas, se pasan la vida hablando mal el uno del otro. Lo cual constituye la mejor prueba de esa necesidad. Lincoln observa curioso y anota en su mente esta significativa contradicción.

Dueños y tratantes de esclavos

En este su segundo viaje al Sur, Lincoln permaneció un mes entero en Nueva Orleáns, y un incidente fortuito le facilitará el despegue del hogar paterno y la instalación en New Salem, una pequeña ciudad fronteriza entre el Norte y el Sur, centro de mercancías, avanzadilla en Illinois del tráfico comercial por el río.

Lincoln, seguramente porque esta vez lleva dinero, aprovecha su segunda estancia en la gran ciudad sureña para poder decir al menos que en verdad la conoce.

De nuevo el choque entre este campesino frugal, hecho a las privaciones, y la vida muelle de la gran metrópoli ha de resultar tremendo. Si Lincoln hubiese viajado a Boston o a Nueva York habría encontrado también el lujo, el refinamiento, las desigualdades; pero, en Nueva Orleáns, la existencia de esas desigualdades está muy clara: la frontera entre las clases y la desigualdad se sitúa en el color de la piel. Ciertamente, los criados negros no parecen en exceso infelices; ciertamente hay blancos pobres, pero lo fundamental salta a la vista: los esclavos negros sostienen la riqueza blanca.

Consciente de que su familia, de que él mismo lleva este Sur en las venas, amplía las experiencias del viaje anterior. Vuelve a las casas de contratación de esclavos. Y se repiten las mismas escenas. También percibe la desconfianza de los sureños hacia los individuos que, como él, provienen del Norte. Y es que en el Sur se les tiene por gente salvaje. Un famoso predicador de Virginia ha presentado a los laboriosos habitantes de Massachusetts como comedores de ostras. Los colonos del Oeste tienen que ser, por tanto, aún más salvajes.

Ante Lincoln se despliega en este mes el entramado social del Sur. Puede observar, por ejemplo, que los traficantes de esclavos, los vendedores, son despreciados, como puede serlo un verdugo. Se entera también de que, desde hace veinte años, la trata ha sido prohibida, de que, como hay que criar los esclavos en el país, resulta más rentable alquilarlos que poseerlos y de que las grandes fortunas ahora las hacen estos alquiladores. Lincoln no se conforma con lo que descubre en Nueva Orleáns: la ciudad vive del comercio, del puerto, del tráfico marítimo y fluvial, importa mercancías de Europa o del Norte, exporta hacia el Norte algodón y arroz, centraliza el comercio de venta y alquiler de esclavos. Pero aquí en la ciudad, el negro trabaja de criado o en oficios humildes. Hay que conocer las plantaciones.

«Abe» alquila un caballo y comienza una serie de viajes. Se encara así con las grandes mansiones sureñas, verdaderos palacios cobijados por jardines espléndidos. Ante ellos, las chozas de madera donde han transcurrido sus días deben parecerle enormemente miserables. Esos grandes pórticos sostenidos por columnas, que imitan el estilo neoclásico, esos inmensos ventanales encortinados de los cuales, al atardecer, se escapa la música de un baile, son impresionantes.

Tropieza también este hijo de un paciente cazador solitario con las caravanas de señores que persiguen la caza a caballo, vestidos con lujosos atuendos. Los esclavos aquí son más visibles. Alrededor de los palacios, siguen vistiendo casacas o los trajes cedidos por las dueñas, pero a poca distancia están los poblados, las cabanas de la plantación. Montones de chozas de barro pegadas unas a otras. ¿Qué ve el viajero? A las puertas, las viejas que ya no pueden trabajar en la plantación, cuecen en botes herrumbrosos una papilla de maíz, a la que añaden unas pocas judías. Desnudez, malos olores, miseria...

Propaganda sudista

En su deambular por los campos, venciendo su timidez, «Abe» procura entablar conversación con las fuerzas vivas de la comarca: el pastor, el juez, el maestro. Sigue percibiendo el recelo hacia su salvajismo de hombre de la frontera. Pero el Sur, todo el Sur, es consciente de que debe aprovechar cada ocasión para sembrar en los visitantes la idea de la necesidad de la «Institución», como eufemísticamente se denomina a la esclavitud. De manera que se aprovecha la visita para hacer propaganda.

Se cuentan casos. Los negros proceden de la selva donde vivían en lucha perpetua contra otras tribus, eran caníbales, no son propiamente seres humanos. Se recuerda de paso la todavía cercana rebelión de los esclavos en la isla de Santo Domingo. ¿Qué hicieron allí? Matar, matar y matar, para practicar el canibalismo otra vez.

Se citan casos más próximos todavía. Mientras permanecen esclavos, están atendidos, comen bien, el trabajo es bueno y se les deja que sigan su ritmo perezoso. Pero cuando alguien libera a un esclavo anciano en premio a sus largos años de faena, el liberto casi siempre se convierte en un criminal.

Tan es así, que generalmente los viejos, si el amo les habla de emancipación, gimen y suplican, prefieren seguir esclavos. Aquí por lo menos comen: pescado seco y carne en salazón, melaza y ron. Y, además, si han sido fieles y son hábiles, desde muy pronto se les consiente que cultiven alguna parcela con legumbres junto a la choza. Lo que obtengan de ella pueden cambiarlo en el mercado por azúcar o café. El esclavo que no se amolda es porque en su fuero más íntimo quiere seguir practicando la viciosa vida de la selva: matar, matar y matar.

Las conversaciones, con más o menos delicadeza, suelen tocar otro tema. ¿Por qué los hombres del Norte atacan la «Institución»? Si no les gusta el trabajo de los esclavos, que rechacen el algodón de las plantaciones, el arroz, el tabaco... Pero no. Las fábricas textiles necesitan el algodón. Sin él no pueden hacerse buenos negocios. ¿Por qué no bajan a trabajar entonces en estos campos? Prefieren irse al Oeste, o seguir de obreros. Y los ricos del Norte que tenían esclavos mandan al sur a sus hijos, o a sus testaferros con los esclavos que heredaron. Los venden o alquilan a buen precio y regresan con el dinero para seguir haciendo negocios. ¿Por qué entonces los norteños van a ser buenos cristianos y nosotros no?

«Abe» Lincoln escucha, discute quizá. Pero sobre todo viaja. Quiere examinar el cuadro completo. Se aproxima a los campos para ver el trabajo esclavo. Y lo ve. Catorce horas en verano, diez en invierno, bajo el sol implacable, arrastrando cargas, transportando bultos, la mayoría de las veces encadenados hombres y mujeres por parejas. Al mediodía un pequeño descanso. Si un negro interrumpe la faena, el látigo del capataz restalla.

Pero eso no es todo. Al atardecer, la tropa esclava regresa a la cabaña. Y entonces el capataz saca de las filas formadas a unos cuantos de estos seres desnudos o semidesnudos. Expone las faltas que cometieron durante la jornada y uno a uno pasan por el lugar del castigo donde son azotados a conciencia. Pero con malicia también. El capataz perdería el puesto si matase a un esclavo en el castigo. Está permitido que el látigo llegue al hueso, pero de tal modo que la herida cure con salmuera mientras no se deje de trabajar.

Después de la jornada, los negros se mantienen apáticos y cantan lentas y melancólicas canciones de resignación, porque es sabido que hay milicias cazadoras de esclavos, entrenadas, con buenos perros a su disposición, que acosan al fugitivo entre los pantanos y lo devuelven, maltrecho pero vivo, al lugar del tormento, donde le corresponde morir.

«El corazón de Lincoln sangraba»

Todo esto no ha sido fácil de ver. Lincoln ha podido observar en directo algunas cosas. Se dice que en una de sus excursiones, ya de noche, oyendo el cántico que viene de las chozas, se ha acercado en silencio para observar al grupo que, cansado, reunido en torno a la fogata, canta himnos en que se recuerda la patria perdida y se clama a Dios.

Los cánticos se interrumpen cuando alguno de los negros descubre al espectador. Los esclavos huyen a encerrarse. Para ellos, el larguirucho y desastrado «Abe» no es un pionero de extrañas y lejanas tierras: es sólo un blanco.

Otras cosas, en cambio, provienen de relatos. Al regreso a Nueva Orléans, uno de los porteros negros de un saloon donde se juega fuerte, le relata con voz indiferente que en esa sala uno de los negreros más conocidos de la ciudad se jugó a las cartas un hijo tenido con una esclava negra.

El, «Abe», en ocasiones ha trabajado tan duramente o más que estos negros, pero no encadenado. Los obreros del Norte tampoco están a gusto con su suerte, pero pueden jugarse su destino emigrando sin que se les persiga a caballo. El primo Hanks, que le acompaña en el viaje, contará años más tarde: el corazón de Lincoln sangraba. Me dijo esta frase: «No quisiera ser esclavo pero tampoco vendedor de esclavos».

Es una frase tímida escuchada con una mentalidad de hoy, pero es suficiente cuando la pronuncia un joven de veintidós años, en un país donde la «Institución» resulta un fenómeno tan complejo. Y que, además, ha venido al Sur porque lo ama.

La estancia en Nueva Orleáns deja a «Abe» sin dinero. Así que remonta el Mississipí como fogonero de un barco. Más evidencias de cómo el trabajo de unos alimenta el ocio de unos pocos. En el barco hay esclavos en la bodega, trabajadores como él, pequeños comerciantes y una minoría de adinerados que pasa la noche en pleno jolgorio. Más tema de meditación para un hombre que acostumbra a aislarse y reflexionar.

En Decatur, Offut, contento con el navegante, le ofrece un empleo. Ser su agente en una factoría que instala en New Salem. Lincoln acepta. Visita a su familia por breves días y parte hacia su quinta patria. Quizá piense que va para un corto tiempo. El resultado será bien distinto: pasará allí su juventud, completando su aprendizaje y encauzando definitivamente su vida durante seis años.

En este verano de 1831, Lincoln no tiene caballo, ni siquiera una pequeña barca. De modo que ha de viajar a pie millas y millas cruzando las altas yerbas de las praderas de Illinois. Cuando llega a New Salem, no encuentra ni a Offut ni el almacén de la factoría de la que ha de encargarse. Pero le ayuda su decisión, su disponibilidad para el trabajo, su estatura y esas pequeñas proezas que en las localidades pequeñas hacen pronto la fama de un hombre.

Cuando hace unos meses bajaba con la almadía de Offut hacia Nueva Orleáns, la balsa tomó mal los rápidos y se escoró hacia popa, poniendo en peligro la mercancía. Lincoln, ante la gente reunida en la orilla, que no podía prestarle ayuda, hizo solo la faena de acercar una barca prestada, trasladar a ella la mercancía y horadar luego un agujero en la parte delantera para que escape el agua y poder seguir viaje. Estas cosas se cuentan y repiten en un pueblo como New Salem. De modo que ahora le facilitarán la búsqueda de un trabajo y el establecimiento de nuevas amistades.

También le ayuda, como ya sucediera en Decatur, su resistencia física. Este hombre, que será luego un intelectual, se abre todavía camino con los puños o la destreza física, al estilo que se acostumbra en la tierra. A poco de instalarse, cuando ya llegó Offut y él ha montado el almacén, empieza a correr su fama, por boca de Offut. Podría vencer incluso a vuestro Armstrong, proclama el comerciante. Así que se establece un desafío, una lucha cuerpo a cuerpo entre el campeón y el recién llegado. Y Lincoln vence. Protestan algunos vecinos, no lo ha hecho de modo legal el forastero. Pero el vencido asegura que «Abe» luchó con limpieza. Así se inicia una larga amistad. Y años después, la elocuencia y sagacidad del abogado Lincoln salvará la vida de un hijo de Armstrong, el campeón derrotado.